Capítulo 33
Nada estaba saliendo como se suponía que debía salir.
Aquella noche, en la cama, empecé a pensar en todas las expectativas que había albergado cuando tomé aquel vuelo en Dublín con destino a París.
Había perdido por completo el rumbo de mi vida, y lo había perdido incluso antes de que mi madre falleciera.
Por mucho que me avergonzara reconocerlo, había utilizado su enfermedad como pretexto para evitar mi propia vida.
Cada vez que alguien me sugería que probara algo distinto o fuera a un lugar nuevo, siempre tenía la excusa de que debía cuidar de mi madre.
No es que me arrepintiera de aquella época, pero era evidente que podría haberla atendido y a la vez haber vivido mi vida.
La fibrosis quística había obligado a mi madre a ver la vida como una gran oportunidad que había que aprovechar y disfrutar antes de que fuera demasiado tarde.
Siempre la había admirado por su valentía, y siempre había deseado ser como ella. Pero la vida no funciona así.
Quizá Hugo tenía razón. Quizá había llegado el momento de enfrentarme a la realidad y asumir cierta responsabilidad por el papel que yo había desempeñado en la manera en que me habían salido las cosas.
Mientras todo mi objetivo había sido cuidar de mi madre no había tenido que explicarle a nadie por qué mi vida estaba tan vacía.
Considerándolo en retrospectiva, veía que nunca me había concedido el tiempo necesario para llorar su pérdida ni para reconocer qué estaba sucediendo en realidad.
Me había distraído a mí misma —y a todos los demás— con un sinfín de tareas y cosas que había que hacer.
La realidad era demasiado difícil de aceptar.
«¿Qué haremos sin ella?». «¿Cómo seguiremos viviendo?
». Ese era el tipo de preguntas que no pude formularle a mi padre en su momento, y como consecuencia de ello me sumergí en los detalles prácticos o me refugié en esos maratones de películas en blanco y negro.
El pozo del dolor es profundo, y temía ahogarme de tristeza si algún día decidía reconocer su presencia.
Sin embargo, poco antes de su muerte, mi madre me obligó a sentarme con ella y a enfrentarme a lo inevitable.
—No quiero abandonaros a ti y a tu padre, Edie.
Hemos tenido una vida muy feliz juntos. Y es en eso en lo que quiero que te centres, en lo afortunados que hemos sido por disfrutar de este tiempo tan maravilloso como familia.
Tenemos que estar agradecidos por eso. De lo contrario, pasarás el resto de tu vida llena de amargura y resentimiento. Y no quiero eso para ti.
Me había sonreído y me había apartado el pelo de la cara con sus suaves y delicadas manos de porcelana.
—¡Pero estoy amargada! —dije—. ¡No es justo!
Y entonces recuerdo que hundí la cara en su regazo y derramé todas las lágrimas que había almacenado a lo largo de los años.
Mi madre me consoló, tal y como había hecho ya infinidad de veces, diciendo que no, que no era justo, con un tono de voz que hacía que la resignación pareciese la actitud correcta.
—No puedo perderte —le dije al final.
—Nunca me perderás, Edie —replicó con una sonrisa—. Estoy aquí —añadió señalando mi corazón.
Sus palabras me proporcionaron la valentía que necesitaba para seguir adelante, pero no impidieron que la siguiera echando de menos. Incluso ahora deseaba volver allí, ver de nuevo una película antigua con ella y repetir juntas las frases que nos sabíamos de memoria.
Necesitaba una amiga. Cogí el teléfono y le envié un mensaje a Nicole preguntándole si había visto El mago de Oz .
Era un poco tarde para hacer preguntas como esa, pero me respondió enseguida que no, que no la había visto, y entonces le sugerí verla en DVD con Max a última hora de la tarde del día siguiente. Accedió entusiasmada a mi propuesta.
A la mañana siguiente me puse a la tarea de preparar macarons y glasear mis cupcakes , como era habitual, y luego los coloqué en una bandeja con varias alturas sobre el mostrador.
Tenían un aspecto tan brillante y alegre que, para mi satisfacción, se agotaron con rapidez.
Cuando Manu llegó del instituto para comer solo quedaba uno, que devoró con alegría en solo tres bocados.
—Va bien, ¿verdad? —preguntó señalando la bandeja vacía.
—Sí —respondí—, pero sigue sin ser suficiente para que el plan de negocios funcione. En un rato llegará Geoff. He quedado con él para ver si puede traer algunos turistas.
Y apenas había pronunciado aquellas palabras, Geoff y Ruby cruzaron la puerta.
—¡Hola, preciosidad! —dije saludando a Ruby y acariciándola, y la perrita recompensó mi iniciativa llenándome la mejilla de besos húmedos y pegajosos.
