Capítulo 41
Me desperté en mitad de la noche, rodeada por los brazos de Hugo.
A pesar de la tentación de quedarme allí y volver a dormirme, vi en el despertador de la habitación del hotel que eran casi las cuatro, y sabía que Manu y madame Moreau se levantarían pronto.
Hugo se despertó justo cuando me estaba calzando.
—¿Adónde demonios vas a estas horas? —preguntó, con un solo ojo apenas abierto.
—Tengo que darle la buena noticia a madame Moreau —respondí en un susurro.
—¿Por qué hablas en voz baja? No hay nadie más a quien puedas despertar —observó.
—Sí, ya veo que por las mañanas eres igual de pedante —dije, y le estampé un beso en la mejilla.
—Pero si ni siquiera es la mañana —gruñó, intentando arrastrarme de nuevo hacia la cama.
—No puedo, tengo que decírselo. No tienes ni idea de lo que esto significa para ella —repuse excitada.
—Creo que sí la tengo.
Me subí la cremallera del vestido y me senté de nuevo en la cama. Le tomé de la mano.
—¿Qué fue lo que te hizo cambiar de idea? Sé que me contaste la historia de Arnaud, pero vender tu apartamento, ir en contra de los deseos de tu padre… ¿Por qué lo hiciste?
—¿Estás de broma? ¡Llevabas semanas machacándome por ser un buitre capitalista!
—dijo en tono jocoso. —Lo miré muy seria—.
Por muchas cosas —admitió—. Al final creo que fue por aceptar de una vez por todas la muerte de mi hermano.
Desde que murió ha sido como estar atrapado en la vida de otra persona.
Y un día fue como si por fin se me abrieran los ojos.
Sentí que era mi oportunidad de liberarme de aquello.
—¿Y qué piensas hacer con el edificio?
—He hablado con Manu sobre ello y…
—¿Con Manu?
—En realidad, fue él quien me dio una idea. Estuvimos hablando de su bisabuelo, Pierre Moreau, y su legado. Del hecho de dar cobijo a los necesitados.
Ah, pensé, de modo que era eso de lo que estaban hablando.
—Manu me presentó al padre Bernard y me mostró cómo están intentando ayudar a las personas sin hogar y a la población inmigrante.
Confía en poder conseguirles alojamiento, pero lo que de verdad necesita esa gente es trabajo.
Así que empecé a investigar, y he pedido financiación para montar un restaurante como empresa con fin social.
De esta manera, la gente podrá recibir la formación necesaria y los clientes con ingresos bajos tendrán un lugar económico donde poder comer.
—Hugo Chadwick, emprendedor social —dije.
Él sacudió la cabeza, pero yo sabía que estaba satisfecho con su decisión.
—Mi madre dice que eres una buena influencia para mí. Tuve que contenerme para no decir: «¡Ostras!». ¿Le había hablado a su madre de mí?
—¿Ah, sí? Pues me parece que es una mujer muy inteligente —dije con una sonrisa.
—Me dijo que podía elegir entre ser una imitación fallida de mi padre o una expresión exitosa de aquello para lo que había nacido.
Sin duda alguna, la madre de Hugo era alguien a quien me gustaría conocer.
—Aunque creo que tomé la decisión mucho antes que eso —continuó.
—¿En serio?
Enlacé las manos detrás de su nuca y sentí el calor de su pecho contra el mío. Empezó a besarme el lóbulo de la oreja, y por un momento estuve a punto de olvidar de qué estábamos hablando.
—¿Cuándo fue entonces?
—¿De verdad necesitas preguntarlo? —susurró mientras me daba besitos en el cuello—. Fue el día que me preparaste ese chocolate caliente —dijo con una sonrisa—. El mejor que he probado en años.
— C’est un miracle! —repetía una y otra vez madame Moreau, abrazándonos a Manu y a mí hasta dejarnos casi sin respiración.
Cuando la euforia empezó a amainar, me di cuenta de una cosa.
