10 La primera cita #2
Ella no dijo nada, se ajustó el hoodie para que le cubriera bien su rostro. A aquella hora las calles estaban casi vacías y las pocas personas con las que se cruzaron apenas repararon en ellos. Después de varios minutos, Daniel se detuvo frente a un edificio residencial.
Ellie levantó la mirada.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Conoces a alguien que viva en este edificio?
—No.
Ella volvió el rostro lentamente hacia él.
—Daniel...
—Podemos subir por dentro —se apresuró a aclarar—. Conozco un acceso que permanece abierto durante la noche.
Ellie entrecerró los ojos.
—¿Y cómo sabes eso?
Daniel guardó silencio durante un segundo.
—Vengo algunas veces.
Aquello no respondió realmente la pregunta, pero Ellie decidió no insistir.
Entraron por un acceso lateral y Daniel la condujo hasta las escaleras.
Subieron Algunos pisos, luego él se percató que para cuando estuvieran en la cima la pelirroja estaría agotada, así que se ofreció a subirla a su espalda de nuevo, en cuestión de unos minutos Daniel subió varios pisos, él abrió una puerta que daba a la azotea, El viento nocturno los recibió de inmediato.
—Ya llegamos.
Ellie salió detrás de él.
—¿Para qué me trajiste hasta aquí?
Daniel señaló detrás de ella.
—Por eso.
Ellie se volvió. Y se quedó en silencio. Desde aquella altura, Imisy parecía otra ciudad.
El río atravesaba la oscuridad como una extensa cinta azul, reflejando miles de luces sobre su superficie.
A lo lejos, un gran puente iluminado unía ambos extremos de la ciudad y los vehículos que lo recorrían parecían pequeñas estrellas desplazándose lentamente sobre el agua.
Más allá se levantaban los edificios, salpicados de ventanas encendidas, mientras la enorme rueda de la fortuna giraba con parsimonia junto a la ribera, bañada por luces cálidas que se reflejaban en el río.
Sobre todo aquello se extendía un cielo despejado y profundo.
Por primera vez, Ellie podía contemplar Imisy sin calles, muros ni edificios encerrándola. Desde allí arriba parecía inmensa, Libre. El viento nocturno movió algunos mechones rojizos alrededor de su rostro.
—Es hermoso... —susurró.
Daniel sonrió.
Aquella reacción había valido la pena. Ella giró y Daniel ya tenía listo una manta con algunas cosas sobre ella, comida, una lampara, un par de flores y dos cojines como si fuera un picnic en las alturas, Ellie sintió un brinco en su corazón, sonrió y se acercó para tomar asiento.
Daniel se sentó junto a ella dejando una distancia prudente entre ambos.
—Pensé que sería un buen lugar para hablar. Aquí nadie va a molestarnos.
Ellie siguió contemplando la ciudad.
—Tenías razón.
Permanecieron unos segundos en silencio hasta que Daniel carraspeó.
—Ellie... ¿te gustan los dulces?
Ella giró lentamente la cabeza.
—¿Qué?
—Los dulces.
—Sí...
Daniel abrió la canasta que había sobre la manta y sacó una pequeña caja.
—Compré esto antes de venir. No sabía qué te gustaba, así que... espero haber acertado.
Ellie recibió el pequeño postre.
—Gracias.
Probó un poco, sus ojos se iluminaron.
—Está delicioso.
Daniel sonrió, satisfecho. La observó comer hasta que Ellie pareció darse cuenta. Entonces apartó rápidamente la mirada hacia la ciudad.
“La estoy incomodando.”
Cuando terminó, Daniel tomó el envase.
—Yo lo tiraré después.
Ellie recogió las piernas y las rodeó con los brazos.
—Nunca había visto la ciudad así.
—Yo vengo algunas veces.
—¿Solo?
—siempre.
Ellie lo miró. Por alguna razón, aquella respuesta le produjo cierta tristeza.
