7 El malentendido
A la mañana siguiente, Daniel se levantó con el cansancio todavía adherido al cuerpo y desayunó en silencio junto a Ryan.
—¿Cómo te fue anoche? —preguntó este sin apartar la vista de su taza.
Daniel dejó escapar un suspiro.
—Bien... creo.
—¿Puso su moneda?
—Sí.
Ryan levantó ligeramente las cejas.
—Eso es un buen indicio.
—Supongo.
La respuesta careció del entusiasmo que debería haberla acompañado. Daniel permaneció mirando por la ventana, distraído.
—¿Le explicaste todo antes de hacerlo?
—Absolutamente todo.
—¿Y lograste controlarte?
Una sonrisa avergonzada apareció en sus labios.
—Sí. Me fue mucho mejor que la primera vez. Al menos esta vez no quedé como un completo idiota.
Ryan soltó una breve carcajada y continuó desayunando.
***
Esa noche, Daniel se fue a dormir, en cuanto cayo profundo, regresó a la Sala del Destino. Encontró la caja exactamente como la habían dejado. Introdujo su moneda en la abertura y permaneció allí, esperando, pero Ellie no llegó.
Daniel recorrió los pasillos durante un rato, regresó a la caja, se sentó cerca de ella y esperó un poco más.
El silencio de aquel lugar, que la noche anterior le había parecido misterioso, comenzó a resultarle insoportable.
“Quizá solo está tardando.” Las horas transcurrieron, Nada, Permaneció allí hasta el último momento posible y, cuando comprendió que ella no aparecería, se puso de pie. “Supongo que tomó una decisión.”
Regresó al portal.
La noche siguiente hizo lo mismo y la siguiente. Cada vez que regresaba descubría que la moneda que había depositado la noche anterior ya no estaba. Después de observarlo durante varios días, terminó comprendiendo la lógica de la caja.
“Si no ponemos las dos monedas esa misma noche, no cuenta.”
Aun así, siguió colocando la suya, pero Ellie no volvió.
Con el paso de los días, la rutina de Daniel terminó restableciéndose. Regresó a sus labores en Gehena, a sus entrenamientos y a las horas tranquilas en la cabaña. La herida de su mano cicatrizó hasta convertirse en una marca apenas visible.
La otra no. Por más que intentara convencerse de que aquella muchacha había tomado una decisión y él debía respetarla, seguía pensando en ella.
Ellie también pensaba en él, Más de lo que quería admitir. Precisamente por eso no había vuelto.
Desde que despertó aquella primera mañana, una parte de ella había deseado regresar a la Sala del Destino.
Quería saber si Daniel estaría esperándola.
Quería hablar con él otra vez. Preguntarle cosas que no había tenido oportunidad de preguntar y descubrir por qué una conversación con un desconocido había conseguido instalarse de aquella manera en su cabeza, Pero cada vez que pensaba en regresar, recordaba el anillo, El compromiso, Y a su padre.
No podía permitirse alimentar algo que, tarde o temprano, tendría que abandonar.
Así que dejó de volver.
***
Una mañana, mientras dormía profundamente, Lara irrumpió en la habitación.
—¡Hermanita, despierta!
Ellie abrió los ojos con dificultad.
—¿Qué...? ¿Qué sucede?
—Tu prometido viene a verte.
El sueño desapareció de golpe.
—¿Qué?
—Papá dijo que te pongas bonita. ¡Ya!
Ellie palideció.
—S-sí...
Se levantó casi por inercia y se preparó.
Después de bañarse, escogió un vestido beige que le llegaba hasta media pierna.
Frente al espejo, acomodó su cabello y observó su propio reflejo, las manos le temblaban.
“Espero que sea una buena persona.” Tragó saliva. “No debería estar pensando en Daniel.”
—Ellie.
La voz de Richard la sobresaltó.
—Ya llegó. Compórtate. ¿Traes el anillo?
Ellie cerró los dedos alrededor de su mano.
—Sí, señor.
Bajó y se sentó en el sofá, con la espalda demasiado recta y las manos entrelazadas sobre el regazo. Unos instantes después llamaron a la puerta. Richard fue a abrir.
—Buenos días. ¿Usted es el señor Williams?
—Así es. Supongo que eres el joven Miller.
—Sí, señor.
—Bienvenido. Puedes pasar.
—Con permiso.
Richard se hizo a un lado.
—Mi hija está en la sala. Ve a saludarla.
—Gracias.
Ellie escuchó los pasos aproximarse. Entonces apareció él. Era un joven apuesto, de aspecto cuidado y modales elegantes. Llevaba un hermoso ramo de flores y una sonrisa que, al verla, desapareció por completo. Christopher se quedó inmóvil, Ellie se puso de pie.
—Es un placer conocerte. Soy Ellie Williams.
Él no respondió de inmediato. La observó fijamente. “Ella no es.” Sintió que el estómago se le hundía. “Aunque se parece… ella no es la chica que vi.”
—¿Christopher? —intervino Richard.
El joven reaccionó.
—Ah... sí. Claro.
Se acercó a Ellie y la saludó con un beso en la mejilla.
—El gusto es mío. Christopher Miller.
Ellie percibió de inmediato su gesto de decepción. “Algo ocurre.”
En ese momento, unos pasos resonaron en la escalera. Lara apareció desde el piso superior.
Christopher levantó la mirada. se quedó sin aliento. Era ella. Lara también se detuvo al reconocerlo. Durante un instante ninguno dijo nada.
—Hola —consiguió decir Christopher.
—Hola... —Lara descendió los últimos escalones—. Soy Lara. La hermana de Ellie.
