La Moneda Del Destino 16 La promesa
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16 La promesa

Ellie despertó al día siguiente con una sonrisa que no consiguió disimular ni siquiera frente al espejo.

Había algo diferente en aquella mañana. La noche anterior había dejado de preguntarse qué quería hacer con Daniel y, por primera vez desde que la moneda había aparecido en su vida, sentía que ambos avanzaban en la misma dirección.

Después de ducharse, bajó al comedor y encontró a su madre sirviendo el desayuno.

—¿Dónde está papá?

—Ya viene. Le avisaron que llegó correspondencia y dijo que vendría un poco más tarde.

—Ya veo...

Ellie tomó asiento junto a Lara y comenzó a desayunar. Una parte de ella se preguntó por qué Daniel no había llevado la correspondencia aquella mañana, pero decidió no darle importancia.

Pocos minutos después escucharon abrirse la puerta principal.

—Hola, cariño —saludó Anna desde la sala.

—¿Dónde están las chicas?

—En el comedor.

Ellie intercambió una mirada con Lara. Algo en la voz de su padre hizo desaparecer buena parte de su buen humor. Richard entró con una carpeta bajo el brazo y dejó varios documentos sobre la mesa.

—Necesito que firmen esto.

—¿Qué es? —preguntó Lara.

—Su aceptación para ingresar a la Academia de Artes. Ya autoricé la inscripción como su padre. Cuando terminen sus estudios, podrán trabajar como modelos en Excelso.

Ellie lo miró incrédula.

—¿Modelos?

—Sí.

—Pero yo no quiero estudiar Artes.

Richard apenas reaccionó.

—Eso ya está decidido.

—¿Por quién?

El silencio que siguió fue suficiente respuesta.

—Papá, ni siquiera me preguntaste qué quiero estudiar.

—Porque no es necesario. Esta es una excelente oportunidad y no voy a permitir que la desperdicien.

—Pero es mi futuro.

Richard endureció la expresión.

—Ellie.

Aquella sola advertencia bastó. Lara bajó la mirada hacia los documentos. Después de unos segundos tomó la pluma y firmó. Al terminar, se la tendió a su hermana.

—Ellie...

Ella permaneció inmóvil. La felicidad con la que había despertado parecía haberse evaporado. Otra vez alguien había decidido por ella. Tomó finalmente la pluma y escribió su nombre. Richard recogió los documentos.

—Bien. Tengo que viajar nuevamente a Excelso para terminar el proceso con la señora Davis. Regresaré mañana.

Ellie no respondió.

Esperó hasta escuchar cerrarse la puerta antes de levantarse.

—Ellie —la llamó Lara.

Subió directamente a su habitación y tomó su hoodie favorito.

Lara fue tras ella.

—Por poco consigues que papá te castigue.

—¿Y qué querías que hiciera? —Ellie se volvió hacia ella—. ¿Sonreír mientras decide qué va a hacer con mi vida?

—No...

—Ni siquiera me preguntó.

La rabia de Ellie se quebró por un instante y dejó ver algo mucho más doloroso.

—Yo tenía otros planes.

Lara bajó la mirada.

—Lo siento.

Ellie se puso el hoodie y levantó la capucha.

—Necesito salir.

—¿Adónde?

—No lo sé. Solo quiero estar sola un rato.

Esta vez salió antes de que las lágrimas terminaran venciendo su orgullo. Lara permaneció inmóvil unos segundos. Después tomó el teléfono. Ryan atendió la llamada en la tienda.

—Buenas tardes.

—Hola. ¿Podría comunicarme con Daniel, por favor?

Reconoció la voz.

—Claro.

Le hizo una seña a Daniel, que se acercó intrigado.

—Es para ti.

—¿Hola?

—Daniel, soy Lara.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Ocurrió algo?

—Ellie discutió con papá. Salió de casa muy alterada y dijo que quería estar sola.

—¿Tu padre está allí?

—No. Se fue a Excelso y no regresará hasta mañana. ¿Puedes buscarla? No quiero que esté sola así.

—Sí. Gracias por avisarme.

Colgó y miró a Ryan.

—Padre, necesito salir un momento.

—Ve.

Daniel tomó sus cosas y salió de la tienda.

Conocía suficientemente a Ellie como para saber que no buscaría un sitio concurrido.

Recorrió algunos de los lugares tranquilos cercanos a su casa y terminó encontrándola en un parque, apartada de los caminos principales, con la capucha puesta. Se acercó sin hacer ruido.

—Ellie.

Ella levantó la cabeza.

—Daniel...

—Lara me llamó. Estaba preocupada.

Ellie volvió la mirada hacia otro lado.

—Quiero estar sola.

Daniel se detuvo a cierta distancia.

—Está bien.

Ella pareció sorprendida.

—¿Está bien?

—Si quieres estar sola, te dejaré sola. Pero conozco un sitio mejor para hacerlo.

Ellie lo miró.

—¿Dónde?

—En Gehena. Nadie te molestará allí. Puedo llevarte y regresar al trabajo.

—¿De verdad te irás?

—Si eso es lo que quieres, sí.

Ellie guardó silencio unos segundos. Había algunas personas en el parque y más de una comenzaba a mirar en su dirección.

Finalmente asintió.

—Está bien.

Se encontraron poco después en la entrada secreta de la chatarrería abandonada. Daniel la ayudó a descender por el túnel y emprendieron juntos el recorrido hacia Gehena.

Ellie conocía ya parte del camino, pero el trayecto hacia el lugar que Daniel quería mostrarle era mucho más largo. Tuvieron que internarse por senderos que ella jamás había recorrido y, finalmente, llegaron al abismo.

Ellie se detuvo al borde.

Por mucho que ya hubiera pasado por allí antes, contemplar aquella profundidad seguía provocándole un escalofrío. Daniel la miró.

