Capítulo 3. El hombre que sabía esperar
El hombre que sabía esperar
Gabriel tardó dos días en escribirle.
No dos días completos, se corrigió Clara. Cuarenta y seis horas y diecisiete minutos, que era una forma completamente serena de medirlo.
El viernes, mientras revisaba por quinta vez un anuncio que llevaba aprobado desde el miércoles, el nombre apareció en la pantalla.
Confirmado: la lluvia de Madrid funciona. ¿Te apetece tomar ese café sin intercambio delictivo el martes? Vuelvo por una reunión de la cooperativa.
Clara leyó el mensaje una vez. Luego dejó pasar siete minutos para no parecer alguien que había contabilizado cuarenta y seis horas y diecisiete minutos.
El martes puedo. Pero el café de Madrid no siempre funciona.
Acepto el riesgo.
Irene levantó la cabeza al otro lado de la mesa del restaurante donde almorzaban.
—¿Quién es?
—Una persona.
—Fantástico. Temía que te hubiera escrito un semáforo. ¿El agricultor de la bolsa?
Clara bloqueó el móvil.
—¿Por qué preguntas si ya lo sabes?
—Porque me gusta verte fingir indiferencia. Se te da peor que descansar.
El martes quedaron junto a la Puerta de Alcalá. Gabriel había terminado pronto y llevaba una americana gris sobre una camisa blanca. Parecía cómodo, aunque miraba la fuente de Cibeles con la concentración de quien calculaba por dónde cruzar una acequia.
—No has traído el tractor —dijo Clara.
—Lo he dejado con los intermitentes.
—En Madrid eso te concede unos veinte minutos.
Caminaron hasta una cafetería tranquila en una calle lateral. Gabriel esperó a que ella eligiera mesa, no consultó el teléfono y pidió exactamente lo mismo que la primera vez. Clara se sorprendió al descubrir que recordaba su café.
—¿La reunión ha ido bien?
—Sí. Hemos hablado dos horas para decidir que hace falta otra reunión.
—Ya estás preparado para dirigir una agencia.
—¿Hay que usar palabras en inglés?
—Solo cuando las españolas permiten entender lo que dices.
Gabriel le contó que la cooperativa quería mejorar la venta directa y agrupar pedidos. No hablaba del campo como un decorado ni como una condena heredada. Hablaba de costes, sensores de humedad, agua, márgenes y personas. Clara había imaginado que tendría que fingir interés. No tuvo que hacerlo.
—Entonces estudiaste todo eso —dijo.
—Ingeniería Agrícola. En Albacete.
—No lo mencionaste.
—Tampoco te dije que sé hacer una tortilla sin quemarla. Hay que conservar algún misterio.
—La tortilla es una acreditación más útil.
—Estoy de acuerdo.
Después del café pasearon por el Retiro. Era una tarde limpia de principios de junio y la gente corría con una expresión de sufrimiento voluntario. Clara había dejado el móvil en el bolso, pero percibía cada vibración como un pequeño tirón en el hombro.
—¿Siempre estás localizable? —preguntó Gabriel.
—No.
El teléfono vibró de nuevo.
—Solo cuando estoy despierta.
—¿Y duermes?
—A veces, para variar.
Se sentaron frente al estanque. Gabriel no le dijo que debía trabajar menos, meditar ni irse al campo. Se limitó a observar una barca en la que un hombre remaba en círculos mientras su pareja daba instrucciones contradictorias.
—Ese también está en una reunión —dijo.
Clara soltó una carcajada.
Hablaron de viajes. Él había vivido dos años en Almería trabajando para una empresa de riego antes de volver a Valdeazahar. Ella había pasado un semestre en Londres y conservaba de aquello una afición por el té caro y la certeza de que también podía sentirse sola en inglés.
—¿Qué es lo que más te gusta de tu trabajo? —preguntó Gabriel.
Clara tenía respuestas perfectas para esa pregunta. Crear conceptos. Dirigir equipos. Convertir una intuición en una historia. Las había usado en entrevistas, cenas y formularios internos.
—Mi trabajo —dijo.
Gabriel volvió la cara hacia ella.
—¿Todo él?
—Sí.
—Eso es mucha suerte.
No había ironía en su voz. Precisamente por eso, Clara sintió que acababa de mentirle de una forma innecesaria.
—Bueno, quizá no las reuniones de las ocho.
—Entonces retiro una parte de la suerte.
El viento abrió el bolso que Clara había dejado entre ambos. La libreta verde asomó junto a las gafas de sol. Gabriel la sujetó antes de que cayera.
—Gracias.
—¿Trabajo?
Clara la guardó.
—Garabatos.
—Los garabatos también pueden ser trabajo.
—No estos.
Gabriel asintió y no preguntó más.
Aquello la desconcertó. La mayoría de la gente interpretaba una libreta como una invitación a mirar. Él había visto que no quería enseñarla y había cerrado el asunto sin convertir su discreción en un mérito.
Siguieron caminando. Junto al Palacio de Cristal, Clara recibió una llamada de un proveedor.
Se apartó con un gesto de disculpa y prometió tardar un minuto.
