4 La Joven del cabello de bronce #2
El pequeño apenas necesitó escucharlo. Se aferró a él y, en cuanto Daniel consiguió levantarlo, el niño se tiró encima con brazos y piernas rodeándolo inmediatamente.
—Eso es. No me sueltes.-Dijo Daniel con una sonrisa de tranquilidad tras ver al infante a salvo.
Descendieron del tercer piso donde un tumulto de personas se había formado por la escena.
—Y... llegamos.- Tras esto depositó al niño en el suelo.
El niño corrió inmediatamente hacia la pelirroja que se había abierto paso entre todas las personas.
Ella cayó de rodillas y lo estrechó contra su pecho.
—¡Jimmy! que alegría que te encuentres bien.
Daniel sonrió mientras observaba el tierno reencuentro que parecía ser entre familia.
Entonces ella levantó la mirada encontrándose con la del rubio joven.
Daniel se quedó patidifuso. No sabría describir exactamente la sensación que recorría su cuerpo.
Quizá fueron los suaves y tiernos ojos azules todavía empañados por las lágrimas.
O quizá las pecas que poblaban con gracia su nariz esbelta y el inicio de sus pómulos, tal vez fue aquel cabello cobrizo largo y ondulado, que bajo la luz parecía encenderse con reflejos dorados.
Quizá fueron los delgados labios color durazno o las arqueadas y delgadas cejas que anunciaban su mirada inocente o quizá sería el conjunto de todo aquello mezclado que cautivó de ipso facto el corazón de Daniel.
Era simple y llanamente hermosa, pero no era solamente eso,
durante un instante tuvo el presentimiento de que era una chica que no sólo evocaba un mero deseo de conocerla sino que más bien resultaba en casi que un deber hacerlo.
Creía que si dejaba pasar este momento quizá nunca la volvería a ver y mientras se preparaba para sacar resolución de sus adentros e iniciar una conversación la muchacha se puso de pie sin apartar completamente la mirada de él.
—Muchas Gracias, ehhh… ¿Cómo debería llamarte?.
Daniel tardó un poco en responder y cuando el silencio estaba por dar paso a la incomodidad, por fin el muchacho respondió.
—Ehh... no fue nada, mi nombre es Daniel.—Mi nombre es Ellie Williams y este pequeño es Jimmy.
Ella esbozó una lenta sonrisa mientras inclinaba levemente la cabeza a su derecha, tal gesto hizo que Daniel sintiera un vacío en su estómago, siendo esta la primera vez que sentía algo similar. El joven desvió la vista hacia el pequeño Jimmy en un reflejo involuntario.
—S-solo procura no perder de vista a tu hijo otra vez.
La muchacha parpadeó atónita ante lo ridículo del comentario.
—Agradezco mucho lo que acabas de hacer, pero te pediría que midieras tus insultos, prácticamente me estás llamando vieja. -Respondió la muchacha jocosamente.
Daniel, perplejo por lo que acababa de escuchar regresó inmediatamente la mirada hacia ella.
—Ah, p-pe-perdón, no era mi intención ofenderla ni mucho menos —Decía claramente nervioso y acelerado lo cual dificultaba su entendimiento — p-po-por supuesto que eres demasiado joven para tener un hijo tan grande y además… Se detuvo. “No sigas hablando” pensó. —Lo siento, fui bastante imprudente.
Ella soltó una risita burlona.
—Tranquilo, no pasa nada, pero ¿podría hacerte una pregunta, Daniel?
—Por supuesto, ¿qué ocurre?.
—¿Cómo te moviste tan rápido desde mi lado hasta donde el balcón donde estaba Jimmy? Esa no es la velocidad de alguien normal, ¿acaso tienes algún tipo de adiestramiento militar?
Daniel que ya estaba nervioso al hablar con la atractiva mujer entró en pánico ya que no podía revelar su procedencia de Gehena pero al mismo tiempo tenía una necesidad que no sabia de donde nacía: impresionar a la chica, por lo cual el hacerle saber que había pisado Gehena claramente dejaría una impresión en ella.
—No diría que un adiestramiento militar pero sí te puedo contar que soy quien reparte la mensajería en Gehena, por lo cual debo ser lo suficientemente fuerte y rápido si quiero sobrevivir allí.
Los ojos de ella se iluminaron con asombro.
—¡Debe ser increíble conocer más que una ciudad!.
Daniel la observó. Era una reacción más afable e interesada de lo que esperaba.
—Depende de lo que entiendas por increíble. Y así Daniel decidió que ya había soportado suficientes emociones para una sola mañana.
—Lamento que sea tan pronto pero he de irme, tengo deberes que me esperan.
—Claro, por supuesto, lamento tomar mucho de tu tiempo, de verdad gracias de nuevo por salvar a mi hermano. La próxima vez que te vea déjame recompensarte apropiadamente por este tremendo gesto.
—Está bien, así será. Hasta una próxima ocasión.
Daniel se alejó antes de decir alguna otra estupidez y solo cuando había recorrido una distancia considerable se permitió respirar profundamente.
“¿Qué demonios me pasa?” era lo que pasaba por su mente.
