La Moneda Del Destino 17 El volcán
88%

17 El volcán

Daniel despertó temprano y agradeció en silencio que Ryan le hubiera dado el día libre. Tenía demasiadas cosas pendientes y, entre ellas, un viejo libro de arquitectura abierto sobre la mesa que llevaba varios días intentando entender.

El zumbido del teléfono lo hizo levantar la mirada.

Ya estoy en la entrada de Gehena.

Daniel sonrió y respondió de inmediato.

En camino.

Cuando llegó hasta Christopher, lo encontró esperándolo con la mochila de entrenamiento.

—¿Qué toca hoy?

—Algo más difícil.

—Eso nunca suena bien viniendo de ti.

Daniel soltó una pequeña risa.

—Entrena como siempre hasta el mediodía. Después iremos a la ciudad.

Christopher arqueó las cejas.

—¿A hacer qué?

—Parkour.

—¿En Gehena?

—Necesitas aprender a desplazarte si quieres terminar ese mapa.

Chris suspiró.

—Algún día voy a arrepentirme de haberte pedido ayuda.

—Probablemente hoy.

Al mediodía, Christopher regresó agotado y encontró a Daniel todavía leyendo.

—¿Arquitectura?

Daniel cerró rápidamente el libro.

—Estoy aprendiendo algunas cosas.

—¿Para qué? —Daniel no respondió —¿Tiene que ver con tu novia?

Daniel intentó ocultar la expresión que apareció en su rostro.

Fracasó.

—Así que ya es oficial.

—Sí.

—Bien por ti.

Daniel guardó el libro.

—Ella dijo que algún día le gustaría vivir en Gehena.

—¿Y tú ya estás construyendo una casa?

—Todavía no.

Christopher observó el libro.

—Claro.

Salieron de la cabaña y emprendieron el recorrido hacia la ciudad. Al llegar al abismo, Daniel cruzó primero y guio a Christopher con los ganchos hasta el otro lado. A partir de allí comenzó el verdadero entrenamiento.

Los primeros saltos fueron torpes.

Daniel avanzaba unos metros y esperaba mientras Christopher calculaba cada distancia, corregía el impulso y aprendía a caer sin perder el equilibrio.

—No mires hacia abajo —le advirtió Daniel.

Chris miró hacia abajo.

El resplandor de la lava entre los edificios consiguió que retrocediera medio paso.

—Eso no ayuda.

—Por eso te dije que no lo hicieras.

—Tú llevas toda la vida haciendo esto.

—Exactamente. Por eso deberías escucharme.

Christopher tomó impulso y saltó.

Alcanzó el borde del siguiente techo con las manos, pero sus pies quedaron suspendidos.

Daniel lo sujetó por la muñeca y lo ayudó a subir.

—Necesitas más fuerza.

Chris se quedó unos segundos respirando.

—Ese comentario resulta especialmente útil después de casi matarme.

—Por suerte, vamos precisamente a solucionar ese problema.

Christopher levantó la cabeza.

—¿Qué problema?

Daniel señaló hacia las formaciones rocosas que se extendían más allá de la ciudad.

—Vamos al volcán.

La temperatura aumentó conforme avanzaban.

Después de atravesar una extensa planicie de roca volcánica, Christopher comenzó a percibir una vibración tenue bajo sus pies. Daniel dejó de bromear y continuó hasta llegar a una zona apartada, protegida por enormes formaciones negras.

En el centro había una roca.

No parecía completamente sólida. Un resplandor dorado recorría su superficie desde dentro, como si algo respirara bajo el mineral.

Christopher se quedó mirándola.

—¿Qué es eso?

—La razón por la que todos hombres de Gehena somos como somos.

Daniel se detuvo frente a él.

—Antes de acercarte necesito explicarte algo.

Chris tragó saliva.

—Eso suena peor que cuando no explicas nada.

—Va a doler.

—¿Cuánto?

Daniel lo miró.

—Mucho.

Christopher dejó de sonreír.

