La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 31
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Capítulo 31

Al día siguiente me desperté con energías renovadas. Bajé al sótano pasada la hora punta de concurrencia de clientes y empecé a preparar mis cupcakes .

— Merci pour hier —dijo madame Moreau asomando la cabeza por la puerta.

—Oh, no tiene importancia —dije, e intenté disimular mi dilema—. Encontraremos una solución, se lo prometo.

Sabía que no debería hacer aquel tipo de promesas, pero, por extraño que parezca, creo que madame Moreau sabía que mis posibilidades de conseguir algo eran limitadas.

Estaba segura de que antes de mi llegada debía de haber probado todo tipo de iniciativas para solucionar el asunto y ninguna le había funcionado.

Por otra parte, no era el tipo de mujer acostumbrada a pedir ayuda y, además, sus particulares circunstancias la obligaban a mantener un secretismo extremo.

Tendría que tomar la iniciativa e ir a preguntar en su nombre, y decidí que lo haría aquella misma tarde.

Por eso me encontraba ahora delante de un edificio de cuatro plantas con ventanas altas construido en ladrillo de color crema. El número de la puerta se correspondía con la dirección de la tarjeta de visita que tenía en la mano.

—Edith, me alegro de verla —dijo monsieur Legrand, dándome la bienvenida a su despacho.

—Siento presentarme así —dije—. Espero no interrumpir nada.

Monsieur Legrand restó importancia a mi disculpa con un gesto, me hizo pasar y me indicó que tomara asiento al otro lado de su escritorio. Le expliqué la situación de la panadería y le enseñé una copia de la carta del banco. Su expresión se alteró cuando leyó su contenido.

—No tenía ni idea —dijo al cabo de un rato, después de dejar la carta sobre la mesa.

—Madame Moreau es una mujer muy orgullosa y, sinceramente, creo que me mataría si supiera que he venido a verlo. Pero necesitamos ayuda.

—Ha hecho usted lo correcto, Edith. Néanmoins , entiendo el deseo de privacidad de madame Moreau.

Fijó la vista en la media distancia y se mordió un carrillo, la costumbre entrañable de las personas que piensan demasiado.

—Redactaré una carta para el banco en su nombre.

—¡Oh, eso sería maravilloso, gracias!

—¿La firmaría usted, para que madame Moreau no tenga noticia de nuestra conversación?

—Por supuesto —dije, agradecida por su tacto y por su disposición para ayudarnos.

Monsieur Legrand me proporcionó también una plantilla para crear un plan de negocios con el que demostrar al banco la seriedad de nuestro propósito de incrementar la facturación y, con ella, las ganancias.

Me acompañó a la puerta, y mientras me despedía vi que Jacqueline, la madre de Nicole, pasaba por la otra acera.

Me saludó con una de sus espléndidas sonrisas y corrí hacia ella para recibir un cariñoso abrazo.

— Es-tu ami avec monsieur Legrand? —me preguntó después del habitual intercambio de palabras amables.

—Bueno, exactamente ami , no —respondí—. Es un cliente… Il est client de la boulangerie .

Su sonrisa no necesitaba traducción mientras monsieur Legrand nos saludaba con la mano antes de cerrar la puerta. Ni que decir tiene que esa vez no tenía intención de interferir. Bueno, al menos no de inmediato.

Era una noche bastante templada para ser abril, de modo que solo me puse una chaquetilla negra sobre el vestido. Llamé a la puerta del apartamento de madame Moreau de camino a la salida y su expresión hizo que me ruborizara.

— Très belle, Édith . ¡Estás muy guapa con ese vestido! Está muy bien eso de salir a divertirse. Me temo que no te di una bienvenida muy agradable cuando llegaste, pero me alegré mucho cuando me enteré de que Nicole te había tomado bajo su protección —dijo.

Me di cuenta de que en Compiègne no podía pasar gran cosa sin que madame Moreau se enterara.

Recordé que la madre de Nicole no había tenido más que palabras amables para ella.

Eso me dio un poco de esperanza mientras caminaba contoneándome por las calles de camino al Nostalgie para reunirme con Nicole y ver tocar a Johnny y su banda.

Me resultaba raro ir a aquel club de jazz ; no había vuelto desde la noche en que conocí a Hugo y, a pesar de que solo habían pasado unas semanas, me parecía como si hubiera transcurrido una eternidad.

Era un sentimiento agridulce, y me descubrí casi esperando que estuviera allí, aunque, de ser ese el caso, no estaba segura de si lo saludaría con un beso o con un bofetón.

