7 El malentendido #2
—Es apuesto. Parece educado... y tuvo el detalle de traerme flores. Supongo que fue romántico.
—No te pregunté eso.
Ellie levantó los ojos.
—¿Entonces?
—¿De verdad quieres casarte con él?
La pregunta la dejó inmóvil, por un instante, la imagen que apareció en su mente no fue la de Christopher, fueron unos ojos verdes. Apartó el recuerdo inmediatamente.
—Sí. Por supuesto.
Lara frunció ligeramente el ceño.
—No pareces muy convencida.
—Solo estoy nerviosa. Es normal. Apenas lo conozco.
—Entonces... ¿te gusta?
Ellie forzó una sonrisa.
—Estoy feliz con mi compromiso.
Lara la observó unos segundos más. Sabía que no era una respuesta, pero tampoco insistió.
—Te felicito, hermanita.
Se levantó.
—Gracias...
Ellie la vio salir, Cuando quedó sola, la sonrisa desapareció.
***
La noche cubrió Imisy.
Ellie y Lara se acostaron como de costumbre y apagaron la lámpara.
—Descansa, hermanita —murmuró Ellie.
—Igualmente.
Pasaron varios minutos. Cuando Lara estuvo segura de que su hermana dormía, abrió los ojos. Se incorporó despacio, se cambió de ropa procurando no hacer ruido y caminó hacia la puerta.
—¿Adónde vas?
Lara se congeló. Ellie la observaba desde la cama.
—Necesito salir un momento.
—¿Vas a escaparte otra vez? Se que te gusta explorar por las noches pero nada bueno saldrá de esto
—Solo será un rato.
—Lara...
—Es importante.
Ellie se incorporó.
—Si papá te descubre, sabes lo que puede pasar.
—No va a descubrirme.
—Eso dijiste la última vez.
Lara se acercó a ella.
—Volveré pronto. Y si ocurre algo, tú estabas dormida. No sabías nada.
Ellie no parecía convencida.
—Ten cuidado.
—Lo tendré.
Lara salió de la habitación y recorrió la casa en silencio hasta alcanzar la calle. Corrió hasta el pequeño jardín donde había conocido a Christopher. Él ya la esperaba bajo un árbol distraído pero al verla, se incorporó.
—Viniste.
—Dijiste que era importante.
Christopher respiró hondo pensando en las palabras. Lara por otro lado fue directamente al asunto.
—¿La propuesta era para mí? — Él guardó silencio —Christopher.
—Sí.
Lara sintió un nudo en el estómago.
—Entonces lo sabía.
—¿Qué cosa?
—Que te habías equivocado.
Christopher se acercó un paso.
—Yo quería pedir tu mano, Lara. No la de tu hermana.
—Pero estás comprometido con ella.
—Todavía no oficialmente. Mañana redactarán el contrato y después nuestros padres lo firmarán. Por eso necesitaba verte esta noche. Todavía podemos corregirlo.
Lara lo miró fijamente.
—No.
Christopher parpadeó.
—¿No?
—No quiero.
—¿Por qué?
La respuesta pareció herirlo más de lo que esperaba.
—¿Tanto te desagrado?
—No se trata de eso. Tengo catorce años, Christopher. No seré mayor hasta en 2 años. No estoy pensando en casarme ni en enamorarme de nadie.
—Pero el matrimonio sería dentro de tres años. Para entonces tendrás diecisiete.
—Sigue sin importar.
—¡Claro que importa! Tenemos tiempo para conocernos.
Lara frunció el ceño.
—No debiste involucrar a nuestras familias sin siquiera asegurarte de quién era yo.
Christopher apretó la mandíbula.
—Tú tampoco me dijiste tu nombre cuando te pregunte como te llamabas, Solo me diste tu apellido!
—¡Porque no sabía que estabas reuniendo información para pedir mi mano!
—Yo tampoco tenía en mente pedirte como esposa, fue mi padre quien improvisó todo esto, además, sabía que tenías una hermana pelirroja prácticamente idéntica a ti.
