Capítulo 35
La mañana del sábado anunció otra visita de Hugo.
Vestía un traje negro y una gabardina del mismo color que se abría tras él como la capa de un villano.
Yo estaba sirviendo café a dos ancianas que siempre se pasaban por la panadería con sus dos perritos diminutos para regalarse con unos dulces y algunos chismorreos.
Como ocurriría en un salón del salvaje oeste, cuando Hugo entró, la tienda se sumió en un silencio sepulcral roto solo por uno de los perritos, que, claramente contrariado por la presencia del desahuciador, empezó a ladrar como un rottweiler.
—Buenos días, Edith —dijo a modo de saludo, con aquella voz grave que siempre me provocaba un cosquilleo. Pero no estaba dispuesta a dejarme convencer con facilidad. Aún me dolía su lengua afilada.
—¿Buenos? ¿Lo son? —repliqué.
—Me preguntaba si podría hablar con madame Moreau —dijo.
—Me temo que se ha quedado en la cama porque le dolía mucho la cabeza. Son cosas que pasan cuando te echan de tu casa.
—Me gustaría que no lo expresaras así —murmuró.
—¿Ah, no? ¿Y cómo te gustaría que lo expresara, señor Chadwick? Dímelo, por favor, porque no está en mi ánimo ofender tu sensibilidad. —Noté que iba subiendo de tono y que empezaba a sentirme incapaz de controlar lo que pudiera decirle.
—Bueno, no se puede decir exactamente que la estemos dejando en la calle, ¿no? Le estamos ofreciendo una vivienda adecuada en otra parte —replicó.
—Eres muy amable, claro —dije con una mueca de asco.
—Mira, he venido para informarle de que hemos seguido adelante con la adquisición del edificio vacío contiguo.
—¿Qué? —Me quedé de lo más sorprendida con aquella revelación—. ¿Estáis pensando en comprar toda la calle?
—No exactamente, pero derribaremos el edificio aledaño a fin de crear más espacio para las habitaciones y una recepción más grande en la planta baja —me explicó Hugo, aparentemente satisfecho con el resumen de las obras que me acababa de facilitar.
—¿Cómo demonios se te ha ocurrido planificar todo eso? Estamos en un edificio protegido —argumenté, aun sin saber muy bien lo que eso significaba.
—Vamos a conservar el exterior original. Lo marqué como una línea roja que no se podía cruzar —respondió—. Tendrás que reconocerme ese mérito al menos.
—Yo no tengo que reconocerte nada.
Había algo en él que no me sonaba sincero. Hugo cambió de postura, claramente incómodo, y jugó con su corbata.
—En realidad no estás de acuerdo con esto, ¿verdad? —le pregunté, intentando interpretar su expresión.
Sin embargo, tras unos segundos en silencio, durante los cuales las ancianas murmuraron algo entre ellas, Hugo volvió a estallar.
—¡Mira, esto va a pasar, te guste o no! Sé que esta panadería es tu pequeño proyecto, pero mi empresa convertirá este edificio en un éxito y atraerá más turismo a la zona. Así que díselo a madame Moreau. ¿Lo harás?
—¿No querrás decir «la empresa de tu padre»?
Hugo sabía claramente que había empezado con mal pie, y me sentí satisfecha conmigo misma por haberlo pillado.
—¿Así es como sueles conseguir lo que quieres, señor Chadwick? ¿Intimidando a la gente y dando órdenes a gritos? Porque te garantizo ahora mismo que no pienso rendirme sin antes presentar pelea —dije en tono amenazante.
Hugo permaneció callado unos segundos antes de replicar.
—¿No querrás decir «pensamos rendirnos»? —dijo, esbozando algo que se aproximaba a una sonrisa.
—Sí, eso es lo que he dicho. Que no pensamos rendirnos.
Estaba furiosa con él y con su actitud de sabelotodo. Pero, más que nada, lo estaba porque él era capaz de leer en mi interior como si yo fuera un libro abierto.
—Muy bien, señorita Lane. Espero con ansia nuestro duelo. Y te lo digo solo para que lo sepas, pero suelo ganar —concluyó, intrigado ante la idea de tener que enfrentarse a mí.
—Pues, solo para que lo sepas, no suelo jugar limpio —contraataqué, resuelta a decir la última palabra.
Hugo hizo una reverencia teatral a modo de despedida y salió de la panadería con una sonrisa en la cara.
—¿Por qué demonios habré dicho eso? —les dije a las ancianas, que, a pesar de la barrera del idioma, parecieron entender que nuestra pelea no era solo un asunto de negocios.
Y lo que había dicho Hugo era verdad. Leí la carta que había dejado para madame Moreau, e incluso con mi francés limitado pude entender que Chadwick Holdings había adquirido el edificio contiguo y tenía planes para derribarlo y construir un hotel de un tamaño considerable.
Entregué la carta a su destinataria a última hora, después de cerrar la panadería.
—Bueno, pues se acabó —dijo madame Moreau restregándose los ojos antes de apartar la vista.
—No puede darse por vencida, madame. Tiene que haber alguna manera —le rogué, pero enseguida me di cuenta de que mis súplicas caían en saco roto.
— Edith , eres muy buena chica, pero no tengo el dinero que me piden. Es tan sencillo como eso.
