7 El malentendido #3
—Necesitamos especificar mejor la regla.
Daniel soltó una pequeña risa.
—Siempre me levanto temprano. Leo un poco y después voy a trabajar con Ryan.
—¿Hoy también?
—Sí.
Daniel sirvió café.
—¿Te quedarás a entrenar?
Christopher negó con la cabeza.
—No puedo. Tengo que regresar a Excelso.
Daniel asintió y siguió preparando el desayuno. Pasaron algunos segundos.
—¿Puedo preguntar por qué? —dijo finalmente—. ¿O es demasiado personal?
Christopher lo miró. Por primera vez desde la noche anterior, una sonrisa cansada apareció en su rostro. Christopher jugueteó con la taza.
—Hoy redactan mi contrato de matrimonio.
Daniel se quedó quieto.
—Ah.
No sabía qué debía decir ante aquello.
—Pues... felicidades.
Christopher lo miró con una expresión tan miserable que Daniel comprendió inmediatamente que había elegido la respuesta equivocada.
—Gracias...
Continuaron desayunando, ninguno añadió nada más.
Más tarde emprendieron juntos el camino hacia Imisy y, al llegar a la ciudad, se separaron sin demasiadas palabras.
Christopher tomó rumbo hacia Excelso para enfrentarse al contrato que él mismo había provocado.
Daniel regresó a su rutina, y en algún lugar entre ambos caminos quedaban dos hermanas pelirrojas, un compromiso equivocado y una muchacha que, cada noche, luchaba contra las ganas de regresar a una caja que la esperaba en otra realidad.
Una caja en la que Daniel seguía depositando una moneda, aunque la de Ellie nunca apareciera junto a la suya.
8Un héroe
Al terminar las clases, Ellie y Lara se encontraron con sus amigas antes de abandonar la preparatoria.
—Las espero en mi casa dentro de dos horas —les recordó Nicole mientras se acomodaba la mochila sobre el hombro.
—Allá estaremos —respondió Ellie.
Las hermanas regresaron a casa, Ellie informo a sus padres sobre sus actividades escolares, después de cambiarse de ropa y comer algo ligero, emprendió camino con Lara que, aunque no estaba en la misma clase que ella nunca tenía permitido salir la una sin la otra.
Pocos minutos después llegaron a la casa de Nicole.
Todas las demás ya estaban allí tomando apuntes y preparando todo para hacer sus deberes en conjunto.
La tarde transcurrió entre cuadernos abiertos, libros dispersos sobre la mesa y conversaciones que inevitablemente se desviaban de los estudios.
La señora Chloe aparecía de vez en cuando para ofrecerles algo de comer o beber y luego regresaba a sus ocupaciones.
Todo parecía perfectamente normal hasta que alguien llamó a la puerta.
—Yo abro —anunció Chloe.
Las chicas continuaron estudiando. Ellie apenas prestó atención hasta que escuchó una voz procedente de la entrada.
—Buenas tardes, señora Chloe.
Su lápiz se detuvo.
“Esa voz...”
—¡Daniel! Qué sorpresa. ¿Vienes a traer la correspondencia?
—Sí. Herny es quien hace las entregas, pero está enfermo y Ryan necesitaba que alguien lo reemplazara unos días.
Ellie levantó lentamente la mirada. Daniel apareció en la entrada de la sala cargando una mochila enorme sobre un hombro. Parecía acalorado por el recorrido y llevaba la gorra ligeramente inclinada sobre la frente. Entonces la vio.
Los dos se quedaron inmóviles.
“Es ella, el destino me la sigue cruzando en el camino…”
Daniel tardó un segundo más de la cuenta en reaccionar. Chloe, ajena a lo ocurrido entre ambos, continuó hablando.
—Por suerte Ryan te tiene a ti. ¿Y Lyam?
—Está en casa.
Daniel bajó la mochila y comenzó a buscar entre la correspondencia, aunque sus movimientos habían perdido repentinamente parte de la naturalidad. Ellie bajó los ojos hacia su cuaderno, no había escrito una sola palabra desde que él había llegado.
—Aquí está —dijo Daniel finalmente.
Entregó un paquete a Chloe junto con la planilla.
—Necesito su firma.
—Claro.
Mientras Chloe firmaba, Nicole se inclinó discretamente hacia sus amigas para susurrar algo. Daniel fingió no darse cuenta.
—¿Quieres algo de beber? —preguntó Chloe.
—Estoy bien, gracias.
—¿Seguro?
Daniel miró involuntariamente hacia Ellie. Ella seguía concentradísima en una página que llevaba varios minutos sin leer.
—Bueno... ¿podría usar su baño?
—Por supuesto. Al final del pasillo.
—Gracias.
Daniel desapareció unos minutos. Nicole aprovechó inmediatamente.
—Mamá, ¿conoces a Lyam?
—¿El hijo de Ryan? Claro.
—Salí con él la semana pasada.
Chloe arqueó las cejas.
—¿Con Lyam?
—Sí.
—¿Y cómo terminó eso?
Nicole hizo una mueca.
—No muy bien.
—No me sorprende.
—¡Mamá!
Chloe soltó una risita.
—Solo digo que, si ibas a interesarte por uno de los chicos que trabajan con Ryan, elegiste al más complicado.
—¿Y cuál se supone que debía elegir?
Chloe señaló discretamente hacia el pasillo.
—Daniel es un encanto.
Ellie apretó un poco más el lápiz, Lara la miró de reojo. Daniel regresó en ese momento, todavía secándose algunas gotas de agua del rostro.
—Muchas gracias.
—¿Cómo sigue tu mano? —preguntó Chloe.
Daniel abrió la palma.
La herida apenas dejaba ya una marca.