—¿Y ahora resulta que es culpa mía?
—No he dicho eso.
—Lo acabas de insinuar.
Christopher se pasó una mano por el cabello, frustrado.
—Está bien. Lo siento. No quería discutir contigo.
—Pues eso estamos haciendo.
—Porque estoy intentando arreglarlo.
—Yo no quiero que lo arregles.
Christopher quedó callado. Entonces metió una mano en el bolsillo.
—Al menos mira esto.
Abrió la palma. Un anillo brilló bajo la luz de la luna. Lara abrió mucho los ojos.
—¿Qué haces?
—Lo traje para ti.
—Christopher...
—Sé que todo salió mal. Sé que debí averiguar mejor quién eras antes de hablar con mi padre, pero cuando te vi... —vaciló—. Quería volver a encontrarte. Y cuando me dijeron que eras una Williams, pensé que por fin lo había conseguido. Lara negó lentamente con la cabeza.
—No puedo aceptarlo.
—Lara, por favor. Todavía podemos hablar con nuestros padres. Decirles que hubo un malentendido.
—No quiero casarme contigo.
La frase terminó de romper la esperanza que quedaba en su rostro. Christopher cerró los dedos alrededor del anillo.
—¿Qué tengo de malo?
—Nada.
—Entonces no lo entiendo.
—Porque no hay nada que entender. No quiero casarme.
—Soy de Excelso. Puedo ofrecerte una buena vida.
Lara arqueó una ceja.
—¿Y creíste que eso haría que quisiera casarme contigo?
—No quise decirlo así.
—Pues sonó exactamente así.
Christopher exhaló con frustración.
—Solo intento decirte que podría hacerte feliz.
—Mi hermana tampoco quiere casarse contigo. — Él se quedó quieto. Lara bajó la voz. —Ellie está aceptando este compromiso porque nuestro padre no le está dando otra opción. Pero eso no significa que yo vaya a ocupar su lugar.
El orgullo herido apareció entonces en el rostro de Christopher.
—Bien.
Guardó el anillo.
—Entonces me casaré con tu hermana.
Lara cruzó los brazos.
—Ese parece ser el plan.
—Y le daré una vida tan extraordinaria que algún día lamentarás haberme rechazado.
Lara lo miró durante un segundo. Después tuvo que contener una sonrisa. No de crueldad, sino porque la amenaza le había parecido absurdamente infantil.
—Buenas noches, Christopher.
—Buenas noches.
Él dio media vuelta y se marchó. Lara negó con la cabeza.
—Hombres...
***
Emprendió el camino de regreso. Había esperado encontrar la casa dormida.
No fue así. En cuanto entró en su habitación, encontró a Ellie sentada en la cama con lágrimas en las mejillas. Lara se detuvo.
—Hermanita...
Entonces escuchó la voz de su padre.
—¿Dónde estabas?
Richard estaba sentado en una silla, aguardándola. Lara palideció.
—Papá...
Él se puso de pie.
—Te hice una pregunta.
—Yo...
—Volviste a escaparte.
Lara bajó la mirada.
—Lo siento.
Richard caminó hacia ella. Ellie se levantó inmediatamente.
—Papá, por favor...
—No te metas.
—Pero ella—
—Ellie.
El tono bastó para hacerla callar. Richard tomó el cinturón.
—Sal de la habitación.
Ellie negó con la cabeza, aterrada.
—Por favor, no la castigues así.
—Sal, si no quieres recibir el mismo castigo.
Ellie permaneció inmóvil. Lara la miró.
—Vete, hermanita.
—Lara...
—Está bien. Vete.
No estaba bien, ambas lo sabían. Ellie salió de la habitación y cerró la puerta. Apenas estuvo del otro lado, se dejó caer contra la madera y se cubrió los oídos.
No consiguió dejar de escuchar, Las lágrimas comenzaron a caer.
***
Christopher caminó sin rumbo por las calles de Imisy.
