Capítulo 9. Un tomate con reputación
Un tomate con reputación
El lunes, Clara llevó un tomate a la agencia.
No lo hizo para compartirlo. Lo envolvió en papel de cocina, lo metió en un recipiente rígido y lo guardó en la nevera común con la intención de cortarlo durante la comida. A las once, alguien había pegado una nota en la tapa.
¿Es ecológico? —Blanca
Debajo, Javi, el director de arte, había añadido:
¿Es una acción de guerrilla?
Clara arrancó el papel y volvió a su mesa. A las doce y media, la recepcionista la llamó.
—Tienes un envío que huele a campo.
—¿Eso qué significa?
—Ven con una carretilla.
En recepción había una caja de cartón con el logotipo de una empresa agrícola. Contenía tomates, pimientos, dos calabacines, un manojo de albahaca y una nota escrita con la letra pausada de Gabriel.
Mi padre opina que seis tomates no constituyen una provisión. Yo he conseguido evitar que añadiera melones. Las pinzas no son nuestras.
Clara sonrió antes de darse cuenta de que la miraban.
—¿Quién te manda verduras? —preguntó la recepcionista.
—Un contacto.
—¿De negocio?
—Del negocio del tomate.
Subió la caja. Su llegada paralizó durante tres minutos la producción de una campaña de seguros. Blanca olió la albahaca, Javi sostuvo un calabacín como si fuera un micrófono y Sergio, el redactor júnior, preguntó si aquello se podía desgravar como regalo de proveedor.
—No se toca —advirtió Clara.
—Hay doce tomates —dijo Blanca—. Pretendes dejarlos madurar en tu piso hasta que desarrollen conciencia.
—Son míos.
—El liderazgo se demuestra compartiendo recursos escasos.
Hugo salió de su despacho atraído por la concentración de empleados o por el olor.
—¿Qué ocurre?
—Clara ha recibido activos agrícolas y se niega a distribuirlos —explicó Javi.
Hugo tomó un tomate, lo sopesó y lo devolvió a la caja.
—Sala grande. A las dos. Yo pongo aceite.
—Tenemos una reunión a las dos —recordó Clara.
—La trasladamos a las dos y cuarto. Hay decisiones que definen una cultura de empresa.
Durante la cata, Hugo preguntó de dónde venían exactamente. Clara describió Valdeazahar, el huerto y la discusión sobre los geranios. Al terminar, él la miró con curiosidad.
—Es la primera vez en meses que cuentas un fin de semana sin mencionar que estabas agotada.
—También estaba agotada. Quité hierbas con un vestido.
—Eso no parece descanso.
—No lo era. Pero era otro cansancio.
Hugo asintió y se llevó una rodaja de tomate a la sala de reuniones. Clara se quedó pensando en la diferencia. En Madrid, el cansancio le ocupaba la cabeza incluso estando quieta. En el huerto le había dolido la espalda y, aun así, aquella noche había dormido.
A la hora acordada, cortaron cinco tomates sobre una tabla del office. Alguien consiguió sal en escamas; otro bajó a comprar pan. El tomate de Clara, el que había viajado solo en su recipiente, se unió al resto con cierta dignidad.
—Esto tiene sabor —dijo Sergio, sorprendido.
—Qué observación tan valiente —repuso Blanca.
—Quiero decir que sabe a algo concreto.
Javi fotografió una rodaja a contraluz.
—Podríamos hacer una campaña.
—No —dijo Clara.
—Ni siquiera te he contado el concepto.
—Quiero conservar al menos un alimento sin lema.
Mientras recogía la caja, encontró en el fondo una hoja doblada. Era un dibujo hecho con rotuladores: un hombre muy alto conducía un tractor morado; a su lado, una mujer de pelo oscuro sostenía dos libros. Sobre ellos volaba un animal con púas y alas. En letras grandes ponía:
PARA CLARA. ESTE ES UN ERIZO-ÁGUILA. NORA.
Gabriel le había contado a Nora la confusión de las bolsas. También debía de haberle hablado de ella.
Clara se llevó el dibujo a su mesa y lo apoyó contra la pantalla. A los diez minutos, Hugo pasó por detrás.
—¿Nueva línea visual para Vértice?
—El público objetivo ha cambiado.
—Es una mejora. Hay más emoción que en el ático.
Aquella tarde tuvo tres reuniones seguidas.
El cliente del perfume pidió una mujer «libre, pero no demasiado sola».
La promotora quiso sustituir la palabra desaparecer porque «podía sonar a delito».
Un proveedor llamó seis veces para explicar que no había llamado tantas.
A las ocho, el dibujo de Nora seguía apoyado frente a ella.
El erizo alado parecía dirigirse a alguna parte.
Clara sacó la libreta verde.
Ernesto probó la casa alta, la casa sin ventanas y la casa tan pequeña que sus sueños tenían que dormir fuera.
