Capítulo 33 #2
Al terminar mi trabajo, fui en bicicleta a casa de Nicole con una copia de El mago de Oz que había encontrado en un puesto del mercado.
Me alegraba poder alejarme un rato de la panadería.
Me había dado cuenta de que estaba haciendo lo mismo de siempre, sumergir la cabeza en planes y esquemas para esquivar mis sentimientos, y que necesitaba algo de tiempo libre para poner las cosas en perspectiva.
Y tuve claro que había acertado cuando, acurrucada en el sofá en compañía de un Max sobreexcitado y entusiasmado con mis cake pops de chocolate blanco, mi corazón estalló de alegría.
Verlo experimentar por primera vez la magia de Ciudad Esmeralda, de Dorothy y sus fieles amigos, fue una sensación extremadamente especial.
Max no consiguió llegar hasta el final de la película, lo cual no estuvo mal, porque recordé que de pequeña a mí nunca me gustaron los monos voladores y no estaba segura de cómo iba a reaccionar él.
Johnny lo cogió en brazos para acostarlo y para que pudiera soñar sin duda con hombres de hojalata, espantapájaros y el perro Totó.
Luego Nicole abrió una botella de vino y dejé que me sirviera una copa enorme.
—Ya sé a quién me recuerdas —dijo entonces sin que viniera a cuento.
—¿A quién?
—A Emma, de le roman de Jane Austen.
Sacudí la cabeza desconcertada.
—A Johnny le va muy bien con las visitas turísticas, y maman no para de hablar de monsieur Legrand. Al parecer, el otro día el uno recibió el pedido de la panadería del otro y monsieur Legrand se pasó por la peluquería para intercambiar los paquetes… ¿Sabías algo de eso?
—Imagino que fue pura casualidad —dije sin mirarla a los ojos.
—Y luego están les Moreau , que parecen estar más felices que nunca. Si no fuera por tu… ¿cómo se dice?, ¿intromisión?…, nada de esto habría pasado.
—Bueno, sí, supongo —dije cogiendo un puñado de pistachos del cuenco que había servido Nicole.
—No te veo muy emocionada —dijo entonces mi amiga, mirándome con curiosidad.
—Lo siento, Nicole. No, es todo estupendo, de verdad. Es solo que… ¿Me puedo sincerar contigo?
—Me ofenderías si no lo hicieras —repuso con franqueza.
—Simplemente es que no tenía pensado unirme a una causa, ¿sabes? No es esa la razón por la que vine aquí.
—¿Tienes miedo de acabar como Jeanne d’Arc?
—¿Juana de Arco? Para nada. Aunque, recuérdame, ¿qué le pasó al final? —pregunté, algo incómoda por mi falta de conocimientos sobre la historia de Francia.
—Fue hecha prisionera justo en esta ciudad.
—¡No lo dirás en serio! ¿Me estás diciendo que Juana de Arco estuvo en Compiègne? Pero ¿hay alguien que no haya estado aquí? —dije riendo.
—Imagino que habrás visto su estatua en la plaza principal —dijo Nicole sacudiendo la cabeza con incredulidad.
—Oh, ¿es ella? —pregunté, sintiéndome la peor turista del mundo.
—Sí, fue una tía de puta madre y llevó a Francia hasta la victoria en muchas batallas.
Pero fue hecha prisionera por el duque de Borgoña y el ejército inglés justo aquí, mientras intentaba evitar que Compiègne fuera invadida.
La quemaron en la hoguera por hereje, pero posteriormente fue declarada mártir. Ahora es la santa patrona de Francia.
—¿Mártir y santa? Sí… No. La verdad es que no es precisamente eso lo que tenía en mente cuando vine aquí —repliqué.
—¿Te molesta si te pregunto por qué viniste, Edie? No quiero ser fisgona, pero la verdad es que no he entendido del todo tu historia —dijo con su característica ingenuidad.
Bebí un trago largo de vino e intenté reunir la valentía necesaria para compartir mi verdadera historia con Nicole.
