La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 34
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Capítulo 34

El paso del tiempo no había conseguido que el hecho de vivir en una panadería embrujada me resultase menos inquietante.

Al final del día, antes de acostarme, había adquirido la costumbre de colocar una silla contra la puerta, a pesar de que todo el mundo sabe que los fantasmas pueden atravesar las paredes sin problema.

Ni siquiera el vino me ayudó a conciliar el sueño aquella noche, y la pasé dando vueltas pensando en la presentación del plan de negocios al banco que tendría lugar al día siguiente.

Yo no podía ir, lógicamente, en parte porque lo limitado de mi francés no me permitía mantener una reunión sobre asuntos económicos con el director de un banco, pero sobre todo porque no era parte interesada, sino una simple empleada.

Manu era demasiado joven, de modo que quedaba en manos de madame Moreau convencer al banco de que teníamos un plan para incrementar nuestros ingresos y los recursos necesarios para devolver el préstamo.

Yo había perdido casi todas mis esperanzas porque, por mucho que la mujer dominara todos los entresijos del negocio de la panadería, su habilidad para hacer una presentación financiera era inexistente.

En algún momento de la noche me descubrí en un juicio, rodeada por un montón de caras enfadadas que me gritaban cosas en francés.

Parecía que me culpaban de algo, pero yo no entendía muy bien de qué.

«¡No, se equivocan! ¡Yo no soy Juana de Arco!

», les repetía de forma insistente, pero resultaba inútil.

Una hilera de macarons con caras de gárgola me condujeron a la hoguera, donde el fuego devoraba los troncos y los cake pops entonaban al unísono: «¡Quemadla!

». Me desperté de mi pesadilla repostera gritando que era inocente.

La habitación, oscura y vacía, parecía estar mirándome, y al final acabé convencida de que me estaba volviendo loca.

Me negué en redondo a correr el riesgo de caer en otra pesadilla, de modo que desistí de dormir y bajé a tientas para prepararme un chocolate caliente, igual que había hecho semanas atrás, la noche que «conocí» a monsieur Moreau.

La figura sentada encima del mostrador me dio tal susto que estuve a punto de caerme al suelo. Era Manu.

—¡Dios! —grité—. ¡Me has dado un susto de muerte!

— Désolé … —dijo él—. Lo siento.

—¿Qué haces aquí abajo?

—No podía dormir.

—Entiendo cómo te sientes. —Le alboroté el pelo—. ¿Te apetece un chocolate caliente? Podríamos utilizar un poco del ingrediente secreto de Pierre —dije en tono travieso, como si fuéramos dos niños dispuestos a celebrar un festín nocturno.

Manu se encogió de hombros y decidí que no hacíamos daño a nadie con eso.

Puse un poco de leche a hervir y saqué un paquete de malvaviscos del armario de la despensa.

Tenía la intuición de que nuestra charla los requeriría.

Cuando le presenté la bebida, Manu me sonrió agradecido e introdujo uno en la taza.

— Ça va? —pregunté.

—No lo sé. Si mañana no lo conseguimos, es muy posible que perdamos la panadería, y también nuestra casa —dijo con un suspiro.

—Yo también estoy preocupada, pero debemos ser positivos —dije, más por instinto que por otra cosa. No quería darle falsas esperanzas, pero ¿qué otra cosa podía decir?

— Merci, Édith , por toda tu ayuda —dijo Manu brindando con su taza.

— De rien —repliqué—. Aunque no soy Juana de Arco, ¿verdad? —dije en broma, pues aún tenía muy fresca mi pesadilla psicodélica.

—Le has dado esperanzas a mi grand-mère… y también a mí. A veces se hacía muy difícil vivir con el secreto de mi bisabuelo. Grand-mère no se fía de nadie. Por eso, cuando viniste… Bueno, la verdad es que tu as tout changé .

—Confío en haber cambiado las cosas para mejor, aunque eso no lo sabremos con seguridad hasta mañana —dije—. Pero mira, escúchame bien, Manu: pase lo que pase, eres un aprendiz con mucho talento. Prométeme, por favor, que harás que perdure el legado de monsieur Moreau.

El chico asintió, satisfecho con el cumplido.

A él se le veía mejor, y yo empezaba a sentirme más a gusto.

Bajé la vista hacia el líquido oscuro y achocolatado de mi taza y caí en la cuenta de que no me había venido a la cabeza ningún recuerdo enterrado, sino que simplemente me sentía mejor.

Miré a Manu, y comprendí que él estaba pensando lo mismo.

—La poción está perdiendo su magia —dijo en perfecto inglés.

—Espera un momento —dije—. ¿Has leído a Proust? ¡Porque juraría que eso es una frase de su libro!

Manu respondió con su habitual gesto de encoger los hombros, lo cual no me servía de respuesta. Miré la hora y decidí que ya tocaba bajar para encender los hornos.

—Voy contigo —dije un poco dudosa—. Dejaremos que tu abuela descanse un poco más. Hoy es su gran día.

A pesar de mis recelos, trabajar con el espíritu de monsieur Moreau no acabó siendo la experiencia aterradora que tanto temía.

De hecho, su presencia tenía algo de reconfortante, una atemporalidad que te hacía sentir que la vida podía seguir adelante, independientemente de cómo cambiara el mundo.

