La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 38
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Capítulo 38

El domingo fui en bicicleta hasta el Château de Compiègne con la idea de desconectar un poco.

Una brisa fresca mecía la hierba como en un cuadro de Van Gogh, dándole al paisaje un aspecto vivo y rebosante de energía.

Cuando vislumbré el edificio, me quedé una vez más maravillada por su grandeza y me pregunté cómo habría sido la vida de sus ocupantes.

Paseé por las largas avenidas que se adentraban en el bosque, el lugar perfecto para la reflexión y la contemplación.

Habían sucedido tantas cosas desde mi llegada a Francia —entre ellas mi debut como cantante la noche anterior— que sentía que necesitaba procesarlo todo, incluso si tendría sentido quedarme en Compiègne cuando la panadería cerrara sus puertas.

A pesar de todos nuestros esfuerzos y de la buena voluntad del público, la última palabra la seguía teniendo el banco, que no tenía ningún vínculo emocional con el edificio, sino únicamente el deseo de hacer cuadrar sus cuentas.

Hugo me había tocado la fibra sensible aquel día, cuando me dijo que yo había viajado a Francia para encontrarme a mí misma.

Era un cliché, lo sabía, pero si los clichés existen es porque son ciertos.

Jamás había tenido el valor suficiente para lanzarme a la aventura y averiguar cuáles eran mis sueños, hasta la noche pasada, cuando canté delante de un público reducido en la panadería.

Notaba una sensación desconocida corriendo por mis venas, y lo único que sabía era que no quería que desapareciera.

No obstante, desconocía por completo la escena musical francesa, aunque también la irlandesa, claro está.

¿Podría llegar a ganarme la vida cantando?

¿O hacerlo aunque fuera en plan aficionado?

¿Era lo bastante buena para ello? A pesar de que me sentía incapaz de responder a todo eso, era consciente de que había dado un gran paso adelante al saber por fin cuáles eran las preguntas que me debía formular.

Creía que empezaba a conocerme un poco mejor.

Y eso me llevó a preguntarme qué habría pensado mi madre de ese posible cambio de rumbo profesional.

Esa seguía siendo la parte más dura del hecho de que ya no estuviera con nosotros.

Ojalá pudiera preguntarle cosas como hacía antes, compartir mis ideas con ella.

Me pregunté si su espíritu estaría en alguna parte, consciente y capaz de escuchar mis pensamientos.

Sin darme cuenta siquiera, me descubrí hablando con mi madre en voz alta.

Empecé a charlar con ella como si estuviera allí conmigo, como cuando conversábamos en la mesa de la cocina mientras tomábamos un té.

Le conté todo acerca de la panadería, madame Moreau y mis sentimientos encontrados hacia Hugo.

Cuando regresé a la Rue de Paris me sentía más ligera y feliz. Había hecho la compra en el supermarché , aprovechando que me pillaba de paso, y le había enviado a mi amiga Gemma un mensaje y algunas fotos de la velada de la noche anterior. Su respuesta había sido casi inmediata.

«¡Siempre supe que allí te encontrarías a ti misma!».

Sonreí para mis adentros y subí saltando las escaleras hasta mi apartamento.

Empezaba a anochecer, y el cielo estaba pasando del azul claro a una cálida tonalidad ambarina.

Abrí la ventana de mi buhardilla para que entrase un poco el aire y me desnudé para meterme en la ducha.

La sensación del agua caliente al entrar en contacto con mi piel envió un mensaje sutil a mi cerebro: podía relajarme.

Moví los hombros en círculo y noté que la musculatura se soltaba.

No había sido consciente de la enorme cantidad de estrés que había soportado todo ese tiempo, y, a pesar de no tener ninguna certeza sobre mi futuro allí, había algo que sabía con seguridad: podía gestionarlo.

Podía gestionar lo que fuera que se pusiera en mi camino.

Quizá había sido necesario viajar a Francia para descubrir ese hecho irrefutable sobre mí misma.

Sumergí la cabeza bajo la ducha y dejé que corriera el agua.

Envuelta en una toalla, rebuscaba entre toda mi ropa una camiseta limpia cuando creí oír voces en el exterior.

Asomé la cabeza por la ventana y vi a dos personas bajo la luz de la farola.

No podía creer lo que veían mis ojos: eran Manu y Hugo.

Hablaban en voz baja, así que intenté averiguar de qué iba aquello a partir de su lenguaje corporal.

De entrada, me dio la impresión de que no discutían.

Menos mal. Si Hugo hubiese dicho cualquier cosa que hubiera molestado a Manu, yo habría bajado corriendo como un rayo, con o sin toalla.

Bueno, mejor con ella. Y entonces la brisa hizo llegar hasta mí algunas palabras.

—¿Cuánto necesitas? —Oí que decía Hugo.

Vi que Manu se pasaba una mano por el pelo y decía algo que dio como resultado un gesto de asentimiento por parte de Hugo.

Y entonces se estrecharon la mano. ¿Qué estaba pasando ahí abajo? ¿Estaría Hugo sobornando a Manu? Parecía justo el tipo de táctica de la que se valdría una empresa desalmada para salirse con la suya. Pero ¿de verdad pensaba Hugo que podría poner a Manu en contra de su abuela?