—Cuando pongas las manos sobre la roca, absorberás parte de su energía. Durante unos segundos no podrás separarte con facilidad. Tienes que resistir hasta que consigas hacerlo por ti mismo.

—¿Y si no puedo?

—Estaré aquí.

—Eso no responde mi pregunta.

—Podrías morir.

Chris lo observó en silencio.

Daniel no suavizó la expresión.

—No tienes que hacerlo. Puedes terminar tu mapa sin recibir la fuerza, pero habrá zonas de Gehena a las que probablemente nunca podrás acceder solo.

Christopher volvió a mirar la roca.

—¿Tú lo hiciste?

—Sí.

—Entonces lo haré.

Daniel asintió.

—Cuando estés listo.

Chris se acercó lentamente. Extendió las manos hasta notar que, pese a su apariencia incandescente, la roca no desprendía calor.

—No siento nada.

—Todavía.

Christopher respiró hondo.

Después apoyó ambas palmas.

El dolor llegó de inmediato.

Un ardor brutal atravesó sus manos y ascendió por sus brazos antes de que pudiera siquiera gritar. Intentó apartarse, pero sus músculos no respondieron. Era como si la roca lo hubiera sujetado desde dentro.

—¡Daniel!

—Respira. No luches contra tu propio cuerpo.

Christopher apretó los dientes.

El calor se extendió por su pecho, los hombros y la espalda. Cada músculo parecía tensarse al mismo tiempo.

Intentó retirarse nuevamente.

Nada.

El dolor hizo desaparecer cualquier percepción del tiempo.

Entonces, en un último esfuerzo, apoyó un pie contra la base de la roca y se impulsó hacia atrás.

Sus manos se desprendieron.

Christopher cayó sobre el suelo.

Daniel llegó inmediatamente hasta él.

—Respira.

—Eso... —Chris jadeó—. Eso fue horrible.

Daniel abrió la mochila y comenzó a aplicar ungüento sobre sus manos antes de vendarlas.

—No cierres los puños.

—¿Por qué?

—Porque todavía no sabes cuánta fuerza tienes.

Christopher lo miró con recelo.

—¿Eso significa que funcionó?

—Mira debajo del brazo.

Chris levantó la manga.

Una marca oscura había aparecido bajo el bíceps.

00:00:40

—¿Qué significa?

—El tiempo que permaneciste conectado a la roca.

—¿Cuarenta segundos?

Daniel asintió.

—Es bastante bueno. El promedio suele estar entre quince y treinta.

Christopher observó el número nuevamente.

—¿Y tú cuánto duraste?

Daniel se puso de pie.

—Vamos.

—Daniel.

—Tenemos que seguir entrenando.

—Eso no fue una respuesta.

Daniel comenzó a caminar.

—Pregúntale a Bruce cuando lleguemos.

Durante el trayecto, Christopher empezó a comprender lo que había ocurrido.

Su cuerpo se sentía extraño. Más ligero, pero al mismo tiempo cargado de una energía difícil de contener.

—¿Esto se queda así?

—Sí.

—¿Para siempre?

—La energía no desaparece, aunque aprenderás a controlarla.

Christopher flexionó los dedos vendados.

—Me siento como si pudiera atravesar una pared.

—Por favor, no lo compruebes.

—¿También afecta la cabeza?

Daniel asintió.

—Intensifica muchas cosas. Impulsos, emociones, reacciones. Por eso controlar tu carácter es tan importante como controlar tu fuerza.

—¿Y las mujeres?

Daniel lo miró.

—¿Qué pasa con ellas?

—Nunca veo mujeres cerca de estas zonas.

—La roca no actúa igual sobre ellas. Además, la mayoría vive lejos de la lava, en regiones mucho más habitables.

Christopher aceptó la respuesta sin insistir.

Pocos minutos después llegaron a una zona elevada de Gehena.

Daniel señaló una figura que esperaba cerca de una formación rocosa.

—Ahí está.

