La Moneda Del Destino Prólogo #2
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Prólogo #2

Dominic, su padre, jamás permitiría que un hijo ilegítimo amenazara el acuerdo con los Richford, después de todo no solo indicaba quebrantar un contrato si no también ofender a una poderosa familia y hacerse a un nuevo y molesto enemigo.

Sin contar con las consecuencias de romper un compromiso de sangre.

Jenny se llevó una mano al vientre, todavía incapaz de sentir nada todavía.

—Es de Tom.

Robert no necesitó preguntarlo ni dudaba de la certeza en sus palabras.

Durante unos segundos, Jenny contempló la posibilidad de buscarlo, decirle que pese a todo, una parte de la vida que habían imaginado juntos ya existía. Que aún podían correr y escapar juntos, llegó incluso hasta el edificio donde trabajaba.

Tom salió acompañado por varios colegas y sus miradas se encontraron.

Él se detuvo apenas un instante para después continuar caminando.

Jenny comprendió entonces todo. Si Tom había decidido apartarse para protegerla, contarle la verdad solo conseguiría obligarlo a elegir otra vez entre ella y las consecuencias del compromiso que él claramente no estaba dispuesto a aceptar.

Así que regresó a casa y guardó el secreto compartido solo con Robert.

Los meses siguientes transcurrieron entre vestidos cada vez más holgados, excusas cuidadosamente preparadas y el miedo constante a que Dominic reparara en ella algún cambio, evitando todo contacto con su familia cuanto fuera necesario, ya fuera incluso estudiando las agendas de sus cercanos para que no coincidieran con la suya propia.

Robert fue la única persona que permaneció a su lado en su día a día.

Una tarde, cuando ocultar el embarazo comenzaba a resultar imposible, Jenny dejó el libro que pretendía leer y lo miró.

—Voy a escapar.

Robert, que acababa de servirle el té, se quedó quieto.

—No. Después de tanto no puede hacerlo.

—No tengo otra opción.

—Romper el compromiso de sangre podría costarle mucho más de lo que imagina.

—¿Entonces qué se supone que haga? —Jenny bajó la voz y apoyó ambas manos sobre el vientre—. Si mi padre descubre que estoy embarazada, no sé qué será capaz de hacer.

Robert permaneció pensativo.

Finalmente se sentó frente a ella.

—Existe una posibilidad.

Jenny levantó la mirada.

—Yo nací en Gehena.

—Lo sé.

—Hay un territorio allí que pocas personas pueden alcanzar. Un bosque apartado de las zonas habitadas. Tengo una cabaña en ese lugar.

Jenny comenzó a comprender antes de que él terminara.

—No.

—Escúcheme por favor, señorita.

—Robert...

—Podría llevarme al niño.

Ella lo observó en silencio.

—Podría criarlo allí —continuó—. Mantenerlo lejos de Excelso y, sobre todo, lejos de su padre. Cuando llegue el momento adecuado, podremos decidir qué rumbo tomar.

—¿Me estás diciendo que abandonarías tu vida aquí por mi hijo?

Robert sonrió con una ternura que Jenny conocía desde niña.

—Usted nunca ha sido simplemente la hija de mi empleador, señorita Jenny.

Los ojos de Jenny se llenaron de lágrimas. Comprendía perfectamente a lo que Robert se refería.

—¿Eres consciente de la situación en la que te estoy poniendo? —Sí.

—Tendrías que renunciar a las últimas décadas de tu vida acá.

—Ya he trabajado suficientes años. Podría sin duda alguna dedicar el resto de mis días más que al trabajo a la pequeña que juré mi lealtad hace tantos años.

Jenny soltó una pequeña risa entre lágrimas.

Robert se levantó.

—Si usted confía en mí, cuidaré de él, así como he cuidado de usted.

Ella también se puso de pie y lo abrazó cariñosamente.

Robert tardó un segundo en reaccionar antes de rodearla con sus propios brazos.

—Voy a poner la vida de mi hijo en tus manos.

—Y yo la protegeré.

Durante las semanas siguientes, Robert comenzó a desaparecer de la mansión durante largos periodos de tiempo.

Jenny nunca preguntó demasiados detalles.

Sabía que estaba preparando la cabaña y trasladando poco a poco todo cuanto necesitaría para empezar de nuevo.

Había un cofre, perteneciente a Jenny que era dorado con una ornamentación engravada en el mismo con un broche de flor fue una de las cosas que decidió llevar al final por petición de Jenny.

Cuando regresó de llevar el cofre y otras cuantas cosas, ella supo que ya las preparaciones estaban completas.

Solo faltaba su hijo a quien había nombrado Daniel.

Cuando el embarazo se hizo imposible de esconder, Jenny fingió que pasaría unas semanas con una amiga de vacaciones. Robert ya había presentado su renuncia y había preparado un pequeño apartamento lejos de las propiedades de los Johnson.

Allí esperaron el resto del embarazo donde Daniel nació unas semanas después.

Cuando la doctora depositó al recién nacido sobre su pecho, Jenny olvidó durante unos instantes el compromiso, a su padre y el futuro que la esperaba.

Sólo existía aquel pequeño cuerpo tibio.

—¿Ha escogido un nombre? —preguntó la doctora.

Jenny acarició con un dedo la diminuta mejilla.

—Daniel. Replicó seca y cansadamente Jenny tras la labor de parto, aún con el sudor en todo su rostro y su cabello enmarañado.

