La muchacha no tiene pueblo
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Capítulo 1. Una campaña para una vida que nadie quiere
Una campaña para una vida que nadie quiere
—El lujo ya no consiste en tener más —dijo Clara—. Consiste en que nadie pueda molestarte.
En la pantalla, una mujer vestida de blanco contemplaba Madrid desde el salón de un ático imposible. No tenía hijos, mascotas, plantas que regar ni vecinos que arrastraran muebles. Probablemente tampoco tenía digestiones. Bajo sus pies, la ciudad era una extensión limpia de luces doradas.
Clara hizo una pausa. Sabía cuánto debía durar: dos segundos exactos. Lo suficiente para que pareciera seguridad y no olvido.
—Vértice no vende viviendas. Vende el privilegio de desaparecer del ruido.
La última diapositiva mostró el lema en letras sobrias: Tu tiempo. Tu altura. Tu vida.
Durante un instante no se oyó nada en la sala de reuniones. Después, el director de la promotora asintió muy despacio, como si acabaran de revelarle un secreto sobre sí mismo que costaba doce mil euros el metro cuadrado.
—Eso es —dijo—. Eso es exactamente lo que queremos.
Clara sonrió. A su derecha, Hugo Ferrer dejó el bolígrafo sobre la mesa. Nunca celebraba una presentación antes de que el cliente se marchara, pero aquella pequeña rendición equivalía en él a descorchar una botella.
Veinticinco minutos más tarde hubo felicitaciones, apretones de manos y promesas de enviar el calendario definitivo. Cuando la puerta se cerró, Blanca, la ejecutiva de cuentas, se dejó caer en una silla.
—Acabas de vender como aspiración vital que nadie sepa dónde vives.
—Con piscina climatizada —puntualizó Clara.
—Eso lo cambia todo.
Hugo recogió la copia impresa de la campaña.
—Buen trabajo. Muy buen trabajo, Clara. Lo de desaparecer del ruido se queda.
—Eso parece.
—¿No estás contenta?
—Estoy pensando en todas las personas a las que tendremos que molestar para contarles que no deben molestarnos.
Hugo sonrió. Tenía cuarenta y un años, camisas que jamás se arrugaban y la desconcertante costumbre de escuchar las respuestas.
—Celébralo cinco minutos antes de encontrarle un problema.
—Lo intentaré.
—Y vete pronto hoy. Son casi las siete.
Clara miró el reloj. Eran las siete y veinte.
—Prontísimo.
Blanca apareció con tres copas de cartón y una botella pequeña de cava que alguien conservaba desde Navidad en la nevera de la agencia. Javi encontró patatas fritas en una máquina y las sirvió en un cuenco reservado para fruta decorativa.
—Cinco minutos de celebración reglamentaria —anunció Hugo—. Mañana empezaremos a sufrir con los cambios.
—El cliente lo ha aprobado —dijo Sergio.
Todos lo miraron con ternura.
—Es nuevo —explicó Clara.
Brindaron. Blanca dijo que el concepto había salvado una cuenta que llevaba dos meses bloqueada. Javi imitó la voz del director de la promotora diciendo «eso es exactamente lo que queremos» y consiguió que Clara se riera.
Se sentía orgullosa. Era importante reconocerlo: había encontrado una idea clara dentro de un encargo confuso, había dirigido bien al equipo y el resultado funcionaba. Aquel placer no era falso. Solo duraba cada vez menos.
Antes, una aprobación así la mantenía despierta de emoción. Ahora la mantenía despierta porque ya estaba anticipando las correcciones.
—La próxima campaña grande tiene que llevarla Clara — dijo Blanca.
Hugo sostuvo su copa sin confirmar nada.
—Primero dejemos que disfrute esta.
Clara reconoció en su cautela una posibilidad. Una campaña grande significaba presupuesto, visibilidad y quizá quitar por fin la palabra adjunta de su cargo. Sintió la punzada exacta de ambición que se suponía que debía sentir.
