La Moneda Del Destino
© inepub.com
Prólogo
Tres ciudades. Tres realidades completamente distintas la una de la otra, y tan solo un cielo distante que insiste en mirar hacia otra parte.
Caminar por Excelso es respirar en carne propia la opulencia de sus transeúntes.
Tras sus muros altos, blancos y ornamentados con rigurosa ostentación, la realeza brilla entre el destello del oro y los tonos rosa de los cerezos plantados con delicadeza.
Allí, los amos desfilan junto a una servidumbre contratada en las urbes menos favorecidas.
En Imisy, en cambio, el único norte es el progreso tecnológico y la evolución constante; una ciudad desprovista de color que se refleja a sí misma en monolitos de acrílico minimalista.
Es la cúspide del mundo corporativo, poblada por almas aceleradas que corren en trajes ajustados hacia su próxima tarea.
Por último, emerge la mística y salvaje Gehena.
Allí se sobrevive a base de puro esfuerzo y peligros constantes, sobre un suelo agrietado por la cercanía de un volcán que los locales veneran como deidad y fuente de fuerza.
Tan hostil es esta realidad que los monstruos más dóciles de Gehena representarían una muerte segura para casi cualquier extranjero; una sociedad ruda, constituida en su mayoría por hombres que custodian sagradamente a las pocas mujeres que consiguen prevalecer.
Tres grandes barreras físicas y también sociales separan estos mundos, evidenciando que el destino jamás ha sido justo.
Los habitantes de Excelso gozan del privilegio de vagar por las tres ciudades a sus anchas, mientras que los de Imisy solo pueden descender a Gehenna —aunque rara vez alguien se atreve a hacerlo—.
En el eslabón más bajo, los nacidos en Gehena tienen prohibido el acceso a las capitales vecinas; prisioneros de sus condiciones, sólo pueden cruzar las fronteras bajo protocolos rigurosos y permisos bastante complicados de conseguir.
Fue justamente en la frontera de estas desigualdades, ambiciones y destinos cruzados donde nació una historia que nadie vio venir.
Dos jóvenes, unidos por la moneda del destino un día que cambiaría sus vidas para siempre, desafiarán las leyes de su propio mundo.
Aunque al principio ignoraban que los hados ya habían tejido su unión, la inevitabilidad terminará por obligarlos para elegir si obedecer la razón o el corazón .
La Moneda Del Destino
1Punto de partida
Jenny retrocedió un paso.
Durante unos segundos fue incapaz de reaccionar, absorta tras el anuncio que se acababa de realizar.
Las voces de su alrededor se convirtieron en un murmullo en conjunto con los invitados, y el enorme salón de la mansión Johnson pareció cerrarse sobre ella.
Su padre continuaba hablando, satisfecho como si acabara de anunciar una noticia maravillosa.
Pero Jenny apenas podía escucharlo.
Un compromiso de sangre.
Las palabras seguían resonando en su cabeza.
—Ven a saludar a tu prometido —insistió su padre.
Jenny miró al joven y desconocido Richford que permanecía junto a su familia. Hasta aquella tarde, ni siquiera sabía que su padre mantenía negociaciones con aquella familia de Ieros al norte de Excelso y en un giro que nunca se vió venir ahora debía casarse con su hijo.
Sintió que le faltaba el aire.
Sin pronunciar una palabra, se recogió la falda de su vestido celeste y echó a correr fuera del salón.
—¡Jenny! vociferó su padre. Sin embargo, Jenny ignorando su llamado atravesó el salón bajo las miradas desconcertadas de los invitados, descendió las escaleras y abandonó la mansión.
Corrió sin importarle los protocolos mientras las zapatillas golpeaban el suelo con cada paso hasta que el aire comenzó a faltarle en los pulmones.
En aquel momento, después del anuncio solemne que su Padre había hecho tan solo hace algunos minutos Jenny solo podía pensar en una idea.Encontrar a Tom.
Lo esperó frente al edificio donde trabajaba hasta que lo vio salir acompañado por algunos colegas. Su cabello rubio destacaba entre los demás y, por un instante, verlo produjo en Jenny un alivio casi doloroso.
—¡Tom!
Él se volvió y la sonrisa que comenzaba a aparecer en su rostro al escucharla desapareció tras su primera mirada.
—¿Jenny? ¿Qué ocurrió?
Ella llegó hasta él sin aliento y se aferró a su camisa.
—Necesito hablar contigo en privado.
Tom miró a sus compañeros y después a Jenny sin entender muy bien que la traía tan exaltada.
—Claro, sígueme.
Tom la dirigió hacia un pequeño Jardín oculto detrás de un muro cubierto de hiedra, nadie hizo preguntas o habló algo hasta llegar allí.
Era un lugar donde se estaba resguardado de las miradas indiscretas.
Allí habían tenido encuentros furtivos donde habían pasado horas hablando en secreto sobre una vida que ambos creían que algún día podrían llegar a compartir.
Aquella tarde, por primera vez, Jenny sintió que el lugar ya no les pertenecía.
—Mi padre me comprometió.
Tom no respondió.
—Con el hijo de la familia Richford —añadió ella—. han firmado un compromiso de sangre.
