Capítulo 40
Cuando introduje la llave en la cerradura, advertí que había un sobre rojo debajo de mi puerta. Me agaché para cogerlo y vi que estaba dirigido a la señorita Lane en una caligrafía que reconocí al instante. Contenía una invitación.
Estás cordialmente invitada a cenar
Esta noche a las siete y media.
Le di la vuelta a la tarjeta, pero no proporcionaba más información.
Me apoyé un momento en el marco de la puerta e intenté dilucidar qué estaba pasando.
La dirección correspondía al edificio vacío contiguo a la boulangerie , el que había adquirido la empresa de Hugo con el objetivo de reformarlo y, junto con el edificio de la panadería, construir un hotel de gran tamaño. No entendía absolutamente nada.
Me olvidé de mis elucubraciones cuando vi que eran casi las seis.
Me había quedado en la puerta, vestida con mi pantalón de chándal y con el pelo sin lavar desde hacía cuatro días.
No pensaba ir, naturalmente. Bueno, quizá sí, pero me quedaría poco rato.
Me pondría guapa solo para que Hugo supiera que tenía otros planes.
Entré por fin en mi apartamento, abrí el grifo para darme una ducha caliente y colgué el vestido rojo de Nicole en la barra del baño para que desaparecieran las arrugas.
A las siete y cuarto había acabado de secarme el pelo y me estaba peinando con la raya a la izquierda, tal y como me había enseñado Nicole.
Me pinté los labios de rojo y me apliqué polvos compactos con una borla.
Un toque de Chanel detrás de las orejas y lista.
Una última ojeada al espejo me devolvió la imagen de una mujer curvilínea con algo muy parecido a la joie de vivre .
Había dejado de ser una camarera que veía el mundo pasar de largo delante de ella; ahora era una camarera que vivía su vida y se sentía bien.
Había entendido que ya no necesitaba ser como los demás, sino que simplemente necesitaba ser yo misma.
Madame Moreau había salido para asistir a la misa de tarde de los domingos y Manu estaba en casa de un amigo, de modo que cuando bajé con cuidado las escaleras con mis tacones en la panadería reinaba el silencio.
Me había cubierto los hombros con un chal, pero igualmente, ya fuera por el frío o por los nervios, tenía la carne de gallina.
Salí por la puerta, cerré con llave y caminé tres pasos hacia la izquierda.
El número 20 también era un edificio con estructura de madera, y, a pesar de que había pasado infinidad de veces por delante de la puerta pintada de color granate, nunca me había fijado realmente en ella.
La puerta estaba abierta, y una cortina de terciopelo oscuro impedía ver qué había detrás.
Retiré la cortina hacia un lado y observé la estancia tenuemente iluminada.
Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, vi una mesa al fondo y un candelabro que iluminaba la esquina.
Y entonces lo vi a él, sentado pacientemente, trajeado y a la espera de que yo entrara.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté—. ¿De qué va todo esto?
—Buenas noches también a ti —fue su respuesta—. ¿Le apetecería a mademoiselle una copa de champagne ? —Se levantó para retirar la otra silla—. Eso sí que es un vestido —dijo con admiración.
Las circunstancias me habían dejado un tanto hipnotizada.
El escenario era ridículamente romántico, y Hugo estaba deslumbrante con su esmoquin negro y su camisa blanca.
A pesar de lo halagada que me sentía, mi integridad tiraba de mí como un niño insistente.
No podía dejarme influir con tanta facilidad.
Una dulce voz femenina cantaba con discreción desde el equipo de música instalado en un rincón, lo que creaba una atmósfera seductora.
—No lograrás que cambie de idea con todo esto, ya lo sabes —dije tomando asiento.
—Eso no lo dudo.
Había algo que rondaba mi cabeza, y entonces caí en la cuenta.
—No he visto tu coche fuera.
—¿El Range Rover? No, lo he vendido —dijo mientras servía el champagne .
—Oh.
Me extrañó un poco. Aunque, a decir verdad, todo el escenario era un poco raro, y la actitud de Hugo tampoco encajaba con la del hombre con el que había estado peleando. Me fijé en la campana plateada que había sobre la mesa y, cuando Hugo la levantó, me sorprendió ver una pizza pepperoni .
— ¿Pizza?
— Bon appétit —dijo.
—¿Te ha dado algún ataque de algo?
Hugo soltó una carcajada, y al oírlo mis defensas se derrumbaron. Fue como si estuviéramos de nuevo en aquella bodega rodeada de viñas, como si volviéramos a ser dos personas que se estaban enamorando.
—¿Por qué dices eso?
—No lo sé. Es que se te ve tranquilo y feliz.