Bruce era un hombre alto, de piel morena y mirada firme. En cuanto vio acercarse a Christopher, reparó en sus manos vendadas.

—Así que finalmente lo llevaste.

—Hoy era el momento —respondió Daniel.

—Chris, él es Bruce. Fue quien me entrenó cuando era niño.

Christopher extendió la mano por reflejo.

Bruce observó las vendas.

—Mejor no.

Chris rio.

—Probablemente tenga razón.

—¿Cuánto obtuviste?

Christopher levantó la manga.

Bruce examinó la marca.

—Cuarenta segundos. Nada mal.

—Daniel dijo lo mismo.

Chris miró al rubio.

—Pero se niega a decirme cuánto obtuvo él.

Daniel suspiró.

—Bruce...

—¿No se lo has contado?

—No era necesario.

Bruce dirigió la mirada hacia Christopher.

—Si va a aprender a controlar la fuerza con Daniel, debería saber quién lo está entrenando.

Daniel metió las manos en los bolsillos.

—No exageres.

Bruce sonrió.

—Yo estaba allí.

Christopher se quedó atento.

—Daniel tenía seis años. Casi siete.

La expresión de Chris cambió.

—¿seis?

—Era demasiado pequeño para tocar la roca. En Gehena normalmente nadie lo intenta a esa edad. Yo llevaba un tiempo entrenándolo porque estaba obsesionado con hacerse fuerte.

Daniel apartó la mirada.

Bruce continuó.

—Solo quería volver al bosque sin depender de nadie para cruzar la ciudad. Así que entrenaba más de lo que debía para su edad.

—Eso sí suena a Daniel —murmuró Christopher.

Bruce soltó una pequeña risa.

—Un día lo llevé con un grupo para que conociera el volcán de cerca. No pensaba permitirle tocar la roca. Cuando llegó el momento de regresar, Daniel había desaparecido.

Daniel permanecía callado.

—Lo buscamos por todas partes —continuó Bruce—. Yo ya estaba convencido de que había caído en alguna grieta.

Christopher miró a Daniel.

Bruce bajó ligeramente la voz.

—Hasta que lo encontré.

La imagen parecía seguir intacta en su memoria.

—Estaba frente a la roca. Llorando. Con las dos manos pegadas a ella.

Christopher dejó de respirar por un instante.

—¿Solo?

Bruce asintió.

—No sabía qué había hecho, ni cómo separarse. Cuando me acerqué, apenas podía hablar. Solo lloraba y me decía que le dolía.

Daniel bajó la cabeza.

—Le pedí que retirara las manos. Tardó un poco en conseguirlo, pero finalmente obedeció.

Bruce hizo una pausa.

—En cuanto se separó, se desplomó.

Christopher miró a Daniel de arriba abajo como si esperara encontrar todavía alguna señal de aquel niño.

—Pensé que había muerto —admitió Bruce—. Revisé que respirara y fue entonces cuando vi la marca.

Daniel soltó un suspiro.

—Bruce.

—Ya llegamos hasta aquí.

Christopher casi no pudo contener la curiosidad.

—¿Cuánto?

Bruce miró a Daniel.

—Enséñaselo.

Daniel permaneció quieto unos segundos antes de levantar finalmente la manga derecha.

Bajo el brazo apareció una cifra oscura.

00:20:26

Christopher parpadeó.

Después volvió a leerla.

—No.

Daniel bajó el brazo.

—Sí.

—Veinte minutos...

—Y veintiséis segundos —añadió Bruce.

Christopher abrió la boca.

—Eso no puede ser posible.

—Eso pensamos todos.

Bruce levantó su propio brazo y mostró otra marca.

00:05:23

—Ese era el mayor registro entre los hombres vivos de Gehena.

Christopher miró alternativamente ambas cifras.

—¿Tú eres...?

—El líder actual —respondió Bruce—. Al menos de manera oficial.

Chris volvió inmediatamente hacia Daniel.

—Espera.

Bruce sonrió.