La Moneda Del Destino 11 La segunda oportunidad #2
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11 La segunda oportunidad #2

La respuesta apareció con tanta naturalidad que disminuyó el paso.

Realmente no le importaba. Y descubrirlo la inquietó mucho más de lo que esperaba.

Esa noche, Ellie esperó en su cama con la moneda entre los dedos.

Había tomado una decisión Cuando llegara a la Sala del Destino buscaría a Daniel y le contaría la verdad.

Le hablaría de Christopher, del compromiso y de todo aquello que había ocultado.

No podía seguir permitiendo que él creyera que tenía delante posibilidades que quizá nunca podría ofrecerle.

Cuando apareció en la Sala, caminó directamente hacia su caja.

“Tengo que decírselo.” Depositó la moneda, Solo después de escucharla caer comprendió lo que acababa de hacer.

“¿Por qué sigo poniéndola? Es como si fuera un reflejo automático”

—¿Ellie?

Dio un respingo. Daniel estaba detrás de ella.

—Hola...

—Llegaste temprano.

—Sí. Yo... quería hablar contigo.

La expresión de Daniel cambió.

—¿Ocurre algo?

Ellie abrió la boca. “Díselo.”

—Yo...

Daniel esperó. “Díselo! Estoy comprometida.” Las palabras estaban allí. Solo tenía que pronunciarlas.

—Me preguntaba si... podríamos vernos otra vez.

Ellie cerró los ojos durante un segundo. “Cobarde.” Cuando volvió a mirarlo, Daniel parecía convencido de haber escuchado mal.

—¿Quieres volver a salir conmigo?

Ella asintió. La sonrisa que apareció en el rostro de Daniel hizo que la culpa le pesara todavía más.

—Sí.

—Entonces... dame un momento.

—¿Un momento?

—Tengo que cambiarme.

Ellie no pudo evitar sonreír.

—Te espero.

Daniel depositó apresuradamente su moneda.

—No me tardo.

Y desapareció. Cuando Ellie abrió los ojos nuevamente en su habitación, se levantó de inmediato, tomo su hoddie y se recogió el cabello.

—¿Vas a salir otra vez?

Lara la observaba desde la cama.

—Sí.

—¿Se lo dijiste?

Ellie se quedó inmóvil.

—No.

Lara suspiró.

—Ellie...

—Lo intenté.

—¿Y qué pasó?

—Le pedí que volviéramos a vernos.

Lara tuvo que contener una sonrisa.

—Eso es prácticamente lo contrario.

—Ya lo sé.

Ellie se puso las zapatillas.

—Voy a decírselo esta noche.

—Eso dijiste antes.

—Esta vez lo haré.

Lara la contempló unos segundos.

—Está bien. Yo te cubro.

Ellie la miró sorprendida.

—¿Después de todo lo que me dijiste esta mañana?

—Sigo pensando lo mismo. Si vas a seguir viéndolo, tienes que ser sincera con él. Pero también creo que llevas demasiado tiempo haciendo únicamente lo que papá espera de ti.

Ellie bajó la mirada.

—¿Y Christopher?

Una sombra atravesó la expresión de Lara.

—También te cubriré con eso mientras pueda.

Ellie supo que aquella respuesta le costaba más de lo que aparentaba. Antes de que pudiera decir algo, un sonido procedente del exterior llamó su atención. Se acercó al balcón, Daniel esperaba.

—Ya llegaron por ti —susurró Lara.

Ellie abrió con cuidado. Daniel levantó la mirada.

—Hola.

—Hola.

—¿Lista?

Ellie asintió, Con su ayuda descendió del balcón sin hacer ruido y, una vez estuvieron lejos de la casa, comenzaron a caminar.

Daniel la condujo nuevamente hasta el edificio de la noche anterior y subieron por el acceso interior que ya conocían.

Cuando alcanzaron la azotea, Imisy volvía a extenderse bajo ellos cubierta de luces.

Esta vez Ellie no necesitó varios minutos para acostumbrarse al lugar, Se sentó junto a él. Durante un rato ninguno habló.