—¡Por un momento he pensado que me lo decía a mí! —dijo Geoff en tono jocoso. Reí aun sin quererlo—. Veamos, me ha dicho Johnny que tiene una propuesta de negocio.
Le hice pasar, y como ya era la hora de comer coloqué el cartel de cerrado en la puerta. Preparé café y serví unos croissants calientes con mantequilla y mermelada.
—El único problema que veo —reflexionó Geoff después de que le sugiriera la posibilidad de que la panadería fuese una parada en la visita turística habitual— es que muchos de esos aficionados a la historia tal vez no estén interesados en volver a la ciudad para tomar un café.
En su mayoría se limitan a enfilar la autopista o tomar el tren para volver a París.
—Ya, pero ¿y si vinieran a visitar la casa donde Django Reinhardt tocó durante la guerra? ¿La panadería donde aún vive y trabaja una pariente suya? —Planteé, conteniendo la respiración y confiando en que eso despertara su interés.
—¿Se refiere a este lugar?
—Sí, así es —dije casi con un aire de suficiencia.
Madame Moreau apareció justo en aquel momento, como si le hubieran dado la entrada, y Ruby corrió a saludarla.
— Oh, bonjour, ma petite —canturreó la mujer, que era una amante de los perros.
—Madame, ¿recuerda a Geoff Harding? —dije.
— Ah, oui, monsieur Éclair! —exclamó ella bromeando mientras le estrechaba la mano.
—Geoff tiene un negocio de visitas turísticas —le expliqué—, y podría estar interesado en hacer que las visitas pasen por aquí —dije con orgullo.
Madame Moreau tomó asiento para discutir los detalles con Geoff.
Aún no se sentía cómoda hablando de la muerte de sus padres en los campos de exterminio alemanes, pero Geoff tenía tanta experiencia en el tema que se lo puso un poco más fácil.
La mujer se animó un poco cuando le contó la historia de Django y su visita a la boulangerie .
—Estábamos en guerra, y el toque de queda hacía que la situación fuera bastante peligrosa.
Monsieur Moreau temía por nuestra seguridad.
Pero Django tenía ese encanto tan especial que hizo que todos nos olvidáramos de la guerra al menos por esa noche.
La noticia de nuestra pequeña velada se propagó con rapidez y todo el mundo se enteró.
La gente empezó a llegar y a entrar por la puerta lateral que, a través de la pequeña escalera, daba acceso al sótano.
Lo habíamos iluminado con velas, y desde la calle era imposible ver u oír nada.
Ayudé a mi madre a instalar sillas y mesas improvisadas con cajas de madera y sacos de harina vacíos a modo de mantel.
Lo recuerdo muy bien, porque fue la última vez que vi bailar a mi madre.
Y es como si todavía pudiera oírlo: su taconeo sobre el suelo de piedra, la risa de nuestros voisins , la gente disfrutando de un momento joyeux y único.
Incluso monsieur Moreau dio palmas al ritmo del animado punteo de la guitarra de Django.
Yo era una niña y recuerdo que enseguida me cansé, pero no quería quedarme dormida, ni siquiera cuando mi madre me sentó en su falda.
Recuerdo también, como si fuese ayer, que apoyé la cabeza en su hombro mientras nos mecíamos al ritmo de «Minor Swing».
Geoff estaba fascinado con el relato. Ruby se había quedado sumida en un estado comatoso a nuestros pies. De pronto me di cuenta de que ya era casi la hora de volver a abrir, y aún debía preparar una tanda de cake pops .
—¿Qué opina? —pregunté, rompiendo de manera abrupta el hechizo creado por el relato de madame Moreau—. Tengo unos cuantos folletos impresos que podría repartir entre sus clientes —dije, entregándoselos.
—Menuda historia, ¿eh? —comentó Geoff, chasqueando la lengua contra el paladar—. Creía saberlo todo sobre lo que sucedió aquí durante la Segunda Guerra Mundial, pero esto es una imagen realmente interesante.
Me quedé encantada con su buena disposición ante la idea de incluir la boulangerie como un punto de interés en sus visitas.
Nos dijo que creía que la historia de madame Moreau tenía algo que podía interesar a todo el mundo, aunque no pude evitar pensar cómo reaccionaría si le hablara de la presencia nocturna de Pierre Moreau en la casa.
Por muy buenas intenciones que tuviera la gente, no podíamos correr el riesgo de contarle a nadie lo de nuestro fantasma del sótano.
El único resultado posible de una revelación de ese calibre sería la burla, o, peor aún, un aluvión de cazafantasmas llamando a la puerta.
Y nada de eso ayudaría precisamente a madame Moreau.