18 Una oportunidad perfecta
Al día siguiente, Christopher partió rumbo a Excelso y Daniel trabajó como de costumbre en la tienda. Sin embargo, en cuanto terminó su jornada, se apresuró a regresar a Gehena para cambiarse y emprendió el camino hacia Imisy. Quería aprovechar todo el tiempo posible con Ellie.
Cuando llegó frente a su casa, se mantuvo oculto entre las sombras de la calle y esperó hasta verla aparecer en el balcón. Ellie lo saludó discretamente con una mano y luego se volvió hacia su hermana.
—Por favor... si pasa algo, escríbeme.
—Lo haré. Ve tranquila.
Ellie se cubrió con la capucha y salió con cuidado. Daniel la esperaba en un punto apartado, lejos de las ventanas de la casa, y sonrió al verla acercarse.
—Hola.
—Hola.
Se inclinó para que subiera a su espalda. Ellie vaciló apenas antes de rodearle los hombros con los brazos y, cuando Daniel aseguró las manos bajo sus piernas para sostenerla, una punzada de dolor le recorrió el cuerpo. Tuvo que apretar los labios para contener una queja.
Daniel no lo notó.
Tomaron el recorrido más discreto hasta abandonar aquella parte de Imisy y continuaron hacia Gehena. Ellie estuvo mucho más callada de lo habitual durante el trayecto y, aunque Daniel percibió algo extraño en ella, decidió no presionarla.
Una vez estuvieron en un lugar seguro, la ayudó a bajar.
Ellie apoyó los pies en el suelo con cuidado.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Sí.
Daniel no pareció convencido.
—¿Segura?
—Solo estoy un poco cansada.
Él sostuvo su mirada unos segundos, pero terminó asintiendo.
—Está bien. ¿Quieres ir directamente a la cabaña?
Ellie negó con la cabeza.
—¿Podemos ir al campo de las luciérnagas?
Daniel sonrió.
—Claro. Aunque en esta época quizá no encontremos tantas.
—No importa.
Atravesaron juntos el camino hacia la cabaña. Daniel entró apenas unos minutos para recoger una manta, agua y algunas cosas que guardó en una mochila antes de regresar junto a ella. Después continuaron a pie, tomados de la mano, hasta alcanzar la colina.
Había pocas luciérnagas aquella noche, tal como Daniel había advertido. Apenas pequeños destellos dispersos entre la hierba y los árboles. Aun así, Ellie pareció relajarse en cuanto reconoció el lugar.
Daniel extendió la manta sobre el césped.
—Ven.
Ellie se sentó a su lado.
Durante algunos minutos contemplaron el paisaje en silencio. Daniel no necesitó mucho más para confirmar que algo iba mal. Ellie estaba demasiado quieta, hablaba poco y evitaba cambiar de posición.
Finalmente se volvió hacia ella.
—Ahora sí vas a decirme qué pasa.
—No pasa nada.
—Ellie.
Ella mantuvo la mirada al frente.
—Estoy bien.
—No tienes que fingir conmigo.
Aquellas palabras fueron suficientes.
Ellie bajó la cabeza y se mordió el labio intentando contener el temblor. Daniel vio aparecer las primeras lágrimas y se acercó sin decir nada.
—Ven aquí.
La rodeó con los brazos.
Ellie se aferró a él y comenzó a llorar. Daniel la sostuvo contra su pecho mientras acariciaba lentamente su cabello. No preguntó nada más. Permaneció allí, dejando que llorara todo lo que necesitara, hasta que los sollozos fueron apagándose.
—Aquí estoy —murmuró.
Pasaron varios minutos. Ellie continuaba recostada contra él cuando habló.
—Lamento molestarte con mis problemas.
Daniel frunció el ceño.
—No me molestas.
Ella levantó ligeramente la cabeza.
—Pero siempre termino contándote cosas horribles.
—También para eso estoy contigo. No quiero estar solo cuando todo va bien.
Una sonrisa débil apareció en los labios de Ellie.
—Gracias.
Daniel observó su rostro unos segundos.
—¿Fue tu padre?
Ellie se tensó.
—Sí.
—¿Discutieron?
Ella guardó silencio.
Daniel sintió que algo se endurecía dentro de él.
—Ellie... ¿te golpeó otra vez?
La muchacha bajó la mirada. No necesitó responder. Daniel respiró lentamente, intentando contener la rabia.
—¿Dónde?
Ellie se puso de pie con cuidado y levantó un poco el borde del vestido. Daniel palideció. Había marcas recientes sobre sus piernas.
—Maldita sea...
Apartó la mirada durante un segundo y respiró profundamente antes de volver a observarla.
—¿Qué ocurrió?
Ellie dejó caer un poco la tela.
—Mi madre salió con Lara. Me dejó encargada de la cena, pero tenía muchas tareas del instituto y me puse a estudiar. Olvidé que había dejado la comida al fuego.
Daniel pasó una mano por su cabello.
—¿Y te hizo eso porque olvidaste la cena?
—Se enfadó mucho.
—Ellie, quemar una comida no justifica esto. Nada lo justifica.
Ella permaneció callada.
—Tienes dieciséis años. Estabas estudiando. Puedes equivocarte, olvidar algo, discutir con él... nada de eso le da derecho a golpearte.
Los ojos de Ellie volvieron a llenarse de lágrimas. Daniel miró nuevamente las heridas.
—¿Puedo revisarlas?
Ella asintió. Daniel se acercó con cuidado. Apartó apenas la tela necesaria para comprobar el estado de las marcas, procurando no tocar ninguna zona dolorida.
—¿Te duele mucho?
—Cuando camino un poco. Y cuando me siento.
