17 El volcán #2
—Aquí el liderazgo tradicional corresponde al hombre con el mayor tiempo registrado. Se considera que quien soporta más energía del volcán tiene mayor capacidad para proteger Gehena.
Christopher señaló a Daniel.
—Entonces él debería ser el líder.
—Exactamente.
Daniel cerró los ojos.
—Y esta es la parte que no necesitabas contar.
—Es importante.
Bruce regresó la atención a Chris.
—Nadie había visto un número cercano al suyo. Mucho menos en un niño de seis años. Según nuestras leyes, desde ese día Daniel tenía derecho al liderazgo.
—¿Con seis años?
—Obviamente no iba a gobernar nada. Mantuvimos el asunto entre pocas personas y el liderazgo continuó bajo mi responsabilidad mientras él crecía.
Christopher miró a Daniel con incredulidad.
—¿Por qué lo mantuvieron en secreto?
Bruce perdió la sonrisa.
—Porque un niño con semejante poder habría sido un objetivo.
La respuesta bastó.
—Durante las primeras semanas apenas podía controlar su propio cuerpo —continuó Bruce—. Había absorbido demasiada energía.
Daniel se cubrió parcialmente el rostro.
—No necesitas contar esto.
—Rompía todo.
Christopher sonrió.
—¿Todo?
—Puertas, vasos, muebles. Una vez intentó ayudarme a mover una mesa y terminó arrancándole una pata.
—Fue un accidente.
—Todos fueron accidentes.
Bruce rio.
—No sabía cuánto apretar ni cuánto impulso usar. Si saltaba, terminaba varios metros más lejos de donde quería. Si intentaba sujetarme del brazo, me dejaba morado durante días.
Christopher soltó una carcajada.
—Ahora entiendo por qué me dijiste que no cerrara los puños.
Daniel señaló a Bruce.
—Él tampoco se veía tan divertido cuando tenía que enseñarme.
—Terminé lleno de moretones durante meses.
La sonrisa de Bruce desapareció poco a poco.
—Pero aprendió.
Miró a Daniel con algo parecido al orgullo.
—Y cuando tuvo edad suficiente para reclamar oficialmente el liderazgo, se negó.
Christopher frunció el ceño.
—¿Por qué?
Daniel respondió esta vez.
—Porque no quería gobernar Gehena.
—¿Tenías derecho a hacerlo y simplemente dijiste que no?
—Sí.
—¿Por qué?
Daniel miró la ciudad a lo lejos.
—Para entonces ya había descubierto el paso hacia Imisy. Quería estudiar. Quería conocer otra vida. No quería que todo lo que fuera dependiera de cuánto tiempo había soportado una roca cuando tenía cinco años. Bruce permaneció en silencio unos segundos.
—Eso es precisamente lo que muchos nunca entendieron.
Christopher lo miró.
—¿Qué cosa?
—Daniel tenía fuerza suficiente para reclamar autoridad sobre prácticamente cualquiera de nosotros. Y eligió marcharse a estudiar.
Daniel hizo una mueca.
—Ya terminaste.
Bruce rio.
—Sí.
Christopher observó nuevamente al rubio.
Algo en su manera de verlo había cambiado.
—Supongo que elegí bien a mi entrenador.
—Eso espero —respondió Daniel—. Porque todavía saltas horrible.
Bruce se despidió poco después.
—Mi vínculo me espera.
Christopher lo vio alejarse.
—¿Tu vínculo?
Daniel comenzó a recoger la cuerda.
—La mujer con quien estableció el Vínculo.
—Ah.
—No significa simplemente esposa. Es una relación mágica específica.
—Entendido.
Daniel le entregó los guantes.
—Ahora vamos a ver si aprendiste algo.
Christopher sonrió.
—Con esta fuerza va a ser fácil.
—Esa frase demuestra que todavía no entendiste nada.
El primer salto lo confirmó.
Chris tomó impulso con demasiada fuerza y salió disparado mucho más alto de lo necesario.
—¡Daniel!
El rubio saltó detrás de él y consiguió sujetarlo antes de que aterrizara mal.
—Control.
Christopher cayó sobre el techo con una sonrisa enorme.
—¿Viste lo alto que llegué?
—Sí. Y también vi que casi te rompes el cuello.
Daniel sacó una cuerda.
—Voy a asegurarte hasta que aprendas a calcular.
—No necesito...
—Chris.
—Está bien.
Continuaron durante un buen rato. Al principio Christopher se excedía en cada movimiento, pero poco a poco comenzó a reducir el impulso y entender la nueva respuesta de su cuerpo. Finalmente llegaron nuevamente al abismo.
Christopher observó la distancia.
—Ahora sí puedo saltarlo.
—No.
—¿No confías en mí?
—Esto no depende solo de fuerza.
Daniel preparó los ganchos.
—Necesitas precisión. Yo pasaré primero y mantendré esta cuerda asegurada. Si fallas, podré detenerte.
También sacó una pequeña navaja.
