La muchacha no tiene pueblo Capítulo 4. Tres horas hacia ninguna parte
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Capítulo 4. Tres horas hacia ninguna parte

Tres horas hacia ninguna parte

Clara preparó una maleta para dos días con la eficacia de quien huía de un país.

Metió tres vestidos, dos pantalones, una americana, sandalias, zapatillas blancas, secador, una bolsa de cosméticos y un bañador por si los pueblos manchegos escondían piscinas que Google no mencionaba. Después añadió el portátil, dos cargadores, una batería externa y la libreta verde.

Irene observó el equipaje durante una videollamada.

—¿Vas al cumpleaños de su madre o a empezar una nueva identidad?

—No sé cómo se viste una para un pueblo.

—Con ropa, normalmente.

—¿Arreglada?

—Es una comida de cumpleaños, no un sacrificio ceremonial.

—Eso no puedes saberlo.

—Clara, vas a Albacete. Si el domingo no has vuelto, llamaré a la Guardia Civil y les diré que busquen a una mujer sepultada bajo tres vestidos innecesarios.

Gabriel pasó a recogerla el viernes a las cuatro. Conducía un coche familiar gris, limpio sin estar recién aspirado, con dos cajas de herramientas en el maletero y una bolsa de cerezas en el asiento trasero.

Miró la maleta de Clara.

—¿Cuánto tiempo has entendido que dura el fin de semana?

—Depende de las retenciones.

—Si nos quedamos atrapados hasta agosto, tú estarás bien. Yo tendré que repetir camisa.

Salieron de Madrid entre bocinazos y paneles que anunciaban cuarenta minutos de retraso. Clara abrió el portátil antes de llegar a la M-30.

—Solo tengo que responder un correo.

—Claro.

—¿Ese «claro» significa «no te creo»?

—Significa que llevamos once minutos y has dicho «solo» tres veces.

Contestó el correo. Luego otro. Hugo pidió que revisara un cambio mínimo que implicaba rehacer cuatro titulares. Clara apoyó el portátil sobre las rodillas y trabajó mientras los edificios se volvían naves, las naves se convertían en campos y los campos empezaban a ocuparlo todo.

Gabriel puso música baja. No intentó conversar mientras ella escribía.

Una hora después, Clara levantó la cabeza.

—¿Dónde estamos?

—En un lugar muy peligroso.

Miró alrededor. La autovía avanzaba entre extensiones amarillas y un cielo inmenso.

—¿Por qué?

—No hay cobertura desde hace siete minutos.

Clara comprobó el teléfono.

—Tengo una raya.

—Agárrate a ella.

Cerró el portátil por dignidad. Pararon en un área de servicio donde el café sabía a una decisión tomada bajo presión. Gabriel compró una botella de agua y le ofreció las cerezas.

—Son de un amigo de la cooperativa.

—¿En tu mundo toda la comida tiene biografía?

—Casi toda. A veces es incómodo. No puedes insultar a un melocotón sin pensar en su familia.

De vuelta en la carretera, Clara empezó a mirar por la ventanilla. El paisaje cambió sin teatralidad. Tierras ocres, hileras de olivos, manchas verdes, pueblos breves junto a campanarios, gasolineras que parecían solas en el planeta. Más adelante apareció la sierra, azul y suave en la distancia.

—Esa es —dijo Gabriel.

—¿La que compensa Getafe?

—La misma.

—Aún estoy valorándolo.

—No tengas prisa.

El navegador abandonó la autovía y los llevó por una carretera de dos carriles. Pasaron campos de almendros, olivos de tronco retorcido y filas de árboles jóvenes que Clara no reconoció.

—Pistachos —explicó Gabriel—. Esos tienen seis años.

—¿Y ya producen?

—Empiezan. Les cuesta decidirse.

—Los comprendo.

Gabriel la miró un instante, pero no preguntó.

El móvil recuperó cobertura y lanzó una ráfaga de notificaciones. Clara lo sostuvo sin abrir ninguna.

—¿Estás nerviosa? —preguntó él.

—No.

—Perfecto.

—Un poco.

—Mi madre ha hecho croquetas. Eso reduce bastante el peligro.

—¿Y si no le gusto?

—Le gustas ya porque has aceptado venir. Pero no necesitas gustarle.

—Eso no es verdad. Todo el mundo necesita gustarle a la madre de un hombre con el que lleva tres citas y media.

—¿Cuál fue la media?

—El café del intercambio. Duró poco.

—Yo lo contaba entero.

Valdeazahar apareció tras una curva sin letrero turístico ni música de película.

Primero, un almacén de la cooperativa y una nave con paneles solares.

Después, un polideportivo, una hilera de casas claras y dos hombres que hablaban junto a una furgoneta.

Más adentro, las calles se estrecharon. Había fachadas blancas, zócalos de piedra, balcones con macetas y coches aparcados con una confianza que ignoraba las líneas.

—¿Ya hemos llegado? —preguntó Clara.

—Desde el cartel que decía Valdeazahar.

—Estaba respondiendo un mensaje.

—Lo suponía.

