Capítulo 37
A la semana siguiente, la campaña en las redes sociales para salvar la panadería que había iniciado Nicole ya se había vuelto viral.
Artesanos panaderos de todo el país daban su apoyo a madame Moreau y, por lo que parecía, su historia había iniciado algo así como un debate a escala nacional.
Incluso se estaban sumando a la causa algunos famosos que insistían en que Francia necesitaba conservar su identidad cultural frente a la globalización.
Nadie estaba más estupefacto que yo ante una respuesta tan desmesurada.
Francamente, me sentía un poco fuera de lugar.
Lo único que siempre había pretendido era ayudar a madame Moreau a conservar su negocio por el bien de Manu, pero ahora los manifestantes habían llegado a hablar de desplazarse a París y presentarse ante el ministro de Agricultura y Alimentación con el fin de exigirle más apoyo para los pequeños negocios.
Era viernes por la noche y, tal y como estaba previsto, Johnny y su banda llegaron a la boulangerie para tocar algunos temas de Django Reinhardt.
El espacio era tremendamente pequeño, pero al final consiguió entrar una buena cantidad de público.
Yo había acumulado una caja llena de tarros de mermelada vacíos, les había puesto velitas y los había repartido por toda la tienda, creando un ambiente encantador.
Cuando la música empezó a sonar, vi que el rostro de madame Moreau se iluminaba.
—Es bueno este Johnny, ¿hein?
—Siente pasión —dije, pues admiraba el amor que Johnny sentía por el estilo gitano de tocar.
—Tiene duende —comentó con aprobación madame Moreau.
Después de cada tema el público aplaudía y vitoreaba pidiendo más, y yo me pregunté si aquella noche lejana, en plena guerra, el ambiente habría sido similar.
La música, hipnótica, incitaba a cualquiera a moverse o balancearse a su ritmo.
Si aquel espacio fuese mayor, pensé, habríamos podido sacarle mucho partido a una iniciativa como aquella.
Como el negocio carecía de licencia para vender bebidas alcohólicas, todo el mundo se había llevado su propia botella de vino, y nosotros habíamos servido platitos con pan, queso y embutido.
—Hay un ambiente estupendo, ¿verdad? —le dije a Nicole cuando me instalé detrás del mostrador.
—Sí, pero creo que está a punto de cambiar —replicó ella moviendo la cabeza en dirección a la puerta.
Ahí estaba. Su silueta alta, su complexión delgada y sus penetrantes ojos azules eran inconfundibles.
—Mierda.
Fue lo único que fui capaz de decir. No porque fuese el enemigo o porque pudiera traernos más malas noticias, sino porque hacía una eternidad que no me peinaba y en aquel momento llevaba el pelo recogido en una simple cola de caballo que no resultaba ni mucho menos favorecedora.
¿Por qué no me habría puesto el vestido rojo que me había comprado?
Ni se me había ocurrido, y llevaba en cambio mi habitual uniforme de blusa negra, falda del mismo color y delantal rosa con lunares.
Nada que se pudiera calificar precisamente de conjunto de traje chaqueta de ejecutiva, ni de atuendo de esos que cortan el hipo.
—¡Edie, te estás poniendo colorada! —me dijo Nicole en voz baja.
—Es que hace calor —dije, e intenté esconderme detrás del mostrador.
Johnny y sus chicos acababan de terminar otra pieza musical de Django Reinhardt, «I’ll See You in My Dreams», y el público, encantado, había estallado en aplausos. Entonces una voz sobresalió por encima del bullicio y los vítores se apaciguaron para oír lo que decía.
—¡Oigamos a la señorita Lane cantar una canción! —Fueron las tentadoras palabras que se oyeron desde la puerta, y que luego se repitieron en francés para que todos los presentes pudieran entenderlas.
El público volvió la cabeza en busca de la esquiva señorita Lane y empezaron a preguntarse entre ellos si alguien la conocía.
