3 El nuevo maestro
Casi a sus siete años, Daniel conoció Gehena por primera vez con la guía de Bruce en su entrenamiento ya que este había cumplido su promesa y se había convertido en su nuevo maestro: lo entrenaba, vigilaba que nadie se acercara a la cabaña y se aseguraba, a su manera, de que el niño continuara con vida.
No sustituyó a Robert ni intentó hacerlo.
Se limitó a enseñarle aquello que el anciano ya había comenzado, como desplazarse sin caer, reconocer las zonas inestables, cuándo saltar y cuándo detenerse, cómo reaccionar ante las criaturas que habitaban las grietas y, sobre todo, cómo sobrevivir.
Daniel aprendió rápido, a una velocidad vertiginosa.
Pasaron los meses y su cuerpo comenzó a acostumbrarse a un mundo que exigía movimiento constante.
Las tuberías se convirtieron en caminos; las ruinas, en escaleras; los tejados, en terreno de entrenamiento al igual que los árboles y criaturas débiles del bosque, y cada noche regresaba a la cabaña.
Donde ahora no había quién le esperara. Aun ahora decía «ya llegué» al abrir la puerta, saludando directamente un pequeño altar donde estaba una foto suya con el viejo Robb y un par de flores.
Después con el tiempo simplemente dejó de hacerlo, aunque ocasionalmente ofrecía una plegaria a su leal cuidador y primer maestro a quien nunca pudo olvidar en su vida a través de sus valiosas lecciones.
Robert había desaparecido, pero la casa seguía llena de él, sus herramientas, sus libros, la taza de porcelana que Daniel no permitía que nadie moviera y las fotografías que cubrían parte de una pared de su habitación.
Daniel aprendió a convivir con aquel silencio poco a poco, también aprendió a desobedecer, para bien y para mal, pues esto a veces le llevó a aciertos como a problemas.
Robert siempre le había prohibido atravesar el gran muro que separaba Gehena del territorio vecino aunque nunca le había explicado por qué y cuanto más mejoraba Daniel, más difícil le resultaba ignorar la pregunta hasta que una tarde, después de terminar su entrenamiento con Bruce, se quedó observando la enorme estructura gris que delimita la ciudad.
—¿Qué hay del otro lado? —Le había preguntado varias veces pero Bruce tampoco se lo decía.
Eso solo empeoraba las cosas—. Daniel se levantó y comenzó a recorrer el muro hasta alcanzar una zona prácticamente abandonada de Gehena.
Las viviendas allí estaban medio destruidas y el hollín cubría las paredes, no había casi nadie alrededor entonces encontró una vieja tubería que atravesaba el muro,
la abertura quedaba elevada sobre una de las grietas, pero para entonces Daniel había aprendido a moverse por lugares que meses atrás lo habrían aterrorizado, calculó la distancia, retrocedió, corrió y saltó, sus dedos alcanzaron el borde quedando durante un instante colgado.
—Vamos...vamos…
Se impulsó hasta conseguir subir, la tubería estaba seca y olía a metal oxidado. Daniel avanzó a oscuras, apartando latas, placas viejas y objetos abandonados.
—No hay nada...
Tropezó con una caja, el estruendo metálico resonó por todo el túnel a lo que Daniel se quedó quieto y entonces vio luz, un hilo estrecho descendía desde una pequeña compuerta situada sobre él.
Arrastró la caja, se subió encima y empujó, el brillo lo obligó a cerrar los ojos y cuando volvió a abrirlos, se quedó inmóvil, perplejo.
Al otro lado del muro existía otra ciudad. No se parecía a Gehena en lo más mínimo.
No había grietas atravesando las calles ni lava iluminando las profundidades, nadie necesitaba correr por los tejados para llegar a alguna parte, el suelo estaba pavimentado y los edificios se levantaban siguiendo líneas ordenadas.
Había árboles plantados junto a los caminos, bancos, jardines y personas caminando sin mirar constantemente dónde colocaban los pies.
Daniel salió de la tubería y se quedó observando una acera, posteriormente la pisó con desconfianza, luego dio varios pasos.
—¿no se hunde al caminar?…Aquello le pareció extraordinario.
Continuó avanzando cautelosamente, los habitantes llevaban ropas distintas, los niños corrían sin que ningún adulto les gritara que se alejaran de una grieta, los vehículos circulaban por caminos perfectamente trazados y, aunque había ruido, nada se parecía al rugido constante del volcán, los vientos silbantes, el abismo en Gehena y el sonido de la misma tierra moviéndose.
Pero no fueron los edificios ni los vehículos lo que terminó por desconcertarlo, fueron las personas.
Daniel volvió la cabeza al ver pasar a una mujer junto a él.
