7 El malentendido #5
—Bastante.
—Yo no podría hacer eso.
Daniel reparó en el cambio de su expresión.
—¿Por qué?
Ellie bajó la mirada.
—Mi padre es diferente.
—¿En qué sentido?
—Es... muy estricto.
Daniel esperó.
—Mi hermana y yo no podemos hacer muchas cosas sin su permiso. No le gusta que salgamos solas ni que hablemos con chicos. Quiere saber dónde estamos, con quién estamos... prácticamente todo.
—Eso explica la capucha.
Ellie sonrió débilmente.
—Sí.
—¿Y por eso dejaste de venir?
—En parte.
Daniel inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Cuál es la otra parte?
Ellie sintió que el estómago se le encogía.
Ahí estaba, La oportunidad. Podía decírselo.
Podía contarle que su padre ya había elegido a alguien para ella.
Que había un compromiso esperando convertirse en matrimonio.
Abrió la boca, pero no pudo hacerlo. Si se lo decía, Daniel podía alejarse.
Y, después de haber pasado más de una semana intentando convencerse de que podía vivir sin regresar allí, acababa de descubrir que no quería perderlo.
—Tuve miedo —respondió finalmente.
Daniel frunció ligeramente el ceño.
—¿De mí?
—No.
Ellie negó enseguida.
—De esto.
Miró la caja.
—De lo que significa.
Daniel permaneció en silencio.
—No te conozco —continuó ella—. En realidad, apenas hemos hablado unas cuantas veces y, aun así, no podía dejar de pensar todo esto. Me despertaba y pensaba en regresar. Me acostaba y pensaba en regresar. Intentaba convencerme de que no debía hacerlo y... Se interrumpió.
—¿Y qué? —preguntó Daniel con suavidad.
Ellie levantó los ojos hacia él.
—Me dio miedo que esto se volviera demasiado importante para mí. — Daniel la contempló durante unos segundos. —Si mi padre descubre que estoy viniendo aquí... o que estoy conociéndote...
—Entonces no se lo digas. — Ellie lo miró sorprendida.
—No estoy diciendo que le mientas. — La culpa le produjo una pequeña punzada en el pecho.
— Solo digo que no tienes que contarle algo que todavía ni siquiera tú entiendes.
Nosotros tampoco sabemos qué significa ser una pareja predestinada. Apenas estamos empezando a conocernos.
Ella volvió a mirar la caja, Su moneda permanecía entre sus dedos.
Daniel sacó la suya y la metió en la caja Ellie cerró los dedos alrededor de su moneda.
“Debería decírselo.” Lo sabía. Pero entonces lo miró.
Y volvió a tener miedo. No del compromiso.
No de su padre. De perder aquello antes siquiera de descubrir en qué podía convertirse.
—¿Y si quiero seguir viniendo? —preguntó.
Daniel sonrió.
—Entonces seguiré esperándote.
Ellie bajó la mirada, faltaba mucho tiempo, años.
Para cuando llegara el momento de cumplir aquel compromiso, ya no sería una niña sometida a todas las decisiones de su padre.
Podría marcharse. Podría trabajar. Podría encontrar la manera de vivir por sí misma.
“Puedo irme antes.” La idea llevaba días rondándole la cabeza, pero nunca había parecido tan posible como en ese momento.
Cuando tuviera edad suficiente, se marcharía de casa, no tendría que casarse con Christopher, no tendría que renunciar a Daniel.
“Tengo tiempo.” Se aferró a aquel pensamiento, quizá demasiado.
Ellie contempló la moneda durante unos segundos más.
Después la depositó. La caja respondió inmediatamente.
Una tenue energía violeta despertó tras el cristal oscuro y se extendió lentamente por su interior.
Daniel observó la luz, Luego la miró a ella. Ellie sonrió, Acababa de tomar una decisión.
Continuaría regresando. Continuaría conociéndolo. Y algún día, antes de que fuera demasiado tarde, encontraría el valor para contarle todo, algún día.
—Por cierto —dijo Ellie, intentando apartar la culpa—, ¿cómo está tu mano?
Daniel se la mostró.
—Casi completamente curada.
—¿Y el hombro?
—También.
Ellie entrecerró los ojos.
—Mentiroso.
—Solo duele un poco.
—Deberías descansar.
—Eso mismo dijo Ryan.
—Entonces hazle caso.
—Empiezo a pensar que todos están conspirando contra mí.
Ellie rio.
—Buenas noches, Daniel.
—Buenas noches, Ellie.
Ella comenzó a alejarse, después de unos pasos se detuvo. miró por encima del hombro. Daniel seguía allí, Ellie dudó apenas un instante antes de regresar.
—¿Olvidaste algo? —preguntó él.
Ella no respondió. Se acercó, se puso de puntillas y depositó un beso rápido en su mejilla.
—Feliz cumpleaños. — Daniel quedó petrificado. Ellie se apartó inmediatamente, con el rostro completamente rojo. —¡Buenas noches! — Y salió corriendo.
—Ellie... — Ya había desaparecido, Daniel permaneció inmóvil durante varios segundos, finalmente se llevó una mano a la mejilla. —¿Qué...?
Miró hacia el pasillo por el que ella había escapado y terminó dejándose caer contra el muro de mármol hasta quedar sentado en el suelo, su rostro ardía, intentó contener la sonrisa, pero no pudo.
***
Mientras tanto, al otro lado del portal, Ellie despertó con el corazón desbocado.
Se llevó una mano a los labios. Había regresado, Había puesto nuevamente su moneda. Había besado a Daniel y seguía sin haberle contado la verdad.
La felicidad que sentía debería haber sido completa, No lo era porque, enterrado bajo la emoción de aquella noche, permanecía un pensamiento que había decidido aplazar:
Algún día tendré que decírselo y Ellie todavía no sabía que, cuanto más esperara, más difícil sería hacerlo.