***
Esa misma tarde Daniel fue a parar en la biblioteca, no porque tuviera algo específico que buscar, sino porque durante toda su vida los libros habían sido el lugar al que acudía cuando no comprendía algo del todo.
Y definitivamente la situación que acababa de pasar no era comprensible en lo absoluto.
Intentó leer un libro que tenía empezado de antes pero su concentración duró apenas cuatro páginas.
Cerró el libro e inmediatamente los ojos azules y el cabello rojo regresaron a su memoria tan vívidamente que era como tener una fotografía de aquella mujer en su cabeza.
Después de unos minutos de absoluta negligencia académica, se levantó y comenzó a recorrer los estantes hasta detenerse frente a una sección dedicada a biología y genética y sacó un ejemplar de las estanterías que leyó durante varios minutos, resultaba que el cabello rojo era un rasgo poco frecuente, relacionado con determinadas variaciones genéticas y generalmente acompañado de piel clara y pecas o al menos esto era lo que decía el texto que sostenía entre sus manos.
Daniel pasó la página continuando su lectura.
“Estoy investigando por qué una chica tiene el cabello rojo.” Cerró el volumen lentamente.
—Esto es simplemente ridículo...
Miró el reloj y sus ojos se abrieron de par en par ante una realización inevitable, se estaba haciendo tarde para volver a la mensajería de Ryan.
—¡Demonios! -vociferó Daniel mientras se precipitaba a regresar.
Cuando Daniel regresó a la empresa, Ryan ya se encontraba allí.
—Hola, perdón el retraso.
—Hola, hijo mío. ¿Qué tal el día?
Daniel dejó escapar una risa que dejaba entrever sus sentimientos incomprendidos por sí mismo.
—Han pasado un par de cosas fuera de lo común el día de hoy.
—Menos conversación y más trabajo —intervino Lyam—. Llegó el cargamento.
Daniel lo miró irritadamente.
—Seguro que también yo me alegro de verte, Lyam.
Ryan hizo un ademán con la cabeza, resignado ante la situación que era cotidiana para él, y regresó a revisar el inventario mientras Daniel se colocaba el delantal para empezar con sus labores.
Aun en medio del trabajo cada cierto tiempo una imagen cobriza se colaba entre sus pensamientos y cuando finalmente terminó, se sacudió ambas manos.
—Ya está, phew.
—Posiblemente te ocupe mañana— Mencionó Ryan antes de que Daniel regrese a Gehena
—Claro, no hay problema, padre, haré unas compras que debí hacer antes y regresaré a casa por el día de hoy.
Ryan asintió con la cabeza en gesto de agradecimiento mientras Lyam seguía en el mostrador ordenando unas estampillas sin darle importancia a la conversación entre Daniel y Ryan.
El rubio, antes de regresar a la cabaña, compró algunos víveres en el centro de la ciudad como estaba previsto hacer desde las horas de la mañana, regresando así a la cabaña con una sensación de extrañeza en él, siendo incapaz de no recordar esa pelirroja que le alteró su serenidad porque la que ahora era caracterizado.
Al siguiente día Daniel llegó a primera hora a la empresa de mensajería donde Lyam estaría de nuevo como el encargado mientras Daniel, no solo ordenaba las estanterías sino que también ayudaba a organizar los paquetes por los sectores a los cuales estaban destinados, haciendo más fácil así el trabajo para sus demás compañeros que iban a repartir dichos encargos.
Esta vez el día fue un poco más productivo que el anterior para Daniel, pudo concentrarse un poco más en su labor sin permitir que esos ojos azules y cabello cobrizo se atravesara tan frecuentemente.
Todo iba en orden y en paz hasta que la campanilla de la entrada resonó en el recinto.
—Buenas tardes, bienvenida a Ryan’s letters inc. —dijo Lyam—. ¿En qué puedo ayudarla?
—Hola, buenas tardes. Vengo en busca de un paquete dirigido a Richard Williams.—Si claro, ahora mismo lo busco para usted. -Respondió Lyam.
Daniel sintió que la voz era familiar, bastante familiar, esa dulce voz había marcado su tarde aquel día después de todo.
Giró lenta y paulatinamente. Se quedó boquiabierto ante la escena que veían sus ojos, no lo podía creer, quien estaba frente a él era nada más y nada menos que la belleza pelirroja que opacaba al crepúsculo mismo.
Ella también lo reconoció inmediatamente y se sonrojó levemente mientras que sus labios esbozaron una sonrisa.
—Hola de nuevo, Daniel.
Daniel sintió que toda la sangre se iba a su cabeza y los nervios vaciaron sus pensamientos.
—Hola… Ellie… -Dijo el chico claramente avergonzado.
Lyam miró de un lado al otro del pequeño intercambio, pero no comentó nada al respecto.
Buscó el paquete mientras Daniel permanecía inexplicablemente inmóvil.
La muchacha abrió su bolso para buscar el dinero del pago mientras Daniel recordó que todavía llevaba puesto el delantal.
“Vete.” pensó el chico presa de su nerviosismo.
—Yo ya terminé. Tengo que...