—Prácticamente curada.
—¿Tan rápido?
—Siempre sano rápido.
Ellie contempló la palma de reojo. Recordaba perfectamente cómo se había hecho aquella herida. Daniel cerró la mano.
—¿Y su pareja predestinada? Pregunta Daniel con naturalidad, Chloe sonrió.
—Está bien. De hecho, está en el patio intentando cambiarme una lámpara que lleva días fallando.
—cree que necesite ayuda?
—No estoy segura
Daniel se asoma levemente, al ver que todo está en orden, toma la mochila.
Había alcanzado apenas el corredor cuando escuchó un estruendo.
Metal contra piedra, Después un grito. Daniel soltó la mochila.
Corrió, Llegó al patio justo cuando una escalera se deslizaba sobre el suelo.
El novio de Chloe se aferraba a ella desde varios metros de altura mientras una lámpara parcialmente desmontada colgaba sobre su cabeza.
—¡No se mueva! —gritó Daniel.
El hombre cometió el error de mirar hacia abajo. La escalera perdió el último punto de apoyo, Daniel reaccionó antes de pensarlo.
Sujetó uno de los laterales y utilizó su fuerza para cambiar la dirección de la caída. Pero halo con demasiada fuerza por el susto haciendo que el hombre se tambaleara
—¡Suéltese!
—¿Qué?
—¡Ahora!
El hombre obedeció.
Daniel alcanzó a sujetarlo parcialmente cuando cayó, pero Daniel tropezó con las escaletas que ahora estaba en el suelo, haciendo que ambos cayeran contra el piso.
—¡Daniel! —gritó Chloe.
La curiosidad de las jóvenes fue inmediata y en segundos todas estaban en la entrada observando la escena. Durante unos segundos ninguno se movió. Daniel abrió los ojos, le dolía el hombro.
—Estoy bien...
El hombre soltó un gemido.
—Creo que yo no.
Daniel se incorporó rápidamente.
—No se levante todavía.
—Mi pierna...
La caída le había abierto una herida por debajo de la rodilla. No parecía profunda, pero sangraba bastante y el tobillo comenzaba a inflamarse.
—Traigan una toalla limpia —pidió Daniel.
Lara fue la primera en reaccionar.
—¡Yo voy!
Corrió hacia el interior.
Daniel permaneció junto al hombre.
—¿Se golpeó la cabeza?
—No... creo que no.
—¿Puede mover los dedos de los pies?
El hombre lo intentó.
—Sí.
—Bien. Entonces no se mueva hasta que llegue alguien que sepa qué tiene.
Chloe se arrodilló junto a su pareja.
—Voy a llamar a emergencias.
—Sí.
Un crujido resonó sobre ellos. Daniel levantó la cabeza.
—Cuidado.
El resto de la estructura seguía inestable.
—Todos adentro.
Nadie discutió. Lara regresó con varias toallas.
—Toma.
—Gracias.
El joven dobló una y la colocó sobre la herida.
—Presione aquí —indicó al hombre—. Firme, pero sin apretar.
—¿Y tú?
Daniel contempló la lámpara. Había quedado enganchada por uno de los cables y continuaba balanceándose sobre el patio.
—Voy a asegurar eso antes de que le caiga a alguien.
—¡Daniel, espera! —exclamó Chloe—. Está demasiado alto.
Él ya estaba observando el entorno.
La escalera había quedado inutilizable.
Daniel recogió del suelo el destornillador y algunos de los tornillos que se habían desprendido y se los guardó en el bolsillo. A un costado del patio había una baranda y, varios metros más arriba, una gruesa viga de madera sostenía parte del techo.
Calculó la distancia.
Ellie comprendió lo que pretendía hacer un segundo antes de que comenzara.
—No puede ser...
Daniel apoyó un pie sobre la baranda y se impulsó. Sus manos alcanzaron la viga y su cuerpo quedó suspendido en el aire.
Nicole ahogó una exclamación.
Sin embargo, Daniel ni siquiera pareció esforzarse.
Se desplazó por la viga utilizando únicamente las manos hasta quedar a la altura de la lámpara.
Allí se sostuvo con un brazo mientras, con el otro, sacaba el destornillador y aseguraba la estructura lo suficiente para impedir que continuara balanceándose.
Todo ocurrió con una facilidad desconcertante.
—¿Cómo hizo eso? —murmuró Nicole.
Ellie no respondió.
Daniel comprobó una última vez que la lámpara estuviera firme y miró hacia abajo.
—Ya pueden pasar por aquí. Pero no vuelvan a encenderla hasta que alguien revise la instalación.
—¿Y cómo piensas bajar? —preguntó Lara.
Daniel miró el suelo. Comprobó que nadie estuviera debajo y se dejó caer. Aterrizó sobre ambos pies, flexionando ligeramente las rodillas para amortiguar el impacto. Cuando volvió a incorporarse, descubrió que todas lo observaban en silencio.
—¿Qué?
Nadie contestó. Daniel se miró la ropa.
—¿Me ensucié?
Lara soltó una carcajada. Ellie tuvo que contener la suya.
La sirena de una ambulancia comenzó a escucharse a lo lejos, Daniel regresó junto al herido.
Los paramédicos llegaron pocos minutos después y examinaron la pierna.
La herida necesitaría varios puntos y la inflamación del tobillo hacía recomendable trasladarlo al hospital para descartar una lesión mayor.
—Voy con él —dijo Chloe inmediatamente.
Antes de marcharse, se acercó a Daniel.
—Gracias.
—No hice nada extraordinario.
Chloe lo miró como si aquella respuesta confirmara precisamente lo contrario.
—Evitaste que se golpeara contra el suelo y conseguiste que nadie más saliera herido.