—Mi madre murió hace un año y medio y, después de poner mi vida en pausa durante años, decidí honrar su memoria viviendo la vida que ella me dio. —Lo dije a toda velocidad para mantener a raya las lágrimas.
—Oh, Edie, lo siento mucho… Pobrecilla —dijo Nicole abrazándome con cariño.
—No, no pasa nada. En casa siempre supimos que su tiempo era limitado, así que simplemente seguimos adelante.
Pero desde que… desde que falleció, he estado como perdida…
a la deriva. Por eso decidí hacer algo totalmente fuera de lo habitual, y supongo que pensé que si venía aquí despertaría de golpe y averiguaría quién soy y qué quiero hacer.
Creo que utilicé su enfermedad como pretexto para evitar vivir mi propia vida.
Pero ahora ella ya no está, y no sé quién se supone que soy.
Me daba un poco de vergüenza desnudar mi alma de aquella manera, pero el vino ayudaba, y Nicole tenía algo que me invitaba a pensar que no era tan grave no tener las cosas bien resueltas.
—Lo único que querías era un cambio de escenario, y ahora te encuentras intentando salvar una panadería y enfrentándote a un banco francés —sentenció ella a modo de conclusión.
—Sí, más o menos es eso. Lo que quiero decir es que madame Moreau me gusta de verdad, y me encantaría poder ayudarla, pero todo esto me empieza a superar.
—Mmm… —murmuró sirviéndome más vino—. ¿Y Hugo? ¿Has tenido noticias de él?
—Nos vimos para tomar un café. Dijo que quería explicarse, pero… —Solo de recordarlo empecé a encontrarme mal—. Acabamos diciéndonos cosas horrorosas.
Nicole me rodeó con un brazo y me dio un achuchón.
—Creía haber conocido a mi alma gemela, pero resulta que ni siquiera tiene alma.
— Quelle pagaille —dijo ella—. Vaya lío. Hacíais tan buena pareja…
Negué con la cabeza. ¿Cómo era posible que todo hubiese salido tan mal?
—Estaba segura de poder convencerlo, de que conseguiría que entendiera por qué la panadería es tan importante para madame Moreau, para la comunidad.
— Attend, attend . Olvídate por un minuto de esa maldita panadería. ¿Qué hay de él y tú? —preguntó Nicole, indicando el número dos con los dedos.
—Eso de «él y yo» ya no existe —respondí apesadumbrada—. Se pasó de la raya.
—Vaya, ahora entiendo por qué estás tan baja de ánimos.
—Dijo cosas desagradables de verdad. Como que mi vida era tan aburrida que había venido aquí para intentar «encontrarme», según sus palabras —le expliqué, furiosa aún al recordarlo.
Me di cuenta de que Nicole sonreía discretamente para sus adentros y, a pesar de mis reservas sobre su franqueza, que a veces podía incluso resultar brutal, le pregunté por qué lo hacía.
—Es que eso es justo lo que acabas de decir hace un momento, cuando me has explicado por qué viniste aquí. Es como si Hugo te hubiese calado como quien lee un libro abierto y te hubiera molestado que te lo dijera.
—No es eso —contraataqué, a pesar de que el argumento de Nicole tenía todo el sentido del mundo—. Es la forma en que lo dijo.
Me quedé un poco sorprendida. Había dado por sentado que mi amiga se pondría de mi lado, pero, por lo que estaba descubriendo, los franceses decían lo que pensaban pasase lo que pasase. Ella conservaba su sonrisa.
—Pero bueno, da igual. Su empresa seguirá adelante con la compra, a menos que yo sea capaz de convencer al banco de que no ejecute el embargo —dije.
—Puede ser, pero recuerda que nada está acabado hasta que la grosse dame chante , ¿no?
—Así es —dije apurando de un trago lo que quedaba de vino.
—Y recuerda, ma belle , que no estás sola. Igual que Jeanne d’Arc tenía su ejército, tú tienes amigos aquí y lucharemos contigo hasta el final. Jusqu’au bout ! —exclamó levantando la copa.
— Jusqu’au bout! —repetí, e hicimos chocar las copas.