La Moneda Del Destino 2 La ciudad desconocida
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2 La ciudad desconocida

Cinco años después de aquellos acontecimientos en Excelso, en lo más profundo del bosque que se extendía a las afueras de Gehena, un niño de cabello rubio corría entre los árboles con la energía inagotable propia de sus primeros años de vida.

Sus pies descalzos golpeaban la tierra húmeda mientras esquivaba raíces, trepaba por troncos caídos y saltaba de una roca a otra con una habilidad poco común para alguien tan pequeño.

—¡Robb, mira!

Desde la ventana de la cabaña, Robert alzó la vista de las frutas que cortaba sobre la mesa, Daniel había conseguido subirse sobre una rama baja y avanzaba sobre ella con los brazos extendidos, intentando mantener el equilibrio.

Dio un paso e inmediatamente después otro hasta que pasando la mitad de la rama se empezó a inclinarse peligrosamente bajo su peso.

—¡Con cuidado! —advirtió Robert al aún pequeño Daniel.

—¡Estoy siendo cuidadoso, no te preocu-! ¡¡¡Aaagh!!!

No había terminado de decirlo cuando perdió el equilibrio, cayendo entre los helechos. Robert cerró los ojos ante la escena que no parecía particularmente extraña, como si ya hubiese pasado con anterioridad algo parecido y un instante después, una cabecita rubia apareció entre las hojas.

—¡Estoy bien!

—Eso puedo notar, Dani.El anciano suspiró aliviadamente.

Daniel se sacudió la tierra de las rodillas y regresó corriendo hacia la cabaña.

Aquel pequeño refugio de madera era todo cuanto conocía del mundo oculto entre árboles enormes y vegetación espesa, la vivienda parecía formar parte del bosque mismo, frente a la cabaña se extendía un lago de aguas tranquilas, alimentado por una cascada que descendía entre las rocas.

Allí el aire era fresco, las flores crecían entre la hierba y el sonido de los pájaros conseguían ocultar, al menos durante algunas horas, los rumores lejanos de Gehena, siendo esta una de las razones por las que Robert escogiera este lugar precisamente.El chiquillo irrumpió en la cocina con algunas hojas todavía atrapadas en el cabello.

—Oye Robb, ¡creo que ya puedo salir solo a la gran ciudad!.

Robert dejó el cuchillo sobre la mesa, con una expresión de exasperación, cansado de tener la misma conversación día tras día.

—No, Dani, aún no estás preparado.

—¡Pero ya sé trepar!.

—Un pequeño truco no es suficiente para sobrevivir ahí afuera, el mundo es más hostil de lo que crees.

—¡Y también sé correr muuuuy rápido!.

—También sabes caerte y lastimarte.

Daniel frunció el ceño enojado de que Robert no lo tomara enserio.

—Solo fue una vez, bueno... hoy.

Robert lo miró atentamente e inmediatamente después el niño bajó la mirada.

Una sonrisa traicionó la severidad del anciano.

—Basta de eso, ven a desayunar.

Daniel ocupó su lugar en la mesa y Robert dejó frente a él un plato con verduras asadas y pan de raíz. El pequeño comenzó a comer mientras balanceaba sus cortas piernas bajo la silla.

—Muy pronto sabrás cómo defenderte mejor —dijo Robert—. Pero Gehena no es este bosque. Allí afuera hay cosas de las que todavía no puedes protegerte.

—Pero tú sí que puedes.

—Dani, he tenido muchos años para aprender todo lo que sé, a veces para defenderse de algo no basta la fuerza, si no que sepas cómo vencer a ese enemigo en concreto, hay presas que solo se vencen con experiencia, una virtud de la que aún careces.

Daniel levantó la cabeza.

—Entonces enséñame más rápido, Robb.

Robert soltó una carcajada.

—Termina de comer primero y ya hablaremos de tu entrenamiento.

Unos golpes en la puerta interrumpieron la jovial conversación entre el anciano y el niño.

Daniel se volvió inmediatamente mientras que Robert no pareció alarmarse.

Se acercó lenta y refinadamente y abrió.

Al otro lado esperaba un hombre corpulento, de piel morena y espalda ancha, llevaba un pico sujeto al cinturón y parte de su ropa estaba cubierta por el polvo oscuro de Gehena.

—Bruce.

—Robert.

El hombre entró y Daniel levantó una mano para saludarlo.

—Hola, Bruce.

—Pequeño problema —respondió él, revolviéndole el cabello al pasar. Daniel apartó su mano entre protestas, realmente le desagradaba cuando Bruce hacía esto.

—¡Ya no soy un niño pequeño!

Bruce miró a Robert.

—¿Cuántos años tiene?

—Cinco desde hoy.

—Entonces retiro lo dicho. Eres prácticamente un anciano. -Dijo sarcásticamente

Daniel lo observó con sospecha, intentando determinar si se estaba burlando de él.