—Entonces... —comenzó finalmente—. ¿De verdad vives en Gehena?

—Sí.

—¿Cómo es?

Daniel apoyó los brazos sobre las rodillas.

—Calurosa. Muchísimo. Y bastante caótica.

—¿Es cierto que no tienen calles?

—En gran parte de la ciudad, sí. El terreno es demasiado irregular. Hay grietas por todas partes y muchas construcciones están unas sobre otras.

—¿Entonces cómo se desplazan?

—Trepar, saltar, correr... Lo que funcione.

Ellie lo miró.

—Eso explica muchas cosas.

Daniel sonrió.

—Supongo.

—¿Y las grietas?

—Algunas tienen lava. Otras son tan profundas que nadie sabe exactamente hasta dónde llegan.

—¿Nadie ha bajado?

—Algunos lo han intentado.

—¿Y?

Daniel la miró.

—No regresaron, hay algo vivo ahí abajo.

Ellie decidió no preguntar más sobre aquello.

—¿Todos en Gehena pueden moverse como tú?

—No exactamente. Pero tienes que estar en muy buena condición física si quieres desplazarte por ciertas zonas.

Ellie permaneció pensativa.

—¿Y las mujeres?

Daniel perdió parte de la sonrisa.

—Hay pocas.

—¿Muy pocas?

—Sí. Por eso muchos hombres las consideran casi... un privilegio. Algunas familias apenas las dejan salir. Otras las esconden para protegerlas.

—¿Protegerlas de qué?

Daniel tardó en responder.

—De otros hombres, de la intemperie, de las grietas. — Ellie sintió un escalofrío. —Ha habido peleas por mujeres. Algunas terminan bastante mal.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Nunca quisiste conocer a alguna?

Daniel soltó una pequeña risa.

—Empecé a venir a Imisy cuando era niño. Para mí ver mujeres nunca fue algo extraordinario.

—Eso no responde mi pregunta.

El rubio guardó silencio.

—Nunca pensé demasiado en tener una relación.

—¿Por qué?

Daniel se encogió de hombros.

—Porque ninguna chica de Imisy en su sano juicio querría estar con un hombre de Gehena.

Ellie se quedó quieta. “La frase.” Prácticamente las mismas palabras que había escuchado de Lyam aquella tarde.

Observó el perfil de Daniel y, por primera vez, se preguntó cuántas veces habría tenido que escucharlas para repetirlas ahora con aquella resignación, como si no fueran una opinión sino un hecho, Sintió una punzada de molestia.

“Pues a mí no me importa que seas de Gehena.” No se atrevió a decirlo.

—¿Dónde vives exactamente? —preguntó en cambio.

—En una zona apartada.

—¿Apartada de Gehena?

—Sí. Es un bosque. Técnicamente pertenece a Imisy, pero está aislado y la única forma que conozco de llegar es atravesando Gehena. Allí está mi cabaña.

—¿En el bosque?

—Junto al lago del que te hablé.

Los ojos de Ellie se iluminaron.

—Que maravilla.

Daniel la observó.

—¿Quieres verlo?

—¿Ahora?

—Si quieres.

Ellie dudó.

—¿Tenemos que atravesar Gehena?

—Sí.

Su entusiasmo disminuyó. Daniel lo notó.

—No tienes que hacerlo.

Ellie permaneció en silencio.

—Es peligroso —continuó él—. Yo conozco el camino y no voy a dejarte sola, pero no quiero engañarte diciéndote que no hay ningún riesgo.

—¿Tú haces ese recorrido todos los días?

—Prácticamente.

Ellie respiró hondo.

—Entonces quiero verlo.

Daniel se puso de pie.

—Está bien. Pero vas a hacer exactamente lo que te diga.

Ella arqueó una ceja.

—Qué autoritario.

—Hablo en serio.

Su expresión consiguió borrar cualquier intención de bromear.

—Está bien.

Daniel asintió.

—Entonces vamos.

