La muchacha no tiene pueblo Capítulo 11. El bibliotecario accidental
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Capítulo 11. El bibliotecario accidental

El bibliotecario accidental

A las diez del sábado, Gabriel recibió un mensaje de Elena.

Necesito un hombre fuerte y poco curioso.

Se lo enseñó a Clara durante el desayuno.

—No sé cuál de las dos condiciones me ofende más.

—Quizá va dirigido a otra persona.

El segundo mensaje llegó de inmediato.

Y trae a Clara. Ella sí sabe ordenar libros.

En la biblioteca los esperaba una estantería desmontada, seis cajas y un plano dibujado a mano. Elena quería reorganizar la sala juvenil antes de las actividades de verano. Lucía había prometido dos operarios municipales, pero una avería en el consultorio se los había llevado.

—Esto incumple varias normas de prevención —dijo Clara al ver a Gabriel levantar un lateral.

—¿Has venido a ayudar o a representar al comité de empresa? —preguntó Elena.

—Puedo hacer las dos cosas.

Clara sostuvo las baldas mientras Gabriel ajustaba los anclajes. Él trabajaba sin esa exhibición masculina que convierte cualquier destornillador en un cetro. Preguntaba dónde iba cada pieza, comprobaba el nivel y aceptaba que Elena cambiara de opinión dos veces.

—Un centímetro a la izquierda —pidió la bibliotecaria.

Gabriel movió el mueble.

—Ahora lo veo peor.

—Eso no es información técnica.

—Un centímetro a la derecha.

—O sea, donde estaba.

—La vida cultural exige ensayo.

Mientras ellos discutían, Clara abrió una caja rotulada como «aventuras». Dentro encontró novelas de autores contemporáneos, clásicos y varias ediciones juveniles que ella había leído en la adolescencia.

Un hombre entró con una taladradora dentro de una funda. Elena la registró en el ordenador, comprobó una broca y le renovó un libro de historia local.

—¿También prestáis taladradoras? —preguntó Clara.

—Y un medidor de consumo, una máquina de coser y juegos de mesa. No todo el conocimiento viene encuadernado.

Gabriel dejó la balda que llevaba.

—La máquina de coser lleva tres meses con lista de espera.

—Porque medio pueblo ha decidido arreglar cortinas —dijo Elena, mirándolo.

—No le des ideas a mi madre.

Clara se rio. Aquel lugar no competía con internet ni sobrevivía por nostalgia. Prestaba aquello que no tenía sentido comprar para usar una vez y convertía cada visita en varias cosas a la vez.

—¿Ponemos por edades? —preguntó.

—Por intereses —respondió Elena—. Si etiquetamos demasiado, los niños solo leen lo que alguien ha decidido que les corresponde.

Gabriel tomó una novela de la caja.

—Esta va arriba.

—¿La conoces? —preguntó Clara.

—La leí el año pasado.

Era una novela de seiscientas páginas que Clara había abandonado en la ciento ochenta.

—¿Te gustó?

—Hasta que el protagonista decidió estropear su vida por no hacer una pregunta sencilla.

—Entonces elimina media literatura universal.

—Por eso leo ensayo entre medias.

Durante la siguiente hora, Clara descubrió que Gabriel había leído a autoras que ella solo conocía por reseñas, una biografía de Humboldt y dos libros sobre arquitectura rural.

No citaba frases ni convertía cada título en una prueba de inteligencia.

Recordaba personajes, escenas y las preguntas que le habían dejado.

—No pareces agricultor —dijo Clara, antes de poder evitarlo.

Gabriel colocó un libro en la estantería.

—¿Porque leo?

—No. Bueno, sí. Lo siento. Ha sido una estupidez.

—Un poco.

Elena carraspeó desde la escalera.

—Cuando terminéis de desmontar prejuicios, quedan tres cajas.

Clara se acercó a Gabriel.

—De verdad que lo siento.

—Ya está. A mí también me sorprenden cosas de ti.

—¿Qué cosas?

—Que una mujer capaz de vender áticos de lujo tenga las zapatillas pegadas con cinta por dentro.

Clara bajó la mirada.

—Me hacen daño en el talón.

—No he dicho que fuera malo. Solo complejo.

Cuando terminaron, la estantería estaba recta, los libros ordenados y Elena dispuesta a pagarles con limonada y acceso prioritario a las novedades.

—Me quedaré con el pago en especie —dijo Clara.

—Ya hablas como la gente de aquí —respondió Elena.

Gabriel la miró, pero ella fingió estar leyendo un lomo.

Al mediodía fueron a casa de él. Estaba tres calles más abajo de la casa familiar, como Rosario había dicho: una vivienda antigua rehabilitada con una puerta verde oscura y un patio pequeño.

Por dentro había suelos hidráulicos, paredes claras, muebles cómodos y libros en todos los lugares donde Clara habría puesto objetos decorativos.

—Tu madre no exageraba —dijo frente a una estantería que ocupaba el salón entero.

—Mi madre nunca exagera. Administra la realidad para que produzca más efecto.