Los dos hombres rieron. Bruce no visitaba el bosque con demasiada frecuencia, pero Daniel lo conocía desde que podía recordar.

Era una de las pocas personas a quienes Robert permitía atravesar aquella parte del territorio sin anunciarse y, aunque el niño todavía no comprendía por qué los demás parecían obedecerlo, sabía que su palabra tenía peso en la ciudad de Gehena de la cual había escuchado de su cuidador Robb.

Mientras Daniel continuaba desayunando, Bruce bajó la voz.

—Nadie se acercará a esta parte del bosque. Ya hablé con los demás.

Robert asintió.

—Gracias.

—Te lo he dicho antes. Mientras yo siga al frente de Gehena, la cabaña es tuya. Y si algún día tú no estás, seguirá siendo del niño. Nadie va a quitársela.

Robert permaneció callado unos segundos.

—Eso me deja más tranquilo.

Bruce reparó en su expresión.

—Sigues viéndote mal.

—Estoy bien, no es nada.

—Pff, tienes la mentira escrita en toda la cara, viejo.

Robert desvió la mirada hacia Daniel.

El niño estaba demasiado ocupado intentando construir una torre con los últimos pedazos de pan para prestarles atención.

—Tengo que ir a Imisy hoy —murmuró Robert.

Bruce parecía dispuesto a discutir, pero terminó asintiendo, sabía que no era una petición que Robert pedía con regularidad o ignorando los riesgos.

—Está bien, pero no tardes.

Cuando estaba por marcharse, Daniel levantó la cabeza y le increpó.

—¿Por qué Bruce dice que te ves mal?

Robert comenzó a recoger los platos.

—Porque no me he cortado el cabello, es todo. Dijo Robert con una sonrisa fingida que el niño de alguna forma pudo discernir, quizá porque estaban juntos todos los días desde que tiene memoria.

—Necesito que te portes bien mientras estoy fuera, Dani.

—¿Vas otra vez al médico?

Robert se detuvo apenas un instante.

—No. Tengo que recoger un encargo.—¿Puedo ir contigo? ¿Puedo?

—No.

—¿Por qué? Siempre me dices que no a todo. Dijo Dani visiblemente irritado mientras cruzaba sus pequeños brazos.

—Porque todavía no estás listo, si tienes tiempo para recriminar, deberías usarlo para entrenar más.

Daniel infló las mejillas, pero no insistió, Robb, aparte de ser de las pocas personas que conocía y su cuidador acérrimo también era su maestro después de todo.

Robert se acercó entonces a uno de los estantes de la sala.

Tras una tela rústica descansaba un pequeño cofre que llevaba años bajo su cuidado.

Pasó los dedos sobre la superficie y permaneció contemplándolo unos segundos después se quitó una cadena dorada que colgaba en medio de su pecho con un gran dije que parecía la llave de algo importante, mientras se quitaba la cadena pensó para sus adentros que algún día Daniel tendría derecho a conocer lo que yacía en el interior de aquél cofre con broche de flor pero aún era demasiado pronto, lo abrió y tomó el dinero necesario, para después cerrar el cofre nuevamente, la consigna de aquél día era algo fuera lo de común, por lo que en lugar de llevarse la cadena consigo mismo, prefirió dejarla sobre la biblioteca, luego se colgó la mochila y se despidió del niño antes de abandonar el bosque.

Para llegar a Gehena desde el bosque, Robert debía atravesar primero el abismo.

No había un camino que condujera gradualmente de un territorio al otro, La separación era absoluta lo cual hacía que llegar a la cabaña fuera algo prácticamente imposible para la mayoría.

De un lado se extendía el bosque, húmedo y verde; del otro comenzaban las tierras ásperas y ardientes de Gehena.

Entre ambos se abría aquella enorme grieta, una herida en la tierra que resultaba aterradora para casi cualquier persona.

Quizá por eso Robert había elegido aquel lugar para criar a Daniel. Los habitantes de Gehena podían conocer la existencia del bosque, pero alcanzarlo era otra cuestión. El abismo constituía una defensa mucho más eficaz que cualquier muro,

al cruzar, el aire fresco del bosque fue sustituido por un calor seco que parecía adherirse a la piel, Gehena no había sido construida para resultar cómoda fue una zona que había crecido alrededor del peligro, grandes grietas atravesaban el terreno y obligaban a sus habitantes a moverse por puentes improvisados, estructuras metálicas, tejados y tuberías.

En las profundidades, algunos cauces de lava iluminaban las paredes de roca con un resplandor rojizo, las edificaciones parecían haberse levantado unas encima de otras, adaptándose a un suelo que se negaba a permanecer quieto y seguro, para alguien que no hubiera nacido allí, recorrer Gehena habría resultado no solo una locura si no que pareciera que el mundo mismo atentaba contra la vida misma aunque para sus habitantes era simplemente volver a casa a un día más.