Capítulo 6. Un vestido para quitar hierbas
Un vestido para quitar hierbas
Clara decidió que no iba a permitir que un huerto alterara su planificación de vestuario.
Subió al cuarto, dejó los pantalones blancos y se puso el vestido azul de flores que había elegido para el cumpleaños.
Llegaba por debajo de la rodilla, era fresco y, según su criterio, perfectamente compatible con mirar tomates desde una distancia prudente.
Sustituyó las sandalias por las zapatillas blancas y bajó.
Gabriel la esperaba junto a la puerta trasera.
La miró.
—Has cambiado los pantalones por un vestido.
—Correcto.
—Para quitar hierbas.
—No pienso revolcarme por el suelo.
—Las hierbas recibirán la noticia con alivio.
Julián le tendió un sombrero de paja.
—Póntelo. Lo elegante no quita el golpe de calor.
El huerto estaba al final de una calle, detrás de una tapia baja.
No era la extensión polvorienta que Clara había imaginado, sino un rectángulo ordenado en bancales: tomates sujetos con cañas, pimientos, calabacines, judías y una hilera de aromáticas.
Un depósito oscuro recogía agua y varias tuberías finas recorrían la tierra.
Gabriel abrió una aplicación en el móvil.
—Aquí medimos humedad a dos profundidades. El riego entra por sectores y solo cuando hace falta.
Clara miró la pantalla con gráficos de colores.
—Eso tiene mejor analítica que muchas campañas.
—Y menos presupuesto.
—¿No regáis todos los días al anochecer con una manguera?
—Aurelio sí, pero porque mantiene una relación emocional con el agua. Nosotros intentamos no desperdiciarla.
Julián se agachó ante un gotero.
—Antes mirábamos la tierra, las hojas y el cielo. Ahora también miramos datos. Una cosa no estorba a la otra.
Gabriel explicó cómo comprobaban la presión, por qué cubrían algunos bancales y qué plantas colocaban juntas. No hablaba para impresionarla. Respondía cuando ella preguntaba y se detenía a tocar una hoja o apartar una piedra del conducto.
En un pequeño cobertizo guardaban filtros, herramientas y sacos etiquetados. Gabriel le enseñó un medidor portátil y un plano de riego con líneas de distintos colores.
—¿Diseñaste tú todo esto?
—Con una empresa de la zona. Yo calculé sectores y necesidades; ellos instalaron el sistema. Después lo hemos ido ajustando.
—Hablas en plural.
—Mi padre, dos trabajadores en temporada, la cooperativa, técnicos... La imagen del agricultor solo contra el amanecer queda bonita, pero suele ser mentira.
Clara tomó una fotografía del plano.
—¿Puedo? Me gusta cómo se ve.
—Es un plano de tuberías.
—En publicidad venderíamos el cuidado del agua con una gota sobre una hoja. Esto cuenta más.
—Mientras no pongas nombre a los goteros.
—Demasiado tarde. Ese se llama Roberto y parece desmotivado.
Gabriel se agachó a comprobarlo. Estaba parcialmente obstruido. Al limpiarlo, el agua volvió a caer con regularidad.
—Roberto necesitaba atención —dijo Clara.
—Tienes talento para la gestión de equipos.
Antes de salir del cobertizo, Gabriel recibió un aviso de la cooperativa con el precio provisional de la almendra. Lo leyó, hizo un cálculo rápido y guardó el móvil.
—¿Es bueno? —preguntó Clara.
—Podría ser mejor. También peor.
—Esa respuesta no serviría en una presentación.
—Por eso no hacemos presentaciones al árbol. El precio depende de calidad, mercado, costes y de cosas que ocurren muy lejos de aquí. Cultivar bien no garantiza cobrar bien.
Clara había trabajado en campañas que mostraban manos rústicas, amaneceres y una botella sobre una mesa perfecta. Nunca habían hablado del precio de la energía, de una tormenta tardía o de años esperando a que un árbol produjera.
—¿Te preocupa? —preguntó.
—Claro. Pero preocuparse no puede ocupar el tiempo de trabajar. Revisamos números, vendemos juntos y decidimos con lo que sabemos.
Le dio una caja baja y empezaron a recoger los tomates maduros para la comida. Gabriel le enseñó a girarlos sin tirar. Clara rompió el pedúnculo del primero, acertó con el segundo y, al quinto, ya podía distinguir cuál convenía dejar un día más.
—Aprendes rápido —dijo él.
—Tengo un máster informal en elegir aguacates.
—Entonces partes con ventaja.
La caja pesaba al regresar al bancal. Gabriel puso una mano debajo para ayudarla y caminaron juntos, hombro con hombro.
Clara sintió un orgullo pequeño al depositarla junto a la tapia: no había producido nada, pero por una mañana había participado en algo que terminaría en una mesa, no en una carpeta de archivos definitivos.
Clara se sorprendió haciendo muchas preguntas.
—¿Y estos árboles? —señaló más allá de la tapia.
—Almendros. Los pistachos están en otra finca y los olivos, camino de la sierra. Hoy no vamos a someter tu vestido a toda la explotación.
—Mi vestido puede con esto.
Una rama de tomatera se enganchó en la falda. Al intentar liberarse, Clara dio un paso hacia atrás y hundió una zapatilla en la zona húmeda junto a un gotero.
Gabriel se mordió el labio.
—Puedes reírte.
—Estoy intentando hacerlo contigo.
—Aún no me estoy riendo.
—Por eso espero.
Clara miró la zapatilla, antes blanca y ahora decorada con barro manchego. Después se echó a reír. Gabriel lo hizo con ella, sin exagerar, y se agachó para soltar la tela de la planta.
—La tomatera te ha elegido.
—No estoy disponible para una relación tan posesiva.
