La muchacha no tiene pueblo Capítulo 2. La bolsa equivocada
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Capítulo 2. La bolsa equivocada

La bolsa equivocada

La librería La Peonza tenía escaparates amarillos, una escalera que crujía y la clase de desorden que solo se conseguía tras muchos años sabiendo dónde estaba cada cosa.

—Si me intentas vender que esto es una actividad de networking, me voy —dijo Irene mientras bajaban a la sala del sótano.

—No he dicho nada.

—Llevas quince minutos mirando qué editorial publica el libro, cuántos seguidores tiene la ilustradora y si la presentación está patrocinada.

—Deformación profesional.

—Deformación, desde luego.

Habían colocado cuarenta sillas entre estanterías de literatura infantil. En la primera fila, una niña abrazaba un conejo de peluche. Detrás de ellas se sentó un hombre alto con una camisa azul remangada, antebrazos tostados y una bolsa de tela de la librería a los pies.

Clara lo miró solo el tiempo imprescindible para advertir que era atractivo. Después lo miró un segundo más para confirmar que, además, no parecía saberlo.

La autora presentó La casa que aprendió a andar , un álbum sobre una casa que se cansaba de esperar a que regresaran sus habitantes y salía a buscarlos. La ilustradora enseñó bocetos, habló de manchas de acuarela y explicó que había tardado ocho meses en encontrar el color exacto de una puerta.

Clara dejó de pensar en métricas.

Sacó la libreta verde.

Apuntó una frase, dibujó una ventana diminuta y no oyó el zumbido del móvil hasta que Irene le dio un codazo.

—Está intentando localizarte el capitalismo —susurró.

Clara silenció la llamada.

Al terminar, se formó una cola ante la mesa de firmas. Irene reconoció a una montadora con la que había trabajado y desapareció entre saludos. Clara compró dos álbumes —uno para leer y otro, según se justificó, para conservar— y dejó que la librera los metiera en una bolsa de tela beige.

El hombre de la camisa azul estaba delante de ella. Sostenía otro ejemplar del álbum.

—¿Para quién lo dedico? —preguntó la autora.

—Para Nora. Cumple ocho años y cree que todos los libros deberían incluir al menos un animal que hable.

—Es una crítica literaria bastante sólida.

—Yo no discuto con ella. Tiene acceso a rotuladores permanentes.

Clara sonrió. Él la oyó y giró la cabeza. Tenía los ojos color miel y una arruga leve en cada sien, como si sonriera a menudo aunque no hiciera ruido al hacerlo.

—¿Tú también compras bajo amenaza? —preguntó.

—Yo soy la amenaza.

—Eso simplifica los regalos.

Cuando le tocó el turno, Clara pidió una dedicatoria sin nombre. Nunca sabía explicar para quién compraba aquellos libros. Mientras la autora firmaba, el móvil volvió a vibrarle. Leyó el mensaje de Hugo, contestó dos líneas y guardó el teléfono apresuradamente.

Irene la llamó desde la escalera.

—¡Me tengo que ir! A Sonia se le ha caído una localización para mañana.

—¿Ahora?

—La producción audiovisual es una forma cara de vivir sin planes. ¿Te importa volver sola?

—Sobreviviré.

Clara recogió la bolsa beige que había junto a su silla, se despidió y salió. Había avanzado media calle cuando una voz la llamó.

—Perdona. ¿Eres la amenaza?

Se volvió. El hombre de la camisa azul venía hacia ella con otra bolsa idéntica en la mano.

—Solo los jueves.

—Entonces llego a tiempo. Creo que hemos intercambiado nuestras compras.

Clara abrió la bolsa que llevaba. Dentro no había dos álbumes, sino un libro grueso titulado Cultivar con menos agua: suelo, tecnología y futuro rural , un cuaderno de tapas negras y una pequeña caja de pastillas para el mareo.

—No recuerdo que la parte de la casa andante terminara con un estudio de evapotranspiración.

Él levantó la bolsa que tenía.

—Y yo estoy bastante seguro de no haber comprado dos ejemplares del mismo cuento. Aunque Nora aprobaría la inversión.

Intercambiaron las bolsas.

—Gracias —dijo Clara—. Le tengo cariño a mis compras duplicadas e injustificables.

—Gabriel.

—¿Cómo?

—Mi nombre. Para no quedarme registrado como el señor de las pastillas del mareo.

—Clara. Para no quedarme como la mujer que amenaza a escritoras infantiles.

Una moto pasó demasiado cerca de la acera. Los dos dieron un paso hacia el escaparate y, por un momento, se quedaron bajo el toldo amarillo. Gabriel miró hacia el cielo.

—Va a llover.

Clara contempló un cielo completamente despejado.

—Eso es una forma muy elaborada de proponer que esperemos en algún sitio.

—En realidad es una forma muy campesina de mirar nubes que aún no han llegado. Pero enfrente hay una cafetería.

—Y yo tengo curiosidad por saber por qué alguien compra un ensayo agrícola y pastillas para el mareo en la misma tarde.

