Capítulo 42
—Es precioso —le dije a Hugo mientras la multitud congregada aplaudía y nuestras miradas se encontraban. Era el homenaje perfecto a su hermano.
—Me gustaría darles las gracias a todos por estar aquí esta noche —empezó a decir Hugo.
Permanecía de pie junto a la puerta, donde yo había colocado una cinta roja para que la cortara.
Manu estaba grabando el acto con la cámara y yo me había quedado a un lado, con un brazo enlazado al de mi padre, que había viajado hasta Compiègne para la ocasión.
Y del otro brazo de mi padre estaba Séraphine Chadwick, que sonreía orgullosa a su hijo.
—Chez Stéphane, como algunos de ustedes ya saben —prosiguió Hugo—, será un restaurante para estudiantes de todo tipo de origen. Ofrecerá a los clientes un espacio acogedor y, espero, un espacio inclusivo donde la gente podrá aprender, integrarse en la comunidad y, sobre todo, ¡comer de maravilla!
Recibimos sus palabras con una ronda de aplausos mientras los flashes de las cámaras de la prensa local, también presente, se iluminaban para inmortalizar el momento en que Hugo cortó la cinta.
—Estoy muy feliz por los dos —dijo Séraphine dándome un beso en la mejilla.
—Oh, todo ha sido cosa de Hugo —dije, preguntándome si quizá había olvidado que yo trabajaba en la panadería de al lado.
—Puede ser, pero fuiste tú la que lo inspiró y le hizo creer que podía hacerlo.
—Pues a mí me parece que eso lo hizo usted mucho antes de que yo llegara —repliqué con sinceridad.
—Es posible, pero a veces es necesario lanzar un guijarro a las aguas tranquilas del estanque para crear un pequeño oleaje —dijo Séraphine en tono críptico, dando a entender que yo era el guijarro en ese escenario.
—Hijo, asegúrate de que te quedas con esta, ¿hein?
Hugo trató de ignorar el hecho de que su madre lo estaba avergonzando.
—Esa es la intención —dijo, enlazándonos del brazo a las dos para cruzar juntos el umbral.
En el interior, donde reinaba un ambiente festivo, las mesas ya estaban puestas con bandejas de delicados aperitivos y copas de vino espumoso.
Al fondo, a la izquierda, donde me había sentado con Hugo para cenar aquella noche hacía ya unos meses, había una pequeña base elevada que hacía las veces de escenario para la banda de Johnny, que había arrancado a tocar una animada versión de «In the Mood» de Glenn Miller.
El personal, ataviado con camisetas con el anagrama del local y delantales de color azul marino, se movía con eficiencia entre las mesas.
Me costaba creer que aquel viejo edificio vacío se hubiera convertido en algo tan vibrante y acogedor.
—¿Dónde está Hugo, por cierto? —preguntó Nicole, tan maravillosa como siempre, enfundada en un vestido de color amarillo canario.
—Pues no lo sé… Estará arriba, en su apartamento —respondí a gritos para hacerme oír por encima de la música—. Iré a echar un vistazo.
Subí por la escalera de atrás hasta el último piso, donde Hugo había transformado el espacio de la buhardilla en un pequeño apartamento.
Siempre bromeábamos con la idea de abrir una puerta que uniera nuestros dos ateliers , pero madame Moreau no quería ni oír hablar del asunto.
La puerta estaba cerrada, y cuando entré vi que Hugo estaba en el cuarto de baño, echándose agua en la cara.
—¿Qué haces? La fiesta es abajo, por si no lo sabes —dije.
—Oh, solo me estaba tomando un momento para refrescarme un poco. Ha ido muy bien, ¿verdad?
Lo enlacé por la cintura y él me besó, un beso un poco más prolongado de lo que habría sido necesario.
—¡Has estado magnífico! Todo el mundo se lo está pasando en grande, el restaurante tiene un aspecto fantástico y el personal no podía estar más emocionado. Tendrías que sentirte orgulloso de lo que has conseguido.
Hugo esbozó aquella sonrisa ladeada de la que me había enamorado meses atrás.
—No estoy seguro de gustarle a tu padre —dijo colocándome un mechón suelto detrás de la oreja.
—Es mi padre. No tienes que gustarle tú —dije en broma.
—Le pediré a Manu que le ofrezca uno de tus chocolates calientes especiales —dijo besuqueándome el cuello.
