La Moneda Del Destino 15 Primer beso
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15 Primer beso

Al abrir los ojos, Ellie sintió que el silencio de la mañana pesaba más de lo habitual. Había dormido poco; las palabras de Daniel seguían repitiéndose en su cabeza con una claridad imposible de ignorar.

“Estoy enamorado de ti.”

Se duchó sin prisa y bajó a desayunar con su familia, aunque apenas probó la comida.

—¿Hija, estás bien? Estás muy callada —preguntó Anna.

—Sí, mamá. Solo dormí mal.

Intentó sonreír, pero en ese momento sonó el timbre.

—Yo abro.

Ellie se levantó y caminó hacia la puerta. Al abrirla, se quedó inmóvil.

—Buenos días.

—Da...

Él llevaba correspondencia en una mano y, aunque su expresión permaneció profesional, sus ojos se detuvieron en ella un instante más de lo necesario.

—¿Está el señor Williams?

Antes de que Ellie pudiera responder, Richard apareció detrás.

—Aquí estoy.

—Buenos días, señor. Me pidió que le informara en cuanto llegara correspondencia a su nombre.

Daniel le entregó un sobre.

—Es la primera entrega del día.

—Gracias.

—Necesito su firma aquí.

Mientras Richard firmaba, Daniel volvió a mirar a Ellie. Vestía un suéter de lana y llevaba el cabello cobrizo todavía un poco húmedo.

“Qué hermosa...”

—Aquí tienes.

Daniel salió de su ensimismamiento.

—Gracias, señor. Que tenga un buen día.

—Igualmente.

Richard cerró la puerta, pero no antes de notar la última mirada que el muchacho dirigió a su hija.

—¿Qué te traes con el hijo del mensajero?

Ellie sintió que se le helaba la sangre.

—¿Qué?

—No te quitaba los ojos de encima.

—¡Vamos, papá! —intervino Lara con naturalidad—. ¿Qué hombre no mira a Ellie? Lo extraño sería que pasara desapercibida.

Richard observó a su hija mayor durante un momento y finalmente se encogió de hombros.

—Supongo que tienes razón.

Ellie esperó a que se volviera para mirar a Lara.

Gracias, articuló sin voz. Su hermana le respondió con una sonrisa cómplice.

Daniel regresó a la empresa de mensajería y pasó buena parte de la mañana clasificando correspondencia por zonas.

Sin embargo, por mucho que intentara concentrarse, su mente regresaba una y otra vez a la promesa de Ellie.

Esa noche le daría una respuesta. Cuando terminó el trabajo más urgente, se acercó a Ryan.

—Padre, ya terminé. ¿Te importa si me tomo el resto del día?

Ryan levantó la mirada.

—Claro que no. Aunque llevas toda la mañana con cara de estar esperando una sentencia.

Daniel suspiró.

—Ellie prometió darme hoy una respuesta definitiva.

Ryan comprendió.

—Entonces tendrás que esperar.

—Eso es precisamente lo que estoy intentando hacer.

—No parece que te esté funcionando.

Daniel soltó una risa cansada.

—No demasiado.

Ryan se levantó y le dio una palmada afectuosa en el hombro.

—No la presiones. Ya le dijiste lo que sientes. Ahora deja que ella decida qué quiere hacer con eso.

Daniel asintió.

No había mucho más que pudiera hacer.

Tomó sus cosas, pasó un rato en la biblioteca y después decidió regresar a Gehena. Sin embargo, cuando ya llevaba parte del camino recorrido, escuchó una voz detrás de él.

—¡Daniel!

Se detuvo de inmediato.

—¿Ellie?

Ella se acercaba con el cabello oculto bajo la capucha.

—¿Qué haces aquí?

—Quería hablar contigo.

El corazón de Daniel comenzó a acelerarse.

—¿Sobre lo de anoche?

Ellie asintió.

—¿Y si te ven conmigo?

—Mi padre salió de viaje. No regresará hasta mañana.

