La muchacha no tiene pueblo Capítulo 5. El café de la forastera
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Capítulo 5. El café de la forastera

El café de la forastera

Julián Navarro estaba sentado en el patio, ante una mesa cubierta de judías verdes. Tenía el pelo completamente blanco, las manos anchas y una paciencia que se percibía incluso en la forma de cortar los extremos de las vainas.

—Así que tú eres Clara —dijo, levantándose.

—Y usted debe de ser Julián.

—De usted, nada. Llevo toda la tarde oyendo que viene una muchacha de Madrid y no quiero que, encima, me haga viejo.

Gabriel dejó la maleta junto a la escalera.

—Tiene setenta y uno. El dato es público.

—La edad es pública; la vejez, opinable.

Julián besó a Clara en las mejillas y le señaló las judías.

—No te preocupes. No vamos a ponerte a trabajar nada más llegar.

—Gracias.

—Mañana ya veremos.

Rosario les sirvió limonada en vasos desparejados.

En el patio había una parra, cuatro sillas de hierro pintadas de verde y un jazmín que perfumaba el aire sin cobrar por ello.

Clara se sentó y notó el respaldo frío a través del vestido.

No sabía qué hacer con las manos si no sostenían un teléfono, así que aceptó una judía y empezó a quitarle las puntas.

—Gabriel dice que trabajas en publicidad —dijo Rosario.

—Sí. Soy directora creativa adjunta.

—¿Eso qué significa exactamente?

Clara abrió la boca. Había explicado su cargo en inglés ante salas llenas de desconocidos, pero nunca había tenido que traducirlo de verdad.

—Pienso ideas para que la gente quiera comprar cosas y coordino a quienes convierten esas ideas en anuncios.

—Ah —dijo Julián—. Como cuando yo le digo a Rosario que necesitamos otra azada y le explico todos los bancales que podríamos arreglar.

—No —repuso ella—. Porque tú acabas comprándola antes de que yo conteste.

—Entonces no es publicidad. Es distribución.

Clara se rio. Gabriel la observaba desde el otro lado de la mesa, divertido y tranquilo. No parecía pendiente de que sus padres causaran buena impresión. Confiaba en ellos. Aquella confianza relajó algo dentro de ella.

Después de cenar una ensalada de tomate, queso, aceitunas y una tortilla que confirmó la acreditación de Gabriel, Rosario le enseñó el cuarto de invitados. Daba al patio y tenía una colcha blanca de ganchillo, una cómoda de madera y una pila de libros en la mesilla.

—Son de Gabriel —explicó—. Ocupan su antigua habitación, la casa que se compró y media cámara de la cooperativa, como no lo vigilemos.

—Vivo tres calles más abajo —aclaró él—. Mis padres te ofrecieron este cuarto porque tiene mejor colchón que mi sofá.

—Y porque una conserva ciertas costumbres —añadió Rosario—. Pero las costumbres pueden quedarse sordas por la noche.

—Mamá.

—¿Qué? He dicho que duermo bien.

Clara se quitó los pendientes para ocultar que se había puesto colorada. Rosario señaló el baño y siguió hablando de las toallas como si no acabara de lanzar una granada con estampado de flores.

Durmió mejor de lo esperado. A las siete y media la despertaron unos pájaros empeñados en discutir dentro de la parra. Miró el móvil: dos correos, un mensaje de Irene solicitando pruebas de vida y una fotografía de Gabriel desayunando en la plaza.

Si estás despierta, Tomás está dispuesto a examinar tu pedido de café.

Clara se vistió con pantalones claros y una blusa. Cuando salió, Rosario ya había ido a la peluquería y Julián revisaba unas cajas en el garaje.

Gabriel la esperaba en la esquina.

—¿Has sobrevivido?

—Tu madre me ha explicado que las paredes tienen un aislamiento acústico excelente.

Él cerró los ojos un instante.

—Tenía la esperanza de que eso hubiera sido una pesadilla.

—Yo he dormido estupendamente.

La mañana olía a pan y tierra tibia. En la Plaza de la Fuente, las terrazas estaban a medio montar. Un hombre robusto, de barba entrecana y camiseta negra, colocaba sillas bajo el toldo de La Parada.

—Tomás —dijo Gabriel—, esta es Clara.

Tomás la miró con atención profesional.

—¿Qué café?

—Con leche de avena, si tienes. Templado. Y sin mucha espuma.

—Eso son tres decisiones, no un café.

—Puedo simplificarlo.

—No hace falta. Me gustan los desafíos pequeños.

Desapareció dentro del bar. Gabriel escogió una mesa desde la que se veía la fuente y el olmo joven.

Dos ciclistas con cascos fluorescentes llenaban bidones junto al caño.

Una furgoneta de reparto se detuvo ante la tienda de Amalia.

Nadie parecía tener prisa, pero todo el mundo estaba haciendo algo.

Tomás regresó con las tazas.

—Prueba.

Clara bebió.

—Perfecto.

—Bien. Ya no tendré que preguntártelo.

—¿Espera volver a verme?