—¡Oye! ¡Esa eres tú, Edie! —señaló Nicole sin necesidad.
Johnny, entusiasmado, me pidió a gritos que me sumara a él en el improvisado escenario.
—¡Vamos, Edie, regálanos una canción!
A esas alturas, mi cara parecía una remolacha asada.
—No, no —dije—. No soy cantante —le aseguré a todo el mundo, clavando las uñas en el mostrador.
— Au contraire —dijo de nuevo la voz provocadora—. Me dijiste que lo eras… Y estoy seguro de que una dama tan encantadora jamás mentiría.
Sonrió con malicia, como el villano de una pantomima destinada a entretener a los asistentes.
Y tuvo el efecto deseado, porque el público dio por sentado que se trataba de una farsa y que yo estaba fingiendo reticencia para luego darle la vuelta al asunto y cantar a viva voz una canción conmovedora a lo Édith Piaf.
Todo el mundo empezó a aplaudir, entre ellos madame Moreau, Manu y Nicole.
Aquello no tenía vuelta atrás, y él lo sabía.
Sonreí con elegancia al público y me quité el delantal. Y entre aplausos, consciente de que las piernas me temblaban como gelatina, me abrí camino hasta los músicos.
—Puedes hacerlo —me dijo Johnny, moviendo la cabeza en un gesto alentador.
—Aún no me has oído cantar —repliqué entre dientes.
—Y bien, ¿qué va a ser, señorita Lane? —preguntó Johnny recuperando su instrumento.
La primera canción que me vino a la cabeza fue «Cry Me a River», pero no quería darle a Hugo la satisfacción de pensar que había llorado a mares por él.
—«I’m a Fool to Want You» —dije con firmeza.
—Oh, me encanta la versión de Billie Holiday de ese tema —dijo Johnny, y se puso a discutir los acordes y los arreglos con los chicos mientras yo miraba al público expectante.
Fue uno de esos momentos en los que te dices: «¿Cómo demonios he acabado yo aquí?
». Noté los ojos de Hugo clavados en mí y distinguí su sonrisa de gato de Cheshire al otro lado del local.
Quería ponerme en evidencia, y era muy probable que yo acabara haciendo el ridículo delante de toda esa gente.
Corrección: a buen seguro lo haría. Él se había limitado a instigarlo.
Una vez más me sentía presa de un miedo feroz, y una vez más recé a mi madre para que me ayudara.
—Uno, dos, tres, cuatro… —contó Johnny, e inspiré hondo.
Piensa en Billie Holiday, me dije: lento, relajado y sensual. Abrí la boca y empecé a cantar, pero lo que salió no fue más que un susurro. Perdí la entrada. La banda siguió tocando y miré a Johnny con ojos llenos de terror.
—No puedo hacerlo —musité.
— Tiens . —Madame Moreau apareció a mi lado con un vaso de agua—. Bebe un sorbo, aclárate la garganta y deja que el mundo te oiga.
No esperaba recibir una charla motivadora en un momento como ese, pero surtió efecto.
Hice exactamente lo que madame Moreau me había dicho: bebí un sorbo de agua, me aclaré la garganta y esperé a que la banda empezara a tocar de nuevo la melodía.
Cogí aire e intenté recordar lo que me dijo Johnny aquel día.
No tenía que actuar. Solo debía dejar que la gente viera mi verdadero yo.
Cerré los ojos, y dejé que las palabras fluyeran.
I'm a fool to want you; I'm a fool to want you
To want a love that can’t be true
A love that’s there for others too
I'm a fool to hold you, such a fool to hold you
To seek a kiss not mine alone
To share a kiss the devil has known…
Soy una tonta por quererte; soy una tonta por quererte,
por querer un amor que no puede ser verdadero,
un amor que también está ahí para los demás.
