Capítulo 32
—Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, el quinteto original estaba de gira por el Reino Unido —empezó a contar madame Moreau—.
Django volvió a París enseguida, pero Stéphane Grappelli, el violinista, se quedó en Inglaterra.
Django había oído que mi madre y yo estábamos viviendo aquí con monsieur Moreau y vino una noche a visitarnos.
Algunos amigos de monsieur Moreau se enteraron de que Django estaba en casa y vinieron para oírlo tocar.
Entenderéis que por aquellos tiempos había muy poco que celebrar, y es por eso por lo que el recuerdo de aquella noche ha permanecido clavado en mi memoria como si hubiera sido ayer —dijo con cariño.
—¡No puedo creer lo que estoy oyendo! —exclamó Johnny por lo que me pareció que era la centésima vez.
—Incluso hoy en día, los romaníes siguen siendo tratados como parias —continuó la mujer—.
El inicio de la revolución industrial hizo que nuestra forma de vida y nuestra artesanía lucran menospreciadas.
El nomadismo que nos caracterizaba dejó de encajar con el resto de la sociedad, y la lucha que empezó entonces aún sigue presente.
Y de nuevo sucedía, pensé. Estaban a punto de ser desahucia dos en nombre de un capitalismo que consideraba que aquel edificio no era más que una panadería familiar con una vivienda adjunta cuya facturación era insuficiente para considerarla viable en términos financieros.
—Tiene que haber una manera de salvar la panadería —dije apagando la música para concentrar toda la atención en el que era nuestro verdadero objetivo.
—Recuerdo que Django felicitó a monsieur Moreau por la panadería y le aseguró que podía saborear su corazón en todas y cada una de sus baguettes .
De hecho, dijo en broma que habría que enviar el pan de los Moreau a Alemania para derretir así los corazones más gélidos —dijo madame Moreau, aún perdida en sus recuerdos.
—Pues creo que justo ahí tenemos la respuesta —dijo Johnny mirándonos como si estuviéramos ciegos—.
Django Reinhardt, uno de los músicos más queridos en Francia, visitó la panadería de su prima durante la Segunda Guerra Mundial.
Allí ofreció un concierto improvisado para la gente del lugar y declaró que las baguettes de los Moreau eran las mejores de toda Francia.
¡No se me ocurre una campaña de marketing mejor!
—¿En serio? —dudó madame Moreau.
—¡Claro que sí! —exclamó Johnny—. ¿Tiene usted idea de lo importante que es esto? Sobre todo para músicos como yo. Es muy sencillo. Lo único que tenemos que hacer es colgar algunas fotos, quizá exponer una guitarra antigua, y dar a conocer la historia de esa noche en la que tocó aquí.
—Pues mira, puede que tengas razón —dije retomando el hilo—.
A Geoff…, ¿sabéis, el guía?, a él le encanta cualquier historia que esté relacionada con la guerra.
¡Podría hacer una parada aquí en sus visitas turísticas!
—Estaba contenta porque, a pesar de todos mis recelos, empezábamos a tener un plan—. ¿Qué opinas, Johnny?
—Me parece estupendo. Se lo mencionaré mañana mismo.
—A menos que usted no quiera que aprovechemos su parentesco con Django Reinhardt, claro está —le dije a madame Moreau, consciente de lo mucho que protegía su intimidad y temerosa de que nos estuviéramos adelantando a los acontecimientos.
— Tu plaisantes? Ese músico caradura le sacó un montón de dinero a mi padre jugando al billar. Creo que estaría encantado de poder ayudar ahora a su pariente —dijo madame Moreau con una sonrisa—. Es una idea maravillosa.
—Y si le parece bien, podría venir a tocar aquí los fines de semana, para crear un poco de ambiente —sugirió Johnny—. Y tú cantarás, Edie. ¿De acuerdo?
Tragué saliva.
—Mmm… —murmuré con una sonrisa congelada.
¿En qué nuevo lío acababa de meterme?
Todos teníamos tareas asignadas para la semana siguiente.