La rabia que había sentido frente a Lara se había convertido en otra cosa. Vergüenza, frustración, tristeza... ni siquiera sabía cómo llamarlo.
Solo sabía que quería desaparecer.
—¿Christopher?
Se detuvo.
Daniel estaba a pocos metros.
—¿Qué haces aquí?
Christopher se limpió rápidamente el rostro.
—Nada., que haces tu aquí?—horas extras, uno de los empleados esta bastante enfermo y me ha tocado doblarme un poco
Daniel lo observó.
—Estás llorando.
—Quiero estar solo.
Daniel guardó silencio. Christopher agradeció que no insistiera.
—¿Quieres ir a Gehena?
Lo miró.
—¿Para qué?
Daniel se encogió de hombros.
—Para estar solo.
Aquella respuesta consiguió arrancarle una risa amarga.
—Vamos.
Cuando llegaron a la cabaña, Christopher no dio explicaciones. Se quitó la ropa hasta quedar en ropa interior y se lanzó al lago. Daniel lo dejó, entró en la cabaña, preparó té y regresó unos minutos después.
Christopher estaba golpeando el agua con los puños.
—¿Estás bien?
—¡No! —gritó—. ¡No estoy bien! ¡Malditas mujeres! ¡Maldita sea mi vida! ¿Por qué siempre me pasan estas cosas?
Daniel esperó a que terminara.
—¿Quieres hablar de ello?
—¡No!
—Está bien.
Christopher salió del agua y se quedó cerca de la orilla, respirando con dificultad.
Daniel le ofreció una taza.
—Toma. Te ayudará a entrar en calor.
Christopher la miró y, todavía dominado por la rabia, apartó su mano de un golpe.
La taza cayó haciéndose pedazos. Ambos miraron la porcelana rota. Daniel levantó lentamente los ojos, Christopher supo que se había excedido. Pero estaba demasiado alterado para disculparse.
—No quiero nada.
—Bien.
Daniel se agachó para recoger los fragmentos.
—¡Y escucha otra cosa!
Daniel se detuvo. Christopher señaló hacia él.
—Si vamos a ser amigos, necesitamos reglas.
Daniel frunció el ceño.
—¿Reglas?
—Sí. Regla número uno: ninguno se mete en la vida personal del otro. Nada de preguntas sobre cosas que el otro no quiera contar.
Daniel permaneció en silencio unos segundos. La idea, en realidad, no le desagradaba.
—De acuerdo.
Christopher pareció sorprendido.
—¿Así de fácil?
—Sí.
—¿No vas a preguntar por qué?
Daniel levantó una ceja.
—¿No acabas de prohibírmelo?
Christopher abrió la boca, luego la cerró.
—Buen punto.
Daniel recogió el último trozo de porcelana.
—Cuando termines de ahogarte en tu tragedia, hay toallas dentro.
Regresó a la cabaña. Christopher permaneció en el lago, solo, tal como había pedido. El problema fue que, unos minutos después, empezó a hacer frío, Mucho frío. Cuando finalmente entró en la cabaña, estaba empapado y temblando, Daniel levantó la vista.
No dijo te lo advertí, simplemente le entregó una toalla, luego puso otra taza de té sobre la mesa.
—Voy a buscarte ropa seca.
Christopher se sentó, esta vez aceptó el té. Minutos despuesta tenia un conjunto deportivo doblado sobre la mesa—Puedes cambiarte en el baño. Si quieres quedarte esta noche, puedes dormir en el cuarto de Robert.
Christopher tomó la ropa.
—Gracias.
—De nada.
No hablaron más. y, extrañamente, Christopher agradeció aquel silencio más que cualquier consejo que Daniel hubiera podido darle.
***
A la mañana siguiente despertó con el aroma del desayuno. Daniel ya estaba en la cocina.
—¿Siempre madrugas tanto? —preguntó Christopher.
—Sí.
—¿Por qué?
Daniel lo miró. Christopher levantó las manos inmediatamente.
—Espera. ¿Eso cuenta como pregunta personal?
—No lo sé.