La Moneda Del Destino 4 La Joven del cabello de bronce
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4 La Joven del cabello de bronce

Aproximadamente una década habría pasado desde que Daniel empezó a educarse en Imisy, con Ryan con quien compaginó tanto que este terminaría viéndolo como un hijo adoptivo y este a medida que crecía y aprendía, también encontró en Ryan un padre que lo guiaba, habiendole enseñado no solo etiqueta, como leer y escribir e incluso historia sino también entregando valores y principios.

En cierto modo era parecido al vínculo que tuvo con Robb en algún momento, pero Robb nunca podría ser sustituido por nadie en el corazón del joven Daniel.

Al mismo tiempo Bruce más que un mentor se había convertido en un gran y cercano amigo, un compañero de armas incluso si se quería ver de esa manera, ya que su trabajo fue en cierto modo enseñarle a ser un guerrero en las hostilidades de Gehena.

A sus dieciséis años, próximo a cumplir diecisiete, Daniel era muy distinto del pequeño que había llegado a Imisy.

Había desarrollado una pasión genuina por los libros y una curiosidad difícil de satisfacer, llegada a tal punto que se obsesionó con pasar tiempo dentro de la biblioteca devorando todo el conocimiento que allí podría encontrar.

Debido a que Daniel no hacía parte del censo de la ciudad este no podía asistir a una escuela convencional y fue aquí en la biblioteca donde Ryan le enseñaba la mayor parte de las virtudes académicas.

Así mismo, la enorme biblioteca de la cabaña que antes pertenecía a Robert, ocupaba una pared completa y guardaba ahora muchos más volúmenes de los que había cuando era niño.

Una mañana que aparentaba ser como otra cualquiera en el bosque, la cascada en frente de la cabaña caía ruidosa y esplendorosa como de costumbre cuando Daniel emergió del lago haciendo un ademán para quitarse el cabello del rostro mientras alcanzaba una toalla que había dejado previamente en las rocas de la orilla.

Los años de entrenamiento y supervivencia en Gehena habían terminado de moldear su cuerpo, ahora moverse entre grietas, escalar estructuras y atravesar terrenos que para otros resultaban imposibles formaba parte de su vida cotidiana. Todavía era temprano.

—Podría aprovechar el día para hacer algunas compras después de ayudar al viejo Ryan...

Habiendo hablado esto en voz alta, se vistió y abandonó el bosque para emprender su incómodo viaje a la ciudad.

Conocía cada saliente, cada punto firme y cada lugar donde debía impulsarse en su trayecto.

Al llegar a Gehena, avanzó entre construcciones deterioradas, saltando de un techo a otro hasta alcanzar el acceso secreto que utilizaba para entrar en Imisy sin pasar por la entrada oficial.

Una vez del otro lado del muro, el paisaje cambió por completo como ya era habitual para él.

Daniel metió las manos en los bolsillos y caminó tranquilamente por las calles que ahora también le eran familiares mientras que algunas personas le saludaban ya que el joven al empezar a ayudar a Ryan con su trabajo de mensajería se había hecho con una reputación en Imisy.

Llegó a la empresa de mensajería Ryan’s letters inc.

y empujó la puerta cuando la campanilla anunció su entrada.

—¡Buenos días!.

—Ah... por fin dignas hacer acto de presencia.

Daniel reconoció inmediatamente la voz de Lyam, el hijo de Ryan, que se encontraba detrás del mostrador leyendo el periódico con expresión de quien tenía una molestia enfrente.

—Buenos días para ti también. -responde Daniel secamente.

—Mi padre salió a hacer unas entregas. Me dejó encargado.

—Mis condolencias para la tienda.

Lyam bajó lentamente el periódico y lo miró con desprecio ya que a pesar de los años la relación entre ambos nunca había sido sencilla.

Lyam toleraba su presencia porque su padre así se lo pedía y porque Daniel llevaba varios años ayudando en el negocio.

Aun así, nunca había ocultado del todo cuánto le molestaba aquella cercanía entre Daniel y su padre.

—Llegó mercancía nueva. Necesito que la organices. -Dijo displicentemente Lyam.

—Ah, quizá cuando aprendas a solicitar algo piense en ayudarte.

El periódico descendió otra vez.

—No hagas que me repita, alguien debe cuidar la recepción de la mensajería.

Daniel soltó una risa burlona y tomó uno de los delantales pues claramente sabía que debían dividirse las tareas y debía trabajar.

Después de trabajar durante un rato y habiendo terminado sus tareas Lyam le recordó que aquella tarde llegaría otro cargamento y que su padre probablemente necesitaría nuevamente su ayuda.

Daniel aceptó ayudar más tarde después de hacer sus compras.

Al atravesar el parque para empezar a comprar lo que necesitaba reconoció al heladero que muchos años atrás, le había regalado el primer helado de su vida y dirigiéndose a él aquel hombre también percibió su presencia.

—¡Daniel!

—Buenos días, Carl.

—¿Un helado?

—¿ No es demasiado temprano para eso?.

—Nunca es demasiado temprano para un helado. -Rieron ambos mientras Daniel se sentaba unos minutos en una banca cercana al lado de Carl.