De todos modos, intenté pasar de puntillas por la zona donde estaba él, aunque, para ser exactos, puedo decir que sus pies en ningún momento tocaron el suelo.

Llenar las artesas con cantidades industriales de harina y mezclar el agua y la levadura a la temperatura correcta era un trabajo duro.

Por ser un adolescente tan delgado como era, Manu luchaba contra la masa como un auténtico campeón de boxeo, machacándola hasta someterla.

Enhariné todos los moldes sin despegar la vista del fuego, y fui añadiendo más leña cuando era necesario.

Resultaba conmovedor ver a los dos panaderos, Pierre y Manu, trabajando, e incluso se me llenaron los ojos de lágrimas al pensar que, a pesar de no haber llegado a conocerse nunca, al menos en persona, compartían igualmente aquel legado familiar.

De poder contárselo a la gente, la cola de público sería tan larga que daría la vuelta a la manzana.

Pero eso era imposible, y además, tal y como madame Moreau había dicho, monsieur Moreau ya no estaría mucho más tiempo por allí.

Me di cuenta de que su parpadeo era débil y de que se marchaba un poco antes que la última vez que lo había visto.

E intuí la decepción de Manu cuando se volvió hacia mí y me dijo en un evidente tono de resignación:

— Il est parti .

Abrimos la panadería y, una vez que Manu se hubo marchado para hacer sus repartos, me las apañé bastante bien para lidiar con el ajetreo matutino.

Madame Moreau bajó justo antes de las nueve, vestida con un traje chaqueta de color azul marino sobre el que destacaba el collar de perlas que llevaba al cuello.

— Bonne chance ! —grité cuando salió con elegancia por la puerta.

Sabía que estaba nerviosa, que todo su futuro dependía de aquella reunión, y recé en silencio para que Dios se pusiera de su lado.

Pero no tuve mucho tiempo para pensar. Alrededor de las once vi que se acercaba Geoff seguido por una docena de turistas.

El corazón se me disparó cuando advertí que los reunía a todos a su alrededor como si fueran ovejas descarriadas.

—¡Venimos a por nuestro pícnic, mademoiselle ! —anunció desde la puerta—. Hace un día tan bonito que hemos decidido almorzar en el bosque, a la antigua usanza.

Me explicó que su grupo estaba más que encantado de pagar un dineral por nuestro pan artesano.

—Quieren un pícnic francés auténtico, de modo que cárguela hasta arriba —añadió pasándome una cesta de mimbre enorme.

Corté varias baguettes rústicas en rebanadas gruesas y preparé bocadillos de paté o de queso, a elección de los clientes.

Y mientras yo colocaba los deliciosos bocadillos y algunas piezas de repostería en la cesta de pícnic, Geoff se erigió en centro de atención en medio de la panadería y relató con elocuencia la historia de la visita de Django Reinhardt a Compiègne y su relación de parentesco con la propietaria, Geneviève Moreau.

Los turistas hicieron fotos que publicarían en Instagram y observaron con curiosidad la fotografía de gran tamaño del guitarrista gitano que habíamos enmarcado y colgado detrás del mostrador.

Le di las gracias en voz baja a Geoff y me vi recompensada por un guiño desenfadado que decía: «¡Ningún problema! ».

—Por la tarde pasaré con otro grupo para tomar un café y algún dulce, de modo que le rogaría que me reservara algunos cupcakes . ¿Lo hará, por favor?

—¡Si me sigue trayendo tantos clientes me convertiré en su fábrica personal! —repliqué con una sonrisa de oreja a oreja. Por primera vez empezaba a creer que aquello podía funcionar.

Entonces regresó madame Moreau.

—No me lo puedo creer —repetí por enésima vez—. Pero ¿no les ha enseñado nuestras proyecciones financieras?

Veía que madame Moreau estaba agotada de responder a mis preguntas, pero no por ello dejé de hacerlas.

—Ya te dije, Édith , que no es más que una gota en el océano.

Llevo ya un tiempo sin pagar los recibos, y esas proyecciones solo servirían para cubrir los intereses.

Para empezar a plantearse una reestructuración de los préstamos exigen que ahora les haga un pago único de todo lo que debo hasta el momento.

Me parecía impensable, pero tenía la sensación de que madame Moreau no estaba tan disgustada como yo por la noticia.

—Me da la impresión de que se está rindiendo —dije.

—¿Y qué quieres que haga, Édith ? ¿Encadenarme a la puerta y negarme a vender?

—¡Bueno, pues sí! ¿Dónde está su espíritu de lucha? —pregunté.

—Soy vieja, Édith , y estoy cansada. No quiero seguir luchando. Me ofrecen un pequeño apartamento en las afueras. Al menos Manu seguirá teniendo una casa —dijo. Luego se quitó los zapatos y subió las escaleras.

Se me cayó el alma a los pies, y con ella todas mis esperanzas.

Cuanto más lo pensaba, más empezaba a plantearme la posibilidad de que no fuera la panadería lo que yo intentaba salvar, sino a mí misma.

No me podía rendir. Imposible. Le envié un mensaje a Nicole explicándoselo todo y me respondió con un simple: «Estoy en ello».

No tenía ni idea de qué estaba tramando, pero confiaba en que, fuera lo que fuese, sucediese pronto.