—¿La otra pierna también?
Ellie asintió.
Daniel cerró los ojos durante un instante.
—Ojalá pudiera hacer algo.
—Ya lo haces.
Él levantó la mirada.
—¿Qué?
—Estás aquí.
Daniel permaneció callado.
Ellie se sentó nuevamente junto a él.
—Cuando estoy contigo no tengo miedo.
Aquella frase consiguió dolerle más que las heridas que acababa de ver.
—Nunca quiero que me tengas miedo.
—No lo tengo.
Daniel dejó una mano sobre la manta, pero Ellie la tomó antes de que pudiera apartarla.
Entrelazó sus dedos.
—Ni siquiera un poco.
Él sonrió débilmente. Ellie lo observó durante unos segundos. Después llevó la mano de Daniel hacia ella y la dejó sobre su pierna, por encima de la tela del vestido. Daniel se quedó inmóvil.
—Ellie...
—Está bien.
—¿Segura?
Ella asintió.
Había algo distinto en su mirada aquella noche. No era solamente cariño. Era la necesidad de recuperar, aunque fuera durante unos minutos, la certeza de que su cuerpo y sus decisiones seguían perteneciéndole.
Daniel acarició suavemente su pierna.
Ellie se acercó más.
—¿Por qué siempre eres tan lindo conmigo?
—No creo que haga nada extraordinario.
—Eso es lo que tú crees.
Antes de que Daniel pudiera responder, Ellie se inclinó y lo besó.
Él tardó apenas un instante en corresponder.
Ya no existía entre ellos la inseguridad de sus primeros besos.
Ellie rodeó su cuello con los brazos y Daniel la sostuvo por la cintura mientras el beso se prolongaba.
Cuando se separaron, él tenía el rostro completamente encendido.
Ellie sonrió.
—Estás rojo.
—No estoy rojo.
—Muchísimo.
—Hace calor.
Ella miró alrededor.
—Estamos en medio de Gehena, de noche.
—Precisamente. Gehena es... caliente.
Ellie soltó una pequeña risa.
—Qué mala excusa.
Daniel también rio, avergonzado. Ellie se quitó el hoodie y lo dejó a un lado antes de volver a acercarse.
Esta vez apoyó la cabeza sobre su hombro y Daniel la abrazó.
Permanecieron así unos instantes, escuchando únicamente el sonido del bosque.
Entonces Ellie levantó el rostro y dejó un beso lento junto a su cuello. Daniel se quedó completamente quieto.
—Ellie...
Ella lo miró, Por un instante ninguno dijo nada. Daniel recordó inevitablemente las palabras de Ryan. “Estar a solas con alguien que te gusta puede hacerte olvidar los límites”. Miró a Ellie.
—¿Estás bien?
Ella pareció entender exactamente qué estaba preguntando.
—Sí.
—Si en algún momento quieres que pare...
—Te lo diré.
Daniel asintió, Ellie volvió a besarlo, La cercanía entre ambos se volvió diferente.
Más confiada, menos torpe que en ocasiones anteriores.
Daniel ya no parecía aterrorizado ante cada gesto de Ellie y ella tampoco retrocedía después de cada muestra de afecto.
Se conocían mejor. Confiaban el uno en el otro.
Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban con cierta agitación. Daniel apoyó la frente contra la suya.
—¿Quieres ir a la cabaña?
Ellie sostuvo su mirada. Sabía que aquella invitación tenía un significado diferente esa noche, Aun así, asintió.
—Sí.
Daniel sonrió y se puso de pie. Le ofreció una mano para ayudarla a levantarse y, cuando Ellie estuvo a su lado, entrelazó sus dedos con los de ella. Emprendieron juntos el camino hacia la cabaña. No llegaron muy lejos. El teléfono de Ellie vibró. Ella se detuvo.
—Es Lara.
Abrió el mensaje.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué pasa?
—Mi padre está despierto.
Daniel miró inmediatamente la hora.
—Tenemos que volver.
En Imisy, Lara había colocado varias almohadas debajo de las cobijas intentando reproducir la silueta de su hermana.
No era precisamente una obra maestra. Pero esperaba que funcionara.
Estaba sentada frente al escritorio fingiendo estudiar cuando escuchó pasos en el corredor. Richard apareció en la puerta.
—¿Qué haces despierta?
—Tengo un examen.
—¿Y tu hermana?
Lara señaló la cama.
—Dormida.
Richard miró hacia las cobijas.
—¿Hace mucho?
—Desde que ustedes se fueron a dormir.
Él se acercó.
Lara sintió que el corazón comenzaba a golpearle contra el pecho.
—Necesito hablar con ella.
—Papá, está muy cansada.
Richard se volvió.
—¿Está muy herida?
—Creo que sí.
—Tengo que preguntarle algo.
—¿No puede esperar hasta mañana?
—Me llegó un correo que debo responder.
Lara tomó discretamente el teléfono. Daniel y Ellie avanzaron hacia Imisy con toda la rapidez que permitía un recorrido seguro.
En las zonas difíciles, Daniel la ayudó a desplazarse para evitar que sus piernas recibieran más golpes y, una vez atravesaron los sectores peligrosos, continuaron por las rutas que él conocía mejor.
Cuando finalmente llegaron cerca de la casa, Ellie revisó el teléfono.
Está en la habitación. Quiere hablar contigo.
—Estoy en problemas.
Daniel miró hacia el balcón.
Pensó durante apenas unos segundos.
—Ve debajo de tu ventana y escríbele a Lara. Dile que cuando escuche la puerta principal corra a abrirte.
—¿Qué vas a hacer?
—Conseguir tiempo.
—Daniel...
—Confía en mí.