La Moneda Del Destino 19 Mentiras
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19 Mentiras

Ellie llevaba varios minutos frente al espejo acomodándose el cabello, ese día había elegido un vestido blanco sencillo que era uno de sus favoritos y se había maquillado apenas lo suficiente para disimular el las ojeras causadas por la falta de sueño, consecuencia de sus escapes furtivos con Daniel.

Se observó una vez más con detenimiento, nerviosa, y sonrió levemente.

Aunque ya se habían confesado el amor que sentían el uno por el otro para Ellie seguía siendo una preocupación el verse lo más atractiva posible para Daniel.

Ellie había organizado una maleta aquella mañana que permanecía escondida bajo la cama, en esta había guardado únicamente lo necesario, un poco de ropa de la que más le gustaba, un par de implementos personales que estaban entre sus favoritos y un pequeño recuerdo de su hermana Lara, su gran confidente y quien era una de sus personas más preciadas, procurando no dejar espacios demasiado evidentes en el armario para no levantar sospechas a su madre.

Aún no había hablado de sus planes con Daniel, él no sabía que ella pensaba marcharse con él a la lejanía de su cabaña, quería esperar a que estuvieran solos y decírselo mirándolo a los ojos para ver su expresión cuando comprendiera que ya no hablaban de un futuro lejano sino de una realidad palpable.

A sus dieciséis años estaba cansada de que cada decisión importante de su vida pareciera pertenecer a alguien más.

Su padre había elegido demasiado por ella, desde qué debía hacer hasta con quién debía casarse, moldeando así qué futuro debía aceptar.

Incluso ahora, mientras esperaba una respuesta a sus solicitudes universitarias, Richard seguía comportándose como si alcanzar la mayoría de edad no hubiera cambiado absolutamente nada, para él sus hijas seguían siendo una extensión de sí mismo y de esta forma tomaba decisiones sin consultar, Ellie, cansada de esta situación había empezado a pensar que era tiempo de tomar las decisiones que moldearán su vida por su propia cuenta.

Esa pequeña maleta escondida bajo su cama era, quizá, la primera decisión verdaderamente suya.

Cuando estaba perdida en sus pensamientos un ligero sonido en el balcón la hizo girarse, era Daniel que había aparecido tras la barandilla, terminando de subir con la facilidad de quien llevaba años trepando paredes y edificios en Gehena.

Cuando levantó la mirada y la vio, permaneció inmóvil unos cuantos segundos.

Ellie le sonrió tiernamente.

—Hola Dani, querido.

—Hola… -Respondió Daniel embelesado por el rostro y la figura de Ellie.

Ella arqueó una ceja ante el corto saludo de Daniel.

—¿Pasa algo?

—No, todo como de costumbre, solo no me acostumbro a ver lo hermosa que eres.

Ellie sintió un calor desde sus mejillas hasta sus orejas.

—Gracias… Tu también estás guapo como de costumbre.

Ella se hizo a un lado para dejarlo pasar y Daniel entró a la residencia. Apenas estuvieron frente a frente, Ellie rodeó su cuello con los brazos tiernamente y lo besó como quien no ha visto a su amante en meses.

—Bienvenido a mi casa, Dani.

Daniel se giró, reconociendo todo el lugar con la mirada.

—Pensé que tardaría mucho más en conocerla por dentro, siendo honesto.

—Técnicamente no es tu primera vez aquí.

—Solo estuve en tu balcón, así que no cuenta.

Ellie rió ligeramente y tomó su mano entre las suyas.

—Ven, preparé algo de comer. Dijo Ellie mientras arrastraba a Daniel de su mano hacia el comedor.

Aquella tarde Ellie había hecho un almuerzo sencillo en cuanto ingredientes, pero con el sabor de quien tiene pericia en la cocina y Daniel lo disfrutó como nunca con el corazón lleno, puesto que no había comido nada durante el día para asegurarse de tener apetito en ese momento.

Los dos comieron entre conversaciones tranquilas y alguna que otra broma, después recogieron juntos los platos y dejaron la cocina en orden.

Era algo tan natural que se sentía como si una fuerza extraña pusiera las cosas en su orden predilecto.

Daniel, pasaba horas imaginando cómo sería estar con Ellie sin esconderse en un callejón, sin vigilar la hora calculando cuánto tardaría su padre en regresar.

Sin embargo, nunca había pensado que algo tan insignificante como secar un plato mientras ella lavaba otro pudiera provocarle aquella sensación de tranquilidad y paz, era después de todo como si aquella vida sencilla que imaginaba con ella no estuviera tan lejos después de todo.

Cuando terminaron de poner todo en su lugar, pasaron a la sala.

—¿Dani, quieres ver una película?

—Claro, suena bien.

Se acomodaron en el sofá. Ellie eligió una mientras Daniel apoyaba un brazo detrás de ella.

Ellie sonrió sin apartar los ojos de la pantalla.

—Puedes abrazarme, seguro que no me enojo ni un poco.

Daniel pasó el brazo alrededor de sus hombros y ella se acomodó contra su pecho. Durante algunos minutos prestaron atención a la película, o al menos eso intentaron.

—¿A qué hora vuelve tu padre? —preguntó Daniel.

Ellie levantó el rostro.

—Ya te dije que mañana, después del casting de Lara.

—Cierto, cierto, que tonto.

—¿Puede ser que… estás nervioso? -Preguntó jocosamente Ellie.

—No... —pensó por un segundo— Bueno…Quizá un poco.

Ella soltó una risita.

—No va a aparecer de repente.