—Ejem…
Ambos nos giramos para ver quién carraspeaba de forma tan audible, y al hacerlo vi a mi padre en el umbral de la puerta. Hugo, en un gesto instintivo, hundió las manos en los bolsillos como si fuéramos dos adolescentes a los que hubieran pillado besándose detrás del cobertizo de las bicicletas.
—Eh… Te necesitan abajo, muchacho —dijo mi padre, y Hugo, encantado de tener una excusa para marcharse, se lanzó prácticamente hacia la puerta.
—Lo estás poniendo nervioso, ¿sabes? —dije, regañando a mi padre con la mirada.
—Por supuesto. ¿No es esa mi tarea? —replicó, guiñándome un ojo.
—Ahora en serio: ¿te gusta? —pregunté.
—Mira, tu abuelo intentó disuadir a tu madre de que se casara conmigo —me contó mi padre, enlazándome por el brazo y llevándome hacia la puerta—. Pero ya sabes cómo era ella. En cuanto tomaba una decisión, no había nada que hacer.
Sonreí al recordarla. Y entonces caí en la cuenta de que era la primera vez que podía hacerlo. El dolor seguía ahí, pero se había suavizado. Tal y como ella dijo que pasaría.
—¿Qué crees que pensaría de todo esto? —pregunté.
—Creo que ya sabes que se sentiría la madre más orgullosa del mundo, Edie —respondió—. Igual que yo me siento el padre más orgulloso.
Lo abracé con todas mis fuerzas, tal y como él hacía cuando yo era pequeña.
—¡Suelta, suelta! ¡O acabaré necesitando un desfibrilador!
—Y pensar que si me hubiera quedado en París —dije mientras empezábamos a bajar por la escalera y veía a todos mis nuevos amigos esperándonos en el restaurante— me habría perdido todo esto…
Al final de la noche volví con madame Moreau a la panadería. A pesar de que caminaba apoyándose en su bastón, parecía mucho más ligera. Le cogí las llaves y abrí la puerta por ella. La sostuve para que pudiera pasar, pero la mujer no se movió. Entonces me miró y esbozó una sonrisa indescifrable.
—¿Qué pasa?
—Como ya te dije en una ocasión, te subestimé, Édith .
Le devolví la sonrisa.
—¡Creo que la que me subestimé fui yo! —Me apoyé un momento en el marco de la puerta y miré el viejo rótulo de la panadería, que se balanceaba con la brisa—.
¿Sabe? Me parece que usted y yo tenemos mucho más en común de lo que me imaginé de entrada.
Creo que las dos necesitábamos dejar atrás el pasado antes de poder seguir adelante con nuestras vidas.
Y también creo que usted estaba tan atrapada en eso como yo.
Madame Moreau hizo un gesto de asentimiento, y por fin comprendí que el hecho de hacerse mayor no implicaba necesariamente volverse más sabio.
En todo caso, significaba volverse más protector con lo poco que se puede controlar en esta vida y descartar todas las posibilidades que te exigen confiar, tener fe y dejarte ir.
Madame Moreau hundió una mano en un bolsillo y, con sus dedos artríticos, me mostró unos granos de trigo secos.
—Siempre los llevo encima —dijo—. Siempre.
Cuando se llevaron a mi madre, yo no sabía cómo iba a vivir.
En quién iba a convertirme. Y entonces un día, sujetando estos granos de trigo, Pierre me dijo: «Lo que hay dentro de estos granos tiene el potencial de convertirse en muchas cosas».
«¿En cosas como un croissant ?» pregunté yo con mi voz infantil.
«Sí, en cosas como un croissant , una baguette o una comida completa si fueses un ratoncillo de campo».
—Madame Moreau sonrió—. Y a continuación me dijo: «Recuerda siempre que dentro de ti posees una fuerza vital similar que te permitirá convertirte en cualquier cosa que desees».
—Qué bonito —dije.
—Así que ya ves. Pase lo que pase en la vida, si tienes el entorno adecuado para crecer, tu fuerza vital florecerá, ma chérie .
Cuando entramos, una idea me asaltó. Todo ese tiempo había pensado que cuando llegué no había encontrado la panadería adecuada en París, pero ahora sabía que en realidad había sido la panadería de la Rue de París la que me había encontrado a mí.