Después vio otra al otro lado de la calle y otra más saliendo de una tienda, acompañada por dos niños, ante esto frunció ligeramente el ceño.
En Gehena había mujeres, por supuesto, pero eran tan escasas que encontrarse con una ya resultaba poco habitual.
Los niños tampoco abundaban, allí, en cambio, parecían estar por todas partes, caminaban entre los hombres con naturalidad, conversaban, compraban, reían y ocupaban las calles como cualquier otra persona.
Daniel siguió observándolos mientras avanzaban, Imisy era más extraña de lo que había imaginado, Daniel no sabía todavía cuánto separaba a ambas ciudades, solo sabía que aquel nuevo lugar parecía más fácil, mientras caminaba, aun perplejo atravesó un parque y entonces vio a un niño sentado junto a un hombre; El padre desenvolvió un dulce y se lo entregó, el pequeño rió y el hombre le limpió algo de la mejilla.
Daniel dejó de caminar por un momento y vio otro rostro en sus recuerdos, estaba en una roca junto al lago y había un pastel de limón.
“—¿El otro año me darás otro?
—Por supuesto.”
Daniel bajó la mirada.
—Mentiroso… No lo dijo con rabia, más bien era nostalgia envuelta en tristeza, se sentó sobre el césped y arrancó una brizna de hierba, Robert había dicho que volvería, también había dicho que habría otro pastel pero Daniel sabía ahora que ninguna de las dos cosas ocurriría…
Se secó rápidamente los ojos cuando alguien pasó cerca y posó una mano en su delgado hombro y entonces se puso de pie.
Daniel levantó la mirada por sobre su mismo hombro analizando la morena y grande mano que se posaba en el mismo, sus ojos continuaron subiendo mientras se daba cuenta de a quién pertenecía.
Era Bruce quien se encontraba con el ceño fruncido, cara amenazante y una expresión de preocupación.
—Creí que fuí claro cuando te prohibí cruzar el muro.
—Lo siento Bruce, pero ¿por qué no querrías que conozca este lugar?
¡Es increíble!, hay comida por todos lados, montones de gente y además ¡mira!
puedo pisar sin temor alguno. —Daniel, los peligros aquí son diferentes de los de Gehenna, aquí los monstruos vienen con formas diferentes a los que conoces.
—Pe-
—Vamos Daniel, es hora de contarte un par de cosas de las 3 grandes ciudades. -Dijo Bruce mientras se dirige de regreso con Daniel a regañadientes.
***
De regreso en Gehenna sentados en el techo de unas ruinas que antaño habían sido varias casas individuales, Bruce irrumpió el silencio que hasta ahora había llenado el entorno de su viaje de regreso.
—Empezaremos discutiendo tus capacidades anormales.
“Varias semanas atrás en apenas una de las primeras visitas de Daniel al gran volcán Everan el pequeño había logrado escabullirse de la estricta vigilancia de Bruce, un poco cansado y buscando donde relajarse llegó a una gran y amplia habitación iluminada naturalmente por el magma del volcán con un monolito en el centro.
Allí el pequeño curioso decidió acercarse lentamente mientras se cercioraba que no tenía ningún perseguidor.
Hallándose solo en aquél lugar no pudo resistir la tentación de estirar su mano derecha y tocar el monolito carmesí pero no contaba con que su mano se quedaría adherida en aquel monumento imponente.
Estiró rápidamente su mano izquierda para ayudar a retirar su derecha pero solo consiguió quedarse imantado con ambas manos.
Allí, preso del miedo empezó a sentir como sus manos hormigueaban de manera incesante, sus rodillas empezaron a temblar y así, perdió la consciencia.
—¡Daniel! -Escuchó a lo lejos el pequeño- Daniel, despierta, porfavor.
Sus ojos empezaron a abrirse lentamente, despegando su pómulo del monolito empezaba a recordar el terror que sintió antes de perder el conocimiento cuando empezó a ver sangre brotando de la palma de sus manos, bajando mientras daba vueltas por todo su antebrazo y empezaba a gotear desde su codo.
Empezó a respirar nerviosa y entrecortadamente mientras escuchaba a Bruce decirle algo.
—¡Daniel, empuja con tus rodillas y separate con todo tu cuerpo si no quieres morir!
Sin entender completamente lo que había escuchado el cuerpo del chiquillo simplemente reaccionó, cayendo un par de metros lejos del monolito.
Aquello que había acabado de pasar era un ritual de los habitantes de Gehenna cuando empezaban a considerarse adultos de la sociedad, una vez hecho este ritual, Everan daba su bendición a través de una simple pero dolorosa prueba, entre más tiempo lograse el desafiante aguantar, más poder se transfiriría a su cuerpo, como si el volcán admitiese su valía.
