La muchacha no tiene pueblo Capítulo 10. Viernes de ida
21%

Capítulo 10. Viernes de ida

Viernes de ida

La segunda vez, Clara viajó sola.

Salió de Madrid el viernes a las cuatro y media en un autocar directo con una maleta sensata, las zapatillas manchadas y una caja de bombones para Rosario que sabía ridícula frente a la capacidad logística de la familia Navarro.

No abrió el portátil. Contestó los últimos mensajes antes de abandonar Méndez Álvaro y después guardó el móvil.

Cuando la sierra apareció tras el cristal, la reconoció.

Aquello la inquietó más que perderse.

El autocar la dejó en la Plaza de la Fuente. Gabriel esperaba sentado en la terraza de La Parada. Al verla bajar se levantó, pero Tomás salió primero del bar con una taza.

—Con avena, templado y sin espuma —anunció.

—Acabo de bajar del autobús.

—El café no debe pagar por tu falta de puntualidad.

Clara probó. Estaba perfecto.

—¿Ha tenido la leche en alerta toda la semana?

—Aquí sabemos gestionar inventarios.

Gabriel la besó en las mejillas. El segundo beso quedó cerca de la comisura de la boca, quizá por un cálculo erróneo o quizá no. Clara notó el rastro de su barba mientras se sentaba.

—Has tardado menos que la otra vez —dijo él.

—No he trabajado durante el viaje.

—¿Te encuentras bien?

—He pensado que mirar la carretera podía ser útil.

—Una decisión innovadora.

Tomás dejó un vaso de agua y un platillo con dos trozos de bizcocho.

—Eso no lo he pedido —dijo Clara.

—Tampoco pediste las pinzas y bien que te las llevaste.

En la mesa de al lado, Aurelio se rio sin apartar la vista del periódico.

—La historia ha circulado —murmuró Clara.

—Solo lo necesario —dijo Gabriel.

La puerta de la tienda de Amalia se abrió y una mujer de pelo oscuro salió hablando por teléfono. Llevaba vaqueros, una carpeta bajo el brazo y a una niña de gafas verdes cogida de la mano. Al ver a Gabriel, terminó la llamada.

—Por fin —dijo la niña.

Corrió hacia él. Gabriel se agachó para abrazarla.

—Nora, esta es Clara.

La niña la examinó con absoluta franqueza.

—No te pareces mucho al dibujo.

—Eso espero. Tenía un brazo más largo que otro.

—Era para sujetar mejor los libros.

—Entonces retiro la queja.

La mujer sonrió y extendió una mano.

—Lucía Pardo. Madre de la artista y alcaldesa cuando me dejan.

—Clara Serrano. Objetivo de la artista y publicista casi siempre.

—Gabriel nos ha hablado de ti —dijo Nora.

—Nora —la reprendió su madre con suavidad.

—Solo ha dicho cosas buenas.

Gabriel se sentó de nuevo.

—Gracias por respetar la confidencialidad.

Nora vio el bolso de Clara.

—¿Has traído libros?

—Uno.

—¿Con animales que hablan?

—Una casa que anda.

Nora meditó.

—Puede servir.

Lucía explicó que iban a la biblioteca. Había una actividad de fin de curso y Elena necesitaba manos para preparar una exposición. Gabriel sugirió que fueran después de dejar la maleta.

—Si te apetece —añadió, mirando a Clara.

—Claro.

—La biblioteca tiene aire acondicionado —informó Nora—. Es mejor que el ayuntamiento.

—Eso no debe figurar en la promoción institucional —dijo Lucía.

En casa de los Navarro, Rosario aceptó los bombones con alegría y le mostró que las pinzas de Amalia ya estaban en el tendedero.

—Carmen dice que agarran poco —comentó—, pero ella evalúa las pinzas como si fueran empleados públicos.

Clara dejó la maleta en el mismo cuarto. Habían cambiado las flores de la mesilla y colocado un pequeño ventilador junto a la ventana. Su cepillo de dientes, que había olvidado la otra vez, estaba dentro de un vaso.

—Iba a tirarlo —dijo Rosario desde la puerta—, pero Gabriel dijo que quizá volvías.

—Gabriel es optimista.

—Gabriel es paciente. No es lo mismo.

La biblioteca municipal ocupaba una antigua casa de dos plantas. Conservaba la puerta de madera y el patio interior, pero dentro había vidrio, rampas, mesas con enchufes y estanterías blancas. Un panel anunciaba un club de novela, asesoramiento digital para mayores y un taller de cómic.

—Esperaba menos actividad —admitió Clara.

—Todo el mundo espera menos —dijo una voz—. Es agotador superar expectativas tan bajas.

Elena Belmonte bajaba por la escalera con una pila de cartulinas. Rondaba los cincuenta, vestía un pantalón verde intenso y llevaba el pelo gris cortado a la altura de la mandíbula. Gabriel acudió a quitarle la mitad de la carga.

—No necesito ayuda —dijo ella.

—Por eso te tiembla el brazo.

—Me tiembla de indignación.