Gabriel giró junto a una fuente de piedra baja. La plaza tenía un olmo joven, bancos, un bar con toldo verde y niños en bicicleta. No se veía la iglesia. Clara había esperado, sin saberlo, una postal más obvia.

Una mujer que regaba geranios desde una puerta levantó la mano.

—¡Gabriel!

Él bajó la ventanilla.

—Buenas tardes, Pili.

La mujer miró a Clara, sonrió y siguió regando sin preguntar nada.

La plaza no era grande, pero tampoco parecía vacía.

Una chica trabajaba con un portátil junto a la ventana del bar.

Un repartidor descargaba cajas en la tienda y dos hombres con chalecos de la cooperativa consultaban una tableta sobre el capó de un coche.

Clara vio un cartel municipal que anunciaba asesoramiento para comunidades energéticas y otro con el programa de cine de verano.

—No encaja con la versión que tenía en la cabeza —admitió.

—¿Qué versión?

—No lo sé. Más... detenida.

—Aquí también pasa el tiempo. A veces incluso demasiado deprisa.

—¿Quién era?

—Pili.

—Eso ya lo he oído. ¿Cómo sabe quién soy?

—No sabe quién eres.

—Me ha mirado como si lo supiera.

—Tiene ojos. Los usa.

Pasaron frente a la panadería La Espiga. Una mujer salió con una bandeja, vio el coche y señaló el reloj con gesto acusador.

—Merce —dijo Gabriel—. Cree que llegar cinco minutos tarde a por el pan es una forma de decadencia moral.

—¿Vamos tarde?

—Desde 2009, según ella.

En la siguiente esquina, un tractor avanzaba despacio en sentido contrario. Gabriel y el conductor se saludaron. Para apartarse, tuvo que acercar el coche tanto a una pared que Clara contuvo el aire.

—No cabemos.

—Cabemos.

—Nuestro retrovisor discrepa.

Pasaron sin rozarse. El tractorista levantó dos dedos y continuó.

—¿Quién era?

—No tengo ni idea.

Clara lo miró.

—¿Y lo saludas?

—Conducía un tractor. Podría ser familia.

La casa de los padres de Gabriel estaba en una calle tranquila, tras una fachada color crema y una puerta azul. Rosario esperaba dentro del zaguán. Era una mujer menuda, de pelo corto y ojos tan parecidos a los de su hijo que Clara sintió que acababa de descubrir el origen de una luz.

—Habéis tardado —dijo.

—También me alegro de verte, mamá.

Rosario lo besó y después miró a Clara.

Antes de bajar del coche, Clara había comprobado su reflejo en el espejo, alisado la blusa y preguntado por tercera vez si debería haber llevado flores además del regalo.

—Traes vino, una planta y una maleta con capacidad para rescatar a una familia —había contestado Gabriel—. Si añades flores, mi madre pensará que vienes a disculparte por algo.

La planta era un pequeño limonero que Clara había comprado porque Irene aseguró que los ramos «tenían energía de entrevista de trabajo». Ahora el árbol ocupaba el asiento trasero, ligeramente mareado tras tres horas de curvas.

Rosario lo vio y abrió mucho los ojos.

—Pero, mujer, ¿cómo traes esto desde Madrid?

—No sabía qué regalarte.

—Pues has acertado. El que tenía se heló y llevo dos años amenazando con reponerlo.

Julián apareció al fondo del pasillo y examinó las hojas.

—Este necesita sol de mañana.

—Necesita que no empieces a trasplantarlo antes de que entren —dijo Rosario.

Gabriel descargó la maleta y la planta. Clara recorrió con la mirada el zaguán: suelo de baldosas antiguas, un cuadro abstracto, un mueble con fotografías y un robot aspirador estacionado bajo una consola.

Había esperado sin querer una casa detenida en otra época.

En una de las fotos, Gabriel llevaba toga de graduación; en otra, sus padres posaban en Roma delante del Coliseo.

—El wifi está escrito en la pizarra de la cocina —dijo Rosario—. Gabriel me ha advertido de que sin eso los de Madrid dejáis de respirar.

—Mamá.

—Tú me llamaste tres veces cuando cambiamos la contraseña.

Clara se rio y el cuerpo se le destensó lo suficiente para entrar sin vigilar cada gesto.

—Tú debes de ser la culpable de que haya limpiado el coche.

—Lo siento.

—No lo sientas. Hacía falta desde marzo.

La abrazó con afecto breve, sin inspeccionarla. Desde el patio, un hombre preguntó si habían llegado «los madrileños».

—Solo una —gritó Gabriel.

—Tú, después de tantos viajes, ya tienes vicios de allí — respondió la voz.

Gabriel sacó la maleta del coche. Rosario la vio y arqueó las cejas.

—¿Se queda hasta vendimias?

Clara se echó a reír antes de poder sentirse incómoda.

Entró en la casa detrás de ellos, cruzó un pasillo fresco y comprendió que no tenía la menor idea de dónde estaba.

Por primera vez en mucho tiempo, tampoco podía fingir que controlaba lo que iba a ocurrir.