13 Un toque de confianza
Daniel llegó a la mensajería de mejor humor que el día anterior.
—Buenos días.
Ryan levantó la vista.
—Parece que hoy estás mejor.
—Un poco.
—Últimamente cambias de ánimo con demasiada facilidad. No es propio de ti.
Daniel dejó escapar una pequeña risa.
—Últimamente tampoco entiendo demasiado bien lo que me pasa.
Ryan lo observó durante unos segundos.
—Esa chica te importa mucho.
Daniel no respondió. Se limitó a comenzar a organizar la correspondencia.
—¿Puedes ayudarme después con las entregas? —preguntó Ryan—. Tenemos demasiado trabajo.
—Claro.
Ryan reparó entonces en su mano.
—¿Cómo sigue?
—Ya está bien.
—Déjame verla.
Daniel se la mostró. La herida había desaparecido sin dejar prácticamente ninguna marca.
—Sanó rápido.
—Preparé un ungüento con unas plantas que crecen cerca de casa. Robert tenía varios libros sobre remedios medicinales.
Ryan arqueó las cejas.
—Deberías compartirlo.
Daniel se quedó inmóvil.
Después abrió mucho los ojos.
—¿Cómo no se me ocurrió antes?
—¿Qué?
—Necesito volver a Gehena un momento.
—¿Ahora?
—Prometo regresar enseguida y ayudar con las entregas.
Ryan sonrió.
—Ve.
Daniel ya estaba poniéndose los guantes.
Cuando Ellie y Lara regresaron de clases, encontraron una pequeña caja de madera sobre el balcón.
—¿Eso estaba ahí esta mañana? —preguntó Lara.
—No.
La llevaron hasta la cama. Dentro había dos recipientes y una nota doblada. Ellie reconoció la letra antes incluso de terminar de abrirla.
Hola, Ellie.Preparé este ungüento para tus heridas. Es el mismo que suelo usar cuando me lastimo y debería ayudarte a sanar. Dejé otro para Lara.Espero que las dos se recuperen pronto.Daniel.
Ellie terminó de leer con las mejillas encendidas. Lara la observó.
—¿Daniel?
Ellie asintió.
—Déjame ver.
—No.
—Ellie.
—Ya la leíste desde ahí.
Lara rio y tomó uno de los recipientes.
—Huele bien.
Ellie guardó cuidadosamente la nota bajo la almohada.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Pero lo estás pensando.
—Quizá.
Ellie corrió las cortinas y se sentó en la cama. Aplicó un poco del ungüento sobre las zonas lastimadas de sus piernas. La sensación fresca alivió casi inmediatamente el ardor.
—Se siente bien.
Lara la observó en silencio, Las marcas aún eran visibles.
También la pequeña sonrisa que había aparecido en el rostro de su hermana al leer la carta.
Apartó la mirada, Había decisiones que no podía cambiar y últimamente empezaba a preguntarse con demasiada frecuencia cuánto habría sido distinto para Ellie si ella hubiera tenido el valor de aceptar esa propuesta de matrimonio cuando todavía podía hacerlo.
—¿Estás bien? —preguntó Ellie.
Lara reaccionó.
—Sí.
Sonrió.
—Solo estaba pensando.
Daniel estaba repartiendo correspondencia cuando su teléfono vibró.
” Muchas gracias por el ungüento. Lara también te lo agradece.”
Sonrió inmediatamente.
” No es nada. Espero que te ayude.”
La respuesta llegó poco después.
” Nos vemos esta noche.”
Daniel disminuyó el paso.
” De hecho, quería preguntarte algo.”
” ¿Qué cosa?”
” ¿Puedes salir esta noche? Hay algo que quiero enseñarte, pero tiene que ser hoy.”
Pasaron algunos segundos.
” Creo que sí puedo escaparme.”
Daniel sonrió.
” Entonces te recojo a la misma hora.”
” Te espero.”
Guardó el teléfono. Cuando regresó a la mensajería, Ryan apenas necesitó verlo para darse cuenta de que algo había cambiado.
—¿Todo bien?
—Perfectamente.
—Ya veo.
Ryan le entregó una pequeña cantidad de correspondencia.
—Esto es para Gehena.
Daniel guardó los paquetes.
—Nos vemos mañana.