Fueron doce. Cuando colgó, Gabriel no estaba esperándola inmóvil con cara de mártir.
Había comprado dos botellas de agua y leía el cartel de una exposición cercana.
—Lo siento —dijo ella.
—¿Por qué?
—Por la llamada.
—Era tu trabajo.
—Podrías haberte aburrido.
—Sé aburrirme solo. Es una habilidad muy infravalorada.
Le ofreció una botella. Clara estaba acostumbrada a hombres que convertían el tiempo de espera en una factura emocional: luego elegían restaurante, película o final de la noche porque habían sido pacientes. Gabriel se limitó a señalar una frase del cartel que estaba mal puntuada.
—No mires eso —dijo ella—. Me obliga a trabajar gratis.
—¿Quieres entrar?
La exposición era sobre juguetes construidos por artistas. Pasaron de una sala de autómatas a otra llena de pequeñas ciudades de cartón. Ante una noria hecha con cajas de cerillas, Gabriel se inclinó para mirar el mecanismo.
—Nora intentaría montarse.
—Yo también, pero hay un vigilante.
—Empiezo a entender lo de la amenaza.
Clara fotografió una casa diminuta con piernas de alambre. Pensó en el erizo de su libreta y guardó el móvil sin enviar la imagen a nadie.
Al caer la tarde caminaron hasta Alonso Martínez. Gabriel tenía que recoger el coche de un aparcamiento y volver a Valdeazahar.
—Tres horas de carretera —dijo Clara—. ¿No te da pereza?
—A veces. Pero después de Getafe el tráfico mejora y antes de llegar se ve la sierra. Compensa.
—No sé cómo una sierra compensa Getafe.
—Tendrás que comprobarlo.
No sonó a invitación calculada, solo a una posibilidad dejada en el aire.
La segunda cita fue una semana después. Gabriel volvió a Madrid para entregar unas muestras a un distribuidor y cenaron en un restaurante pequeño de Lavapiés. Clara le preguntó si vivía con sus padres. Se arrepintió antes de terminar, temiendo que sonara a interrogatorio inmobiliario.
—No. Vivo cerca —respondió él—. Los acompaño cuando hace falta y ellos me acompañan aunque no haga falta.
—Eso suena bien organizado.
—Mi madre lleva las cuentas mejor que yo y mi padre sigue trabajando algunas mañanas. Cuidarlos no consiste en decidir que han dejado de saber vivir.
—No quería insinuar eso.
—Ya. Pero me lo preguntan mucho, como si estar pendiente de ellos fuera incompatible con tener casa propia.
—¿Y ellos están deseando que te cases? —preguntó Clara, aprovechando que ya había entrado en terreno peligroso.
—Mi madre desea que cambie las cortinas del salón. Cualquier otra reforma le parece secundaria.
—¿Y tú quieres cambiarlas?
—No especialmente.
—Entonces ¿por qué no se lo dices?
—Porque cada familia necesita un tema que permita discutir sin peligro. En la nuestra son las cortinas.
Clara pensó que en la suya era el aire acondicionado: su padre lo encendía, su madre lo apagaba y ambos llevaban quince veranos perfectamente casados dentro de aquella batalla.
—En casa de mis padres es la temperatura —dijo.
—Bien. Ya tenemos asuntos seguros para una comida conjunta dentro de veinte años.
La frase era una broma, pero a Clara le gustó la facilidad con que el futuro podía aparecer sin convertirse en una exigencia.
La tercera cita ocurrió un sábado: él se desvió en un viaje a Guadalajara y Clara le enseñó una exposición.
Entre una y otra hubo mensajes, nunca demasiados.
Fotografías de un almendro, una marquesina absurda, un plato que Gabriel había cocinado.
Ningún «¿por qué no contestas?» cuando ella desaparecía tres horas dentro de una reunión.
Gabriel sabía esperar.
No como quien aguarda su turno, sino como quien ya tiene una vida mientras tanto.
En la tercera cita, Clara le confesó que coleccionaba álbumes ilustrados.
—Lo había deducido por las compras duplicadas —dijo él.
—Algunas personas coleccionan relojes.
—Los cuentos dan mejor la hora.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Pero ha sonado bien.
Al despedirse, Gabriel la abrazó. Clara apoyó la mejilla un segundo en su hombro y percibió olor a jabón, madera y calle caliente. Él se apartó sin intentar besarla.
—Mi madre cumple sesenta y ocho el sábado que viene — dijo—. Va a hacer una comida en casa. Si te apetece, podrías venir conmigo a Valdeazahar.
Clara tardó demasiado en responder.
—¿A conocer a tu madre?
—A comer. Mi madre estará allí porque la casa es suya y el cumpleaños también, pero no habrá examen.
—Eso dicen todos antes del examen.
—Puedes pensarlo. No necesito que me contestes ahora.
Por supuesto, pensó Clara, el hombre que sabía esperar también sabía formular la invitación más inquietante del mundo y marcharse sin exigir una respuesta.
Lo vio alejarse hacia el aparcamiento.
Antes de que llegara a la esquina, Clara lo llamó.
—Gabriel.
Él se volvió.
—¿A qué hora salimos?