Capítulo 8. No podría vivir aquí
No podría vivir aquí
El domingo comenzó a las siete con campanas.
Clara abrió los ojos en el cuarto de invitados y contó nueve golpes antes de perderse. Se cubrió la cabeza con la almohada. Cuando el silencio regresó, un gallo lejano tomó el relevo con la perseverancia de un aparato defectuoso.
Buscó el móvil en la mesilla.
No había cobertura suficiente para cargar un vídeo, pero sí para recibir diecisiete mensajes del grupo de la agencia. La tecnología, pensó, siempre encontraba la forma de entregar lo peor de ambos mundos.
Escribió a Irene.
Primer inconveniente: campanas. Segundo: gallo. Tercero: Gabriel conoce a todos los seres humanos en un radio de veinte kilómetros.
Irene respondió con una nota de voz bostezando.
—Son las siete. Si estás enumerando defectos, es que te gusta demasiado. Vuelve a dormirte.
Clara lo intentó. A las ocho y media olía a café y tostadas desde el piso de abajo. Cuando entró en la cocina, Julián leía noticias en una tableta y Rosario respondía mensajes de cumpleaños.
—¿Te han despertado las campanas? —preguntó ella.
—No mucho.
—A mí me despertaron durante veinte años —dijo Julián—. Luego dejé de oírlas y me preocupé. Resultó que habían cambiado el mecanismo.
—Gran consuelo.
Gabriel llegó con una bolsa de churros. Llevaba pantalones cortos y una camiseta gris. Clara se descubrió mirándole los brazos y se concentró con intensidad en untar una tostada.
—Buenos días —dijo él—. ¿Has conocido al gallo de Esteban?
—Todavía no personalmente. Preferiría mantener la relación a distancia.
—Es mutuo. Tiene mal carácter.
Después de desayunar, Gabriel propuso caminar hasta un mirador a las afueras. Clara se puso las zapatillas manchadas del huerto; las otras habían rozado demasiado durante el viaje y las sandalias no parecían aptas para un camino.
—Cuarto inconveniente —murmuró—: necesitas calzado específico para cada calle.
—¿Estás haciendo una lista?
—Evaluación objetiva.
—Avísame cuando lleguemos a las fortalezas.
—No he prometido esa sección.
Atravesaron la Plaza de la Fuente. Tomás levantó una mano desde La Parada.
—¡Clara! Cuando vuelvas, café con avena, templado y sin espuma.
—Eso da un poco de miedo —dijo ella.
—Tomás tiene un concepto expansivo del servicio al cliente—explicó Gabriel.
Una mujer que barría su acera les dio los buenos días. Un hombre salió de un portal con un perro y también los saludó. Dos adolescentes en bicicleta dijeron «hola, Gabriel» sin dejar de pedalear.
—Quinto inconveniente: no se puede ser anónima.
—Puedes. Esa mujer se llama Consuelo y no tiene ni idea de quién eres.
—Me ha saludado.
—Sí. Es una práctica antigua. No exige entregar documentación.
Al salir del casco urbano pasaron junto al colegio Las Encinas, un edificio bajo con un patio arbolado y un mural de animales. Más allá estaban el consultorio, la pista deportiva y una biblioteca instalada en una casa rehabilitada con grandes ventanas.
—Eso es nuevo —dijo Clara.
—La ampliaron hace tres años. Elena consiguió una ayuda y convenció al ayuntamiento de que una biblioteca no se mide solo por los préstamos.
—¿Qué se hace allí?
—Clubes de lectura, talleres, apoyo escolar, cine. También se prestan herramientas y hay dos puestos de teletrabajo.
Clara miró el cartel con los horarios.
—¿Tenéis puestos de teletrabajo?
—No. Es una leyenda que contamos a los forasteros. Dentro hay una cabra con una máquina de escribir.
—Muy gracioso.
Junto a la biblioteca había una máquina refrigerada con productos de la cooperativa: aceite, legumbres, frutos secos y conservas. Gabriel explicó que permitía comprar cuando la tienda estaba cerrada y que varios productores compartían mantenimiento.
—Así que sí tenéis una tienda abierta veinticuatro horas—dijo Clara.
—Una muy pequeña.
—Retiro un inconveniente.
—La máquina no vende leche de avena.
—Lo restauro.
Una pareja de cicloturistas consultaba una ruta hacia la sierra. Gabriel les indicó dónde llenar agua y qué camino evitar tras las lluvias. No eran visitantes perdidos en un lugar sin servicios: habían ido allí precisamente por los caminos, el paisaje y una casa rural recién abierta en las afueras.
El camino ascendía entre almendros. Desde arriba se veía Valdeazahar extendido en una hondonada, sin postal perfecta: tejados nuevos y antiguos, placas solares, naves, patios, la torre de San Bartolomé asomando desde otra calle y, más lejos, la cooperativa. La sierra azul cerraba el horizonte.