—Guárdala.
Chris frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Por si acaso.
—Eso no me tranquiliza.
—No tiene que hacerlo.
Daniel cruzó primero.
Cuando llegó al otro extremo, comprobó la cuerda y levantó una mano.
—¡Ahora!
Christopher retrocedió varios pasos., Corrió, Saltó, Disparó el gancho, Falló.
—¡Demonios!
Su cuerpo comenzó a caer. Daniel tiró inmediatamente de la cuerda y consiguió detenerlo.
—¡Sube!
—¡Te debo una!
—¡Chris, sube ahora!
Un tirón brusco estremeció la cuerda. Christopher sintió algo cerrarse alrededor de su tobillo. Miró hacia abajo.
—¡¿QUÉ ES ESO?!
Un tentáculo oscuro emergía desde la profundidad.
—¡La navaja!
Chris consiguió sacarla con una mano y golpeó la criatura. El tentáculo se contrajo, pero no lo soltó.
—¡Otra vez!
Christopher clavó la hoja con fuerza.
La criatura finalmente desapareció en el vacío.
—¡Sube!
No necesitó repetirlo.
Chris escaló desesperadamente hasta alcanzar el borde. Daniel extendió el brazo y Christopher lo tomó con tanta fuerza que el rubio hizo una mueca.
—Controla...
—Lo siento.
Cuando ambos estuvieron seguros, Daniel observó la marca morada que comenzaba a aparecer alrededor de su antebrazo.
—Casi me lo rompes.
Christopher miró su propia mano.
La emoción desapareció.
—No me di cuenta.
—Exactamente.
Daniel guardó la cuerda.
—La fuerza no sirve si no puedes decidir cuándo usarla.
Chris asintió.
—¿Eso también te pasaba?
—Durante bastante tiempo.
—Bruce no exageraba, entonces.
—Bruce nunca exagera cuando tiene oportunidad de avergonzarme.
Christopher soltó una pequeña risa.
—¿Qué hago ahora?
—Practicar movimientos pequeños. Meditar también ayuda. Tienes que acostumbrarte a sentir la energía sin reaccionar a ella.
—¿Y tú?
Daniel miró la hora.
—Voy a ducharme.
Chris sonrió.
—Déjame adivinar. Tu novia.
Daniel no intentó ocultar la sonrisa.
—Sale de clases dentro de poco.
—Estás bastante enamorado.
Daniel recogió la mochila.
—Durante mucho tiempo pensé que alguien como yo probablemente terminaría solo.
—¿Por Gehena?
—Entre otras cosas.
—Y estabas equivocado.
Daniel sonrió.
—Parece que sí.
Christopher le dio una palmada suave en el hombro, esta vez midiendo la fuerza.
—Me alegra.
—Algún día te la presentaré.
—Quiero conocer a la mujer que consiguió que sonrías de esa manera.
Daniel rio.
—Camina. Antes tienes que aprender a no romperle la mano a nadie cuando saludes.
Después de dejar a Christopher practicando cerca de la cabaña, Daniel se duchó y se dirigió a Imisy.
Esperó cerca del callejón que él y Ellie habían convertido en su pequeño lugar secreto.
No tardó en verla acercarse.
—Hola.
Ellie sonrió y caminó directamente hasta él.
—Hola.
Daniel acarició su mejilla, pero ella reparó enseguida en el moretón que rodeaba su antebrazo.
—¿Qué te pasó?
—Estaba entrenando con un amigo.
Ellie tomó su brazo con cuidado.
—Eso no parece «un poco de entrenamiento».
—Acaba de adquirir más fuerza de la que sabe controlar.
—¿Estás bien?
—Sí. En unos días desaparecerá.
Ellie levantó la mirada, todavía preocupada.
—Prométeme que tendrás cuidado.
—Lo prometo.
Ella lo abrazó.
Daniel apoyó la barbilla sobre su cabeza durante unos segundos.
—Por cierto, ya empecé con los planos de la cabaña.
Ellie se separó de golpe.
—¿En serio?
—Todavía estoy aprendiendo. Pero sí.
—Daniel...
—Prometí que algún día haría una.
Ellie sonrió.
El teléfono vibró en su bolsillo.
Miró la pantalla.
—Lara.
—Debes irte.
—Sí.
Ellie guardó el teléfono.
—¿Nos vemos mañana?
—A la misma hora.
—Perfecto.
Antes de marcharse, Ellie se puso de puntillas y lo besó suavemente.
—Cuídate.
—Tú también.
Daniel la vio salir del callejón. Solo cuando desapareció volvió a mirar el moretón sobre su brazo.
Pensó en Christopher intentando controlar una fuerza que apenas comprendía.
Después recordó a un niño de cinco años incapaz de abrir una puerta sin romperla.
Y sonrió ligeramente. Quizá Bruce tenía razón en algo.
La fuerza nunca había sido lo que más importaba.
Aprender qué hacer con ella había sido siempre la parte difícil.