El silencio de Tom permaneció impasible.
Jenny hizo un ademán con la cabeza.
—Di algo.
Él apartó la mirada.
—No sé qué esperas que diga.
—Que vas a ayudarme.
—Jenny...
—Somos una pareja destinada a estar juntos.
Tom cerró los ojos.
—Lo sé…—Nuestra Caja del Destino está completa, pasamos por todo el proceso, las monedas nos eligieron. ¿Cómo puede un contrato estar por encima de todo eso?
—Porque no es un contrato cualquiera. Dijo él.
Ella sintió que las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.
—Entonces encontraremos una forma de romperlo por más importante que sea.
—No podemos.
—¡Claro que podemos!
—Para romper un compromiso de sangre tendrías que aceptar las consecuencias para ambas familias. No solo para ti.
—Las acepto.
—Yo no.
Jenny se quedó inmóvil.
Tom apretó la mandíbula y miró hacia otro lado. Cuando volvió a hablar, su voz había perdido firmeza.
—No voy a arriesgar tu vida en una batalla que no podemos ganar.
—¿Y qué clase de vida crees que tendré casada con un hombre al que ni siquiera conozco?
Tom no respondió.
Jenny se acercó.
—Mírame.
Él tardó unos segundos en hacerlo, no quería que ella notara las lágrimas en sus ojos.
—Tom...
—Lo mejor será que no vuelvas a buscarme.
Jenny palideció.
—No hablas en serio.
—Sí, lo hago.
Jenny conocía demasiado bien a Tom. Habían pasado meses completando juntos la Caja del Destino, guardando una moneda tras otra hasta reunir las ciento ochenta necesarias.
Conocía sus silencios, sus gestos, la forma en que evitaba mirarla cuando intentaba ocultarle algo y en esta ocasión Tom estaba mintiendo.
—No quiero volver a verte ni tener que repetirme. - sentenció él.
Jenny dejó escapar una risa ahogada en medio del llanto.
—Al menos ten el valor de mirarme a los ojos cuando lo digas.
Tom levantó su mirada.
—No quiero volver a verte.-Dijo con voz decidida aunque sus manos lo traicionaron temblando un poco.
—Vete, Jenny.
Ella permaneció frente a él unos segundos más, esperando quizá que se arrepintiera o que simplemente aquel momento no fuese verdad, que la sujetara antes de que pudiera alejarse sin embargo, Tom no lo hizo.
Jenny dio media vuelta y no alcanzó a llegar muy lejos antes de que las lágrimas le nublaran por completo la vista.
—Señorita Jenny.
Robert, su mayordomo se acercaba por la acera frente a ella con la serenidad que parecía acompañarlo incluso en las peores circunstancias, rondaba los cincuenta años y vestía como de costumbre con una elegancia impecable.
El monóculo descansaba sobre uno de sus ojos y llevaba las manos entrelazadas detrás de la espalda.
Jenny intentó secarse las lágrimas y se detuvo frente a él.
—Robert...
—Llevo un buen rato buscándola, señorita.
—¿Mi padre te envió?
—Toda la casa entró en labor de búsqueda fervientemente después de que saliera corriendo.
Jenny bajó la mirada.
Robert guardó silencio durante unos segundos.
—También me enteré del compromiso.
Ella lo miró alarmada.
—¿Sabes lo de Tom?
—Sé desde hace tiempo lo suficiente como para comprender por qué está llorando.
—¿Se lo dijiste a mi padre?
Robert pareció ligeramente ofendido.
—Señorita Jenny, llevo demasiados años cuidando de usted para cometer semejante imprudencia.
A pesar de todo, ella sonrió.
Fue una sonrisa pequeña y rota pero llena de confianza ante su amable y longevo cuidador.
—No quiero casarme, Robert. No con alguien que no conozco.
El hombre suavizó su expresión.
—Lo sé.
No le prometió que encontraría una solución y tampoco intentó convencerla de que todo estaría bien.Simplemente le ofreció el brazo.
—Regresemos antes de que su padre mande a buscarla por toda Excelso con las autoridades.
***
Un año es lo que Dominic Johnson había negociado.
Dentro de un año, Jenny se convertiría en la esposa del heredero de los Richford.
A cambio, ambas familias fortalecerían sus negocios y los Richford obtendrían aquello que necesitaban para fortalecer su posición y asegurar su legado: un heredero para su actual heredero, asegurando así un sucesor con lazos en dos familias tan prestigiosas como lo eran las dos en cuestión.
Jenny ahora de vuelta en la mansión y habiéndose secado las lágrimas, soportó la presentación del compromiso con una sonrisa que no sentía y esperó hasta que los visitantes regresaran a Ieros para permitirse respirar.
Durante los días siguientes intentó convencerse de que aún quedaba tiempo y formas de cambiar la situación hasta que repentinamente comenzaron las náuseas.
Al principio las ignoró, después llegaron los mareos y un cansancio que no se parecía a nada que hubiera sentido antes.
Robert consiguió llevarla discretamente a una clínica alejada de su círculo habitual.
Cuando salieron, Jenny apenas podía caminar.
—Un bebé... —murmuró.
Robert permaneció junto a ella.
—Si su padre lo descubre...
—Lo sé.