“Lara.” Christopher sintió deseos de desaparecer. “Son hermanas.” Y entonces comprendió el error. El apellido Williams. Había pedido la mano de la hermana equivocada. Anna apareció desde el pasillo antes de que pudiera recuperarse.
—Qué flores tan bonitas!
Christopher bajó la mirada hacia el ramo que todavía llevaba entre las manos.
—Ah... sí.
Se volvió hacia Ellie y se las extendió.
—Gracias. Son muy lindas.
Ellie recibió las flores con una sonrisa educada y se retiró para ponerlas en agua.
Christopher aprovechó esos segundos para mirar nuevamente a Lara. Ella también lo observaba. “Fue a mí a quien vio aquel día” comprendió Lara y el estómago se le revolvió. “La propuesta era para mí” decidió agachar la mirada
***
Poco después, todos se reunieron en el comedor. Christopher hizo cuanto pudo por comportarse con normalidad, aunque su atención regresaba una y otra vez hacia Lara.
—¿Y a qué te dedicas? —preguntó Richard.
—Estudio Administración de Empresas. Mi padre quiere que algún día me haga cargo del patrimonio familiar.
—Entonces ya estás en la universidad.
—Sí. Aplazaron mis exámenes y pude sacar algunos días para venir a Imisy. —Christopher hizo una pausa—. También quería conocer a mi prometida.
Su mirada se desvió involuntariamente hacia Lara. Ella bajó los ojos, Ellie lo notó.
—Disculpa... ¿cómo supiste de mí?
Christopher carraspeó.
—Vi a una joven en la calle hace algún tiempo.
Me pareció... muy hermosa. Pregunté por ella y alguien me dijo que su apellido era Williams. Mi padre llevaba meses insistiendo en que debía comprometerme, así que cuando le dije que había alguien que me interesaba, se encargó de hacer la propuesta.
—Respiró hondo—. Supongo que todo ocurrió demasiado rápido.
Comento con una risita nerviosa.Richard lo estudió unos segundos.
—Hay algo que siempre he querido preguntar.
—Dígame.
—¿Por qué tu padre solicitó que el matrimonio se celebrara dentro de tres años?
Christopher miró a Lara.
—Porque quería esperar a que mi prometida tuviera la edad suficiente para casarse.
Lara contuvo la respiración, aquello terminaba de confirmarlo. La propuesta había sido para ella. Christopher apartó la mirada antes de que alguien reparara demasiado en el gesto.
—Aunque también coincide con el final de mis estudios. Dentro de tres años debería haber terminado la universidad y estar en condiciones de independizarme.
—Eres bastante organizado —comentó Anna.
Christopher sonrió ligeramente.
—Lo intento. No quiero defraudar a mi familia. Mi padre tiene muchas expectativas puestas en mí y procuro cumplirlas, aunque... no siempre lo consigo. Puede ser bastante estricto. La confesión produjo un breve silencio, Ellie conocía demasiado bien el peso de aquellas palabras.
—Estoy segura de que haces lo mejor que puedes. Dijo Ellie
Christopher levantó la mirada hacia ella. Lara asintió.
—Sí. Nadie puede exigirte más que eso. Complemento Lara
Él sonrió, esta vez con sinceridad.
—Gracias.
La conversación continuó y, aunque Christopher hizo un esfuerzo por atender a todos, sus ojos traicionaron su interés en más de una ocasión. Lara procuró ignorarlo, pero cada vez que sus miradas se cruzaban sentía crecer la incomodidad.
Cuando llegó el momento de marcharse, Christopher se levantó.
—Muchas gracias por recibirme. Ha sido un placer conocerlos.
—Eres bienvenido cuando quieras —respondió Richard.
—Gracias, señor.
Christopher dio unos pasos hacia la puerta y, de pronto, se palpó los bolsillos, se detuvo. Era la oportunidad que necesitaba.
—Creo que olvidé mis llaves.
—Puedo buscarlas —se ofreció Ellie.
—No, no te preocupes. Deben estar cerca del comedor. Iré yo.
—Te acompaño.
Christopher tuvo que improvisar.
—¿Podrías revisar debajo de la mesa? Tal vez se me cayeron allí.
—Claro.
Mientras Ellie entraba al comedor, Christopher retrocedió por el pasillo. Lara acababa de cruzarlo.
—Lara.
Ella se volvió sobresaltada. Christopher se acercó y bajó la voz.
—Necesito hablar contigo.
—¿Ahora?
—No. Aquí no.
Lara miró hacia la entrada.
—Entonces ¿cuándo?
—Esta noche. A medianoche. En el mismo lugar donde nos vimos aquella vez.
Ella vaciló.
—Christopher...
—Por favor. Es importante.
Lara sostuvo su mirada durante unos segundos.
—Está bien.
Christopher asintió y regresó rápidamente hacia la entrada. Metió la mano en el bolsillo y sacó las llaves que había llevado consigo todo el tiempo.
—¡Aquí estaban!
Ellie salió del comedor.
—¿Las encontraste?
—Sí. Debí guardarlas en otro bolsillo.
—Qué bien.
Christopher se despidió con más prisa de la necesaria y salió. Richard cerró la puerta.
—Ese será tu esposo.
Ellie miró el ramo de flores.
—Sí, señor.
Subió a su habitación. Lara estaba sentada sobre la cama, perdida en sus pensamientos.
—¿Estás bien?
—¿Eh?
—Has estado extraña desde que llegó Christopher.
—Estoy bien.
Ellie se sentó junto a ella.
—¿Segura?
Lara asintió.
—¿Y tú? ¿Qué te pareció?
Ellie bajó la mirada.