Hugo bajó la vista hacia la mesa, y por un momento me dio la impresión de que se arrepentía de algo. Pero ¿de qué exactamente?
—¿Qué hago aquí? ¿Me lo quieres restregar por la cara o qué?
—¿Restregarte por la cara el qué?
—¡Oh, yo qué sé! ¿El hecho de que seas tan rico que puedes comprar lugares como este como si fueran churros, borrando con ello años de historia, para convertirlos en una inversión estéril y lucrativa?
No podía creer que estuviera discutiendo de nuevo con él. El cambio se había producido en un abrir y cerrar de ojos.
—De hecho, si dejas que me explique… —empezó a decir.
Pero yo ya me estaba levantando de mi asiento.
—Mira, Hugo, no quiero discutir contigo, pero esto es inútil. Nunca nos pondremos de acuerdo, y vernos, como estamos haciendo ahora, es demasiado duro. Será mejor que cada uno vaya por su cuenta —le dije con franqueza—. Gracias por la cena de todos modos.
Me encaminé hacia la puerta, pero, como todo estaba en penumbra, tropecé con algo duro y caí de bruces en el suelo.
—¡Edith! —gritó Hugo—. Edith, ¿estás bien?
—¡Ay! —gemí, levantando un brazo para evaluar los daños.
—Espera, que voy… ¡Ooops! —gritó al caer de forma bastante torpe encima de mí—. Ay, Dios, lo siento. ¿Te has hecho daño?
—Estoy bien. No creo que me haya roto todos los huesos con el primer impacto, así que gracias por el resto —dije, jadeando bajo su peso.
En la penumbra apenas podía distinguir sus rasgos, pero sí sentir su aliento cálido sobre la piel.
—¿Estás bien? —preguntó con voz grave.
Levanté un brazo para tocarle la cara. Los dos respirábamos con dificultad.
Y antes de que me diera cuenta de lo que pasaba, mis labios, hambrientos, me traicionaron y se unieron a los suyos.
Era como si de pronto hubiera olvidado todo lo que acababa de pasar y mi cabeza estuviera más despejada.
Todo era Hugo. Su sabor, su contacto, el calor de su cuerpo.
Empezó a besarme la clavícula, y cuando mi cabeza se apoyó en el frío suelo de cemento recuperé el sentido.
—Espera… Lo siento, no puedo —fue todo lo que conseguí decir. Me separé de él y me incorporé.
—No, no debería… ¡Espera, no he tenido la oportunidad de contártelo! —dijo en tono suplicante.
Pero yo ya estaba en la calle. Abrí la puerta de la panadería, subí a mi apartamento y apoyé la espalda contra la puerta para intentar recuperar el ritmo de la respiración.
Mis labios esbozaron una sonrisa a pesar de todos mis esfuerzos por negar la atracción que existía entre nosotros.
No podía confiar en mí misma cuando estaba con él, era así de simple.
Y ya empezaba a hacer grandes planes para evitarlo en el futuro cuando oí que pronunciaba mi nombre desde la calle.
—¡Edith! —gritó—. ¡Por favor, tenemos que hablar!
Me quedé inmóvil un instante. Y comprendí que madame Moreau estaba en lo cierto. Tenía miedo. Mis sentimientos hacia él eran abrumadores, y eso me daba un miedo atroz.
—¿Puedes bajar, por favor? —volvió a pedirme.
Me acerqué a la ventana y la abrí de par en par.
—Tendrás que hablar conmigo desde ahí abajo —dije, intentando recomponer mi expresión para que pareciera la de una mujer madura que lo tenía todo bajo control.
—¿Y que me oiga toda la calle?
Me limité a encogerme de hombros.
—De acuerdo, como tú quieras, señorita Lane. Lo que intentaba explicarte, si me hubieses brindado la más mínima oportunidad de hacerlo, es que madame Moreau no va a perder la panadería.
Permaneció a la espera de mi respuesta, pero yo me había quedado paralizada, apoyada en el marco de la ventana. Boquiabierta.
—Si te quedas así te entrarán moscas, que lo sepas.
—¡Bajo! —grité. Y a punto estuve de volver a caer al bajar las escaleras a toda velocidad. Salí corriendo y lo vi ahí, tan tranquilo, apoyado en la farola.
—¿Qué acabas de decir? —pregunté, jadeando.
—He dicho que la panadería no cerrará. Que he liquidado todas las deudas de madame Moreau con el banco y ella no tendrá que vender nada.
—¿Qué has liquidado las deudas? ¿Tú? ¿Personalmente? —Hugo asintió—. Pero ¿cómo?