Hablaron de trivialidades hasta que el hombre mencionó algo que hizo desaparecer poco a poco la sonrisa del joven.

—Ryan me contó de la universidad.

Daniel agachó la mirada.

—Ah… eso

—¿Qué ocurre? ¿No deberías estar feliz por ello?

—Hay problemas para expedir mis documentos, al parecer. -Se lamentó.

Ryan había intentado durante años encontrar una manera de proporcionarle una educación en instituciones formales, pero existían límites que ni siquiera él podía saltarse.

Daniel no tenía documentos que pudiera demostrar legalmente, la única certeza de que existía en Imisy es que podías verlo e interactuar con él en las calles. —¿Qué quieres estudiar jovencito?

—Arquitectura, siempre me interesaron los edificios que casi pueden tocar las nubes, fue mi sueño desde que los vi crear uno de esos.

—Entonces quita esa expresión triste, hombre que si te rindes a la primera no llegarás muy lejos. Ya se solucionará el tema de los documentos, ya verás. -Daniel sonrió ligeramente ante los ánimos que le daba el viejo conocido.

—Tienes razón. Lo seguiré intentando. Si me rindiera a la primera no seguiría acá de seguro. Gracias Carl. En ese momento una mujer pasó junto a ellos y los saludó con una alegría explosiva poco habitual.

—¡¡Buenos días!! pero si me encuentro al apuesto Daniel y al rutinario Carl.

—Buenos días, señora Chloe.-Respondió cortésmente Daniel a la transeúnte mientras la seguía con la mirada.

—Hay algo diferente en Chloe, ¿No crees, Carl?.

El heladero arqueó su ceja derecha y soltó una pequeña carcajada.

—Resulta que encontró a su pareja predestinada.

Daniel volvió el rostro lleno de sorpresa hacia Carl.

—¿De verdad?

—Tal parece que sí. Ella dice haber recibido una moneda del destino.

—Pensé que lo de las monedas era más una leyenda urbana que algo verdaderamente real.

Daniel había leído al respecto. Prácticamente todo el mundo conocía alguna historia de predestinación donde personas se despertaban un día y encontraban una extraña moneda en su mano, esta moneda era la moneda del destino que cuando aparecía hacía que el poseedor tuviese una especie de sueños compartidos con personas que tambien tenian sus propias monedas aunque las versiones varían tanto que Daniel nunca había sabido cuánto de esto era verdad y cuánto pertenecía a un cuento de hadas.

—¿Osea que también vio a los demás poseedores de monedas?

—No tengo idea de eso pero asevera que cuando tocó a este caballero vio un chispazo violeta.

Daniel siguió observando a la mujer que parecía genuinamente feliz para después levantarse.

—Bueno, tengo algunas compras que hacer. Nos vemos al rato, Carl.

—No te olvides del helado. -insistió el heladero.

—Claro, en la tarde después del trabajo, algo dulce después de una labor cumplida siempre será bienvenido.

Después de esto procedió a alejarse con esta conversación rondando sus pensamientos. Parejas predestinadas, monedas y sueños extraños. Quizá algún día buscaría un libro más serio y con más información sobre el tema.

***

Mientras Daniel recorría el parque escuchó un fuerte grito que lo alertó.

—¡AYUDA! ¡POR FAVOR! ¡ALGUIEN QUE LO AYUDE!

-Exclamó una mujer que estaría en el medio de su adolescencia, delgada y con curvas un poco voluptuosas, ojos azules sobre sus pecas y una cabellera de color cobrizo como el bronce que ondeaba sobre sus hombros hasta la mitad de su espalda.

Al escuchar el pedido de ayuda de la mujer, Daniel echó a correr por instinto en busca de quien pedía ayuda.

Varias personas miraban hacia un edificio cercano, pero nadie parecía saber qué hacer.

Daniel se había puesto ahora frente a la joven pelirroja que tenía un teléfono entre las manos.

—¡Sujétate, Jimmy! ¡No mires abajo! - Seguía gritando la mujer en medio de su angustia.

Al alzar la mirada Daniel se percató que un niño colgaba del balcón de un tercer piso, apenas conseguía mantenerse sujeto al borde con sus pequeñas manos y cortos dedos, mientras una de sus piernas se agitaba en el aire intentando encontrar algún apoyo para no caerse.

Daniel evaluó la fachada del edificio residencial. Tubería externa, cornisa y el balcón del segundo piso. La pregunta no era si podía o no hacerlo sino cómo hacerlo llamando el mínimo de atención posible.

—Tranquila, yo me encargo.Le dijo Daniel a la pelirroja que lloraba por la situación que pasaba el niño.

Ante su aseveración ella lo miró incrédula pero Daniel no esperó respuesta.

Corrió con decisión hacia el edificio entrando por una pequeña ventana que daba a un corredor que estaba al lado de las escaleras, subió por ellas con una velocidad increíble hasta llegar al balcón del tercer piso donde el niño colgaba desesperadamente.

—Ya no tienes que temer niño, todo estará bien.

Jimmy lloraba desconsoladamente.

—¡Ayuda! por favor, me voy a caer… -Gritaba el niño entre sollozos.

—Vamos, dame la mano y estarás a salvo.