Llegaron a la zona sur de Imisy, donde la ciudad daba paso progresivamente a terrenos abandonados. Daniel apartó un objeto pesado escondido entre la maleza y dejó al descubierto una compuerta.

—¿Esto lleva a Gehena?

—Sí.

Descendió primero.

—Ven. Yo te recibo.

Ellie miró hacia la oscuridad.

—No veo absolutamente nada.

—Por eso voy primero.

Respiró hondo y bajó. Daniel la recibió y cerró la compuerta sobre ellos.

—Ponte esto.

Le entregó una prenda oscura con capucha.

—No quiero que nadie vea tu rostro ni tu cabello mientras atravesemos la ciudad.

Ellie obedeció.

—¿Tan peligroso es?

—Para ti, sí.

Aquella respuesta no consiguió tranquilizarla. Daniel se agachó.

—Sube.

—¿Otra vez?

—Aquí es más seguro que te lleve yo. Conoces las calles de Imisy; yo conozco Gehena.

Ellie rodeó sus hombros y se sujetó con firmeza.

—No voy a hacer nada innecesario —añadió él—. Solo no te sueltes.

El calor la golpeó casi inmediatamente después de abandonar el túnel.

Gehena se extendía ante ella como un territorio construido sobre las heridas de la tierra.

Resplandores rojizos emergían de las grietas y teñían las estructuras amontonadas, mientras figuras humanas se desplazaban por lugares que Ellie jamás habría considerado caminos.

Daniel avanzó con rapidez, pero no de la misma forma despreocupada con la que ella lo había visto moverse solo.

Antes de cada salto comprobaba dónde iba a caer; evitaba las zonas más concurridas y mantenía una mano asegurando las piernas de Ellie.

Aun así, para ella fue aterrador. Finalmente dejaron atrás buena parte de la ciudad. Entonces Ellie vio el abismo, y al otro lado, el bosque.

—Daniel...

Él se detuvo.

—Tenemos que cruzarlo.

Ellie contempló la caída.

—¿Cómo?

Daniel sacó la cuerda y el gancho.

—Con esto.

—Eso no me tranquiliza.

—Lo sé.

Comprobó el mecanismo, tiró varias veces de la cuerda y revisó el cierre antes de mirarla.

—Necesito que me escuches. Rodea mi cintura con las piernas y no sueltes mi cuello hasta que yo te diga. No mires hacia abajo si no quieres.

—¿Lo has hecho antes?

—Miles de veces.

—¿Con alguien en la espalda?

Daniel vaciló.

—Pocas.

Ellie abrió mucho los ojos.

—¡Daniel!

—Pero sé cuánto peso soporta el equipo y ya comprobé el anclaje. No voy a saltar si no estoy seguro.

Volvió a revisar el gancho. Solo entonces retrocedió.

—Si quieres regresar, regresamos.

Ellie contempló el bosque al otro lado. El lago estaba allí.

—Hazlo.

Daniel asintió, Tomó impulso. Ellie cerró los ojos y se aferró a él. Sintió el vacío bajo sus pies durante apenas unos segundos que parecieron eternos. La cuerda se tensó y ambos se balancearon sobre el abismo hasta alcanzar el otro extremo. Daniel aterrizó con firmeza.

—Ya está.

Ellie tardó en abrir los ojos.

—¿Ellie?

—Estoy reconsiderando todas las decisiones que me trajeron hasta aquí.

Daniel soltó una risa.

—Puedes bajar.

Cuando sus pies tocaron el suelo, las piernas le temblaban.

—Definitivamente no estoy hecha para Gehena.

—Te advertí.

El aire del bosque era completamente distinto. Fresco, húmedo, limpio.

Daniel miró hacia el sendero que conducía a su cabaña y de pronto se quedó petrificado. “Los libros.” los había dejado sobre la mesa. “Cómo conversar con una chica sin parecer un idiota.” Y había más de uno. Sintió que quería arrojarse voluntariamente al abismo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Ellie.

—Nada.

—Daniel.

—Acabo de recordar algo.

—¿Qué?

—Nada importante.