11 La segunda oportunidad #3
Su respuesta salió demasiado rápido.
—Espérame aquí un momento.
Ellie frunció el ceño.
—¿Aquí?
—Solo serán unos minutos. No te acerques al borde. Por favor.
—Está bien.
Daniel echó a correr. Ellie se sentó sobre una roca.
La tranquilidad del bosque debería haberla calmado, pero estar allí sola hizo que todo lo ocurrido durante la noche regresara de golpe.
Había salido de casa a escondidas con un muchacho al que apenas conocía, Había atravesado Gehena, Ahora estaba en un bosque desconocido, esperando mientras ese mismo muchacho había desaparecido entre los árboles, Ellie se abrazó a sí misma.
“¿Qué estoy haciendo?”
Se puso de pie. No quería entrar en ninguna cabaña. Ni siquiera sabía si quería continuar allí. Caminó algunos pasos, intentando distinguir Gehena al otro lado del abismo.
***
Mientras tanto, Daniel irrumpió en su casa y encontró exactamente lo que temía.
Los libros permanecían sobre la mesa.
Tomó el primero.
—Perfecto. — Lo escondió. Después vio otro. Y otro. —¿Cuántos compré?
Los reunió apresuradamente y los guardó donde Ellie no pudiera encontrarlos.
Entonces regresó.
***
Ellie estaba demasiado cerca del borde absorta en sus pensamientos.
Algo negro emergió desde las profundidades y se enroscó alrededor de su tobillo.
—¡Daniel!
La criatura tiró.
Ellie cayó y alcanzó a aferrarse a una roca antes de ser arrastrada al vacío.
—¡Ayuda!
Daniel apareció entre los árboles. Al verla, perdió el color del rostro.
—¡Ellie!
Corrió, no dudó, se lanzó hacia el borde, y cayo levemente al vacío, sujetó la roca con una mano y rodeó la cintura de Ellie con el otro brazo. El tentáculo tiró nuevamente. Daniel golpeó la criatura hasta obligarla a soltarla.
—Agárrate de mí.
Ellie rodeó su cuerpo con brazos y piernas. Daniel trepó, En cuanto estuvieron sobre tierra firme, Ellie cayó sobre la vegetación, respirando con dificultad. Daniel se arrodilló frente a ella.
—¡Te dije que no te acercaras! ¿En qué estabas pensando?
Ellie se encogió, el tono, la furia. Durante un instante ya no vio a Daniel. Escuchó a su padre. “¿Por qué no haces caso, Ellie?” Se cubrió instintivamente el rostro.
Daniel se quedó inmóvil. Toda la rabia desapareció.
—Ellie... —Ella no respondió. Daniel se acercó despacio. —Hey, mírame. — Ellie bajó las manos. No había ira en su rostro. Había miedo. Miedo por ella. —¿Te hizo daño? — Ellie negó débilmente, Daniel la abrazó, no hubo reproches, solo la sostuvo. —Está bien —murmuró—. Ya pasó.
Ellie permaneció rígida unos segundos antes de permitir que su cuerpo se relajara contra él.
—Lo siento...
—Yo también.
Daniel se separó lo suficiente para examinarla.
—No debí dejarte sola.
—Solo fueron unos minutos.
—Fueron suficientes.
Miró la marca que comenzaba a aparecer alrededor de su tobillo.
—Ven.
Intentó ayudarla a levantarse, pero Ellie hizo una mueca.
—Auch...
—¿Te duele?
—Un poco.
Daniel no preguntó nada más, La levantó en brazos, Ellie rodeó su cuello y apoyó la cabeza sobre su hombro. Esta vez, cuando Daniel comenzó a caminar, ella no sintió miedo.
A medida que se internaban en el bosque, el resplandor rojizo de Gehena desapareció detrás de ellos. El aire se volvió fresco y el sonido de los insectos sustituyó el estruendo lejano de la ciudad. Pequeñas luces aparecieron entre los árboles.
—Qué bonito... —susurró Ellie.
Daniel sonrió.
—Espera.
Continuó avanzando hasta que la vegetación comenzó a abrirse.
Entonces apareció el lago, Ellie levantó la cabeza, La superficie reflejaba la luna con tanta claridad que por un instante parecía hecha de cristal.
Los árboles rodeaban el agua y una pequeña cascada rompía el silencio con un murmullo constante.
Algunas luciérnagas flotaban entre la vegetación cercana.
Daniel la dejó cuidadosamente sobre una roca.
—¿Este es el lago?
—Sí.
Ellie permaneció contemplándolo.
—Es increíble.
La sonrisa de Daniel apareció casi sin que se diera cuenta.
—Ven, Déjame ver.
Se sentaron junto al agua. Daniel se agachó frente a ella y observó su tobillo.Le quitó cuidadosamente una zapatilla y después el calcetín. La marca rojiza rodeaba parte de su piel.
—Te sujetó bastante fuerte.
Ellie lo observó mientras examinaba la zona con una concentración absoluta.
Le resultó extrañamente tierno. Daniel hizo lo mismo con el otro pie y señaló el lago.
—Mételos en el agua. El frío debería ayudarte.
Ellie introdujo los pies.