Daniel relajó ligeramente los hombros.

—¿Quieres comer algo?

Ella sonrió.

—Sí.

Caminaron juntos hasta comprar un postre y se sentaron bajo la sombra de un árbol.

—¿Adónde fue tu padre? —preguntó Daniel.

—A Excelso.

—¿Por trabajo?

Ellie bajó la mirada.

Seguramente fue a hablar con la familia de Christopher.

—Sí. Un asunto de negocios. Creo que tenía que ver con la carta que le entregaste esta mañana.

—Entiendo.

Ellie dio otro bocado, aunque de pronto el postre parecía haber perdido el sabor.

Daniel miró la hora.

—Todavía es temprano. Hay una feria cerca... ¿quieres ir?

Ella levantó la cabeza.

—¿Una feria?

—Sí.

—Nunca he ido a una.

Daniel parpadeó.

—¿Nunca?

Ellie negó.

Una sonrisa apareció lentamente en el rostro de Daniel.

—Entonces tenemos que solucionar eso.

Le extendió la mano.

—Ven.

Ellie la aceptó.

La feria comenzaba a encenderse mientras el cielo perdía los últimos tonos anaranjados. Luces cálidas recorrían los puestos, el olor a caramelo y palomitas flotaba entre la multitud y la música se mezclaba con las voces de vendedores, niños y parejas que paseaban entre las atracciones.

Ellie parecía no saber dónde mirar primero.

—¡Daniel, mira eso!

Él siguió la dirección de su dedo y encontró un puesto completamente ordinario.

—Sí, lo estoy viendo.

—¡Hay que intentar ese!

Daniel rio.

—Vamos.

Durante las siguientes horas, Ellie quiso verlo prácticamente todo. Probó dulces que no conocía, se detuvo frente a los juegos, observó fascinada los premios colgados sobre los puestos y rio cada vez que Daniel resultó ser mucho peor de lo que esperaba en alguna atracción.

Para él, casi nada de aquello era extraordinario.

Verla disfrutarlo sí.

Cada descubrimiento parecía recordarle cuánto de la vida cotidiana le había sido negado. Y, por unas horas, Ellie dejó de mirar por encima del hombro o de pensar en cuándo tendría que regresar a casa.

Simplemente se divirtió.

Cuando cayó la noche, las luces de la rueda de la fortuna se encendieron sobre ellos.

Daniel señaló hacia arriba.

—¿Quieres subir?

Ellie abrió los ojos.

—Sí.

Esperaron su turno y, al llegar, Daniel abrió la puerta de la cabina para dejarla pasar primero. Ellie se acomodó junto a la ventanilla y él tomó asiento a su lado.

La rueda comenzó a elevarlos lentamente.

Durante unos minutos contemplaron la feria haciéndose cada vez más pequeña bajo sus pies.

Ellie jugueteó con el llavero de conejo entre los dedos.

—Daniel...

—¿Sí?

—Quiero pedirte disculpas por ayer.

Él la miró.

—No tienes que hacerlo.

—Sí. Sé que mis dudas te han hecho daño.

Daniel guardó silencio.

Ellie respiró hondo.

—Cuando empecé a salir contigo lo hice porque quería conocerte. Quería entender por qué la moneda te había elegido a ti. Pero ahora... ya no tengo dudas sobre lo que siento cuando estoy contigo.

Daniel sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—Entonces ¿qué te asusta?

Ellie volvió la mirada hacia la ventana.

—Las consecuencias.

—¿De estar conmigo?

—Sí.

Daniel esperó.

—Estar contigo significa desafiar muchas cosas que siempre he dado por hechas. A mi familia, la vida que esperan que tenga... incluso cosas que todavía no sé cómo resolver.

Christopher apareció inevitablemente en sus pensamientos.

Daniel bajó la mirada.

—Ellie, no puedo solucionar algo si no sé qué es.

—Lo sé.