Se quedó mirando la frase. Luego escribió:
—A lo mejor no necesitas otra casa —le dijo una urraca—. A lo mejor necesitas una puerta que se abra cuando llegues.
—¿Sigues aquí? —preguntó Blanca, asomándose por encima del separador.
Clara cubrió la página con la mano.
—Estoy terminando algo.
—¿Para qué cliente?
—Para ninguno.
Blanca pareció no comprender, pero estaba demasiado cansada para investigarlo.
—Voy a pedir un coche. ¿Compartimos?
—Vete. Yo tardaré un poco.
Cuando la oficina quedó vacía, Clara trasladó el portátil a una mesa pequeña junto a la ventana.
Abajo, los taxis encendían intermitentes y la gente salía de los edificios mirando pantallas.
Escribió sobre puertas que solo se abrían con contraseña, sobre una madriguera impecable donde nadie reía y sobre un cobertizo lleno de bicicletas que no tenía cama, pero sí meriendas.
Irene apareció a las nueve con dos recipientes de comida y autorización temporal de recepción. Había terminado una jornada cerca y, según explicó, no confiaba en que Clara recordara la existencia de la cena.
—¿Por qué huele tu mesa a albahaca? —preguntó.
Clara señaló la caja, ya reducida a la mitad.
—Gabriel.
Irene abrió un recipiente y encontró el dibujo de Nora apoyado contra la pantalla.
—¿Y esto?
—Su ahijada.
—¿Su ahijada te dibuja y su familia abastece a tus compañeros? Has entrado en una estructura afectiva de distribución rápida.
—Me han mandado tomates, no una escritura de propiedad.
Irene tomó uno, lo olió y volvió a dejarlo con cuidado.
—¿Vas a regresar?
—No lo sé.
—Tienes las pinzas de aquel pueblo sujetando una bolsa en tu cocina y hoy has traído un tomate individual al trabajo.
—¿Cómo sabes lo de mi cocina?
—Me mandaste una foto porque dijiste que las pinzas daban «un toque conceptual».
Clara abrió la comida. Irene vio la libreta verde, pero no intentó cogerla.
—¿También tiene que ver con él?
—No. Esto estaba antes.
—Entonces puede que tenga que ver contigo. Mucho más peligroso.
Comieron junto a la ventana. Irene habló de su rodaje y no volvió a preguntar por Gabriel. Cuando se marchó, se llevó un tomate con permiso y dejó a Clara a solas con una frase que no podía convertir en broma.
No era un cuento bueno. Aún no. Cambiaba de tono, el erizo hablaba como un señor de cincuenta años y la urraca aparecía sin motivo. Clara releyó cuatro páginas y sintió una mezcla de vergüenza y alegría que no se parecía a nada de lo que ocurría al terminar una campaña.
El teléfono sonó a las diez menos cuarto.
—¿Sigues trabajando? —preguntó Gabriel.
—Técnicamente.
—¿Eso quiere decir que estás viendo vídeos de cómo limpiar zapatillas?
—Ya he aceptado que las manchas forman parte de su historia.
—Estás creciendo.
Clara giró el dibujo hacia la ventana.
—Ha llegado la caja.
—¿Solo una? Dejé a mi padre vigilado, pero quizá haya organizado otro envío.
—La agencia ha celebrado una cata.
—¿Ha ganado alguno?
—Uno tenía reputación antes de empezar. No ha sido limpio.
—Se llama Bernardino. Es competitivo.
Clara rio. Estuvo a punto de contarle que estaba escribiendo. Miró la libreta, la frase de la puerta y las tachaduras. Todavía no podía soportar que aquella parte de ella existiera también en los ojos de Gabriel.
—He encontrado el dibujo de Nora —dijo en su lugar.
—Sostiene que el erizo-águila mejoraría cualquier libro.
—Puede que tenga razón.
—La conocerás si vuelves. Lleva desde el domingo preguntando cuándo viene la mujer que compra los cuentos de dos en dos.
Gabriel no convirtió el «si vuelves» en una invitación. Dejó la frase donde estaba y le habló de un aspersor averiado, de Julián intentando empaquetar calabacines y de que Tomás había preguntado si el café con avena regresaba aquel fin de semana.
Al colgar, Clara abrió el calendario. Tenía una cena el viernes que podía cancelar y nada imprescindible el sábado, aunque en la agencia la palabra imprescindible tuviera una capacidad extraordinaria para reproducirse.
Escribió a Gabriel:
Dile a Tomás que mantenga la leche de avena en alerta.
Borró el mensaje.
Volvió a mirar a Ernesto.
Después escribió:
¿Qué tal está la carretera los viernes?
La respuesta llegó antes de que pudiera arrepentirse.
Depende. ¿Es una pregunta estadística o tengo que preparar el cuarto?
Clara sonrió.
Prepara el café. El cuarto ya sabe quién soy.