—He vendido mi apartamento de París.
—No entiendo nada. ¿Por qué tendrías que hacer eso?
Me resultaba excesivo asimilar la enormidad de lo que Hugo estaba diciendo.
—Para saldar una vieja deuda familiar —respondió, y miró el edificio como si tuviera algún tipo de relación personal con él.
Yo seguía completamente confusa, y mi expresión debía de traslucirlo.
—Fue algo que dijo mi madre —empezó a contarme—. Al principio no estaba seguro. Su memoria es… Tiene alzhéimer.
—Oh, Hugo, cuánto lo siento —dije. Mi mano buscó la suya por instinto y la presionó con fuerza. Podía imaginarme lo que debía de estar pasando.
—Pero investigué un poco —prosiguió— y encontré periódicos antiguos en los archivos. Resulta que ella tenía razón. El panadero que vivía aquí, Pierre Moreau, dio refugio a la madre de madame Moreau. Los nazis la descubrieron y se la llevaron…
—Sí, lo sé. Ella misma me lo contó.
—Lo que madame Moreau no sabe es que fue mi tío abuelo quien las delató.
Sacudí la cabeza con incredulidad.
—Nadie en la familia había hablado nunca de esto. Creo que la vergüenza y el sentimiento de culpa debió de empujarlos a guardar silencio. No sé cómo ni por qué lo recordó mi madre, pero entendí que tenía ante mí la oportunidad de poner por fin a los fantasmas del pasado a descansar.
Me estremecí. Hugo no tenía ni idea de la relevancia de lo que estaba diciendo.
—El grupo hotelero se ha retirado del negocio al ver que no podría adquirir la panadería, de modo que me he convertido en propietario del número 20. O, mejor dicho, lo he heredado de mi madre. Mañana comentaré los detalles con madame Moreau, pero a ti te lo quería contar esta noche.
Me costaba entender todo lo que me estaba explicando.
—Mira, ya sé que son muchas cosas, pero me he dado cuenta de que el tiempo que tenemos en esta vida es muy corto y no quiero pasar ni un segundo más en París trabajando para mi padre. Quiero vivir más cerca de mi madre y pasar todo el tiempo que pueda con ella.
Extendí una mano y le acaricié la nuca.
—Estás loco, ¿lo sabes?
—Supongo que hay que estarlo para reconocer a otro loco —dijo con una sonrisa.
Yo aún le sujetaba una mano, y entonces él me tomó la otra.
—Por tanto, ahora solo queda el pequeño detalle de entender en qué situación quedamos tú y yo.
Dio un paso hacia mí. Y contuve la respiración unos segundos antes de soltarle las manos.
—Nada me haría más feliz que caer entre tus brazos y dejarme ir. Pero no puedo, Hugo —dije, y empecé a alejarme.
—¿Por qué no?
Dudé un momento antes de volverme de nuevo hacia él.
—Porque estoy mejor sola. Sé cómo vivir en esta vida, la vida en la que los sueños no se hacen realidad y el amor no acaba como en un cuento de hadas.
Estaba enfadada, estaba disgustada, estaba al borde de las lágrimas. No estaba segura de si salvar la panadería podía salvarnos a nosotros como por arte de magia. O a mí.
—Te entiendo —dijo Hugo con un gesto de asentimiento—. Si los dos seguimos aguantando este tipo de vida, quizá evitaremos que nos hagan daño.
—No es eso lo que estoy diciendo.
—¿Ah, no? —dijo.
Durante un instante aterrador, aunque también anhelado, sentí como si Hugo me estuviera leyendo el pensamiento, como si pudiera ver más allá de la máscara con la que pretendía protegerme y mantener algún tipo de compostura.
Me daba mucho miedo volver a querer. ¿Y si mi corazón estaba demasiado roto?
—Mira, Hugo, lo que me estás ofreciendo… Espera un momento, ¡si ni siquiera sé qué me estás ofreciendo!
—Sinceramente, ya no tengo mucho que ofrecer.
Solo a mí mismo. Y este viejo edificio, supongo —replicó Hugo, volviendo la cabeza hacia el número 20—.
Pero el asunto no es ese. El asunto es que sé que amar significa poner en riesgo el corazón.
Aunque deja de ser un riesgo si el chico que tienes delante de ti siente lo que siento yo.
De pronto noté que dentro de mi corazón había algo que cedía por fin bajo un gran peso.
Y entonces, como la ola que corre hacia la orilla, me precipité hacia sus brazos.
Lo besé sin reserva. Y todo el miedo, todas las dudas que habían anidado en mi corazón, se esfumaron en cuanto sentí sus brazos estrechándome contra él.