La Moneda Del Destino Prólogo #3
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Prólogo #3

Se dirigió hacia la habitación contigua a la sala, donde estaba el cofre y las últimas cosas necesarias para partir con el pequeño Daniel mientras Jenny mantenía a su padre ocupado con preguntas, explicaciones a medias y silencios calculados.

Cuando Jenny escuchó un leve ruido procedente del balcón, supo que Robert estaba preparado.

Sin embargo su padre también se percató de que algo no iba bien, su hija estaba extrañamente dócil ante sus exigencias, cosas que no eran características de su hija que tendía a ser un poco más rebelde que esto.

—Dame al niño —ordenó Dominic.

Jenny retrocedió.

—No.

—Ese bebé no puede regresar contigo a casa.

—Lo sé, Padre.

Dominic entrecerró los ojos sin entender todavía que pasaba por la mente de su hija.

—Entonces dámelo.

—No.

—Jenny.

—¿Qué harás con él si te lo entrego?

El silencio de su padre fue respuesta suficiente. Jenny sintió un escalofrío. Apretó los labios y, antes de que Dominic pudiera acercarse, corrió hacia el balcón donde estaba Robert.

—¡Jenny! - Rugió Dominic.

Robert esperaba con el fular sujeto alrededor del torso, cuando Jenny se acercó con el pequeño Daniel en brazos, notó que por un instante, sus delgadas manos se negaron a soltarlo.

—Promételo, promete que cuidarás bien de él.

—Con mi vida, señorita Jenny.

Jenny besó una última vez la pequeña frente con cabellos dorados de su hijo.

—¡Vete, ahora, antes de que sea demasiado tarde!.

Robert cruzó el balcón.

Dominic entró a la habitación contigua a la sala justo cuando el hombre desaparecía por el exterior del edificio incapaz de hacer nada al respecto.

—¿¡Qué has hecho!? Niña tonta -Rugió Dominic iracundo.

Su padre corrió hacia el balcón y miró hacia abajo, pero Robert ya se había perdido entre las estructuras de la ciudad.

—¿Dónde se lo lleva? -increpó Dominic.

Jenny permaneció con sus labios sellados como una tumba. —¡¿Dónde?!

Esta vez Dominic sí perdió el control, azotando la pared.

Jenny, en cambio, permaneció inmóvil.

—A un lugar donde nunca podrás encontrarlo ni ponerle un dedo encima.

Dominic se volvió hacia ella.

Durante un instante, Jenny creyó que la golpearía y entrecerró los ojos asustada, sin embargo su padre no lo hizo.

—¿Quién es el padre?

—No voy a decírtelo, ¿no dijiste acaso que de igual manera no importaba?.

Dominic caminó por la habitación, intentando contener la furia nuevamente.

—Dentro de unos meses debes casarte con el heredero de los Richford, eso no cambiará.

—Lo sé. Y cumpliré con mi deber, ya había tomado esa decisión de todas formas.

—¿Y qué se supone que voy a decir cuando descubran que...?

—Yo me encargaré.

Su padre se detuvo.

—¿Qué estás planeando?

—Eso déjamelo a mí.

—Más te vale que funcione o todo el esfuerzo de la familia será en vano.

Jenny miró hacia el balcón vacío donde momentos antes su más grande cuidador y su pequeño hijo desaparecieron.

—No interferiré con el matrimonio. Haré lo que acordaste con los Richford. Pero tú no buscarás a mi hijo. Es la única condición que pongo.

Dominic soltó una risa incrédula.

—No estás en posición de negociar conmigo.

Jenny se volvió lentamente.

—Si quieres que cumpla con ese compromiso, sí lo estoy.

Por primera vez desde que había entrado, Dominic no tuvo una respuesta inmediata. Después de todo sabía muy bien del carácter de su hija y dadas sus actitudes recientes sabía que un paso falso haría que el mismo se viera afectado por las consecuencias del pacto de sangre.

Jenny sostuvo su mirada impasible.

—Déjalo vivir y haré todo lo que me pidas.

El silencio se prolongó.

Finalmente, Dominic asintió, pues aunque quisiera, en ese momento no podía perder a su hija y también conocía de las habilidades de Robert por lo que bien sabía que cuando salió por el balcón, alcanzarlo sería algo que solo unos cuantos podrían hacer algo al respecto y él no hacía parte de esos cuantos.

—Bien, te espero en el auto. -Asintió su padre mientras salía de la habitación, pues Jenny por sí sola ya no podría escapar.

Jenny esperó hasta quedarse sola. Después salió al balcón, se arrodilló junto a la baranda y cerró los ojos. Daniel ya no estaba allí, pero estaba vivo y eso tendría que bastar por ahora.

***

Oculto bajo la gabardina de Robert, Daniel durmió durante casi todo el viaje plácidamente.

A las espaldas de Robert iban quedando las avenidas impecables de Excelso, sus edificios claros, jardines perfectamente cuidados y calles donde hasta el desorden parecía prohibido.

Después llegó a Imisy: más ruidosa, congestionada y viva, atravesada por vehículos, edificios apretados y una multitud que apenas reparó en el hombre que avanzaba con un recién nacido oculto contra el pecho.

Robert no se detuvo ni miró atrás por un solo segundo, continuó descendiendo hasta que finalmente cruzó hacia Gehena y el mundo cambió; El mármol desapareció, también las carreteras y el aire olía débilmente a azufre; En la distancia, el gran volcán conocido como Everan teñía las nubes de un resplandor rojizo.

Grietas ardientes atravesaban la tierra entre construcciones abandonadas, precipicios y estructuras que parecían desafiar cualquier lógica.

Robert miró al bebé.

—Bienvenido a tu nuevo hogar, pequeño.

Se colocó sus guantes reforzados. A partir de allí no había caminos.

Saltó entre los techos de las estructuras, escaló muros y atravesó uno de los abismos con ayuda de un gancho y una cuerda pegado a la única viga del muro antes de caer al abismo.

Para alguien nacido en Gehena, aquella ruta era difícil, pero posible.

Horas después, el paisaje comenzó a transformarse nuevamente.

La roca dio paso a árboles. El olor a azufre se desvaneció y el estruendo lejano de la ciudad quedó sustituido por agua.

Robert cruzó el bosque hasta divisar una pequeña cabaña junto a una cascada donde entró con el pequeño Daniel aún dormido en su pecho.

Quizá la despedida fue más turbulenta de lo esperado, pero ahora que había llegado a la cabaña, el plan había sido un éxito.

Robert dejó el pequeño bolso sobre la mesa y depositó cuidadosamente a Daniel en la cama que había preparado para él.

En la cabaña habían alimentos, mantas y todo cuanto había conseguido trasladar durante las semanas anteriores.

En la biblioteca descansaba también el pequeño cofre de Jenny, silencioso entre las pertenencias que Robert había llevado desde Excelso.

Dentro guardó las fotografías y las cartas que ella había dejado para su hijo.

Robert apartó la mirada del cofre y regresó junto al bebé. Algún día Daniel sería lo bastante mayor para hacer preguntas. Robert lo sabía dentro de sí, pero aquel día aún estaba muy lejos.

se recostó en la cama y acomodó la manta alrededor del pequeño.

—Descansa, Daniel —murmuró.

Daniel movió una mano diminuta, ajeno a todo lo que había quedado atrás.

A su madre, a su padre, Excelso. A la vida que le correspondía.

Robert apagó la luz y salió de la habitación.

Más allá del bosque, Gehena ardía en la distancia.

Y allí, en el lugar donde nadie habría pensado buscar al hijo de Jenny Johnson, comenzaría la vida de Daniel.