En la cocina, Gabriel preparó una ensalada de garbanzos y cortó pan de Merce. Clara se sentó en la encimera porque no sabía cómo ayudar sin invadir.

—¿Siempre has vivido aquí? —preguntó.

—En esta casa, ocho años. En el pueblo, casi toda mi vida, salvo la universidad y los dos años de Almería.

—¿Por qué volviste?

Gabriel mezcló el aliño.

—Porque quería trabajar la finca de otra forma y mi padre estaba dispuesto a dejarme intentarlo. Porque echaba de menos esto. Porque fuera tenía un empleo bueno, pero no era mi proyecto.

—¿Y no sentiste que retrocedías?

—Sentí que algunas personas lo pensarían.

—No es lo mismo.

—No. Pero tardé en entenderlo.

Comieron en el patio. Por encima de la tapia se oía una radio y el golpe seco de alguien arreglando una persiana. Clara le habló de su primer empleo, una agencia pequeña donde cobraba poco y creía que cada campaña podía cambiar el mundo.

—¿Lo cambiasteis? —preguntó Gabriel.

—Vendimos muchas bebidas energéticas.

—Quizá alguien limpió un trastero gracias a vosotros.

—Me consuela pensar eso.

—¿Y tú? —preguntó Clara—. ¿Has tenido alguna vida secreta además de Almería?

—Ninguna que admita antes del postre.

—Ya hemos terminado.

—Entonces no.

Gabriel recogió los platos. Ella lo siguió hasta la cocina.

—Te estoy preguntando si siempre has tenido tan claro que querías volver.

—No. En Almería salía con una mujer que quería quedarse allí. Lo intentamos un tiempo, pero nuestros proyectos tiraban en direcciones distintas.

—¿Terminó mal?

—Terminó triste. No es lo mismo.

—Qué maduro y poco útil para una comedia romántica.

—Puedo inventar que lanzó mis cosas por una ventana.

—¿Tenías muchas?

—Una cafetera y tres libros. Habría sido una escena breve.

Clara le contó que su última relación seria había terminado hacía dos años.

Ella y Marcos habían sido buenos compañeros de agenda: cenas reservadas con semanas de antelación, viajes eficientes, ninguna pelea memorable.

Un domingo habían comprendido que la relación funcionaba porque ya no le pedían nada.

—Seguimos felicitándonos el cumpleaños —dijo—. Con signos de exclamación, para que parezca entusiasmo.

—Eso sí es maduro y poco útil.

—Estamos hechos para aburrir al público.

Gabriel secó un plato y se lo tendió. Sus dedos se tocaron. Esta vez ninguno apartó la mano enseguida.

—No me estoy aburriendo —dijo él.

Clara dejó el plato en el armario equivocado solo para poder mirar hacia otro lado.

Por la tarde regresaron a la biblioteca para colocar carteles.

Nora apareció con Yago, un niño de nueve años que llevaba un cuaderno lleno de monstruos.

Clara los ayudó a decidir qué dibujos iban en el panel de recomendaciones.

Yago defendía que cualquier libro mejoraba si se añadían tentáculos en la cubierta; Nora exigía animales parlantes.

—Forman un comité editorial exigente —dijo Elena.

Clara sintió el peso de la libreta verde dentro del bolso.

No la sacó.

Al anochecer, Gabriel y ella caminaron hasta una pared baja junto a las últimas casas. Las luces de Valdeazahar se encendían una a una. No había un silencio absoluto: ladridos, platos, una moto lejana, grillos. Era un ruido con espacio entre medias.

—¿Nunca has querido marcharte otra vez? —preguntó Clara.

—A veces he querido estar en otros sitios. No es igual.

—¿Y si te quedas y te pierdes algo?

—Siempre te pierdes algo. Si estás en Madrid, te pierdes esto. Si estás aquí, te pierdes Madrid. Elegir no multiplica la vida.

Clara apoyó las manos en la piedra tibia.

—En mi mundo, quedarse suena a no haberlo conseguido.

—Depende de dónde te quedes y por qué.

—Eso es una respuesta muy razonable. Me molesta.

Gabriel sonrió.

—Yo tardé años en poder decir que había vuelto sin justificarme. Quedarse también puede ser una decisión valiente.

No lo dijo mirándola, como si hablara de ella. Lo dijo mirando el pueblo, recordando quizá al hombre más joven que había tenido que explicarse demasiadas veces.

Clara dejó que el aire fresco le rozara la cara.

—¿Y cuál es la decisión cobarde?

—La que tomas para que otro no piense mal de ti.

El móvil vibró en el bolso de Clara. No lo miró.

Gabriel tampoco pareció notarlo.

En el camino de vuelta pasaron bajo unas moreras que formaban un túnel oscuro sobre la calle. En el suelo había hojas moviéndose con el viento. Clara levantó la cara.

—Mañana va a llover —dijo.

Gabriel observó el cielo despejado.

—Eso es una forma muy elaborada de proponer otro café.

—Estoy aprendiendo del campo.

—Todavía te falta mirar las nubes.

—Dales tiempo.