—Yo te llevo.

Ellie no discutió. Se acomodó a su espalda y rodeó sus hombros con los brazos.

Daniel esperó hasta comprobar que estuviera bien sujeta antes de iniciar el cruce por la ruta que conocía, avanzando con la seguridad de quien había recorrido aquel lugar incontables veces.

No hizo ningún movimiento innecesario y, cuando finalmente alcanzaron terreno firme, Ellie soltó el aire que había estado conteniendo.

—Ya pasó.

Ella bajó de su espalda.

—Algún día conseguiré cruzarlo sin sentir que voy a morir.

Daniel sonrió.

—Ese día estaré muy impresionado.

Continuaron internándose en Gehena hasta que el bosque comenzó a cambiar. El sonido que llegaba desde más allá de los árboles hizo que Ellie frunciera el ceño.

—¿Qué es eso?

—Ven.

Atravesaron la vegetación. Ellie se detuvo.

El mar se extendía frente a ella.Durante unos segundos fue incapaz de decir nada.

Nunca había visto una extensión de agua semejante.

Las olas llegaban hasta la arena y retrocedían una y otra vez mientras la brisa salada levantaba algunos mechones de su cabello.

—Es precioso...

Daniel sonrió.

—Sabía que te gustaría.

La condujo hasta una hamaca de algodón suspendida entre dos palmeras.

—Puedes quedarte aquí todo el tiempo que necesites.

Ellie se sentó.

—¿Y tú?

—Te prometí que te dejaría sola.

Ella lo miró.

Daniel señaló el bosque.

—Solo no te internes demasiado. Es fácil perderse si no conoces la zona. Volveré por ti cuando termine de trabajar.

—Gracias.

Él sonrió y se marchó. Ellie se recostó en la hamaca y contempló el mar.

Durante mucho rato no hizo nada más. Pensó en el documento que había firmado aquella mañana, en su padre, en todos los planes que parecían existir para ella desde antes de que tuviera edad suficiente para decidir si los quería.

No odiaba el modelaje. Odiaba no haber podido elegirlo.

“¿Cuántas cosas de mi vida van a decidir otros por mí?”

El sonido de las olas era constante. Ellie cerró los ojos.

No podía cambiar a su padre aquella tarde.

Tampoco podía deshacer la firma que acababa de poner sobre aquel documento.

Pero quizá sí podía empezar a decidir qué cosas no estaba dispuesta a abandonar.

Daniel regresó varias horas después y encontró a Ellie todavía frente al mar.

—Hola.

Ella levantó la cabeza.

—Hola.

—¿Mejor?

—Mucho.

Daniel se apoyó contra una de las palmeras.

—¿Quieres hablar?

Ellie dudó.

—Tú siempre me dejas elegir.

Daniel frunció ligeramente el ceño.

—¿Elegir qué?

—Todo. Si quiero hablar, si quiero ir contigo, si quiero que te acerques... —Bajó la mirada—. Mi padre nunca lo hace.

Daniel abandonó la palmera y se sentó a su lado.

—¿Qué ocurrió?

Ellie jugueteó con la manga del hoodie.

—Nos obligó a firmar la aceptación para ingresar a la Academia de Artes. Quiere que Lara y yo nos preparemos para trabajar como modelos en Excelso.

Daniel tardó unos segundos en responder.

—Bueno... serías una modelo bastante bonita.

Ellie le dirigió una mirada fulminante.

—Ese no es el punto.

—Lo sé. Intentaba hacerte sonreír.

No funcionó.

Daniel perdió también la sonrisa.

—No quieres hacerlo.

—No quiero que mi apariencia sea lo que decida mi vida. Mi padre siempre ha visto nuestra belleza como algo que puede utilizar. Contactos, dinero, posición... —Ellie tragó saliva—. Quiero que alguna vez alguien valore algo de mí que no tenga que ver con cómo me veo.

—Yo lo hago.

Ella levantó la mirada.

—Lo sé.

Y precisamente por eso aquellas palabras significaban tanto viniendo de él.

—¿Qué querías estudiar? —preguntó Daniel.

Ellie volvió los ojos hacia el mar.

—siempre quise ser maestra.

Daniel parpadeó.

—¿Quieres ser maestra de escuela?

Ella asintió.

—Siempre me ha fascinado enseñar. Y me gustaría hacer algo útil con mi vida. Algo que dependa de lo que sé hacer y no de si alguien considera que soy bonita.

Daniel sonrió.

—Entonces no renuncies a eso.

—Mi padre no va a permitírmelo.

—Quizá ahora no puedas enfrentarlo directamente. Pero puedes seguir estudiando.

Ellie lo miró con curiosidad.

—¿Cómo?

— No sé suficiente del tema para enseñarte, pero puedo ayudarte a encontrar material, estudiar contigo y prepararte para cuando tengas la oportunidad de entrar a una universidad.

—¿Harías eso?

—Claro.

Ellie sintió que se le formaba un pequeño nudo en la garganta.

—Aunque tenga que estudiar Artes mientras tanto...

—Una cosa no tiene por qué borrar la otra.

Daniel tomó suavemente su mano.

—No solucionará todo. Pero es un comienzo.

Ellie entrelazó sus dedos con los suyos.

—Hay otra cosa que quiero elegir.

—¿Cuál?

El valor que había reunido frente al mar amenazó con desaparecer de golpe.

—Quiero ser tu novia.

Daniel quedó completamente inmóvil.

Ellie sintió que el rostro le ardía, pero continuó.

—Quiero estar contigo. Con el hombre del que me enamoré. Y quizá algún día... me gustaría poder vivir aquí, en Gehena.

Daniel todavía parecía estar procesando la primera frase.

—¿Lo dices en serio?

—Sí.