—Daniel.
Él se detuvo. Ryan lo señaló con una sonrisa.
—Intenta disimular un poco.
—¿Disimular qué?
—Nada.
Daniel frunció el ceño y salió. Ryan negó con la cabeza.
***
Aquella noche, Daniel llegó a la casa de Ellie a la hora acordada. Ella lo esperaba junto al balcón con Lara.
—Hola —susurró.
—Hola.
Daniel la ayudó a bajar procurando no ejercer presión sobre sus heridas y emprendieron el recorrido habitual hasta Gehena.
Atravesaron la ciudad siguiendo la ruta más segura que él conocía y cruzaron el abismo con las mismas precauciones de la ocasión anterior.
Solo cuando alcanzaron el bosque, Daniel pareció relajarse. Extendió la mano.
—Ven.
Ellie la miró. Después la tomó.
—¿Adónde vamos?
—Es una sorpresa.
Pasaron junto a la cabaña, donde recogió una mochila que había dejado preparada.
—¿No veníamos al lago?
—No.
—¿Entonces?
—Confía en mí.
Ellie lo miró de reojo.
Continuaron entre los árboles durante algunos minutos. Daniel terminó deteniéndose.
—Cierra los ojos.
Ellie vaciló. Cerró los ojos. Daniel sujetó suavemente su mano y la guio unos metros más.
—Ahora.
Ellie abrió los ojos, Frente a ellos se extendía un amplio claro cubierto de miles de pequeñas luces. Las luciérnagas flotaban sobre la hierba y entre los árboles, apareciendo y desapareciendo como diminutas estrellas. Ellie se quedó inmóvil.
—Es precioso...
Daniel la observó sonriendo.
—Solo ocurre una noche al año.
—¿De verdad?
—Sí. Pensé que te gustaría verlo.
Sacó una manta de la mochila y la extendió sobre el césped. Ellie se sentó junto a él.
—También traje algo.
Le entregó una bebida.
—Gracias.
Durante un rato contemplaron el campo en silencio. Daniel terminó desviando la mirada hacia ella. Ellie estaba completamente concentrada en las luces. ”Qué bonita se ve.” Ella giró de repente. Daniel volvió inmediatamente el rostro hacia el frente. Ellie sonrió. Daniel carraspeó.
—¿Te gusta?
—Muchísimo.
Después de unos segundos, Ellie preguntó:
—¿Por qué haces todas estas cosas?
Daniel la miró.
—Porque me gusta verte sonreír.
Ellie sintió que algo le daba un pequeño vuelco dentro del pecho. Daniel bajó la mirada hacia la hierba.
—Ayer no pude dejar de pensar en lo que te pasó. No sabía qué hacer para ayudarte, así que... pensé que quizá esto podría animarte un poco.
—Lo hizo.
—Y espero no haber sido demasiado atrevido con el ungüento.
Ellie negó.
—Fue un detalle muy bonito.
Se acomodó un poco más cerca y apoyó la cabeza sobre su hombro.
Daniel permaneció completamente quieto. Después sonrió.
Ninguno habló durante un buen rato. No hacía falta.
Cuando regresaron a Imisy ya era tarde. Daniel ayudó a Ellie a llegar hasta el balcón y, al apoyar los pies, ella hizo una ligera mueca.
—¿Te duele?
—Solo un poco.
Una de las heridas se había abierto ligeramente por el movimiento del trayecto.
Daniel se agachó.
—Déjame ver.
—Estoy bien.
—Ellie.
Ella suspiró y permitió que comprobara la zona.
En ese momento Lara abrió el ventanal.
—Al fin llegaron.
Daniel levantó la cabeza. Solo entonces se dio cuenta de que estaba arrodillado frente a las piernas de Ellie. Se puso de pie inmediatamente. Lara arqueó una ceja.
—No preguntaré.
—Solo estaba revisando una herida —se apresuró a aclarar Daniel.
—Claro.
Ellie le lanzó una mirada a su hermana.
—Lara.
—No he dicho nada.
Daniel se pasó una mano por el cabello, incómodo.
—Será mejor que descanses.
—Sí.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Daniel descendió.
Ellie entró y cerró el ventanal antes de mirar a Lara.
—Ni una palabra.
