Capítulo 36
HUGO CHADWICK
Hugo cerró la puerta del coche y le respondió el familiar ruido sordo del chasis del Range Rover.
Lo había vuelto a hacer. Edith. Le había hecho sentir de nuevo como si fuera el diablo en persona.
¿Y el chocolate caliente? ¿Qué demonios le echaba?
, se preguntó. A cada sorbo que le daba experimentaba una sensación cada vez más potente de estar a punto de hacer un gran descubrimiento en su interior, pero, fuera lo que fuese, se le escapaba.
Tenía claro que regalarle su ejemplar de Proust había sido un error.
Pero daba igual; se sabía muchas frases de memoria y resultaba imposible negar la asombrosa similitud.
Cuando Proust prueba el té en el que ha remojado la madalena, se le escapa un recuerdo que se vuelve más oscuro con cada sorbo que da.
—La poción está perdiendo su magia —dijo en voz alta, citando al autor.
Introdujo la llave en el contacto y se puso en marcha sin un destino concreto.
Media hora más tarde, se encontró aparcando a la entrada del cementerio.
Hacía mucho tiempo que no lo visitaba, y ya entonces se había propuesto no ir nunca solo.
La lluvia caía ahora con más fuerza y sus zapatos crujieron sobre el sendero de gravilla.
Pensó en volver al coche para coger el paraguas que solía llevar en el maletero.
Se detuvo un momento, miró hacia el aparcamiento y a continuación devolvió la vista hacia el lugar donde yacía enterrado su hermano.
Sabía que, si volvía al coche, se montaría en él y se alejaría de allí.
Siguió caminando hasta que llegó a la lápida con el nombre de Stéphane.
Su instinto le decía que debía endurecerse ante la realidad.
El cementerio estaba lleno de gente que en su día habían sido hermanos, padres, hijos, hijas, madres.
Era un hecho de la vida, algo que había que aceptar.
Pero aquellos pensamientos no le sonaban como propios.
Se agachó y empezó a retirar las flores, ya mustias, que seguramente dejó allí su padre tiempo atrás.
—Siempre fuiste su favorito —dijo, hablando a su hermano por primera vez desde su fallecimiento.
Notó que volvía a suceder. Un recuerdo, en el límite de su subconsciente. Regresaron a él las esclarecedoras palabras de Proust.
«Es evidente que el objeto de mi búsqueda, la verdad, no reside en la taza sino en mí mismo».
En lo más profundo de su ser, Hugo entendía que aquellos últimos años su supervivencia había dependido en gran medida de haberse ocultado a sí mismo la verdad.
Y ahora, allí, junto a la tumba, le parecía absurdo que eso le hubiera funcionado.
Aunque el dolor puede tener efectos extraños sobre las personas.
—Lo siento —dijo, y las palabras salieron de su boca como una oración desesperada.
Empezó a sentir náuseas y pensó que iba a vomitar, pero lo único que salió de él fueron unas lágrimas contenidas.
Las lágrimas que no se había permitido derramar en la funeraria, ni en el funeral, ni siquiera cuando su madre le preguntó una y otra vez qué había sucedido aquella noche.
Había sido una estúpida fiesta a la que Hugo ni siquiera le apetecía ir.
Stéphane estaba saliendo con una modelo y lo invitaban a menudo a esos eventos llenos de famosos.
Y en ese tipo de encuentros nunca había que pagar por el champagne ni por las drogas.
Hugo veía que su hermano estaba cambiando y que se colocaba casi todas las noches.
Incluso había sufrido un accidente de coche.
«Esto ha sido un toque de atención», le había asegurado Stéphane a Hugo después de aquel suceso.
Pero de nuevo volvieron las juergas. Hugo lo seguía a todas partes, como una especie de guardaespaldas inútil, e intentaba que su hermano no se metiera en líos.
Pero aquella noche discutieron. Él se largó de la fiesta, hecho una furia, y lo siguiente que supo fue que la policía se presentó en su casa y le comunicó que habían encontrado a Stéphane muerto en el escenario de los hechos.