Clara se sentó en un muro bajo. Corría una brisa ligera.
—Es bonito —admitió.
—Lo apuntaré en la columna de fortalezas.
—He dicho bonito. No práctico.
—No todo tiene que ser práctico.
—Eso lo dice un hombre que controla tomates desde el móvil.
Permanecieron allí sin hacer nada. Al principio, Clara buscó una actividad: una fotografía, un mensaje, la siguiente etapa del paseo. Gabriel se limitó a mirar cómo una sombra avanzaba sobre los almendros.
—¿Y ahora? —preguntó ella.
—Ahora, nada.
—¿Cuánto dura nada?
—Lo que quieras.
Clara sacó el móvil, tomó una foto de la sierra y la envió a Irene.
¿Ya estás mirando terrenos? , contestó su amiga.
Estoy elaborando una lista de inconvenientes.
Claro. Por eso vuelves a mandarme paisajes.
Guardó el teléfono. Una mariposa blanca cruzó el camino. Más abajo se oyeron las campanas de las once, menos violentas a esa distancia.
—En Madrid, si me siento diez minutos sin hacer nada, pienso que he olvidado algo —dijo.
—¿Y aquí?
—También. Pero no sé qué podría ser.
Gabriel no le ofreció una explicación. Al cabo de un rato se levantó y le tendió la mano. Clara la aceptó. Sus dedos permanecieron unidos unos pasos más de lo necesario antes de soltarse para bajar por el camino.
Gabriel se sentó a su lado, dejando un espacio prudente entre ambos.
—¿Estás deseando volver?
Clara pensó en el piso ordenado, su cama, el café correcto de la esquina y una cobertura que permitía angustiarse a máxima velocidad.
—Tengo mucho trabajo.
—No era la pregunta.
—Un poco —reconoció—. También me alegro de haber venido.
—Las dos cosas caben.
Al regresar, Rosario les preparó una bolsa con tortilla, magdalenas y tomates. Clara protestó que no necesitaba comida para tres semanas.
—No es para tres semanas —dijo Rosario—. Los tomates buenos no esperan tanto.
Julián añadió un tarro de aceitunas. Merce apareció con otra barra de pan. Amalia mandó, a través de Pili, un paquete de pinzas «para que no olvide su primera compra en Valdeazahar».
—Esto parece una evacuación —dijo Clara al ver el maletero.
—Aquí tememos que Madrid no tenga comida —respondió Gabriel.
Se despidió de Rosario con un abrazo más natural que el primero. Julián le pidió que volviera con ropa de faena. Carmen gritó desde su puerta que la próxima vez no permitiría a Gabriel sentarse junto a ella en el dominó. Pili estaba regando y levantó la regadera a modo de saludo.
Durante los primeros kilómetros, Clara hizo su lista en voz alta.
—No hay una tienda abierta veinticuatro horas. Necesitas coche para casi todo. Las campanas no respetan los domingos. La gente sabe cuándo llegas. Y cuándo te vas. Hay insectos de un tamaño ofensivo.
—El último era una polilla.
—Tenía intenciones.
—¿Alguna otra objeción?
Clara miró los campos que se alejaban.
—No podría vivir aquí.
La frase salió más rápida de lo que esperaba. Gabriel mantuvo los ojos en la carretera.
—No tienes que hacerlo.
No hubo decepción ni desafío en su tono. Solo una certeza limpia que le devolvía la frase sin peso añadido.
—Ya lo sé —dijo ella.
Gabriel puso música. Hablaron de la comida, de Álvaro y de la sospecha de que Aurelio regaba de madrugada para evitar la vigilancia de Carmen. Al aproximarse a Madrid, aumentó el tráfico. El móvil de Clara empezó a vibrar y ella respondió primero un mensaje, después otro.
Gabriel la dejó frente a su portal al anochecer. Subió la maleta y la bolsa de comida hasta el ascensor.
—Gracias por venir —dijo.
—Gracias por... todo eso.
Clara señaló los tomates, las aceitunas, el pan y las pinzas.
—Es el paquete básico de supervivencia.
Se abrazaron. Esta vez el cuerpo de Gabriel permaneció junto al suyo un segundo más. Clara alzó ligeramente la cara. Él también pareció dudar, pero las puertas del ascensor se abrieron con un gemido y una vecina salió empujando un carrito de compra.
—Buenas noches —dijo Gabriel.
—Conduce con cuidado.
En el piso, Clara colocó los tomates sobre la encimera y las pinzas junto a ellos. Encendió las luces. Todo estaba exactamente como lo había dejado: los cojines alineados, la manta doblada, ni una taza fuera de sitio.
No había campanas. No había gallos. Nadie movía sillas en la calle ni discutía sobre geranios. El silencio que había pagado tan caro se extendía impecable por todas las habitaciones.
Clara se quedó de pie en medio del salón, escuchándolo.
Por primera vez, le resultó demasiado ruidoso.