Elena saludó a Clara y la condujo por la sala. Hablaba rápido, pero prestaba atención a cada respuesta. Le enseñó el rincón infantil, la colección local y dos cabinas de trabajo insonorizadas.

—¿De verdad hay fibra? —preguntó Clara.

Elena se detuvo.

—No. Dentro de las paredes corren señores pequeños llevando los correos electrónicos.

Gabriel carraspeó para ocultar una risa.

—Me lo merezco —dijo Clara.

—Un poco. Tenemos fibra desde hace años. Y un repetidor decente desde que Lucía amenazó con instalar su despacho en la oficina de la compañía.

En el rincón infantil había álbumes que Clara conocía y otros que no había visto nunca. Se agachó ante una balda y empezó a sacar títulos.

—Tenéis la edición antigua de El jardín nocturno .

—Dos ejemplares —dijo Elena—. Uno está reservado para no prestarlo a personas que doblan esquinas.

—Una política razonable.

—¿Te gustan los álbumes?

—Los colecciono.

—¿Cuántos?

—No sé.

—Eso significa más de cien.

—Ciento ochenta y tres —confesó Clara.

—¿Los ordenas por editorial, autor o tamaño? —preguntó Elena.

—Por una combinación que solo entiendo yo.

—La clasificación más resistente.

Elena explicó que escogía novedades con Raquel y con los propios niños. Una parte del presupuesto se reservaba para sugerencias de lectores, incluso cuando ella no compartía el entusiasmo.

—Una biblioteca no es mi estantería privada pagada por todos —dijo—. Si solo comprara lo que me gusta, estaría muy satisfecha y haría mal mi trabajo.

Clara pensó en los estudios de audiencia de la agencia. Elena conocía a sus lectores por el nombre, pero no confundía cercanía con decidir por ellos.

Elena sonrió como si acabara de descubrir un parentesco.

—Ven.

La llevó a un pequeño almacén donde había cajas de novedades aún sin catalogar. Abrió una y empezó a enseñarle libros. Clara se sentó en el suelo. Nora se acomodó a su lado y opinó sobre cada cubierta. Gabriel desapareció para ayudar a Lucía a mover unos paneles.

—Este tiene un zorro —dijo Nora—. Los zorros hablan bien.

—¿Mejor que los tejones?

—Los tejones tienen voz de abuelo.

—Una observación controvertida.

Elena les alcanzó un álbum sin texto.

—¿Y este?

Clara pasó las páginas despacio. Un pájaro construía un nido con objetos perdidos: un cordón, una carta, un botón, una llave. Sin darse cuenta, empezó a contar la historia en voz alta. Nora la corrigió cuando llamó cuerda al cordón y añadió que la llave abría una casa bajo el mar.

Al levantar la vista, Gabriel estaba apoyado en el marco de la puerta. No parecía sorprendido. Solo la miraba con una atención cálida que la obligó a cerrar el libro.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso no era una mirada de nada.

—Me ha gustado la casa bajo el mar.

—Ha sido idea de Nora.

—Las mejores lo son —dictaminó la niña.

Lucía apareció con uno de los paneles bajo el brazo.

—Hay que llevar esto al colegio antes de que Raquel cierre—dijo—. ¿Alguien conserva fuerzas?

Clara y Gabriel se ofrecieron. Nora caminó delante, narrando la historia de la casa submarina.

Cruzaron dos calles hasta Las Encinas. El colegio tenía seis aulas, un comedor pequeño y un patio donde los árboles daban sombra a unas mesas pintadas.

En el vestíbulo había fotografías de un proyecto de ciencias sobre el agua y dibujos enviados por niños de otros pueblos del colegio rural agrupado.

Raquel, la maestra, los recibió con cinta adhesiva en una muñeca y rotulador azul en la otra mano.

—Llegáis justo antes de que intente colocar esto sola y aparezca mañana debajo del panel.

Tenía treinta y siete años, una coleta mal hecha y una energía tranquila. Conocía a Clara por la versión de Nora, lo que significaba que sabía de las bolsas, Madrid y los libros duplicados.

—Aquí los viernes mezclamos grupos para proyectos — explicó mientras fijaban el panel—. Ser pocos nos obliga a inventar, pero también permite hacer cosas que en un aula de treinta serían imposibles.

—¿No os faltan recursos?

—Algunos. Y especialistas ciertos días. Lo peleamos. Pero no nos falta escuela.

Clara observó una estantería baja con libros gastados de tanto uso. Nora había colgado su erizo-águila sobre la mesa de lectura.

—Lo he puesto para que no se pierda —dijo.

—Tiene alas —señaló Clara—. Puede volver solo.

—Pero necesita saber dónde.

La frase infantil la siguió de regreso a la biblioteca.

Elena dejó aparte cuatro álbumes para Clara.

—Te hago carné si vas a volver.

La frase produjo un pequeño silencio.

Clara miró a Gabriel, que no respondió por ella.

—Hazlo —dijo—. Volveré.

Esta vez, pronunciarlo no se pareció en nada a aceptar una invitación.