—Está fría.
—Te acostumbrarás.
Movió los dedos bajo la superficie y sonrió.
—Se siente bien.
Daniel se sentó a su lado. Durante unos minutos ninguno habló.
—¿De verdad aprendiste a nadar aquí?
—Sí. Robert me enseñó cuando era pequeño.
Ellie contempló el agua.
—Me gustaría entrar.
Daniel tardó un segundo en comprender.
—¿A nadar?
—Sí.
—Puedes hacerlo.
Ellie señaló su ropa.
—No traje precisamente un traje de baño.
—Tengo ropa que puedo prestarte.
Daniel se puso de pie.
—Espera aquí.
Regresó poco después con una camiseta y un pantalón deportivo.
—Son grandes, pero servirán.
Ellie recibió las prendas con un poco de duda. Solo fue un comentario,pero Daniel se lo tomó muy enserio
—Gracias.
Daniel señaló hacia la cabaña.
—Puedes cambiarte allí si quieres. Yo me quedaré aquí.
Ellie miró la casa.
—Prefiero cambiarme detrás de esos arbustos.
Daniel siguió la dirección de su mirada.
—Como quieras.
No preguntó por qué. Se volvió de espaldas y comenzó a preparar una pequeña fogata. Ellie se cambió vigilándolo discretamente. Daniel no miró hacia ella ni una sola vez. Cuando terminó, salió de detrás de los arbustos.
—Ya está.
Daniel se volvió. La ropa le quedaba enorme. Sonrió.
—Creo que calculé mal la talla.
—Un poco.
Ellie levantó los brazos y las mangas le cubrieron parte de las manos, ambos rieron. Daniel entró primero al lago.
—Ven.
Ellie avanzó hasta que el agua le llegó a la cintura.
—Está helada.
Daniel rio. Ellie continuó hasta que dejó de sentir el fondo bajo ellos. Se aferró inmediatamente a su brazo.
—Daniel.
—Estoy aquí.
—No siento el suelo.
—No tienes que sentirlo.
Le ofreció el hombro.
—Sujétate.
Ellie obedeció.
—Ahora intenta flotar.
—Eso es fácil decirlo cuando sabes nadar.
— Confía en mí
Ellie respiró profundamente. Daniel colocó una mano bajo su espalda para ayudarla a mantenerse a flote, sin soltarla hasta notar que su cuerpo comenzaba a relajarse.
—Eso es.
—¿Me estás sosteniendo?
—Cada vez menos.
—¡Daniel!
—No voy a soltarte.
Poco a poco, Ellie comenzó a moverse por sí misma. Daniel retrocedió.
—Ahora mueve los pies.
Ella avanzó torpemente.
—Bien.
—¿Bien?
—Bueno... no te estás ahogando.
—Eres un profesor terrible.
—Y tú una alumna muy exigente.
Ellie volvió a intentarlo. Esta vez llegó hasta él.
—¡Lo hice!
Se aferró a su cuello riendo, Daniel la sostuvo por reflejo. Durante un instante quedaron demasiado cerca. Ambos lo notaron, Ellie fue la primera en apartarse.
—Quiero intentarlo otra vez.
Daniel carraspeó.
—Sí. Claro.
Continuaron nadando. Ellie perdió el miedo poco a poco.
Pronto dejó de buscar constantemente el hombro de Daniel y comenzó a aventurarse algunos metros sola.
Cada vez que conseguía llegar hasta él, sonreía con una satisfacción que Daniel no le había visto antes.
No había padre, No había compromiso, No había Sala del Destino.
Solo una muchacha aprendiendo a nadar bajo la luna y riéndose cada vez que tragaba agua. Daniel se descubrió riendo con ella. Permanecieron allí hasta que Ellie comenzó a tiritar.
—Ya es suficiente —decidió él.
—Cinco minutos más.
—Estás temblando.
—Dos.
—Fuera.
Ellie hizo una mueca, pero obedeció.
Daniel salió primero y le ofreció la mano.
Ellie la tomó. Al apoyar un pie sobre una roca húmeda, resbaló.
Daniel alcanzó a sujetarla por la cintura.
—¿Estás bien?
—Sí...
Ellie levantó la mirada. Daniel también y algo cambió.
La ropa mojada se había adherido al cuerpo de Ellie, la tela a pesar de ser un poco oscura se transparentaba y Daniel fue repentinamente consciente de la cercanía entre ambos, de su mano todavía alrededor de su cintura, del agua deslizándose por el cabello cobrizo y de lo poco que los separaba.
Había sentido muchas cosas alrededor de ella desde que la conocía.
Nervios, Curiosidad, Una necesidad absurda de verla otra vez.
pero aquello era diferente. Un calor repentino le recorrió el cuerpo y su corazón comenzó a golpear con demasiada fuerza.
Daniel apartó la mirada inmediatamente y retiró la mano.
—Voy... voy por una toalla.
Ellie se miró y comprendió. También se sonrojó.
—Sí.
Daniel regresó con dos toallas sin mirarla directamente.
—Esta es para ti.
Se la entregó.
—Y esta para el cabello.
—Gracias.
—Puedes cambiarte.
—Está bien.