—Se lo explicaré con calma.
Sus dedos rozaron la parte posterior de la rodilla de Clara al apartar la falda. Fue un contacto breve, accidental, pero ella dejó de oír durante un instante el zumbido de los insectos. Gabriel levantó la mirada. También lo había notado.
—Ya está —dijo, incorporándose.
—Gracias.
Julián, prudentemente concentrado en los calabacines, les dio un pequeño azadón.
—Esas de ahí salen fácil. No toquéis la verdolaga.
—¿Cuál es la verdolaga? —preguntó Clara.
—La que Gabriel te diga tres segundos después de que la arranques.
Clara se arrodilló sobre un saco doblado que Gabriel le colocó en el suelo. Aprendió a aflojar la tierra antes de tirar, a distinguir las hojas y a no confiar en que una planta fea fuera inútil. Al cuarto intento sacó una raíz completa.
—Mira —dijo, levantándola.
—Una captura magnífica.
—No seas condescendiente.
—No lo soy. La primera vez que Álvaro ayudó, arrancó seis cebollas y defendió que estaban en una zona confusa.
—¿Quién es Álvaro?
—El veterinario. Un hombre incapaz de reconocer una cebolla, pero excelente si una cabra tiene fiebre.
Media hora después, Clara tenía tierra en las rodillas, una mancha verde en el vestido y una satisfacción incomprensible al mirar el trozo despejado. El teléfono vibró en el bolsillo. Era un mensaje del equipo de Brújula preguntando si podía validar una composición.
Abrió la imagen. Amplió el logotipo. Iba a escribir una corrección cuando Gabriel le ofreció un tomate pequeño recién lavado bajo el grifo.
—Prueba.
—No puedo comerlo así.
—Es un tomate, no una operación bancaria.
Clara mordió. La piel crujió y el sabor le llenó la boca, dulce y ácido.
—Esto no sabe como los de Madrid.
—No se lo digas. Bastante tienen con el alquiler.
Guardó el móvil sin responder. La composición podía esperar quince minutos. El mundo, al parecer, no se desplomó.
Cuando volvieron, Rosario estaba poniendo la mesa del patio. Clara subió a ducharse y descubrió que la mancha del vestido no salía con agua. Bajó con el segundo vestido de la maleta.
—Ahora entiendo el equipaje —dijo Gabriel.
—Planificación de riesgos.
—Y yo burlándome.
La comida de cumpleaños fue pequeña: los cuatro, una hermana de Rosario que llegó con flores y Álvaro Mena, el veterinario de las cebollas, que apareció con una tarta y gafas de sol en la cabeza.
—Soy el amigo destinado a que Gabriel parezca serio —se presentó.
—No necesito ayuda —dijo Gabriel.
—Todos necesitamos contexto.
Álvaro tenía cuarenta y tres años, una sonrisa rápida y la habilidad de entrar en una conversación como si llevara allí desde el principio. Le preguntó a Clara por Madrid sin tratarla como corresponsal de un país extranjero.
—Voy bastante —explicó—. Mi exmujer vive allí. Nos divorciamos bien, que es menos interesante pero permite comer juntos sin lanzar cubiertos.
—Álvaro —lo reprendió Rosario, aunque estaba sonriendo.
—He dicho que no los lanzamos.
El teléfono de Álvaro sonó. Escuchó durante medio minuto, preguntó por la respiración de una ternera y recomendó vigilarla antes de decidir si debía desplazarse.
—¿Atiendes toda la zona? —preguntó Clara.
—Cinco pueblos y varias aldeas. Trabajo con otra veterinaria y compartimos guardias. Si fuera el hombre solo con el maletín que imagina la televisión, llevaría muerto desde febrero.
Le enseñó una aplicación donde registraban avisos y rutas.
—Aquí también hay tecnología —dijo—, pero no se lo cuentes a nadie. Gabriel teme que arruinemos su imagen de labrador misterioso.
—Mi imagen se arruinó cuando arrancaste cebollas — respondió él.
—Aquello fue una diferencia de criterios botánicos.
Gabriel cocinó un arroz con verduras y conejo en una paellera grande, dejando una parte solo con verduras para la hermana de Rosario.
Se movía entre la mesa y el fuego con seguridad, escuchando dos conversaciones a la vez.
Clara lo observó probar el caldo, inclinarse para hablar con su madre y servir primero a Julián sin hacer de ello una ceremonia.
—¿Qué? —preguntó él al sorprenderla mirándolo.
—Estoy evaluando tu acreditación culinaria.
—¿Resultado provisional?
—Aún necesito más muestras.
—Eso puede organizarse.
Rosario abrió los regalos después del postre. Clara le había llevado un pañuelo de seda, elegido tras cuarenta minutos de dudas en unos grandes almacenes. Rosario se lo puso al cuello en pleno junio.
—Es precioso.
—Si no le gusta, puede cambiarlo.
—Si no me gustara, diría «qué detalle». He dicho que es precioso.
Al caer la tarde, Álvaro se fue a atender a una perra que se había adelantado al parto y la tía de Gabriel regresó a casa. Julián empezó a sacar una mesa plegable a la calle.
—¿Vamos a cenar fuera? —preguntó Clara.
—Nosotros y quien pase —dijo Rosario—. Ha refrescado.
Desde la acera de enfrente, una mujer menuda con vestido estampado levantó una bolsa de pimientos.
—¡Tengo de sobra! —anunció.
Detrás de ella, un hombre muy delgado discutía con una manguera.
—Esos son Carmen y Aurelio —dijo Gabriel—. Y la que viene con las sillas es Pili.
Clara contempló cómo la calle empezaba a transformarse alrededor de una mesa que, cinco minutos antes, no existía.
—¿Esto estaba planeado?
—Más o menos desde hace cuarenta años.