Yo empecé por visitar de nuevo las imprentas y diseñar nuevos folletos que se repartirían entre los clientes de Geoff, los hoteles de la ciudad y la oficina de turismo.
Encontré en internet una fotografía en blanco y negro de Django Reinhardt en la que aparecía tocando la guitarra con su mano lisiada, lo que resultaba bastante llamativo.
Lucía un bigote fino y llevaba el pelo engominado hacia atrás.
Su mirada era traviesa, tal y como la recordaba madame Moreau, que estaba encantada de ver cómo su pariente, desaparecido tanto tiempo atrás, ayudaría a atraer a nuevos clientes a la panadería.
En el mercado encontré un marco antiguo precioso e hice imprimir otra copia para colgarla en la tienda, justo al lado de la puerta.
Johnny consiguió una guitarra de aspecto antiguo que colgamos detrás del mostrador, justo encima de un póster que detallaba todo lo que sucedió la noche en la que Django Reinhardt tocó en la Boulangerie et Pâtisserie de Compiègne.
Sentía un optimismo tan renovado gracias a nuestro plan que estaba segura de que el banco cambiaría de idea sobre el futuro de la panadería.
Manu me ayudó a traducir al francés una carta de presentación, y entre los dos acabamos de pulir el plan de negocios sobre la plantilla que me había proporcionado monsieur Legrand.
A pesar de mis esperanzas, no había forma de predecir qué pasaría o cómo respondería el público a nuestras ideas.
Lo único que sabía era que a madame Moreau no podían echarla de su casa.
No podía abandonar a su padre, y el futuro de Manu dependía por completo del éxito de nuestro plan.
No obstante, había un problema que no podía solucionar: Hugo.
Verlo en la panadería aquel día había sido totalmente inesperado.
Al principio había pensado que quería darme una sorpresa y que planeaba llevarme a comer o invitarme a cenar.
Jamás se me habría pasado por la cabeza que él pudiera formar parte del problema que estaba empujando a madame Moreau a abandonar su casa.
Por mucho que me molestara reconocerlo, me había generado esperanzas y expectativas respecto a él.
Nunca antes había sentido por nadie lo que sentía por Hugo y, pese a que habíamos estado juntos poco tiempo, había sido capaz de abrirme con él de una manera que solo podía calificarse de natural.
Por eso me sentía traicionada. Y ese hecho por sí solo debería haberme bastado para darle la espalda para siempre, pero era incapaz de hacerlo.
Busqué de nuevo información en internet sobre Chadwick Holdings y descubrí que Hugo era su director de operaciones desde hacía solo dieciocho meses.
Me había contado que su hermano había fallecido hacía cinco años, por lo que empecé a preguntarme por qué no había sido sino en fecha tan reciente cuando había pasado a ocupar el puesto de segundo de a bordo después del director general, su padre.
La página web de la compañía, todo un homenaje a esos edificios de cristal y acero cromado tan estériles, se jactaba de los altos rendimientos de su cartera de inversiones internacional.
No cuadraba, así de simple. El hombre que yo había conocido y al que incluso le había cantado en un banco a orillas del río era engañosamente tímido y me había hablado largo y tendido sobre su amor por la fotografía.
Su encanto juvenil me había convencido de que bajo su traje hecho a medida latía el corazón de un bohemio.
De regreso a la panadería, cargada hasta arriba con folletos, carteles y postales en blanco y negro que Johnny pensaba que podríamos vender, a punto estuve de darme de bruces con él al doblar una esquina.
—¡Hugo! ¿Qué haces aquí? —dije, esforzándome por parecer disgustada con su presencia.
—¿Me permites que te ayude? —preguntó con educación, aunque sin sonreír.
—No, gracias, puedo apañármelas perfectamente sola. Además, no creo que seas bienvenido ahí dentro, ¿no te parece?
—Solo te pido que me des la oportunidad de explicarme, Edith. ¿Podrías concederme eso al menos? —dijo.
Lo pensé unos segundos, y llegué a la conclusión de que no perdía nada por oírlo.
—Deja que meta antes todo esto —repuse con frialdad.
