14 ¿Qué quieres de mí?
Ellie y sus amigas salieron del colegio con la intención de adelantar una tarea de historia, pero al llegar a la biblioteca habitual encontraron un aviso de mantenimiento en la puerta.
—Genial —murmuró Nicole—. Y tenemos que entregarla mañana.
—Hay otra biblioteca al sur —propuso Tiffany—. Es más grande. Podemos ir allá.
No tenían muchas alternativas. La biblioteca del sur era bastante más amplia, con grandes ventanales y dos pisos repletos de estanterías. Después de casi dos horas buscando información sobre la última gran guerra, las tres comenzaban a perder la paciencia.
—A este paso no vamos a terminar —se quejó Nicole.
Ellie cerró otro libro inútil y levantó la mirada. Entonces lo vio, Daniel estaba varias mesas más allá, concentrado en la lectura.
—¿Daniel...?
Como si hubiera percibido que lo observaban, él levantó la cabeza. Sus miradas se encontraron y una sonrisa apareció inmediatamente en su rostro. Daniel hizo ademán de levantarse. Ellie negó discretamente.
No.
Él comprendió. Volvió a sentarse, aunque su expresión dejó claro que la situación le causaba cierta gracia.
Ellie regresó la atención al libro. Ni siquiera sabía que venía aquí.
Poco después, mientras buscaban nuevamente entre las estanterías, Tiffany encontró a Daniel colocando varios libros en su sitio.
—Disculpa, ¿tú trabajas aquí?
Daniel se volvió.
—¿Qué?
Nicole soltó una risa.
—Tiffany, es Daniel.
—¡Ya sé! —se defendió ella—. Pero siempre lo veo aquí acomodando libros.
Ellie volvió la mirada hacia Daniel.
—¿Vienes seguido?
—Cuando tengo tiempo.
Aquella respuesta sencilla le provocó una incomodidad difícil de explicar. Tiffany conocía una rutina de Daniel que ella ignoraba por completo.
“¿Cuántas cosas todavía no sé de él?”
—Estamos buscando información sobre la última gran guerra —explicó Tiffany—. Y no encontramos nada que sirva.
Daniel miró los libros que llevaban.
—Porque están buscando en la sección equivocada.
Las tres guardaron silencio.
—¿Puedes ayudarnos? —preguntó Nicole.
Daniel miró brevemente a Ellie.
—Claro.
Regresó poco después con varios libros y se sentó con ellas.
—No encontré el que seguramente les pidió el profesor, pero este reúne casi toda la información. ¿Qué necesitan exactamente?
—La última gran guerra y las consecuencias que tuvo sobre las tres ciudades.
Daniel buscó el apartado correspondiente.
—La guerra terminó hace unos mil cuatrocientos cincuenta años. Los registros de esa época no coinciden completamente sobre lo ocurrido, pero todos hablan de una intervención mágica que puso fin al conflicto.
—¿Intervención de quién? —preguntó Ellie.
—Depende del libro. Algunos hablan de seres antiguos que despertaron después de siglos; otros los llaman guardianes. Lo único en lo que coinciden es en que, después de aquello, el territorio quedó dividido en Excelso, Imisy y Gehena.
Tiffany comenzó a escribir.
—¿Y por qué son tan diferentes?
Daniel pasó algunas páginas.
—Porque durante siglos evolucionaron prácticamente como sociedades separadas. Excelso terminó convirtiéndose en el centro académico y financiero. Imisy creció alrededor del comercio y tiene una población mucho más equilibrada entre hombres y mujeres. Gehena...
Hizo una pausa.
—Bueno. Gehena es diferente.
—Eso ya lo sabemos —dijo Nicole—. Queremos saber por qué.
Daniel apoyó un brazo sobre la mesa.
—Su territorio concentra mucha más magia que los otros dos. También tiene una población masculina desproporcionadamente alta. Aproximadamente diez hombres por cada mujer.
Nicole abrió los ojos.
—¿Diez?
—Sí.
—Eso explica muchas cosas —murmuró Ellie.
Daniel la miró de reojo.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Nada.
Él sonrió ligeramente.
—Hay otra cosa —continuó—. Pero dudo que su profesor espere que la incluyan.
—Entonces obviamente queremos saberla —dijo Tiffany.
Daniel vaciló.
—Tiene que ver con el volcán de Gehena y con algo que nosotros llamamos el Vínculo.
Ellie dejó el lápiz.
—¿Qué es?
Daniel permaneció unos segundos en silencio, pensando en cómo explicarlo.
—La magia del volcán afecta especialmente a los hombres nacidos bajo su influencia. De ahí procede parte de la fuerza extraordinaria que todos desarrollan y que les permite sobrevivir mejor en Gehena. Pero esa fuerza tiene un precio.
Nicole se inclinó hacia delante.
—¿Qué precio?
—El Vínculo.
Daniel bajó la voz.
—Cuando uno de esos hombres entrega verdaderamente su corazón a una mujer y después también existe una unión física entre ambos, la magia establece un lazo entre ellos. A partir de ese momento, ella puede ejercer control sobre él. Ellie frunció el ceño.
—¿Control?
—Real. No es una costumbre ni una promesa. Es magia. Si el Vínculo está completo, ella puede darle una orden y él queda sometido a esa voluntad incluso aunque intente resistirse.
Las tres permanecieron calladas.
—Eso suena horrible —dijo Nicole.
Daniel se encogió ligeramente de hombros.
—Para ustedes, quizá.
—¿Para ellos no?