Daniel miró hacia la puerta.

—Eso espero.

—Lara me avisará cuando salgan de la Academia mañana. Él asintió. Ellie volvió a acomodarse contra su pecho. Daniel bajó la mirada hacia sus piernas.

—¿Cómo te sientes, ya sanaron tus heridas?

—Mejor.

—¿Todavía te duelen?

—Un poco.

—¿Usaste la crema que te di?

Ellie guardó silencio.

Daniel frunció el ceño.

—Ellie.

—No.

—¿Por qué?

Ella jugueteó con uno de los botones de su vestido.

—Porque había sanado demasiado rápido.

Daniel tardó unos segundos en comprender.

—¿Querías seguir herida?

—No quería que mi padre decidiera llevarme al casting de modelaje.

Él la observó sorprendido.

—Ellie...

—Era la única manera de quedarme sola hoy para compartir contigo.

Daniel miró sus piernas y después volvió a sus ojos.

—No me gusta que tengas que hacerte eso para verme.

—No fue solo para verte.

La frase quedó suspendida entre ambos.

Daniel esperó una explicación, pero Ellie sonrió y regresó la mirada hacia la televisión.

—Después te cuento.

Él entrecerró los ojos.

—Ahora tengo curiosidad.

—Tendrás que esperar.

Daniel no insistió.

—Al menos, si consigues entrar a la Academia, pasarás mucho más tiempo fuera de esta casa.

Ellie lo miró. La película continuaba reproduciéndose frente a ellos, completamente olvidada.

Daniel bajó la vista hacia sus labios. Ella lo notó.

Ninguno dijo nada. Después de lo ocurrido dos noches atrás, ya no existía entre ellos la misma timidez de sus primeros encuentros.

Habían aprendido a reconocer las dudas del otro, a preguntar cuando era necesario y, sobre todo, a confiar. Daniel se inclinó y la besó.

***

Richard esperaba frente a uno de los salones de la Academia mientras Lara realizaba una de las pruebas programadas para aquel día. Consultó la hora con impaciencia.

—¿Cuántas faltan antes de ir al hotel?

—Por lo general, la Academia JJ se toma todo el día. En la tarde nos llevarán al hotel y mañana serán las últimas pruebas. — comenta Lara con calma

—Así es. cada año es lo mismo, incluso puede que mañana los ocupen aún mas

La voz hizo que Lara levantara la cabeza.

Lyam se acercaba por el corredor.

Ella frunció el ceño. “¿Quién es este?” Richard, en cambio, lo observó con cierta curiosidad.

—¿Cómo sabes todo eso?

—Mi padre es muy amigo de la señora Davis, la dueña de la Academia. Cuando era niño solía acompañarlo a traerle la mensajería.

Richard pareció reconocerlo.

—Te he visto antes.

—Sí. Soy Lyam, señor. El hijo de Ryan, el dueño de la mensajería.

—Ah, sí. Te recuerdo. ¿Cómo estás, muchacho?

—Muy bien, señor.

Lyam dirigió la mirada hacia Lara.

—¿Dónde está su hija mayor?

—En casa. — respondió Richard, Lara permaneció callada.

—Qué lástima. Pensé que vendría —continuó él—. Aunque supongo que estará ocupada.

—Está herida.

—Ah.

Fue apenas una sílaba, pero algo en su tono puso a Lara en alerta.

Richard volvió la mirada hacia el salón.

—¿La conoces?

—A su hija mayor, no demasiado. — Lyam hizo una pausa. —A su novio sí.

Lara sintió que se le helaba la sangre.

Richard giró lentamente la cabeza.

—¿Conoces al joven Christopher?

La confusión de Lyam pareció genuina.

—¿Quién es Christopher?

—El prometido de mi primogénita.

Lyam guardó silencio unos segundos.

—¿Su hija está comprometida y además tiene otro novio?

Richard se volvió hacia él.

—¿Qué?

—Deja de inventar cosas —intervino Lara.

Lyam la miró.

Richard dio un paso hacia ellos.

—¿De qué estás hablando?

—De Daniel.

—¿Quién es Daniel?

—Papá, no le hagas caso.

—Cállate, Lara.

Ella apretó los labios.

—Continúa.

—Daniel es un muchacho de Gehena. Rubio, ojos verdes. Trabaja con nosotros en la mensajería.

El rostro de Richard cambió.

—Claro que he visto a ese chico. Más de una vez.

—Está mintiendo —insistió Lara.

—¿Por qué haría eso? —replicó Lyam.

—Porque yo siempre estoy con mi hermana. Si estuviera saliendo con alguien, me lo habría contado. Lyam soltó una risa seca. Richard los observó alternativamente.

—¿Ellie está saliendo con ese muchacho?

—No —respondió Lara.

—Sí —dijo Lyam al mismo tiempo.

—¡Cállate!

—Lara.

La voz de su padre bastó para silenciarla.

—Los he visto juntos —continuó Lyam—. Más de una vez.

El pánico comenzó a subir lentamente por el pecho de Lara. Richard endureció la expresión.

—¿Dónde se ven?

Lyam se encogió de hombros.

—No siempre lo sé. Pero Daniel sale constantemente de la empresa con la excusa de hacer algún pendiente. Supongo que va a encontrarse con ella. Lara lo fulminó con la mirada.

—De hecho —añadió Lyam con aparente indiferencia—, creo que hoy dijo que iba a verla.

Richard sacó el teléfono. Escribió varios mensajes. Lara sintió que el estómago se le hundía.

—Papá...

Él ni siquiera respondió.

—Nos vamos.