—¿En el escenario? ¿En qué escenario? —preguntó él.
—En el suelo de los baños de la discoteca —le informó la agente—. Asfixia.
Hugo negó con la cabeza. No entendía nada.
—Se ha ahogado con su propio vómito —aclaró el otro agente.
Tuvo que pedir muchos favores para conseguir que los medios de comunicación cambiaran el relato.
«Un infarto», dijeron los titulares. Sí, Stéphane era muy joven, pero esas cosas pasaban.
Sin embargo, el informe del forense no mintió.
Sus padres se enteraron de la verdad, pero jamás lo mencionaron.
Hugo sabía que lo culpaban de lo sucedido.
De forma acertada o no, necesitaban descargar su rabia de alguna manera, y él era el único que quedaba.
Hasta que sus padres se volvieron el uno contra el otro, y entonces Séraphine enfermó.
Desde entonces, Hugo había intentado expiar la culpa por lo sucedido.
—Lo más estúpido de todo —dijo cuando su llanto se apaciguó— es que debí de pensar que si me esforzaba lo suficiente lograría marcar la diferencia.
Como si de algún modo pudiera cambiar lo sucedido, conseguir que volvieras.
—Se secó la nariz y se echó hacia atrás el cabello mojado antes de sentarse en la hierba empapada al lado de su hermano—. Pero no vas a volver, ¿verdad?
Hugo no sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero la lluvia había cesado y las nubes dejaban entrever al romperse fragmentos de cielo azul.
—Tal vez no pueda cambiar el pasado, Stéphane, pero existe la posibilidad de cambiar el futuro de una persona. Y también el mío. Hay una familia… Son buena gente, ¿sabes? Un antepasado nuestro los traicionó hace mucho tiempo. Papa pretende que yo los vuelva a traicionar, pero…
Miró al cielo y se preguntó si tendría el valor suficiente para darle la vuelta a todo aquello.
—Y está también esa chica, Edith. Creo que te gustaría. Vive con esa familia y, no sé, tiene que haber alguna razón por la que coincidimos en esa misma calle. Es como si ambos nos hubiéramos visto atraídos hacia allí.
Se sentía bien hablando de nuevo con Stéphane; era como abrazar a un viejo amigo al que hacía mucho tiempo que no veía. Lo cierto era que nunca se había permitido llorar su muerte. Solo ahora empezaba a darse cuenta de lo mucho que había echado de menos los consejos de su hermano mayor.
— Maman tenía razón. Al principio no estaba seguro de que no fueran imaginaciones suyas, pero estuve investigando en los archivos. Encontré un viejo artículo de periódico que hablaba de la esposa de monsieur Moreau y de cómo había sido hecha prisionera por los nazis.
A Hugo le había costado creer lo que veían sus ojos cuando leyó que el vecino que citaban en el artículo era monsieur Arnaud Chauvel.
Arnaud decía que aquella mujer era una mancha para la buena gente de la Rue de Paris y que se alegraba de que su verdadera identidad hubiera quedado al descubierto y el asunto se hubiera «gestionado» en consecuencia.
En cuanto a monsieur Moreau, declaraba Arnaud, «los de su calaña tampoco son bienvenidos en nuestra calle».
Hugo sintió asco solo de pensar que guardaba un parentesco lejano con aquel tipo. Durante mucho tiempo le había preocupado la posibilidad de haber perdido su alma, pero cuando leyó aquello comprendió cómo eran de verdad los hombres que carecían de ella.
—Durante todos estos años he querido compensar en exceso lo sucedido… intentando ser tú. Y, la verdad, no lo he hecho muy bien. —Hugo sonrió—. Pero si ahora no defiendo aquello en lo que creo, acabaré perdiendo lo poco de mí que aún me queda.
Miró fijamente la lápida, el nombre de su hermano grabado junto a dos fechas como dos sujetalibros.
La vida le daba a uno un tiempo limitado, y todo lo que no se lograra cumplir entre esas dos fechas quedaba pendiente para siempre.
Fue como si algo se activara de repente en su interior. Sabía muy bien lo que tenía que hacer.