2 La ciudad desconocida #2
Robert avanzó siguiendo rutas que conocía de memoria.
Saltó sobre una separación estrecha, descendió por una estructura metálica y cruzó uno de los pasos seguros hasta alcanzar el enorme muro que separaba Gehena de Imisy.
Allí todo empezaba a cambiar abruptamente, el calor cedía, las calles adquirían formas regulares, hasta habían vehículos, comercios, edificios altos y extensas vías pavimentadas.
El ruido seguía siendo ensordecedor, aunque de una naturaleza completamente distinta: motores, maquinaria, bocinas y cientos de voces entremezcladas.
Imisy respiraba el corazón de la industria y las grandes corporaciones.
Había metal, humo y movimiento por todas partes, pero también pequeños parques y árboles cuidadosamente plantados entre las avenidas, como si la ciudad necesitara recordar que alguna vez había existido naturaleza bajo todo aquel concreto o quizás recordando que debía respirar.
Robert recorrió varias calles hasta detenerse frente a una pequeña tienda de correspondencia.
—Buenas tardes. -Dijo Robert entrando a la tienda.
El hombre detrás del mostrador lo reconoció enseguida.
—Robert, llegó otro paquete para ti.
—¿De Excelso?
—Como de costumbre.
Ryan desapareció unos segundos y regresó con una caja.
Robert la recibió con ambas manos.
—También necesito enviar esto de vuelta.
Sacó un sobre de la mochila.
En su interior había una fotografía reciente de Daniel y una carta hecha a mano.
Ryan comprobó el destinatario.
—¿El mismo lugar?
—Sí.
—Yo me encargo.
—Gracias, Ryan.
Robert salió del establecimiento antes de abrir el paquete.
Solo cuando encontró un lugar apartado se permitió levantar ligeramente la tapa.
Cuando vio en su interior, sin pensarlo, sonrió.
Había algunos dulces, materiales para Daniel, un sobre cuidadosamente protegido y una caja más pequeña.
No necesitó abrirla para saber qué contenía después de evaluar todo el contenido de la caja grande emprendió el camino de regreso, cuando por fin alcanzó el bosque, el aire fresco le produjo un alivio inmediato.
—¡Daniel! ¡Ya regresé!
Algo andaba mal, no hubo ninguna respuesta como solía pasar de costumbre, no vio tampoco una silueta pequeña corriendo a su encuentro.
Robert recorrió la cabaña en busca de su pequeño discípulo.
—¿Dani?
—¡Aquí!
La voz provenía de la parte trasera.
Encontró al niño frente a un árbol, contemplando una rama que quedaba bastante por encima de su cabeza. Daniel tomó impulso, corrió y apoyó un pie contra el tronco, sus dedos rozaron la rama para luego caer de espaldas sobre un montón de hojas.
—Buen intento —dijo Robert.
Daniel se incorporó, claramente molesto y con su cara completamente roja.
—Es muy alta.
—Inténtalo otra vez.
—Ya lo hice.
—Hazlo de otra manera, si intentas lo mismo una y otra vez es probable que tengas la misma respuesta una y otra vez.
El pequeño miró el árbol. Después retrocedió unos pasos más.
—¿Y si corro desde aquí?
—Veamos que sucede.
Daniel tomó impulso. Esta vez llegó con mayor velocidad, apoyó el pie contra el tronco y se elevó lo suficiente para cerrar ambas manos alrededor de la rama.
—¡Robert, mira!
El anciano sonrió.
—Ahora sube.
La felicidad desapareció inmediatamente del rostro del niño.
—¿También tengo que subir?
—No puedes pasar el resto de tu vida colgado de una rama.
Daniel dudó por un breve instante pero después intentó impulsarse, aunque fallando estrepitosamente en el proceso. Volvió a intentarlo hasta que terminó en el suelo.
—¡Esto es aún más difícil que antes!
Robert se acercó y le tendió una mano amablemente.
—Cada vez que superes una prueba aparecerá otra y cuando superes esta nueva vendrá una más compleja que las dos anteriores.
Daniel aceptó su ayuda.
—¡Eso no es justo, entonces nunca llegaré a la prueba final!.
—Nunca dije que fuera justo.
—¿Entonces para qué sirve ganar?
Robert pensó un instante.
—Para descubrir que puedes enfrentarte a la siguiente, cuando respondes una pregunta adquieres la habilidad de preguntar una nueva.
Daniel no parecía demasiado convencido, pero tampoco discutió.
Robert le dio una palmada en la espalda.
—Ven, tengo algo para ti.
Caminaron hasta el lago y se sentaron sobre una de las grandes rocas junto al agua. Robert abrió el paquete que había traído de Imisy, extrayendo con cuidado una caja pequeña.
—Feliz cumpleaños número 5, Dani.
El niño abrió mucho los ojos de par en par, atónito.
—¿Qué es?
—Un regalo.
Dentro había un pequeño pastel cubierto con crema de un suave tono verdoso y decorado con finas rodajas de limón, Daniel se inclinó para olerlo.
—Huele raro.
Robert rió, despreocupadamente.
—Es limón.
—¿Y se come?
—Esa suele ser la intención de los pasteles.
—Nunca había visto uno así.
—Entonces pruébalo, las primeras veces no se repiten, así que asegúrate de disfrutarlo.