Nicole me abrazó con cariño y se deshizo en alabanzas ante mi vestido.

—¿Qué tal está el pequeño Max? —pregunté cogiendo una silla.

—Está aprendiendo a tocar la guitarra con su papa . A las seis de la mañana ya empieza a montar el escándalo —respondió Nico le con una mueca.

Reventaba de ganas de contarle todos los sucesos de la panadería, de modo que, en cuanto pedí algo de beber, la puse al corriente sobre Hugo, Chadwick Holdings y los problemas económicos de la boulangerie .

Sentí la enorme tentación de ofrecerle la imagen completa, apariciones incluidas, pero había jurado guardar el secreto.

— Conard ! —exclamó furiosa Nicole.

—¿Pato? —pregunté confundida, aunque imaginé que llamarlo así era tan bueno como usar cualquier otro nombre de ave de corral.

—¡No, pato es canard , no conard ! —dijo Nicole—. ¡Un cabrón! —Tradujo, y yo no pude evitar soltar una carcajada—. Odio a esos cerdos corporativos. La gente normal les trae sin cuidado.

La verdad es que casi sentí la necesidad de defender a Hugo. Sentirme tan dividida era de lo más turbador: también deseaba poder odiarlo, pero me resultaba imposible. Por tanto, intenté desviar la conversación hacia lo que podíamos hacer para ayudar a salvar la panadería.

—Algo se nos ocurrirá, Edie, no te preocupes. En Compiègne sabemos mantenernos unidos.

Y me guiñó un ojo, rebosante de espíritu de lucha.

Después de otra noche de jazz en el club, Johnny y Nicole me acompañaron andando a casa.

Los invité a subir para celebrar una pequeña sesión de lluvia de ideas y conecté mi lista de reproducción de Django como fuente de inspiración.

Justo cuando acabábamos de instalarnos alrededor de la estufa, con una botella de vino tinto y unos tentempiés, una discreta llamada a la puerta me sobresaltó.

Me aterraba pensar que a monsieur Moreau se le hubiera ocurrido hacer una aparición imprevista y les diera un susto de muerte. Caminé vacilante hacia la puerta y articulé un tímido «hola», pero, por suerte, cuando giré el pomo para abrir me encontré allí a madame Moreau.

Me disponía a disculparme por haberla despertado o hacer demasiado ruido cuando me acalló con un gesto. Me preguntó si podía pasar un momento y, por supuesto, le dije que sí.

— C’est la musique —dijo—. He oído que volvías a ponerla, y solo he subido para asegurarme. Es Django, ¿non?

Recordé lo poco que le había gustado la última vez que había puesto esa música, pero ahora madame Moreau sonreía. Johnny, que era el experto entre nosotros, confirmó que lo era, y eso pareció complacerla.

—Lo recuerdo tan impulsivo como salvaje… ¡Y también un poco jugador!

—¿Conoció a Django Reinhardt? —preguntó Johnny pasmado.

—¿Conocerlo? ¡Y tanto que sí! Era pariente mío —respondió riendo madame Moreau.

Y por mucho que Nicole y yo nos quedáramos sorprendidas, pensé que a Johnny le iba a dar un infarto. Se había quedado con la boca abierta, y permaneció así un buen rato. Como vio que no decíamos nada, madame Moreau siguió hablando.

—Era primo segundo de mi madre. A veces se pasaba por nuestro campamento y tocaba para nosotros. Todo el mundo lo admiraba, sobre todo por cómo había aprendido a tocar de nuevo la guitarra tras el terrible incendio que sufrió su caravana.

—¡Es el rey de la música gitana! —exclamó Johnny por fin—.

Incluso inventó un estilo propio después de que su mano quedara lisiada como consecuencia de aquel incendio.

De hecho, él fue el motivo por el que quise venir a Francia para tocar en una banda —siguió diciendo entusiasmado, hasta que una tosecilla de Nicole le obligó a reformular sus palabras—.

Bueno, él y Nicole, por supuesto. Vine aquí por ti, chérie … —Añadió sonriendo dócilmente.

Madame Moreau se apoyó en el aparador y cerró un instante los ojos dejándose llevar por la música.

—Una vez estuvo aquí, visitándonos, antes de que mi madre… —Se interrumpió.

La miré, y con un leve gesto de cabeza intenté comunicarle que no les había contado toda la historia a mis amigos.

—Están aquí para ayudarnos —dije, esperando que madame Moreau confiara en ellos lo suficiente como para contarles quiénes fueron en realidad sus padres—. Voy a preparar café —añadí, imaginando que iba a ser una noche muy larga.