Después guardó el vaso sin terminar en una papelera y volvió al ordenador.
Volvió a su mesa entre dos filas de ordenadores, plantas de interior y frases motivadoras que nadie recordaba haber aprobado.
Su espacio estaba ordenado con una precisión que sugería equilibrio.
Pantalla grande, taza blanca, dos rotuladores negros paralelos y una libreta verde escondida bajo el informe de audiencias.
La abrió mientras se cargaba el correo.
En la última página escrita, un erizo pequeño miraba seis puertas distintas. Clara había dibujado las púas con trazos rápidos y, debajo, había una frase a medio terminar.
Ernesto llevaba tanto tiempo buscando una casa que ya sabía reconocer todas las que no lo eran.
Leyó la frase dos veces. Después escribió:
La primera era demasiado alta. La segunda no tenía ventanas. En la tercera cabía él, pero no cabían sus sueños.
—Qué poco práctico eres, Ernesto —murmuró.
Entró un correo marcado como urgente. Luego otro. El móvil vibró contra la mesa. En el grupo de la campaña, alguien preguntó si podían probar el lema en tres tipografías más «para sentir diferencias». Clara cerró la libreta y la ocultó bajo el informe.
A las nueve y cuarto salió de Brújula precisamente por eso, aplazarlos era tan fácil.
A las once abrió el portátil para resolver una duda rápida.
A las doce y media, la duda había tenido seis hijos.
A la una se lavó los dientes. A la una y veinte estaba en la cama.
A la una y veintiuno recordó una errata en la diapositiva diecisiete.
A la una y cuarenta comprobó el archivo desde el móvil.
La errata no existía.
A las dos y ocho, Irene le envió una fotografía de una entrada.
Mañana. Librería La Peonza. Presentación de álbum ilustrado. Tengo dos plazas y no admito campañas de última hora.
Clara respondió desde la oscuridad.
Tengo trabajo.
Los tres puntos aparecieron de inmediato.
Tienes insomnio. El trabajo es otra cosa.
Acabamos de ganar una campaña.
Enhorabuena. Ven a ver un libro en el que nadie optimiza nada.
Clara dejó el teléfono boca abajo. Aguantó cuarenta segundos.
¿A qué hora?
Irene contestó con una sucesión ofensiva de corazones, aplausos y erizos. Clara se incorporó.
¿Por qué un erizo?
No sé. Parecía cansado y me ha recordado a ti.
Clara miró hacia el salón, donde la libreta verde seguía dentro del bolso. La campaña más importante del trimestre estaba aprobada. El cliente quería su vida sin ruido. Ella tenía una casa silenciosa, un sueldo razonable y ni una sola razón concreta para sentirse mal.
Tardó otra hora en dormirse.
Al día siguiente, a las siete y cinco, Irene apareció en la recepción de la agencia con dos entradas y la determinación de quien venía a ejecutar un rescate.
—Coge el bolso —ordenó.
—No he terminado.
—Nunca terminas.
—Eso no es cierto.
Irene miró el panel donde una barra de progreso marcaba VERSIÓN FINAL 7 .
—Clara.
Ella cerró el portátil.
En el ascensor, Irene pulsó la planta baja y después le quitó el móvil de la mano.
—Te lo devuelvo en la calle.
—Tengo un equipo a mi cargo.
—Y yo una amiga. Mi emergencia tiene peor presupuesto.
Clara se miró en el espejo: americana oscura, pelo recogido, labios sin color después de diez horas. Parecía la mujer competente que era. También parecía alguien que necesitaba permiso para salir de un edificio.
—Solo una hora —advirtió.
—Una hora sin venderle nada a nadie.
Las puertas se abrieron. Irene le devolvió el teléfono, pero Clara lo guardó sin mirar la pantalla.
Guardó el móvil, la cartera y, después de una vacilación, la libreta verde.
No sabía que aquella noche iba a llevarse a casa un libro que no había comprado.