Daniel esperó impaciente mientras Robert cortaba una porción. Apenas la recibió, con sus dos manos se llevó un pedazo demasiado grande a la boca. Sus ojos se iluminaron.
—¡Está muy rico!
Robert lo contempló en silencio.
—Lo hizo alguien muy especial para ti.
Daniel apenas pareció escucharlo, ya estaba intentando conseguir otro pedazo.
Robert tomó la cámara que había llevado consigo y un destello súbito iluminó el rostro de Daniel haciéndolo parpadear.
—¡Robb!
El anciano rió y tomó otra fotografía, cuando el niño volvió a atacar la nueva rebanada de pastel ahora con crema en una mejilla y una expresión de felicidad absoluta.
Más tarde, mientras Daniel jugaba junto al agua, Robert abrió el sobre que había llegado dentro del paquete, cuando la ojeó reconoció la letra antes de desplegar la hoja. La carta decía lo siguiente:
Hola, Robert:
Espero que estés bien. Quería pedirte que le entregaras este pastel a mi hijo, lo hice yo misma.
Hoy es su cumpleaños número cinco y no sabes cuánto me duele que llegue esta fecha y no poder estar a su lado.
A veces intento imaginar cuánto habrá crecido desde la última fotografía.
Me pregunto qué cosas le gustan, qué lo hace reír, si sigue teniendo esa misma mirada que tenía cuando era un bebé y lo sostuve en brazos.
Por favor, hazme saber que se encuentra bien.
Te envío también algo de dinero, úsalo para lo que necesites.
Si requieres de más cantidad, escríbeme.
Gracias infinitas por cuidarlo como hiciste conmigo.
Y gracias por permitirme verlo crecer, aunque sea de esta manera.
Jenny Johnson.
Robert bajó lentamente la carta.
A unos metros, Daniel perseguía una mariposa entre las flores.
Guardó una de las fotografías recién tomadas dentro del sobre que enviaría a Excelso. La otra se la llevó consigo a la cabaña y la colocó junto a cuatro retratos anteriores, lo cual sumaba ahora cinco momentos detenidos en el tiempo.
—Van cinco... —murmuró.
Después guardó la carta de Jenny dentro del pequeño cofre junto a las anteriores y cerró la tapa.
Daniel apareció a su lado.
—¿El otro año habrá otro pastel?
Robert bajó la mirada.
—¿No acabas de comerte casi uno entero?
—Pero el otro año voy a tener seis.
—Eso espero.
—Entonces necesito uno más grande.
Robert sonrió.
—Veré qué puedo hacer.
***
Durante los días siguientes, Robert apenas salió de la cabaña.
Su deterioro debido al paso de los años, que hasta entonces había logrado ocultar con cierta facilidad, comenzó a hacerse evidente incluso para Daniel.
Algunas mañanas tardaba demasiado en levantarse, otras tenía que detenerse a recuperar el aliento después de actividades que antes realizaba sin dificultad.
Esa mañana Daniel estaba observandolo.
—¿Te duele algo?
—No,solo estoy cansado, es todo.
—Puedes dormir un poco, Robb.
—Excelente consejo. Sin embargo, descansar había dejado de ser suficiente.
Robert aún tenía pendiente enviar la última fotografía y responder la carta de Jenny. Esa misma mañana aunque más tarde guardó ambas cosas en la mochila y se preparó para salir. Daniel apareció detrás de él.
—¿Vas a Imisy?
—Sí, tengo algo que hacer el día de hoy también en la ciudad.
—Voy contigo, voy contigo.
—Hoy no, lo siento Dani.
—Pero...
Robert se agachó frente a él.
—Escúchame. Quédate en el bosque y no te acerques a las grietas. Volveré pronto, como de costumbre.
Daniel frunció el ceño.
—Siempre dices eso.
—Porque siempre vuelvo.
Aquello pareció tranquilizarlo. Robert le acomodó el cabello.
—Sé fuerte, pequeño.
Después se marchó. Daniel pasó la mañana entrenando, al mediodía comió solo algo que había dejado preparado Robb para él.
Por la tarde se sentó frente a la cabaña, cuando el cielo comenzó a oscurecer Robert todavía no había regresado.
Daniel dejó de jugar. Se acercó varias veces al sendero por el que solía verlo aparecer.
Después entró en la casa, únicamente para salir de nuevo unos minutos más tarde.
—Robb...
Sin embargo nada ni nadie se asomaba en el horizonte, las sombras fueron ocupando el bosque poco a poco y de la preocupación Daniel apretó las manos contra su ropa, Robert le había dicho que no se acercara a las grietas pero también había dicho que volvería pronto y Robert nunca había tardado tanto.
Tomó una pequeña lámpara y avanzó entre los árboles siguiendo el sendero que tantas veces había recorrido a su lado.
No necesitó llegar muy lejos para escuchar el rumor distante de Gehena, cuando los últimos árboles se abrieron ante él, apareció la grieta.
Daniel se detuvo.Nunca se había acercado tanto sin Robert,
La abertura parecía partir el mundo en dos. En el fondo no alcanzaba a distinguir nada excepto oscuridad y algunos reflejos rojizos.
Se aproximó con cautela y se inclinó.
—¿Robb?
Su voz desapareció en el vacío.
—¡Robb!-Gritó