Robert, que aguardaba cerca, sonrió.

—Daniel —repitió él.

Jenny lo miró.

—¿Trajiste la cámara?

—Por supuesto.

—Quiero una fotografía de este momento.

Robert tomó la cámara instantánea y, después de ajustar el encuadre, presionó el disparador. El clic quedó suspendido en la habitación. Poco a poco, la imagen comenzó a revelarse, Jenny la sostuvo entre los dedos y se quedó mirando mientras Daniel se quedaba dormido sobre su pecho. Era perfecta.

—Guárdala en el cofre cuando llegues a Gehena.

Robert asintió.

Durante los días siguientes tomaron algunas fotografías más de ambos y algunas donde aparecia Robert.

Jenny escribió también algunas cartas, palabras que Daniel quizá tardaría muchos años en leer, y las guardó junto a las imágenes en un pequeño bolso.

No había mucho dentro: apenas recuerdos de los pocos días que madre e hijo pudieron compartir.

Pero era lo único que Jenny podía entregarle de sí misma bajo aquellas nefastas condiciones. Una semana después del nacimiento de Daniel, Robert entró apresuradamente en el apartamento donde mantenían su clandestinidad.

—Su padre está aquí.

Jenny sintió que el mundo se cerraba sobre ella y palideció ante la idea de que su padre supiera todo lo que había estado ocurriendo en realidad.

—¿Cómo nos encontró?

—No lo sé, señorita Jenny, es algo que escapa a mi conocimiento.

Robert tomó el bolso que llevaba días siendo preparado para cuando llegara el momento de partir.

Jenny miró a Daniel temerosamente ante lo que estaba a punto de pasar.

Sabía que el momento estaba aquí y aunque estuvo preparándose para esto día tras día desde aquella conversación en la mansión con Robert no esperaba que doliera tanto, sentía que un pedazo de si estaba siendo arrancado en aquella habitación.

—¡Llévatelo ahora Robert!.

—Jenny...

Era una de las pocas veces que Robert había pronunciado su nombre sin formalidades.

Ella tragó saliva.

Un golpe resonó al otro lado de la puerta.

Jenny tomó a Daniel y lo estrechó contra su pecho.—Robert, cuando mi padre entre a la habitación llamaré su atención, tu toma lo necesario y escapa con Daniel por el balcón, con las habilidades de tu gente debería serte posible.

Otro golpe.

—¡Jenny!

La voz de Dominic atravesó la puerta.

Jenny besó la frente de su hijo.

—Cuídate mucho Daniel, hijo mío —susurró—. El destino nos juntará de nuevo y tu madre no dejará de amarte y de rezar por ti desde la distancia.

La puerta se abrió violentamente de par en par.

Dominic se detuvo bajo el marco de madera de la puerta. Su mirada se posó en el rostro de su hija para luego descender hasta el bebé que hasta ahora para él era desconocida su existencia.

Dominic quedó atónito ante lo que sus ojos veían. No gritó y aquello resultó mucho peor para Jenny que solo observaba el rostro perplejo de su padre con temor.

—¿De quién es?

Jenny permaneció en silencio.

Dominic entró en la habitación parsimoniosamente y cerró la puerta tras de él.

—Te hice una pregunta, Jenny.

—Es mío, padre.

—Eso puedo verlo, pregunto por su padre por si no estaba siendo claro.

Dominic se aproximó despacio a su hija, su nieto y a Robert que estaba al lado de Jenny quien sostuvo a Daniel con más fuerza entre sus brazos.

—Realmente, no importa quien sea. Dijo Dominic mientras la observaba

durante unos segundos en silencio, con una expresión realmente indescriptible y después miró hacia Robert.

—Déjanos solos.

—Señor, si tan so-.—He dicho que nos dejes solos. interrumpió Dominic.

Robert hizo una reverencia y se dirigió hacia la salida.

Jenny sintió que el corazón se le salía del pecho, temiendo la próxima decisión de su padre. No. Todavía no podía dejar que Robert saliera de la sala del apartamento, necesitaba que él pudiera llegar al balcón.

—Espera, Robert. -Comandó Jenny mientras miraba a su padre —No quiero hablar de esto aquí.

Dominic frunció el ceño.

—¿Qué? acaso crees qu-

—Los vecinos ya nos han visto entrar y salir.

Si empiezas a montar un escándalo, terminarás consiguiendo precisamente lo que quieres evitar.Jenny sabía que su padre después de enterarse de los hechos recientes lo último que querría sería exponer este secreto al aire y que la reputación de los Johnson recibiera un impacto difícil de soportar.

Jenny había encontrado el único punto capaz de hacerlo vacilar. La reputación.

La expresión de Dominic cambió al escuchar la racional propuesta de su hija.

—Muy bien, a pesar de cometer tan grave afrenta a nuestra familia y más a mi, tu padre que te lo ha dado todo… parece que la educación que recibiste no fue en vano completamente, te permitiré explicarte.

—Lo haré. Pero primero deja que Robert recoja mis pertenencias. Después regresaré contigo y nadie tendrá por qué saber que estuve aquí ni las razones por las cuales hice de este lugar mi estadía.

—Cinco minutos. Cinco minutos tienes para recoger tus pertenencias.

Robert comprendió que Jenny estaba comprando tiempo para que pudiese saltar por el balcón como le exigió momentos antes pero no dijo nada en voz alta.