—Llevo toda la vida oyendo eso de que soy buena chica, y cuando la gente dice «buena chica» normalmente quiere decir «chica débil».
Pero ¿sabe qué? ¡Tal vez no lo aparente, pero tengo arrestos, y no me dará miedo plantar cara si es necesario!
Esos inversores anónimos se piensan que pueden venir y comprar un pedazo de historia sin tener en cuenta ni preocuparse por la gente a la que están pisoteando.
Lo único que les importa es ganar dinero.
Y me parece que el banco está conchabado con ellos.
¡Ni siquiera le han dado una mínima oportunidad a nuestra propuesta! —grité.
—Escúchame bien. No soy más que una anciana, propietaria de una vieja panadería cargada de deudas. No puedo echarles la culpa de todo a los demás. También debo asumir mi parte de responsabilidad.
—Pues es justo eso. Usted asume su parte de responsabilidad, y nosotros podemos darle la vuelta al asunto si nos conceden más tiempo y…
Me interrumpí. Me daba cuenta de que madame Moreau estaba cansada, y mis desvaríos solo servían para cansarla todavía más.
De modo que decidí salir a dar un paseo para que me diera un poco el aire fresco de la noche y se me despejara la cabeza.
Aproveché para llamar a mi padre y explicarle la situación.
—No me gusta decir esto, Edie, pero parece un fait accompli —fue su respuesta.
—¿Un fait accompli ? —repetí, pensando que mi padre había elegido el momento menos oportuno para empezar a aprender francés.
—Estoy practicando de cara a mi viaje.
Pasaron unos segundos hasta que logré interpretar sus palabras.
—¿Estás insinuando que vas a venir? ¡Qué buenísima noticia! —exclamé, pensando en lo maravilloso que sería ver una cara conocida.
—¿Entonces te parece bien? —preguntó mi padre—. Tengo muchas ganas de ver la panadería y conocer a toda esa gente de la que me has hablado.
—¡Por supuesto que me parece bien! Te buscaré un hotelito cerca —dije.
Y pensé que sería mejor que viniera a visitarme más pronto que tarde porque, tal y como estaban las cosas, quizá no tuviera sentido permanecer aquí mucho tiempo más.
Me desperté con el sonido de unos cánticos, y tuve que permanecer unos instantes incorporada en la cama, apoyada en los codos, para intentar recordar dónde estaba.
Miré a mi alrededor —un escenario que ya me resultaba familiar— y sacudí la cabeza, pero el coro de voces seguía ahí.
Puse los pies en el suelo frío y, de puntillas, me acerqué a la ventana que daba a la calle para descorrer las cortinas.
Cuando abrí la ventana, el muro de sonido que me golpeó estuvo a punto de tirarme al suelo.
« Sauvez notre boulangerie! Sauvez notre boulangerie!
». La cacofonía de voces resonaba en el aire matinal y captaba las miradas perplejas de los transeúntes.
Una cuarentena de personas se había congregado delante de la puerta de la panadería, portando pancartas con distintos mensajes que iban desde « Á bas le capitalisme!
» («¡Abajo el capitalismo!») hasta « Sauvons la baguette locale » («Salvemos la baguette local»).
Al frente de los cánticos estaban Nicole y Johnny, equipados con panderetas y un tambor, grabando el mensaje en la calle como un tatuaje.
Jamás en mi vida me había sentido tan inspirada, y corrí a ponerme algo encima.
— Qu’est-ce qui se passe?
Manu, con los ojos legañosos y adaptándose a la luz, salió del sótano y preguntó qué estaba pasando.
Madame Moreau apareció tras él y miró confusa a la multitud reunida en el exterior.
—¿Quién es toda esa gente, Édith ? ¿Qué hacen aquí? —preguntó.
—¡Están salvando la panadería! —exclamé feliz.
Salí corriendo para abrazar a Johnny y a Nicole.
—¡Estáis los dos como una cabra! ¿De dónde habéis sacado a toda esta gente?
—Ya te dije que estaba en ello —respondió Nicole en tono triunfal—. Hice un llamamiento en las redes sociales. Denuncié públicamente que el banco pensaba cerrar nuestra panadería tradicional.
—¡Todo el mundo está harto de los bancos, y si algo saben hacer bien los franceses es protestar! —Añadió Johnny.
—Exactamente —continuó Nicole—, y poco a poco se ha ido formando una bola de nieve. Por la tarde esperamos que llegue una multitud de estudiantes de la universidad.
—Me… me he quedado sin palabras, Nicole. Muchas gracias por todo esto —dije, besándolos a los dos.
No estaba segura del efecto que tendría sobre nuestros amigos los banqueros aquella pequeña manifestación de protesta, pero al menos serviría para dar visibilidad a la apurada situación de madame Moreau. Sin embargo, cuando entré de nuevo en la panadería, vi que ella estaba muy seria.
—Han venido a ayudar —dije.
Pero la mujer se limitó a dar media vuelta y a subir a su apartamento.
—¿Qué le pasa? —le pregunté a Manu.
—Debes entender que se siente avergonzada, porque con esto todo el mundo se enterará de nuestros problemas —respondió.
Me mordí el labio y me volví hacia el pequeño grupo de manifestantes, que seguían con sus cánticos y daban vueltas en una lenta procesión circular. Quizá fuera todo una pizca exagerado.