Además se le otorgaría el derecho al vínculo Geheno.
Habiéndose despegado del imponente monolito y escuchando como si el volcán anunciara a su próximo y mejor campeón, Bruce quedó atónito ante la marca en el brazo del muchacho, pues nunca había visto algo tan siquiera parecido, era una marca jamás registrada que cambiaría el destino del pequeño por el resto de sus días”.
—Después del ritual del otro día no hay persona en las 3 ciudades que supere tu poder bruto, hemos entrenado para ayudarte a manejar y regular tus nuevas habilidades pero eso no significa que carezcas de adiestramiento, sigues sin ser intocable y aún se te dificulta no romper los objetos más delicados, sin mencionar tu tacto a las personas, allí en imisy y en Excelso las personas son mucho más frágiles que en Gehena y hay normas que protegen la integridad de los más débiles.
—Daniel escuchaba silenciosamente a su maestro.
-- Recuerda que cada una de las ciudades tiene sus propias bendiciones y maldiciones, nosotros no tenemos tanta riqueza pero tenemos más fuerza y por eso debemos medirnos.
Escucha pequeño, no solo puedo ser tu maestro, soy también el líder del pueblo de Gehena, además de padre y esposo y como tal no puedo dimitir de mis responsabilidades por más en deuda que me sienta contigo.
Haz cruzado ya el muro y una vez lo hiciste no hay nadie que detenga tu curiosidad, mañana te presentaré a quien te introducirá a la vida en Imisy junto con sus costumbres.
El pequeño cansado del largo día y comprendiendo que fue más un regaño que un halago solo asintió tranquilamente, mientras se dirigía a descansar para el día siguiente con Bruce.
***
Al otro día el dúo del hombre y el niño hicieron ahora preparativos para ingresar en la ciudad de Imisy, cambiaron sus atuendos y se limpiaron las cenizas de los cuerpos, pasando ahora desapercibidos por las calles de la gran ciudad.
En esta ocasión Bruce había requerido que Daniel le llevará de la mano, pues era una dinámica más natural en la ciudad andar de esta forma con los niños.
—¿Cómo es que hay tantas mujeres Bruce? -Preguntó el niño con clara estupefacción a todo lo que veía y no encontraba respuesta.
—Bueno, es cierto que las condiciones climáticas son muy favorables en este lugar, también aparecen monstruos de manera muy poco regular, casi podría decirse que no aparecen, lo que hace que sea un ambiente donde mueran menos frecuentemente cuando el hombre no está protegiendolas de manera constante.
—¿Y qué son esos símbolos extraños por todos lados?
—Se llama escritura, es una forma de comunicarse sin tener que hablar, solo observar e interpretar su significado.
—Wooooahh no sabía que algo como eso pudiese existir.
¿Me enseñarás a comprender? ¿Por qué los edificios son tan altos?
¿cómo puedo pisar sin miedo? y ¿por qué se visten tan ligeros?
—Demasiadas preguntas, Daniel. Hemos llegado.
Sobre sus cabezas aunque Daniel no podía comprender se podía leer “Seiren´s Bakery” y dentro estaba esperando un viejo conocido de Robert y Bruce con un traje negro azabache impoluto, anteojos redondos y cabello castaño corto, sus piernas cruzadas y una taza de café entre sus manos.
El caballero en cuestión era Ryan Brown.
—veo que no te tomó mucho tiempo llegar, tan puntual como siempre, querido Bruce.
-Señaló Ryan, quien mantenía una expresión apacible.
—Bueno, después de todo es un asunto urgente, pareciera que no pero con este pequeño que traigo al lado todo es urgente.
-Se quejó Bruce mientras una sonrisa se dibujaba en el rostro de Ryan.
—¿Y cuál sería tu nombre pequeño hombrecito?
— No soy pequeño, ya puedo pasear por todo Gehena yo solo y mi nombre es Daniel.
—¿Sin apellido? —Sin apellido. -Remarcó hoscamente Bruce.
—Está bien, mucho gusto en conocerte, Daniel, mi nombre es Ryan Brown, un viejo conocido de Bruce y de tu anterior cuidador Robert.
—¿¡Conocías a Robb!?—Así es, era más importante de lo que quizá puedas creer.Bruce exhaló mientras ponía su áspera mano sobre la cabeza del niño.
—Daniel, en los días por venir cada que pises tierra en Imisy deberás reportarte con Ryan, será él quien se encargue de mostrarte la ciudad, sus costumbres y de cierta forma de entrenarte en los hábitos de este lugar, aunque creo que aquí a eso le llaman educación en vez de entrenamiento.
Y así es como Daniel conoció a su tercer maestro, quien en los próximos años se encargaría de enseñarle todo aquello que Bruce no podría.