La Moneda Del Destino 15 Primer beso #2
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15 Primer beso #2

Aquello no se parecía en nada.

Después de bajar, compraron algo para comer y se sentaron unos minutos mientras intentaban recuperar cierta normalidad. Ninguno sabía muy bien cómo comportarse después de haberse besado dos veces, y precisamente por eso terminaron riéndose de cualquier cosa.

Pero la noche avanzaba.

—Tengo que volver —dijo Ellie finalmente—. Mamá se preocupará si no me encuentra.

Daniel asintió.

—Te acompaño.

Regresaron caminando hasta las inmediaciones de la casa de Ellie, evitando las calles más transitadas. Cuando estuvieron lo bastante cerca, Daniel comprobó que nadie pudiera verlos y la condujo hasta el árbol frente a su habitación.

—Puedo ayudarte a subir desde aquí —murmuró.

Ellie miró hacia la ventana.

—Está bien.

Nada de saltos entre tejados ni carreras por muros. Daniel subió primero para comprobar el camino y después la ayudó con cuidado, manteniéndose siempre debajo de ella por si resbalaba. Cuando alcanzaron la rama frente a la ventana, Lara apareció del otro lado y la abrió apresuradamente.

—¡Rápido!

Daniel ayudó a Ellie a entrar.

—¿Qué pasa?

—¡Papá acaba de llegar!

Ellie palideció.

—¿No volvía mañana?

—¡Pues cambió de opinión!

Daniel apenas tuvo tiempo de despedirse.

—Nos vemos.

Descendió por el árbol justo cuando escucharon pasos en el pasillo.

Lara cerró la ventana y Ellie se quitó la capucha.

La puerta se abrió.

Richard apareció.

—¿Qué haces con esa ropa?

Ellie se quedó en blanco.

—Yo...

—Estábamos mirando qué prendas todavía le sirven —intervino Lara—. Algunas ya no las usa y dijo que podía quedármelas.

Richard miró el hoodie.

—Ese todavía te queda.

—Sí —respondió Ellie rápidamente.

—Entonces no veo por qué regalarlo.

—Yo tampoco lo quería —añadió Lara—. Prefiero la camisa negra.

Richard negó con la cabeza y cerró la puerta.

Las dos esperaron unos segundos.

Después soltaron el aire al mismo tiempo.

—Gracias —susurró Ellie.

—Ahora habla.

—¿Qué?

Lara la observó.

—Tienes la cara completamente roja.

Ellie intentó esconder las manos.

—Nos besamos.

Los ojos de Lara se abrieron.

—¿En serio?

Ellie asintió.

—¿Y?

Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.

—Creo que ahora sí estoy segura de que estoy enamorada.

Lara se sentó junto a ella.

—Entonces ¿vas a irte con él?

La felicidad de Ellie desapareció parcialmente.

—Eso es lo que quiero.

—¿Pero?

—Tú.

Lara frunció el ceño.

—Si me voy, papá podría obligarte a ocupar mi lugar con Christopher.

Su hermana guardó silencio.

—No puedo escapar sabiendo que vas a pagar las consecuencias por mí.

Lara tomó su mano.

—Ellie, yo también tuve oportunidades de enfrentar esto antes y no lo hice. No voy a dejar que sacrifiques toda tu vida porque ahora quieras protegerme.

—Tienes catorce años.

—Y tú solo tienes dieciséis.

Ellie apretó los labios.

Lara apoyó la cabeza contra su hombro.

—No digo que no tenga miedo. Pero tampoco quiero verte casada con alguien que no amas solo para que yo pueda sentirme tranquila.

Ellie sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Voy a extrañarte muchísimo.

—Yo también.

Permanecieron abrazadas durante un momento.

—Tu cumpleaños es dentro de pocos días —murmuró Ellie.

—Sí.

—Quiero estar aquí contigo.

Lara levantó la cabeza.

—¿Y después?

Ellie respiró hondo.

Por primera vez, decirlo en voz alta hizo que la posibilidad pareciera real.

—Después quiero irme a Gehena con Daniel.

Lara la miró sorprendida.

—¿Ya se lo dijiste?

—No. Primero tengo que estar segura de que puedo hacerlo. Y después tengo que preguntarle si estaría dispuesto a recibirme.

—Lo estará.

—No puedes saberlo.

—Es Daniel.

Ellie rio suavemente.

—Aun así, tengo que hablar con él.

Si iba a abandonar Imisy para construir una vida a su lado, Daniel tenía derecho a saberlo y elegir también.

Pero no aquella noche.

Primero estaría con Lara en su cumpleaños.

Después decidiría cómo dar el siguiente paso.

Antes de acostarse, Ellie se duchó y sacó la pijama negra que había comprado con Lara la semana anterior. Era más bonita que las que solía utilizar y, después de mirarse varias veces frente al espejo, terminó regresando a la habitación.

—¿Qué tal?

Lara levantó la vista.

—Muy bonita.

Ellie se examinó otra vez.

—¿Demasiado?

—No.

—¿Crees que le guste?

Lara sonrió.

—Ah. Ahora entiendo.

—¿Qué?

—No te pusiste esa pijama por casualidad.

