Capítulo 39
PIERRE MOREAU
Era evidente que Arnaud, el del tabac , había traicionado su secreto.
No solo era un informante de los boches , sino que además era un hombre amargado que había visto la felicidad y la alegría que Mirela y Geneviève habían encontrado en la panadería y había querido destruirla.
Pierre no era un hombre violento, pero a menudo imaginaba que entraba en la tienda de Arnaud y le rompía todos los huesos.
Pero debía pensar en el futuro de la pequeña.
Si a él le sucedía algo, ¿quién cuidaría de ella?
Tenía que permanecer callado para protegerla, y por eso, después de aquello, escondió a Geneviève en el atelier .
Le dijo a todo el mundo que la niña se había escapado, que imaginaba que debía de haber regresado a su pueblo.
Pero durante las primeras horas neblinosas del día, mientras la Rue de Paris dormía aún, Geneviève bajaba de puntillas las escaleras y pasaba un rato con Pierre en la panadería.
—Cuando vuelva maman , le prepararé un pastel muy bonito —decía mientras escribía una lista con todos los ingredientes mágicos que pensaba utilizar.
Pierre no sabía qué era mejor, si seguirle la corriente con sus fantasías o prepararla para lo peor.
Jamás había tenido noticias de nadie que hubiera regresado de aquellos campos.
¿Qué era más cruel? ¿Decirle la pura verdad o continuar con esa mentira amable?
Pierre, que era un hombre concienzudo y metódico, le dio vueltas al asunto durante un tiempo.
En su nuevo papel como único tutor de la niña, absolutamente todo dependía de él.
Semejante responsabilidad podría haberlo abrumado de no haber sido porque el amor que le inspiraba aquella niña era el sentimiento más fuerte que había conocido nunca.
Habría dado su vida por ella, y jamás la abandonaría.
La pequeña lo necesitaba, era evidente. Pero él la necesitaba todavía más.
Un día, poco después de que hubiera acabado la guerra, cuando por tanto no había ya necesidad de que Geneviève permaneciera escondida, Pierre preparó su desayuno favorito: crêpes con mermelada de moras, elaborada con bayas que habían recogido en los zarzales de las cercanías.
—¿Te gusta vivir conmigo en la panadería? —le preguntó.
La pequeña, con la boca embadurnada con restos morados de mermelada, movió la cabeza en un gesto afirmativo.
—Bien.
Pierre bebió un poco de café y se mordió un carrillo. ¿Cómo decirle que su madre no regresaría jamás? ¿Que tendrían que vivir sin saber qué le había pasado?
—Ahora tú y yo somos una familia. ¿Sabes? Durante años pensé que nunca podría tener una. Y lo que más me gustaría en este mundo, siempre y cuando tú me lo permitas, sería poder llamarte hija mía.
Geneviève dejó su crêpe en el plato y se quedó mirándolo.
Sus ojos estaban inundados de lágrimas brillantes de felicidad.
No fue necesario que dijera nada, pues Pierre supo en aquel mismo instante que esas eran las palabras que la pequeña estaba esperando escuchar, las mismas que él desesperadamente había querido pronunciar.
Geneviève saltó de la silla y se lanzó a los brazos de Pierre llorando de alivio, alegría y lamentable tristeza.
— Maman —empezó a decir—. Maman .
—Lo sé, lo sé —dijo Pierre, consolándola y acunándola lentamente.
La niña lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Era la niña más inteligente que había visto en su vida. La guerra había obligado a todas las criaturas a hacerse mayores de golpe.
—¿Puedo quedarme contigo… para siempre?
Pierre Moreau creyó que el corazón le iba a estallar.
—Por supuesto, ma petite . Para toda la eternidad.
Pero hay promesas que, por mucho que deseemos lo contrario, son imposibles de cumplir. Cuando a la edad de sesenta y ocho años el corazón de Pierre Moreau empezó a debilitarse, fue Geneviève quien pasó a hacerse cargo de la panadería y cuidó de él en su lecho de muerte.
—Siempre estaré aquí —le dijo Pierre en su último suspiro.
Y, con todas y cada una de las partículas de polvo de estrellas y hueso que conformaban su espíritu, permaneció fiel a su palabra.