—Pensé que te gustaría —añadió Daniel.
—Me gusta mucho.
El silencio que siguió fue diferente. Menos incómodo. Daniel tomó aire.
—Puedes preguntarme lo que quieras.
Ellie bajó la mirada hacia sus manos.
—¿Lo que quiera?
—Para eso vinimos, ¿no? Dijiste que necesitabas conocerme antes de tomar una decisión.
Ella asintió. Al principio fueron preguntas sencillas.
Ellie quiso saber más acerca de Ryan, de su trabajo en la mensajería y de algunas de las cosas que había escuchado sobre él durante la salida con los demás.
Daniel respondió sin reservas, aunque no pudo evitar ponerse nervioso cuando la conversación llegó a las chicas.
—Entonces... ¿de verdad nunca has tenido novia?
Daniel negó.
—No.
Ellie no dijo nada más, le parecía extraño que un chico como Daniel no estuviera ya en una relación, peso sin querer esto la tranquilizo Ellie ocultó una sonrisa.
—Está bien.
Daniel guardó silencio unos segundos antes de reunir valor para devolverle la pregunta.
—¿Tú has tenido novio?
—¿mi padre no me deja
—¿ya alguna vez has besado a alguien?
La sonrisa de Ellie desapareció.
—Una vez.
Daniel intentó que aquello no le importara. No funcionó.
—¿Te gustaba?
—En ese momento sí. Fue hace más de un año.
—Oh.
Ellie lo miró de reojo.
—¿Te molesta?
—No.
La rapidez de la respuesta la hizo sonreír. Daniel frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
La conversación continuó.
—¿Entonces vives con Ryan? —preguntó Ellie.
—No. Vivo solo.
Ella se volvió hacia él.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Daniel bajó la mirada.
Aquello era más difícil de explicar.
—Conocí a Ryan cuando tenía siete años.
—¿Y ya vivías solo?
—Sí.
Ellie frunció el ceño.
—Daniel, un niño de siete años no puede vivir solo.
—Yo podía.
—Eso no significa que estuviera bien.
La respuesta lo sorprendió. Daniel guardó silencio durante un instante.
—Antes vivía con un anciano llamado Robert. Él me crio. Lo quería mucho, pero murió cuando yo era niño. Después aprendí a arreglármelas.
Ellie perdió la expresión curiosa.
—Lo siento.
—Fue hace mucho.
—Eso no hace que deje de doler.
Daniel la miró. No respondió.
—¿Cómo conseguías comida? —preguntó ella con más suavidad.
—Robert me enseñó a pescar, además que alguien que conocía a Robert se aseguro que no me faltara nada
—¿Pescar?
—Sí.
—¿Dónde?
—En el lago que está frente a mi casa.
Ellie soltó una pequeña risa, convencida de que bromeaba. Daniel no rio.
—Espera... ¿hablas en serio?
—Sí.
—Pero los lagos naturales prácticamente han desaparecido.
—Ese no.
La fascinación apareció de inmediato en los ojos azules de Ellie.
—¿Vives frente a un lago natural?
Daniel sonrió.
—Sí.
—Quiero verlo.
La petición salió tan espontánea que ambos quedaron sorprendidos.
Ellie se sonrojó.
—Quiero decir... si algún día...
—Te llevaré.
Ella sonrió.
—Me gustaría.
Daniel sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho. Quizá Ryan tenía razón. Quizá no tenía que resultar tan complicado.
—¿Y cómo aprendiste a saltar así? —preguntó Ellie —Me dijiste que repartías mensajería en gehena
La sonrisa de Daniel desapareció, Habían llegado a la pregunta que temía.
Recordó las palabras de Ryan.
“Si realmente quieres que te conozca, tienes que decirle la verdad.”
Daniel observó las luces de Imisy durante unos segundos.
—Ellie... hay algo que no te he contado.
Ella esperó.