—Pero tampoco voy a obligarte a contármelo. —Ella lo miró. —Solo quiero que sepas una cosa. Si decides que no puedes estar conmigo, voy a aceptarlo. Me va a doler, pero lo aceptaré.

—Daniel...

—Y si decides que sí quieres intentarlo, tampoco voy a pedirte que resuelvas toda tu vida mañana. Solo necesito saber que los dos estamos avanzando hacia el mismo lugar.

Ellie sintió un nudo en la garganta.

—¿De verdad harías eso?

—Claro.

La rueda continuó ascendiendo hasta alcanzar el punto más alto. Ellie volvió la cabeza hacia la ciudad.

Las luces se extendían bajo ellos como un mar interminable.

—Mira...

Daniel se inclinó ligeramente hacia la ventanilla.

—Es preciosa.

Ellie sonrió.

—Muchísimo.

—Aunque no es lo más bonito que estoy viendo.

Ella se volvió hacia él y encontró sus ojos verdes puestos directamente sobre ella.

—Daniel...

Él sonrió, avergonzado de su propia frase.

Ellie bajó la mirada hacia el conejo que sostenía entre las manos.

—¿Sabes algo?

—¿Qué?

Sus mejillas comenzaron a teñirse de rojo.

—Creo que... para mí también es un poco tarde.

Daniel dejó de respirar por un instante.

No necesitaba preguntarle qué significaba.

Ellie levantó la mirada y, con una timidez que contrastaba con la certeza de sus palabras, apoyó la cabeza contra su pecho.

Daniel la rodeó lentamente con un brazo.

Podía sentir el corazón de ambos latiendo demasiado deprisa.

Ellie alzó el rostro.

Daniel deslizó los dedos por su mejilla.

Sus ojos descendieron un instante hacia sus labios antes de volver a buscar los de ella. Se inclinó lentamente, pero se detuvo antes de alcanzarla.

No necesitó formular la pregunta.

Ellie comprendió.

Y fue ella quien cerró la distancia.

Sus labios se encontraron en un roce suave y torpe, apenas unos segundos en los que ninguno pareció saber exactamente qué hacer y, al mismo tiempo, nada necesitó explicación.

Cuando se separaron, sus frentes quedaron juntas.

Daniel abrió los ojos.

Una lágrima descendía por la mejilla de Ellie.

Se apartó inmediatamente.

—Ellie... ¿hice algo mal?

—No.

—¿Estás segura?

Ella rio débilmente mientras se secaba el rostro.

—Sí. No sé por qué estoy llorando.

Daniel la observó preocupado.

—Tengo demasiadas cosas en la cabeza —continuó ella—. Y ahora esto...

Daniel creyó comprender.

—Es por tu padre, ¿verdad?

Ellie se tensó.

—¿Qué?

Él bajó la mirada.

—No quieres que sepa que estás conmigo porque soy de Gehena.

Ellie sintió que el pecho le dolía.

—Daniel...

—Está bien. Lo entiendo.

La resignación en su voz le resultó peor que cualquier reproche.

—No es tan sencillo.

—Intentaré ganarme su confianza —dijo él—. No sé cómo, pero puedo hacerlo. Puedo demostrarle que...

Ellie lo besó.

Esta vez fue ella quien lo buscó sin vacilar.

Daniel quedó inmóvil apenas un instante antes de responder. Su mano volvió a la mejilla de Ellie y el beso se prolongó un poco más que el primero, todavía tímido, todavía nuevo, pero ya sin la incertidumbre de unos minutos atrás.

Cuando se separaron, Ellie tenía los ojos cerrados.

—No hiciste nada mal —susurró.

Daniel sonrió.

—Entendido.

Ellie apoyó nuevamente la cabeza contra él mientras la rueda comenzaba a descender.

Durante el resto del trayecto permanecieron tomados de la mano.

Ellie recordó otro beso, mucho tiempo atrás, con un muchacho que le había gustado y al que Lara la había animado a acercarse. En aquel entonces había creído que los nervios significaban algo extraordinario.

Ahora comprendía la diferencia.