Soy una tonta por abrazarte, soy tan tonta por abrazarte,
por buscar un beso que no es solo mío,
por compartir un beso que el diablo ha conocido…
Me entregué a la canción y a la letra, y cuando llegué a la última estrofa me di cuenta de que lo estaba disfrutando.
A pesar de mi completa falta de confianza, sabía que estaba cautivando a mis oyentes.
Quizá fuera la canción, o la historia que contaba, pero estaba creyendo en ello y sabía que el público también.
Era la primera vez que cantaba acompañada por una banda en directo, y disfruté todos y cada uno de aquellos segundos.
En lugar de oírme a mí misma cantar a capela, escuchaba mi voz arropada por una batería suave, un contrabajo profundo y resonante y una guitarra rítmica.
Cuando recité la última frase, por fin me atreví a mirar a Hugo.
Estaba apoyado en la puerta, con la cabeza ladeada y una sonrisa traviesa dibujada en la cara.
La reducida audiencia estalló en aplausos cuando la música cesó, y a aquello siguió un aluvión de besos y gritos pidiendo un bis.
Por primera vez en mi vida, sentí que estaba haciendo lo que siempre debí hacer.
Me había salido natural, y lo había hecho bien.
Mientras cantaba había experimentado la misma sensación de fluidez que había descubierto al hacer mis vídeos de TikTok.
Cuando había dejado de ejercer presión sobre mí misma para ser alguien, la persona que pensaba que la gente quería que fuese, había sucedido algo mágico.
Había descubierto un yo interior, alguien que siempre había estado ahí, a la espera de que yo misma dejara de interponerme en mi propio camino.
Vi que la puerta se abría y por ella salía la figura alta de Hugo, y fue solo entonces cuando comprendí que él me había hecho un favor.
Quizá no estuviera intentando humillarme.
Quizá simplemente me había brindado una oportunidad para hacer realidad mis sueños.
Conseguí liberarme de los abrazos de mis recién descubiertos admiradores y salí a la calle corriendo tras él.
—¿Por qué lo has hecho? —le grité.
Hugo se volvió, con ese aire de desenfado que hacía que diese la impresión de que nunca tenía prisa.
—Porque quería oírte cantar.
—No. Querías demostrar que estabas en lo cierto: que yo te había mentido al decirte que era cantante, igual que tú me habías mentido al decirme que eras fotógrafo —dije jadeante, después de quedarme sin aliento tras mi improvisada actuación.
—¿Y por qué tendría yo que hacer eso? —preguntó, guiándome.
—Para demostrar que ambos somos igual de cobardes a la hora de hacer realidad nuestros sueños —respondí.
Me sonrió, y la manera en que lo hizo me convenció de que me resultaría muy difícil seguir enfadada con él.
—La única diferencia es que yo no soy muy buen fotógrafo, mientras que tú… —Dejó la frase en el aire.
—Supongo que eso pretende ser un cumplido. —Ahora sonreíamos los dos. Todo un cambio a mejor con respecto a nuestros recientes encuentros—. ¿Por qué me tratas ahora con tanta amabilidad?
—En ningún momento he pretendido dejar de ser amable contigo, Edith. Lo que se ha interpuesto entre nosotros ha sido este lugar —dijo señalando la panadería.
—Ya, pero sigo sin ver solución —dije, y ambos nos quedamos un rato sin decir nada.
—He visto que las protestas han llegado hasta París —dijo por fin Hugo—. Leí un artículo en Le Monde . No piensas darte por vencida, ¿verdad? —preguntó, y se me quedó mirando pensativo, como si admirara a regañadientes mi tenacidad.
—Si supieras lo que este lugar significa para madame Moreau, Hugo, tú tampoco te darías por vencido. Si pudiera contarte…
— Édith! —gritó la voz de Manu justo a tiempo—. Ils veulent un encore!
Hugo hizo una pequeña reverencia.
—Tu público te espera, mademoiselle —dijo.
Y luego dio media vuelta para marcharse. Tuve que hacer uso de toda mi fuerza de voluntad para no echar a correr tras él.