Caminamos hasta un café que había cerca de la plaza principal y tomamos asiento en una de las mesas de la terraza. Hacía un día despejado y luminoso, aunque quizá un poco fresco. Después de que el camarero nos sirviera los cafés, miré a Hugo con expectación.
—¿Qué tal estás? —me preguntó, de nuevo con un tono educado pero tenso.
—¿Que cómo estoy yo? Me has pedido que te acompañe para poder explicarte. Así que explícate.
—De acuerdo, vale. Vayamos directos al grano entonces.
—Siempre y cuando no te suponga un gran problema.
—Edith, como te conté, mi hermano falleció hace unos años. Después de aquello, mi tío ocupó su puesto en el negocio familiar y lo convirtió en la empresa que es hoy en día.
—Debes de sentirte muy orgulloso —dije con una sonrisa edulcorada.
—Imagino lo que estás pensando, Edith, que somos los malos. Pero te equivocas.
—¿Ah, sí? ¿Me equivoco?
Me levanté, dispuesta a marcharme, pero Hugo me sujetó por la mano.
—Déjame terminar, por favor.
Volví a sentarme y le indiqué con un gesto que continuara.
—Mi tío cayó enfermo hace unos meses, y mi padre decidió que yo debía pasar a ocupar su puesto.
Yo nunca he querido tener nada que ver con el negocio.
El plan original de mi padre era que mi hermano fuera su sucesor, no yo.
Nunca he sido el hijo que a él le hubiera gustado que fuese.
Para él siempre he sido una decepción. Me largué de casa y, bueno, digamos que nuestras diferencias nunca se han llegado a resolver.
—Hasta ese momento, Hugo se había limitado a remover su café, pero entonces se lo bebió de un solo trago como si fuera un cognac —.
Edith, si comprendieras la responsabilidad que recae sobre mis espaldas…
No puedo volver a decepcionar a mi padre.
Había tantas cosas que me gustaría poder decirle… Pero lo que más me seguía molestando era que me hubiera ocultado la verdad desde el principio.
—¿Por qué me mentiste? ¿Qué me dices de tus fotografías, de todas esas imágenes de escaparates tradicionales, ejemplos de justo lo que estáis intentando destruir?
¡No tiene ningún sentido! Sabías que vivía y trabajaba en la panadería.
¿Fue algún tipo de broma pesada? ¿Cómo pudiste ocultarme todo eso?
—De pronto me di cuenta de que le estaba hablando como si fuese su novia y las mejillas me empezaron a arder—.
Lo que quiero decir es que sé que no nos debemos nada el uno al otro, pero eso no impide que lo mínimo que pudiera esperar de ti fuese la verdad.
—Nunca fue mi intención mentirte, y con lo de la fotografía no lo hice. Pero tampoco puede decirse que sea una carrera profesional con mucho futuro, ¿no? Estamos en el mundo real, y hay que hacer concesiones.
—¿Quién está hablando ahora? ¿Tu padre o tú? —pregunté. Me levanté para irme—. Eres un fraude, Hugo Chadwick.
Su expresión se transformó por completo, y por un momento deseé no haber dicho esas palabras.
—Ha llegado el momento de hacer frente a la realidad, Edith.
La panadería está abocada a la quiebra, y lo mejor que puede hacer madame Moreau es aceptar nuestra oferta y buscarse un pisito en las afueras de la ciudad o donde sea.
¿O quizá prefieres mantener tu autoridad moral y ver cómo acaba en la calle cuando el banco la embargue?
Estaba tan conmocionada que me encerré en el más absoluto silencio. No podía creer que Hugo pudiese llegar a ser tan hiriente y cruel. Cuando me levanté para marcharme, noté que los ojos me empezaban a escocer a causa de las lágrimas.
—No te preocupes, esta vez no impediré que te vayas —dijo él bajando la vista al suelo.
—Bueno, gracias por explicarme tus motivos, Hugo —dije con voz temblorosa—. Me has aclarado mucho las cosas.
Me marché, y en cuanto doblé la esquina las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas.