Capítulo 7. La muchacha no tiene pueblo
La muchacha no tiene pueblo
La cena empezó con seis sillas y, antes de que Rosario sacara la tortilla, ya necesitaban diez.
Pili apareció con dos plegables bajo el brazo y una fuente de berenjenas. Tenía sesenta y tres años, el pelo recogido y la serenidad de quien había regado las macetas de la misma calle el tiempo suficiente para conocer la dirección del viento.
—Clara, por fin te veo sin una ventanilla delante —dijo.
—Nos vimos ayer.
—Vi media cara. Con eso no se conoce a nadie.
No añadió ninguna pregunta incómoda. Dejó las sillas, examinó el cielo y aconsejó colocar la mesa un palmo más cerca de la pared porque luego correría aire.
Carmen cruzó desde la casa de enfrente con los pimientos y una baraja. Era redonda, ágil y llevaba las uñas pintadas de rojo. Aurelio la seguía arrastrando la manguera.
—Deja eso ya —le dijo ella—. Vas a ahogar los geranios.
—Con este calor, la tierra lo chupa todo.
—La tierra sí. Las plantas están pidiendo un abogado.
Aurelio cerró el grifo a regañadientes. Saludó a Clara y tomó asiento junto a Julián.
—Tú eres la amiga de Gabriel.
—Sí.
—Qué bien.
Aquello fue todo el interrogatorio. A los pocos minutos discutía con Julián sobre un penalti de hacía nueve años.
Gabriel colocó a Clara junto a él. La calle olía a tortilla, pimiento asado y jazmín. A ambos extremos se veían fachadas claras y una franja de cielo que iba perdiendo color. Un coche se acercó despacio, el conductor saludó y esperó a que movieran dos sillas para pasar.
—Perdona —dijo Clara, levantándose.
—Siéntate —ordenó Carmen—. Si fuera urgente, habría ido por la otra calle.
El conductor, que la oyó por la ventanilla, se rio.
—¡No me descubras, Carmen!
Después siguió su camino.
Rosario repartió tortilla. Merce mandó una hogaza a través de su marido, que la dejó en la mesa y desapareció antes de que pudieran invitarlo.
Pili sirvió las berenjenas. Clara había llevado una botella de vino comprada en Madrid; Julián la examinó con respeto y declaró que era demasiado buena para mezclarla con gaseosa, lo que provocó un debate inmediato sobre si aquella frase era elogio o amenaza.
—¿Y tú de dónde eres, Clara? —preguntó Carmen mientras cortaba pan.
—Nací en Zaragoza. Mis padres siguen allí, pero llevo once años en Madrid.
—¿Y de pequeña dónde ibas en verano?
—A muchos sitios. Mis padres alquilaban apartamentos en la playa, alguna vez viajábamos fuera...
—¿Pero a qué pueblo ibas?
Clara negó con la cabeza.
—A ninguno. Mis abuelos también vivían en ciudad.
Carmen dejó el cuchillo sobre la tabla.
—La muchacha no tiene pueblo.
No lo dijo con lástima ni como una acusación. Sonó a constatación simple, como si hubiera descubierto que Clara no tenía paraguas y estuviera calculando dónde conseguirle uno.
Pili, que llenaba los vasos, levantó los ojos y sonrió.
—Pues ya tiene uno.
Durante un segundo, nadie añadió nada. Aurelio seguía defendiendo que los geranios «beben de noche». Rosario estaba ocupada sirviendo otra porción y Julián buscaba un refrán que todavía no había encontrado. La conversación avanzó hacia las fiestas de agosto y el precio de una orquesta.
Pero Clara se quedó inmóvil con el tenedor en la mano.
Gabriel no la miró enseguida. No aprovechó la frase, no le rozó la rodilla ni hizo de ella una promesa que ninguno de los dos había formulado. Siguió escuchando a Aurelio. Solo unos instantes después, mientras acercaba el pan a Clara, le preguntó en voz baja:
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Seguro?
—Necesito más tortilla.
Gabriel observó el plato, donde aún quedaba media porción.
—Es una emergencia grave.
—No sabes la capacidad que tengo cuando me emociono.
Él le sirvió otro pedazo sin señalar que los ojos le brillaban.
Carmen quería contratar a la misma orquesta del año anterior porque había tocado pasodobles sin convertir la verbena en «un museo con altavoces».
Aurelio prefería ahorrar aquel dinero para reparar una sombra en la plaza.
Pili defendía que podían hacer las dos cosas si el ayuntamiento conseguía una ayuda.
—Lucía ya está con ello —dijo Rosario—. Le faltan dos presupuestos.
—Se los consigue mañana —aseguró Carmen.
—¿Trabajas en el ayuntamiento? —preguntó Clara.
—No. Fui enfermera en el consultorio hasta que me jubilé. Pero la orquesta la lleva mi sobrina y sé que no contesta correos después de comer.
Aurelio acercó a su mujer un cojín sin interrumpir la discusión. Carmen se lo colocó detrás de la espalda y, a cambio, le retiró discretamente el salero cuando él quiso usarlo por tercera vez.
—No necesito vigilancia —dijo Aurelio.
—Claro que no. Necesitas riñones nuevos, pero como no los venden en Amalia, nos apañamos.
Él fingió indignación y terminó comiendo sin más sal. Clara vio años de cuidado convertidos en una broma ensayada para no herir el orgullo de ninguno.
Tras la cena apareció una caja de dominó. Carmen y Rosario formaron pareja contra Julián y Aurelio. Pili se negó a jugar porque, según dijo, quería conservar amistades. Gabriel recogía platos y Clara se levantó para ayudarlo.
—Eres invitada —dijo Rosario.
—En Madrid también sé transportar platos.
—Déjala —intervino Carmen—. Así aprende dónde está la cocina.
—No empieces —le advirtió Pili.
—¿Qué he empezado? La cocina es información útil. También le enseñaría el cuadro eléctrico.
Clara llevó una pila al patio. Gabriel entró detrás con vasos.
—Carmen no pretendía...
—Lo sé.
—Y Pili tampoco estaba decidiendo nada por ti.
—También lo sé.
Dejó los platos en el fregadero. A través de la puerta abierta llegaban los golpes de las fichas y las protestas de Aurelio.
—Es solo que nadie me había dicho algo así —admitió Clara.
—¿Que no tienes pueblo?
—Que ya tengo uno.
Gabriel apoyó los vasos en la encimera.
—Pili adopta rápido. Una vez consideró vecino a un técnico de telefonía porque tardó tres semanas en reparar una antena.
Clara lo miró y acabó riéndose.
—Gracias por estropear el momento.
—Me pareció que pesaba demasiado.
Se quedaron frente a frente en la cocina estrecha. Gabriel tenía una gota de agua en la muñeca. Clara sintió el impulso repentino de acercarse, pero desde la calle Carmen gritó que Julián hacía señas.
—¡Son picores! —protestó él.
—Te pica siempre el seis doble.
Gabriel se apartó con una sonrisa.
—Será mejor que evitemos un conflicto vecinal.
Volvieron a la mesa. Clara se sentó junto a Pili, que miraba la partida sin intervenir.
—No quería incomodarte —dijo la mujer.
—No lo has hecho.
—Una puede vivir muy bien sin pueblo. No es una enfermedad.
—Ya.
—Pero ayuda tener un sitio donde sepan cómo tomas el café.
Tomás, desde la plaza, ya lo sabía después de una mañana.
—¿Tú has vivido siempre aquí? —preguntó Clara.
—No. Me fui a Valencia con veintidós años. Trabajé en una gestoría y volví con treinta y cinco, cuando quise montar la mía. La gente cree que quien vuelve deshace el camino. Yo creo que lo elige otra vez.
—¿No te arrepentiste?
—Algunas tardes. Igual que me arrepentía otras en Valencia. Los lugares no te libran de ti misma.
Pili contó que al volver abrió una pequeña gestoría en la habitación que había sido de su abuela. Al principio llevaba cuentas de tres comercios; después ayudó a productores a tramitar ayudas y a jóvenes autónomos a no temer cada carta de Hacienda.
—Ahora trabajo solo dos mañanas —dijo—. El resto del tiempo riego plantas ajenas y doy opiniones que nadie ha solicitado.
—Eso último no tiene horario —apuntó Carmen desde la mesa.
—Ni factura, por desgracia.
Clara comprendió que el regreso de Pili no había sido una retirada. Había construido una carrera en aquella misma calle y luego había sabido reducirla, algo que en Brújula se llamaría falta de ambición aunque quizá exigiera más valor que aceptar otro cliente.
Pili se levantó para recoger su fuente. La frase quedó entre ellas sin moraleja.
Más tarde, cuando las puertas empezaron a cerrarse y el aire enfrió la calle, Clara ayudó a plegar la mesa. Aurelio enrolló por fin la manguera. Carmen se llevó el dominó después de ganar dos partidas y acusar a su marido de ser «demasiado transparente para los juegos de estrategia».
Clara y Gabriel se quedaron un momento solos en la acera, cada uno con dos sillas.
—¿Demasiada gente? —preguntó él.
—Mucha.
—Lo siento.
—No he dicho que fuera malo.
Al entrar, Clara miró la calle ya vacía. Las fachadas permanecían abiertas al fresco; detrás de una cortina se oía una televisión, más lejos alguien reía y el agua de una regadera cayó sobre una maceta.
No era su calle. Ni su casa. Ni su gente.
Sin embargo, al cerrar la puerta azul, tuvo la sensación absurda de estar entrando y no saliendo.