—Las pastillas son para mi madre. El ensayo, porque soy un hombre lleno de vicios.

La cafetería tenía cuatro mesas en la acera. Se sentaron en la más alejada del tráfico. Clara pidió un café con leche de avena; Gabriel, un cortado y un vaso de agua.

—¿Agricultor? —preguntó ella, tocando el título que todavía recordaba.

—Sí.

—No lo habría adivinado.

—¿Esperabas que llevara una espiga entre los dientes?

—Quizá un tractor estacionado en doble fila.

—Lo he dejado en el metro. Aparcar en Madrid está fatal.

Clara se rio, y la risa le salió más alta de lo habitual. Gabriel vivía en Valdeazahar, un pueblo de Albacete cerca de la Sierra de Alcaraz. Había ido a Madrid para una jornada sobre comercialización agrícola y aprovechado el viaje para comprar el regalo de su ahijada.

—¿Nora es familia? —preguntó.

—Es hija de una amiga de toda la vida. Su padre y yo también somos amigos, aunque ahora vive fuera. Cuando nació cometieron el error de hacerme padrino.

—¿Por qué fue un error?

—Porque me tomo el cargo en serio. A los cinco años le regalé una lupa y estuvimos dos meses recibiendo informes sobre insectos.

—Eso parece un éxito educativo.

—No para las hormigas.

Gabriel sacó el álbum firmado y le enseñó la dedicatoria. La autora había dibujado una casa con patas y añadido: Para Nora, que nunca deje una puerta sin imaginar lo que hay detrás.

—Buen regalo —dijo Clara.

—Le gustan más los cuentos que los juguetes. O quizá ya tiene demasiados juguetes.

—Los libros no cuentan como demasiadas cosas.

—Eso dices porque no has visto las estanterías de su madre.

Clara estuvo a punto de contarle las suyas. Se contuvo por una costumbre extraña: los álbumes infantiles eran el único exceso de su casa que no estaba seleccionado para combinar con nada. Revelarlos parecía más íntimo que hablar del sueldo o de una relación pasada.

—¿Y el ensayo? —preguntó.

Gabriel le explicó que en Valdeazahar llovía poco y cada año resultaba más irregular. No dramatizó ni recitó cifras. Habló del agua con la familiaridad respetuosa con que otros hablaban de una persona mayor: algo necesario, limitado y nunca garantizado.

—Quiero probar cubiertas vegetales en otra parcela y ajustar mejor el riego —dijo—. Si el libro contiene una idea útil, ya compensa haberlo cargado por Madrid.

Clara miró sus manos alrededor del vaso.

Tenía una pequeña cicatriz junto al pulgar y las uñas limpias, cortas.

No correspondían a ninguna de las fotografías bucólicas que había usado en campañas de aceite.

Eran manos de alguien que trabajaba con cosas que existían antes y después de una presentación.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Compras libros infantiles por trabajo o por placer?

—Trabajo en publicidad. Así que, en teoría, todo puede convertirse en trabajo si lo miras durante suficiente tiempo.

—Respuesta hábil.

—Gracias. Me pagan por eso.

—No has contestado.

Clara bajó la mirada hacia su taza.

—Por placer.

—Mucho mejor.

Hablaron durante cuarenta minutos. Gabriel le contó que cultivaba almendros, olivos y pistachos, y que el huerto era pequeño porque su padre consideraba que cualquier terreno sin tomates constituía una ofensa.

Clara le habló de campañas, presentaciones y clientes que pedían «algo más orgánico» sin saber qué significaba.

—¿Y has venido solo a la presentación? —preguntó Gabriel.

—Me ha arrastrado una amiga que acaba de abandonarme por una emergencia laboral.

—Parece contagioso.

El móvil de Clara vibró. Lo miró. Hugo preguntaba si podía conectarse en veinte minutos.

Gabriel no intentó leer la pantalla.

—¿Tienes que irte?

—Probablemente.

Él asintió con la misma naturalidad con que había aceptado todas sus respuestas.

—Ha sido un buen intercambio de bolsas.

—He tenido peores reuniones.

Pagaron por separado porque Clara extendió la tarjeta con una rapidez entrenada. En la esquina, Gabriel sacó el móvil.

—¿Te puedo pedir el número?

Ella arqueó una ceja.

—¿Por si también me he llevado tus pistachos?

—Por si quieres otro café sin necesidad de cometer un hurto previo.

Clara le dio el número. Gabriel hizo una llamada breve para que ella guardara el suyo.

—Que conste que esto contradice mi campaña del día — dijo.

—¿Cuál era?

—El privilegio de que nadie te moleste.

—Puedo esperar a que me molestes tú.

Gabriel se despidió con una sonrisa y echó a andar hacia el metro. No añadió una promesa urgente, no preguntó qué haría el sábado ni envió un mensaje antes de doblar la esquina.

Clara permaneció un momento bajo el toldo.

Entonces empezó a llover.