La ovación que dio la bienvenida a mi reaparición estuvo a punto de tirarme al suelo. Aquello no podía ser solo lástima, me dije. De verdad querían oírme cantar otra vez.
—¿Por qué no me dijiste que tenías esa maravilla de voz? —me preguntó Johnny cuando me reuní de nuevo con él y los chicos.
—¡Porque no estaba segura de que pudiera funcionar fuera de la ducha! —le respondí a gritos para hacerme oír entre tanto alboroto.
—¿Te apetece probar con otra?
Asentí, casi temerosa de expresar mi abrumador deseo de pasarme la noche entera cantando.
Igual que esas personas que han pasado demasiado tiempo escondiendo su luz bajo un aura de modestia, deseaba brillar.
Y opté por cantar una canción en francés de Melody Gardot, titulada muy acertadamente «Les étoiles». Las estrellas.
Por fin llegó la hora de dar por terminada la noche y, después de agradecer su asistencia a la clientela y enviarla de vuelta a casa, empecé a recoger y limpiar.
Volviendo a mi trabajo de siempre, me sentí un poco como Cenicienta después de que hubieran dado las doce.
Me ocupé de apilar las sillas sobre las mesas y fregar el suelo mientras madame Moreau reunía los tiques de caja.
—¿Por qué piensas que el señor Chadwick ha venido aquí esta noche? —me preguntó pasado un buen rato.
—No tengo ni idea —respondí, concentrándome en una mancha en el suelo imaginaria.
—Al parecer, sabía que tienes una voz preciosa —comentó como al descuido.
No se me ocurrió qué responder, de modo que opté por mantener la boca cerrada y confiar en que madame Moreau se olvidara de lo que me había preguntado.
—Me parece que le gustas.
—¿Qué? ¡No sea ridícula! —repliqué, furiosa.
—Y me parece que a ti te gusta él —continuó ella, en absoluto insatisfecha con sus indagaciones.
—Bueno, de todas formas da igual. Lo que quiero decir es que entre nosotros no puede pasar nada.
Seguí fregando, y ella siguió insistiendo.
—¿Por qué no? Los dos sois jóvenes, solteros…
—A ver —dije por fin, apoyando la fregona contra el mostrador—. El señor Chadwick es nuestro archienemigo, ¿lo recuerda? ¿Recuerda que pretende acabar con la panadería? ¿Cómo podría querer yo a un hombre así?
—Querer, ¿eh?
—Bueno, ya sabe a qué me refiero —dije, exasperada.
— Édith , ¿cuántas veces tengo que recordarte que es el banco el que nos obliga a cerrar? El señor Chadwick no es más que un hombre de negocios que confía en comprar este edificio a buen precio.
—O un buitre a la espera de rebañar un cadáver —murmuré por lo bajo.
—¿De verdad piensas eso? ¿O es solo lo que te dices a ti misma para evitar los sentimientos que obviamente compartís?
Si estuviéramos jugando una partida de ajedrez, madame Moreau me habría hecho jaque mate en aquel momento.
Entonces empecé a contarle cómo nos habíamos conocido Hugo y yo, lo que ocurrió aquella noche mágica, y luego las terribles discusiones que habíamos tenido a causa de la panadería.
Por no hablar de las cosas tan dolorosas que me había dicho sobre mi vida en Compiègne.
—Es normal, ma belle , que te importe lo que piensa de ti —dijo madame Moreau con delicadeza—. Pero piensa que a él quizá también le importe lo que opinas tú de él…
Entonces recordé cómo lo había acusado de agachar la cabeza ante las expectativas de su padre. Quizá le había tocado la fibra sensible. Era evidente que Hugo se sentía culpable de decepcionar al señor Chadwick.
—Y si quieres saber mi opinión, te diré que creo que esta noche se ha esforzado, y mucho, por arreglar las cosas contigo, ¿n’est-ce pas?