La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

—Tú quédate aquí y abre la tienda. Yo iré a hablar con ella —dije, y subí corriendo las escaleras de dos en dos.

Cuando llegué al apartamento, la puerta estaba entreabierta. Entré con cautela y vi que madame Moreau tenía entre las manos una fotografía de ella con monsieur Moreau tomada delante de la panadería.

—Su ambición era que yo asumiera el relevo —dijo madame Moreau con cariño—. Nunca tuvo hijos, y a mí siempre me consideró como si lo fuera.

Me acerqué lo suficiente como para poder ver las sonrisas dibujadas en los rostros de los protagonistas de aquella imagen en tonos sepia.

—Nunca ha sido mi intención molestarla, madame. Y, si quiere que le sea sincera, esto ni siquiera ha sido idea mía. Pero la gente quiere ayudar.

Me miró.

—Apenas conozco a esa gente de ahí fuera. ¿Por qué están aquí si no es por lástima?

—No es por lástima, eso se lo prometo. Es por darle su apoyo. Sé que aceptar ayuda es duro, sobre todo de desconocidos, pero lo hacen porque quieren defender lo que es justo. Igual que monsieur Moreau las defendió a usted y a su madre aquel día en la estación de tren.

Confiaba en no estar sobrepasando mis límites con ella, pero necesitaba desesperadamente que entendiera lo mucho que la panadería significaba para todo el mundo.

—Además, me parece que a algunos de esos manifestantes sí los conoce. Acérquese a la ventana y eche un vistazo.

Miramos la calle y vimos a la madre de Nicole, Jacqueline, acompañada por monsieur Legrand, a las dos ancianas con sus perritos, a la pareja propietaria de la crêperie , al señor argelino que gestionaba el tabac y a muchos de los clientes habituales, gente de la generación de madame Moreau que gritaba, daba palmas y exigía justicia.

— Mon Dieu ! —exclamó llevándose una mano al corazón.

—¿Lo ve? La gente se preocupa por usted y por la panadería, y no quieren que se vaya de aquí. ¿Qué me dice? ¿Piensa decepcionar a sus clientes? —dije, y comprendí que eso era lo que debería haber dicho desde un buen principio, porque aquello era como un grito de guerra para ella.

—¡ Les Moreau jamás decepcionan a sus clientes! —exclamó con pasión.

Bajé con ella a la tienda, donde de inmediato se puso a repartir entre los manifestantes croissants, pains au chocolat y vasitos de plástico con chocolate caliente.

Eso sirvió para subir aún más los ánimos y redoblar los gritos, e incluso Manu decidió tomarse el día libre en el instituto para aprovechar la iniciativa.

Delante de la tienda el ambiente era festivo, y eso solo sirvió para atraer más clientela, lo que a su vez brindó más notoriedad al problema de la ejecución hipotecaria.

Yo estaba tan eufórica que ni siquiera me di cuenta de que Hugo se acercaba abriéndose paso entre la multitud.

—Una protesta. Muy original —dijo por lo bajo, pero lo bastante cerca de mí como para que pudiese notar su aliento en la nuca.

—Tómatelo como quieras, Chadwick, pero yo lo anotaría como una victoria para la panadería —repliqué con engreimiento.

—¿Un puñado de estudiantes con un tambor? ¡Mira cómo me tiemblan las piernas! —dijo, totalmente impávido.

Pero justo en aquel momento vimos que al final de la calle se paraba un minibús del que salieron Geoff y una veintena de personas más. Iban armados también con pancartas y silbatos y avanzaron rápidamente hacia nosotros. Incluso Ruby se había sumado a los manifestantes.

—Me parece que nos has subestimado, señor Chadwick —dije con una sonrisa al ver la mala cara que ponía Hugo.

—Mira, Edith, de verdad desearía que reconsideraras todo este asunto.

No estás haciendo otra cosa que prolongar la agonía de madame Moreau y de su nieto.

El acuerdo seguirá adelante pase lo que pase.

No me gusta ser el malo de la película, pero te aseguro que si no fuera nuestra empresa la que adquiriera la propiedad, sería cualquier otra la que lo hiciera.

Al banco le da igual quién sea el comprador.

Por un instante vi un destello del hombre que había conocido, pero ya era demasiado tarde. Las líneas de la batalla estaban marcadas, y Hugo se había ubicado en el bando equivocado.

—No lo entiendes, ¿verdad? No entiendes que el motivo por el que estamos todos aquí fuera congelándonos es porque intentamos demostrarle a madame Moreau lo mucho que esta panadería significa para nosotros.

Cada día cierran un montón de panaderías artesanas como esta.

Y pronto no quedará ni una. Tú, precisamente tú, deberías estar intentando detener esto.

¿O acaso crees que mirar todos esos escaparates antiguos a través del objetivo de tu cámara te mantiene desconectado de la realidad?

Las fotografías quedan muy bien en un libro para coleccionistas, ¡pero al diablo con la gente que se gana la vida en las tiendas que hay detrás de esas imágenes!

Aunque supongo que eso son detalles que no les importan a personas como tú, a las que se lo han regalado todo.

—Espera un momento…

Había cogido carrerilla, y no permití que me interrumpiera.

—Esta gente —dije, volviendo la cabeza hacia la multitud congregada en la Rue de Paris— valora su legado, y Manu… Manu es el futuro de este lugar. Sus habilidades han sido transmitidas de generación en generación… —Titubeé, pensando en lo presente que estaba su antepasado.

—Muy bien, continúa. Veo que es imposible razonar contigo —dijo Hugo extrayendo sus propias conclusiones.

—Espera —dije antes de que se volviera para marcharse—. Toma esto. —Le puse en la mano un vaso de plástico con chocolate caliente—. Tal vez te ayude a recordar un tiempo en que la vida significaba para ti algo más que negocios.

Bebió un poco, pero, como siempre, su expresión permaneció indescifrable. Luego dio media vuelta y se perdió entre la muchedumbre.