—No necesito esperarlo. Necesito recordar por si ocurre.

Cuando se marchó, Clara miró a Gabriel.

—¿Tiene memoria para todos los cafés del pueblo?

—Para los cafés, los impagos y las alineaciones del Albacete desde 1986.

—Un hombre peligroso.

En la mesa de al lado, tres hombres con ropa de trabajo tomaban dos cafés solos, uno con leche y una tostada partida por la mitad. Tomás no les había preguntado nada. Uno avisó a Gabriel de que el camino de Las Lomas seguía embarrado; otro le recordó una reunión de la cooperativa.

—Esto es como una red social con sillas —dijo Clara.

—Y sin contraseña.

Una mujer mayor entró y dejó sobre la barra una bolsa con medicinas. Tomás la guardó debajo, apuntó algo en un cuaderno y le dio las gracias.

—¿Qué ha sido eso?

—Su hija trabaja en Albacete y recoge encargos para varias personas. Los deja aquí porque el bar abre antes que nadie.

—¿Y Tomás no cobra?

—Tomás cobra enterándose de todo sin tener que preguntar.

Clara entendió que bajo el humor había una logística comunitaria precisa: personas que aprovechaban viajes, horarios y mostradores para reducir distancias que en Madrid resolvía una aplicación.

Al terminar cruzaron a la panadería. La Espiga era un local estrecho, fresco y lleno de barras doradas. Merce, la mujer que los había reprendido desde la puerta, sacaba magdalenas de una bandeja.

—Por fin —dijo—. La invitada de Rosario.

—Clara —se presentó ella.

—Merce. ¿Has desayunado?

—Un café.

Merce la miró con la compasión reservada a quienes acababan de revelar una desgracia doméstica.

—Eso no es desayunar. Eso es mojarse por dentro.

Antes de que Clara pudiera negarse, cortó una rebanada de pan, la untó con tomate y aceite y se la puso delante.

—Pruébalo.

—De verdad que no quiero molestar.

—Entonces cómetelo antes de que se enfríe.

El pan crujió bajo los dientes. Estaba caliente, ligeramente ácido por el tomate y tan bueno que Clara cerró los ojos.

—No pongas esa cara —dijo Gabriel—. Le subirá el precio.

—A ti te lo subo por hablar —respondió Merce.

Salieron con dos barras, una bolsa de magdalenas y un bollo que Merce había añadido «por si Madrid le había dejado alguna carencia». A dos puertas estaba la tienda de Amalia, una mezcla eficaz de ultramarinos, ferretería, papelería y punto de recogida de paquetes.

—Necesito un cargador para el coche —dijo Clara—. El mío ha decidido morir.

Amalia, una mujer de pelo rizado y gafas rojas, estaba atendiendo a un proveedor por teléfono y clasificando cajas a la vez.

—Tengo uno universal. Espera.

Entró en el almacén, salió con una caja envuelta en papel marrón y se la entregó a Clara mientras decía al auricular que doce yogures de limón no podían convertirse en veintidós por voluntad divina.

Clara pagó. Ya en la calle, abrió el paquete.

Dentro había cuarenta y ocho pinzas de madera para tender la ropa.

—Muy universales —dijo Gabriel—. También sirven en Madrid.

Amalia apareció en la puerta con el cargador en alto.

—¡Esas son de Carmen! —gritó—. Aunque si las necesitas, tengo otras.

Intercambiaron los paquetes entre risas. Una mujer que entraba a comprar leche le dijo a Clara buenos días. Un niño en patinete saludó a Gabriel por su nombre. Pili pasó con una regadera vacía y preguntó si Rosario seguía nerviosa con el bizcocho.

Amalia salió con una caja de tomates bajo el brazo y cerró la puerta con el pie.

—Si alguna vez necesitas algo que no tengo, lo pido —dijo a Clara—. Llega martes y viernes. Y si corre prisa, siempre hay alguien que viene de Albacete.

—¿Cualquier cosa?

—Casi. Un hombre me pidió una pieza de una cosechadora soviética. Esa no.

—La consiguió en internet —aclaró Gabriel.

—Y le mandaron una manilla de puerta. A veces internet también reparte pinzas.

Clara guardó el cargador. La tienda no tenía veinte modelos en una estantería, pero Amalia conocía la cadena exacta para conseguir lo necesario.

Nadie interrogó a Clara. Nadie fingió no haber notado su presencia.

De vuelta en casa, Rosario se volvió desde la cocina.

—¿Qué tal el paseo?

—He tomado un café, desayunado dos veces y casi comprado cuarenta y ocho pinzas.

—Una mañana productiva.

Gabriel dejó el pan sobre la encimera.

—Aún no ha visto el huerto.

Julián asomó desde el patio con un sombrero de paja.

—Pues que se cambie. Hay hierbas para todos.

Clara miró la hora y después la ropa que había preparado para la comida de cumpleaños.

—¿Cambiarme por qué?

Gabriel bajó la vista hacia sus pantalones blancos.

—Por nada —dijo, demasiado serio—. Estás perfecta.