—No iba a decir nada.
Ellie entrecerró los ojos.
—Tu cara dice lo contrario.
Las semanas siguientes encontraron su propio ritmo.
Daniel continuó trabajando con Ryan y llevando correspondencia entre Imisy y Gehena.
Los fines de semana seguía entrenando con Christopher, sin sospechar que el muchacho con quien compartía aquellas horas era precisamente el hombre con quien Ellie estaba comprometida.
Y cada noche, Ellie regresaba a la Sala del Destino.
Algunas veces hablaban durante horas. Otras simplemente se sentaban juntos.
La caja continuó llenándose. Poco a poco dejaron de necesitar preguntas para mantener una conversación.
Ellie empezó a contarle cosas de la escuela; Daniel le hablaba de Ryan, de Robert o de alguna situación absurda ocurrida durante sus entregas.
Incluso comenzaron a estudiar juntos algunas noches.
La confianza apareció casi sin que ninguno de los dos se diera cuenta.
***
Una noche, Daniel llegó a la Sala y encontró su caja todavía sola. Depositó la moneda y se sentó junto al mármol. Ellie apareció poco después.
—Hola.
Daniel sonrió.
—Hola.
—Perdón por tardarme. Tenía tarea.
—No importa.
Ellie depositó su moneda y se sentó a su lado.
—¿Qué tal el examen?
—El de matemáticas bien.
—Entonces estudiar conmigo funcionó.
—No te emociones demasiado.
Daniel sonrió.
—¿Y qué salió mal?
Ellie suspiró.
—Historia.
—¿Historia?
—Examen sorpresa.
Daniel hizo una mueca.
—Eso fue cruel.
—La mayoría lo perdió, así que ahora tenemos todavía más tareas.
Se abrazó las rodillas.
—Creo que estos días llegaré más tarde.
—No tienes que venir si estás cansada.
Ellie lo miró.
—Quiero venir.
Daniel se quedó callado. Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Necesitaba estar aquí hoy. La escuela fue horrible.
Daniel sintió una calidez inesperada en el pecho. Ellie podía haber ido a cualquier parte dentro de aquel lugar. Y había elegido sentarse junto a él.
—Si necesitas ayuda con las tareas, dime.
—Gracias.
Pasaron varios minutos en silencio. Daniel notó poco a poco que el peso de la cabeza de Ellie comenzaba a deslizarse.
—¿Ellie?
No respondió. Se había quedado dormida. Daniel sonrió.
Con cuidado la acomodó contra su pecho para evitar que cayera.
Ella no despertó. La observó durante unos segundos.
Ellie, que parecía vivir siempre pendiente de cada ruido y cada movimiento, dormía tranquilamente entre sus brazos.
Daniel dejó de moverse. No quería despertarla.
Sin darse cuenta, terminó cerrando también los ojos.
Ellie despertó algún tiempo después. Lo primero que sintió fue calor.
Después escuchó un corazón latiendo bajo su oído.
Levantó lentamente la cabeza. Daniel también estaba dormido.
Ellie lo observó en silencio. Su rostro parecía mucho más sereno de aquella manera, intentó incorporarse sin molestarlo, pero el movimiento lo despertó. Daniel abrió los ojos.
—Hola...
Ellie sintió que se sonrojaba.
—Lo siento. Me quedé dormida.
—Yo también.
Daniel se frotó los ojos.
—Creo que deberías regresar a descansar.
—Sí.
Ambos se pusieron de pie.
—Buenas noches, Ellie.
Ella dio un pequeño paso hacia él. Le dio un beso en la mejilla. Daniel se quedó inmóvil. Pero esta vez Ellie no se apartó inmediatamente. Rodeó su cuello con los brazos y lo abrazó. Daniel respondió con suavidad.
—Descansa —murmuró ella.
—Tú también.
Ellie se separó y caminó hacia su portal. Antes de cruzarlo volvió la cabeza. Daniel seguía allí, Sonriendo. Ella hizo lo mismo. Después desapareció.
Daniel llevó una mano hasta su mejilla y contempló durante unos segundos el portal vacío. Aquella noche comprendió algo sencillo. Ya no necesitaban que la Sala del Destino les dijera cuándo acercarse. Cada vez empezaban a hacerlo más por decisión propia.