—Un momento —dije, intuyendo que allí faltaba algo—. ¿Dónde está monsieur Moreau?
Madame Moreau y su nieto intercambiaron una mirada apesadumbrada, y ella apartó la vista.
—Ha aparecido solo unos segundos —me explicó Manu—. Pero esta vez ha sido distinto. Su luz era muy intensa, una especie de resplandor dorado como nunca antes habíamos visto. Y luego… nada. —El chico miró a madame Moreau, que estaba colocando unos moldes para el pan en su sitio.
Me acerqué a ella y apoyé una mano en su hombro.
—Se ha ido —dijo con un hilo de voz.
—¿Cómo lo sabe? —pregunté.
—He sentido una especie de paz. Como si supiera que él ya había cumplido la promesa que me hizo hace tantos años.
De pronto era como si el sótano se hubiera quedado vacío.
—Pero ¿por qué ahora? —preguntó Manu.
Madame Moreau se enjugó las lágrimas.
—Quizá porque sabía que la panadería estaba a salvo —dijo pensativa—. Tal vez por eso ya no necesitaba seguir aquí.
Busqué desesperadamente palabras de consuelo, pero ¿qué le podía decir a alguien que lloraba la pérdida de un fantasma? Y entonces recordé algo que había leído en internet sobre las almas que no pueden o no quieren seguir adelante en su camino.
—Creo que tiene usted razón —dije abrazándolos a los dos—. Quizá el instinto de monsieur Moreau de protegerla fue tan fuerte en vida que no pudo desprenderse de su papel ni siquiera después de muerto. Pero ahora que el futuro de la panadería está a salvo, por fin puede dejarla sola, Geneviève.
Era la primera vez que me dirigía a ella por su nombre de pila. Me parecía demasiado formal seguir llamándola madame Moreau a aquellas alturas.
—Hay algo más —dijo Manu.
Sus ojos se iluminaron cuando se dirigió a la larga estantería de madera donde se almacenaban todas las especias. Cogió de allí una lata rectangular y la depositó sobre el banco de trabajo.
—¿Qué es? —pregunté.
—Ábrela —contestó, mirándome con picardía.
Retiré la tapa, y al hacerlo el aroma inundó de inmediato mis fosas nasales. Sabía qué era incluso antes de verlo. Hileras y más hileras de vainas de vainilla negra.
—No será… —empecé a decir, mirando a Manu en busca de confirmación. El chico hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
— ¡Vanillao!
—¡Lo sabía! Ese sabor a cacao mezclado con la vainilla… ¡Es el ingrediente secreto de Pierre! —Aquel aroma tenía algo tan embriagador y reconfortante que resultaba inconfundible—. ¿De dónde lo has sacado?
—Cuando Hugo y yo estuvimos hablando, me preguntó por ese chocolate caliente mágico que le habías preparado.
La sola mención del nombre de Hugo hizo que me ruborizara. Escondí la cara detrás de la tapa de la lata, que madame Moreau se apresuró a cerrar. De milagro no me pilló la nariz.
—Perderá su intensidad —dijo, devolviendo con cuidado la lata a la estantería.
—El caso es que le hablé de las vainas de vainilla y le conté que se nos habían terminado —continuó explicando Manu—. Y entonces él se puso en contacto con un amigo suyo que tiene unas viñas y…
—¡Jean! —exclamé.
— Oui, exactement ça, Jean . Su amigo investigó un poco y encontró un pequeño productor en Argentina.
—Argentina… —repitió madame Moreau muy impresionada.
—Así podremos hacer que la panadería de los Moreau sea igual que antes —dije.
Empecé a imaginar todas las vidas que podrían cambiar de rumbo gracias al ingrediente secreto de monsieur Moreau.
Y entonces lo comprendí: el verdadero ingrediente secreto de monsieur Moreau había sido el amor que sentía por ese lugar, por esa gente.
Eso era lo que lo hacía tan especial, y ese era el legado que todos continuarían.