—En Gehena se entiende de otra manera. Las mujeres son escasas y el Vínculo forma parte de su cultura desde hace siglos. Muchos hombres pasan toda su vida sin establecerlo. Para algunos, encontrar a una mujer a quien amar lo suficiente como para quedar unido a ella no es una condena.
—¿Lo desean? —preguntó Tiffany.
—Algunos sí.
Ellie seguía observándolo.
—¿Puede romperse?
—Sí. Una mujer solo puede mantener ese Vínculo con un hombre a la vez. Si después entrega su corazón y su cuerpo a otro hombre en las mismas condiciones, el vínculo anterior se rompe y puede establecerse uno nuevo.
Nicole hizo una mueca.
—Eso puede terminar muy mal.
—Y termina muy mal con bastante frecuencia.
Ellie jugueteó con el lápiz.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—Tú eres mucho más fuerte que la mayoría de las personas que conozco. ¿También recibiste esa fuerza?
Daniel comprendió inmediatamente lo que estaba preguntando.
—Sí.
Ellie abrió un poco los ojos.
—¿Entonces tú también puedes establecer el Vínculo?
—Sí.
—¿Y no te molesta? —preguntó Nicole—. Saber que algún día una mujer podría tener ese control sobre ti.
Daniel reflexionó un instante.
—Crecí sabiendo que era una posibilidad. No lo veo como ustedes. Si algún día llegara a establecerlo, significaría que confié en alguien lo suficiente para entregarle algo que no podría recuperar fácilmente. Ellie sostuvo su mirada. Daniel no añadió nada más.
—Espera —intervino Tiffany—. Si Gehena tiene el Vínculo, ¿qué magia tienen las otras ciudades?
—No funciona exactamente así. Estas cosas no siempre respetan las fronteras. Pero hay fenómenos mucho más frecuentes en unas regiones que en otras.
—¿Como cuáles?
Daniel miró a Ellie.
—La Moneda del Destino.
Ella se tensó.
Tiffany soltó una risa incrédula.
—Eso es un mito.
—Es extremadamente rara, pero hay registros. Puede aparecer en personas de cualquiera de las tres ciudades, aunque la mayoría de los casos conocidos proceden de Imisy ya que hay un equilibrio de hombres y mujeres.
—¿Y cómo funciona? —preguntó Nicole.
Daniel eligió sus palabras con cuidado.
—Dos personas reciben monedas vinculadas entre sí. Cada noche pueden acceder a un lugar conocido como la Sala del Destino, donde encuentran una caja que deben alimentar con esas monedas. Mientras ambos continúen haciéndolo, la conexión entre ellos se fortalece.
Ellie permaneció en silencio.
—¿Y Excelso? —preguntó Tiffany.
—Allí es mucho más común el Contrato de Sangre. Es completamente voluntario. Dos o más personas establecen condiciones, ofrecen algo a cambio de otra cosa y sellan el acuerdo con su propia sangre. Una vez firmado, incumplirlo puede costarles la vida.
El lápiz de Ellie dejó de moverse.
Daniel lo notó.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
Pero había perdido algo de color.
—¿Cuál es más fuerte? —preguntó.
—¿Cuál de qué?
—La Moneda del Destino o el Contrato de Sangre.
Daniel la observó durante unos segundos.
—No creo que puedan compararse.
—¿Por qué?
—Porque funcionan de manera distinta. La Moneda nace de una conexión entre dos personas. El Contrato existe porque esas personas deciden negociar algo y aceptar sus consecuencias. Una trata de un vínculo afectivo. La otra, de un acuerdo.
Ellie bajó la mirada. “Amor y negocios”. Aquello era precisamente lo que más miedo le daba.
—Bueno —dijo Tiffany, cerrando finalmente el cuaderno—. Con esto tenemos suficiente. Aunque sigo sin creer en la Moneda del Destino.
Daniel sonrió.
—Está bien.
—¿Tú sí?
Daniel miró a Ellie. Ella negó casi imperceptiblemente, pidiéndole que no dijera nada. Daniel metió la mano en el bolsillo.
—Digamos que tengo razones.
Sacó la moneda.
Tiffany y Nicole se quedaron inmóviles.
—No puede ser... —susurró Nicole.
Daniel la sostuvo entre los dedos para que pudieran verla.
—¿Es real? —preguntó Tiffany.
—Bastante.
—¿Ya encontraste a tu pareja?
—Sí.
Ellie sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.
—¿Quién es? —preguntó Nicole.
Daniel volvió a mirar a Ellie.
—Prefiero no decirlo.
Nicole examinó la moneda sin tocarla.
—Es preciosa.
La superficie negra estaba atravesada por detalles dorados. En una cara aparecía un corazón; en la otra, una calavera.
—¿Qué significan?
—El corazón y la muerte —respondió Daniel—. Aunque nadie sabe con certeza cuánto de la simbología antigua debe interpretarse literalmente.
Tiffany parecía fascinada a pesar de su escepticismo.
—¿Y si alguien empieza a llenar la caja y después cambia de opinión?
Daniel iba a responder cuando Ellie habló.
—Sí... ¿qué ocurre si una de las personas no está segura de querer terminar?
El tono de su voz hizo que Daniel la mirara. Ellie no sostuvo sus ojos.
—¿No está segura de qué? —preguntó él.
—De lo que quiere. Quizá exista algo fuera de la Sala que le impida continuar. Algo que no pueda controlar.
Daniel guardó la moneda. De pronto la pregunta había dejado de parecerle teórica.
—No lo sé —respondió—. Nunca he encontrado una explicación exacta sobre eso.
Ellie apretó el lápiz. Daniel continuó, esta vez más despacio.
—Pero creo que debería aclarar qué quiere antes de seguir alimentando la caja.
Ella levantó los ojos.