Ellie se sonrojó.

—Solo quiero verme bonita.

—Pues lo lograste.

Ellie intentó ocultar la sonrisa y se metió en la cama.

—Buenas noches.

—Buenas noches, enamorada.

—Cállate.

Lara rio.

Poco después, ambas cerraron los ojos.

Cuando Ellie despertó en la Sala del Destino, avanzó unos pasos antes de percatarse de que algunas personas la miraban.

Bajó los ojos hacia su pijama.

Quizá esto no fue tan buena idea.

Por un instante consideró regresar por el portal.

Entonces recordó su promesa.

Hoy le daré una respuesta.

Continuó hasta la caja.

Daniel estaba sentado en el suelo, con un brazo apoyado sobre la rodilla y la mirada perdida. Al verla acercarse, se puso de pie.

—Hola.

—Hola.

—¿Hace mucho que estás aquí?

—No. Acabo de llegar. Ni siquiera he puesto mi mone...

Se quedó callado.

Ellie lo miró con curiosidad.

—¿Qué?

Daniel apartó los ojos.

La pijama era distinta.

Y, después de verla observarse con cierta inseguridad, una idea apareció en su cabeza.

¿Se arregló para verme?

—¿Daniel?

—Estoy bien.

—¿Estás enojado?

—No.

Ellie se acercó y tomó su mano.

—Entonces mírame.

Daniel obedeció.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Daniel.

Él suspiró.

—Nunca te había visto con esa pijama.

Ellie bajó inmediatamente la mirada.

—¿Es demasiado?

—¿Qué?

—La pijama.

Daniel negó.

—No.

Ella jugueteó nerviosamente con la tela.

—¿Te gusta?

Daniel sintió que el rostro le ardía.

—Mucho.

Ellie sonrió.

La respuesta pareció darle el valor que necesitaba.

Metió la mano en el bolsillo del short y sacó la moneda.

—Vine a darte mi respuesta.

Daniel dejó de pensar en cualquier otra cosa.

Ellie sostuvo la moneda entre los dedos.

—Tengo miedo. Muchísimo.

Él permaneció en silencio.

—Todavía hay cosas que no sé cómo resolver y probablemente tarde un poco en hacerlo. Pero ya no tengo dudas sobre ti.

Daniel sintió que el corazón comenzaba a golpearle contra las costillas.

Ellie se volvió hacia la caja.

—Quiero terminar de llenarla contigo.

Introdujo la moneda.

La energía violácea reaccionó en cuanto cayó dentro.

Daniel contempló la caja y después a Ellie.

—¿Estás segura?

Ella asintió.

—Esta vez sí.

Daniel sonrió.

—Entonces no voy a preguntártelo otra vez.

Ellie rio suavemente.

—Todavía hay cosas que necesito resolver.

—Lo sé.

Se sentaron juntos frente a la caja. Ellie se acomodó junto a él y rodeó su brazo con ambas manos antes de apoyar la cabeza sobre su hombro.

—Hoy me divertí mucho.

—Yo también.

Daniel intentó mirar al frente.

Inevitablemente recordó la rueda de la fortuna.

Y los besos.

Ellie levantó la cabeza.

—Daniel...

—¿Sí?

—¿Crees que... se pueda repetir en otra ocasión?

Él parpadeó.

—¿La feria?

Ellie lo miró en silencio.

Daniel comprendió.

—Ah.

Las mejillas de ambos se encendieron.

—Eso —aclaró ella.

Daniel sonrió.

—Cuantas veces quieras.

Ellie volvió a esconder el rostro contra su hombro.

Permanecieron así unos minutos más hasta que ella suspiró.

—Ya tengo que irme.

Daniel se puso de pie y le ofreció la mano. Ellie la aceptó y dio el pequeño brinco que ya se había convertido en costumbre entre ambos.

Esta vez, cuando quedaron frente a frente, ninguno apartó la mirada.

Daniel acarició su mejilla y se inclinó lentamente.

Ellie no esperó.

Se puso de puntillas, rodeó su cuello con los brazos y lo besó.

El beso fue breve, pero ya no tuvo la incertidumbre del primero. Daniel apoyó una mano con suavidad en su cintura y Ellie permaneció junto a él unos segundos antes de separarse.

—No olvides poner tu moneda.

Daniel miró la caja.

—No lo haré.

—Te veo mañana.

—Mañana.

Ellie se alejó hacia su portal, pero antes de atravesarlo se volvió para sonreírle.

Daniel esperó hasta que desapareció.

Entonces miró la caja.

Ya no somos solo amigos.

La idea le provocó una sonrisa imposible de contener.

Se acercó, sacó su moneda y la sostuvo un instante entre los dedos.

Ellie ya había tomado su decisión.

Ahora él reafirmaría la suya.

Dejó caer la moneda dentro de la caja y observó cómo la energía violácea volvía a cobrar fuerza.

Después regresó a su portal con una certeza nueva y luminosa en el pecho.

Por primera vez desde que sus monedas se habían encontrado, ninguno de los dos estaba avanzando por curiosidad, obligación o miedo.

Esta vez, ambos habían elegido continuar.