La misteriosa panadería de la Rue de Paris Capítulo 30
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Capítulo 30

Todo iba según lo planeado… hasta que apareció él.

Era viernes por la tarde, y yo estaba en la cocina derritiendo chocolate blanco para mi ganache .

Oí la campanilla de la puerta, pero la ignoré hasta que escuché que el tono de voz de madame Moreau cambiaba y pasaba de ser acogedor a mostrarse claramente hostil.

—No tiene ningún derecho a entrar aquí —dijo en inglés, lo que me llevó a asomar la cabeza por la puerta.

No podía creer lo que veían mis ojos cuando descubrí a Hugo junto al mostrador acompañado de otro hombre, ambos impecablemente trajeados y con sus respectivos maletines. Cuando nuestras miradas se encontraron, se dibujó en mi rostro una sonrisa de enamorada que se esfumó en cuanto lo oí hablar.

—El banco y su agente inmobiliario nos han dado permiso para visitar la propiedad, madame Moreau —dijo en tono cortante.

—¿No ha recibido la carta por la que se le comunicaba nuestra visita, madame? —intervino el hombre que lo acompañaba.

Fue entonces cuando madame Moreau empezó a soltar una retahíla de insultos en francés que me costó mucho entender.

Mientras discutían, fue como si me hubiera quedado clavada en el sitio.

Me vi obligada a despegar mis pies del suelo, donde parecía haberme quedado atrincherada, para correr en su ayuda.

Descansé una mano en su hombro, la guie hasta su taburete y le di un vaso de agua a pesar de sus considerables esfuerzos por ignorarme. Entonces me volví hacia los hombres.

—Edith —dijo Hugo en un tono de voz que casi indicaba que le dolía mi presencia allí.

—¿Qué es esto, Hugo? ¿Qué está pasando? ¿Qué haces aquí? Pensaba que ibas a venir la semana que viene.

Claramente incómodo, abrió nerviosamente el maletín.

—Lo siento mucho…, esperaba… Bueno, no importa.

Sacó una carta y me preguntó si se la podía entregar a madame Moreau cuando se calmara un poco.

—Lo siento, pero no entiendo nada de todo esto —dije.

Miré el sobre. El logotipo de la esquina superior derecha me sonaba de algo. Chadwick Holdings Inc. Empezar a hilar pensamientos coherentes me llevó unos segundos, pero cuando levanté la vista para mirar a Hugo todo se hizo evidente.

—Hugo Chadwick. ¿Eres…?

Hugo volvió la cabeza hacia un lado y suspiró.

—¿Te importaría salir conmigo un momento? La verdad es que no me apetece tener público —dijo echando un vistazo a los clientes que nos estaban mirando.

Accedí a su petición y cerré la puerta de entrada a mis espaldas, consciente de que la gente se había quedado allí observando con la nariz pegada al cristal.

—Mi hermano era el director de operaciones de Chadwick Holdings, y ahora la junta directiva quiere que yo ocupe ese cargo —me explicó, como si eso sirviera para aclararme las cosas.

—Pero esa gente son una especie de inversores inmobiliarios, ¿no?

—pregunté, y Hugo hizo un gesto de asentimiento para confirmármelo—.

No entiendo nada… ¿No me dijiste que eras fotógrafo?

—Esta vez se limitó a bajar la vista—. Oh, ya entiendo, no fue más que una historieta para impresionar a una chica en un bar.

Le di la espalda, sintiéndome como una tonta. Hugo me cogió una mano y me obligó a girarme para que pudiera mirarlo.

—Soy fotógrafo, pero no me gano la vida con eso. No te mentí, Edith.

—No, pero tampoco te acercaste ni de lejos a la verdad, ¿no te parece? —Pensé de nuevo en aquella noche y en su reacción cuando me acompañó a casa—. Por eso te comportaste de un modo tan extraño cuando te dije que trabajaba aquí. Lo sabías todo, ¿verdad?

—Por supuesto que lo sabía —dijo Hugo con rabia, intentando no levantar la voz—. Están endeudados hasta las cejas —añadió, mirando la panadería—, y la empresa de mi padre…, bueno, digamos que se dedica a ofrecer soluciones.

—Te refieres a que buscáis negocios que lo estén pasando mal y os aprovecháis de ellos para satisfacer a vuestros inversores, ¿no es así? —dije, casi escupiendo mis palabras.

—Exactamente, Edith. Negocios. No son más que negocios.

—Escúchame bien, Hugo. ¡Aquí hay en juego mucho más de lo que te imaginas!

En este momento no te lo puedo explicar, pero madame Moreau y su nieto trabajan las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, para que esta boulangerie siga viva.

Son buena gente, y no se merecen que les arrebaten aquello con lo que se ganan la vida.

Hugo suspiró y bajó la vista. Pensé que lo estaba convenciendo, pero entonces empezó a sacudir la cabeza como si estuviera escuchando un contraargumento interno.

—Mira, les hemos avisado con antelación más que suficiente —dijo.

—Oh, claro, y eso lo arregla todo. ¡Basta con que les hayas avisado con antelación suficiente de que su forma de vida…, no, su legado va a quedar borrado por una empresa desalmada como la tuya!

Enfurecida, di media vuelta, entré en la panadería y le cerré la puerta en las narices. Y a continuación agarré por el brazo al que supuse que era el agente inmobiliario, me peleé con la puerta para abrirla, puesto que prácticamente se había salido de sus goznes, y lo puse de patitas en la calle.

—¡Y no se te ocurra volver! —grité cerrando con otro portazo, por si acaso.

Estaba muy dolida, y la mirada de Hugo no hizo otra cosa que empeorarlo todo.

No sé si estaba enfadado, si se sentía culpable o aliviado de que nuestra relación no hubiera llegado más lejos.

Pero entonces la boulangerie estalló en una ronda espontánea de aplausos liderada por madame Moreau, que había salido de detrás del mostrador.

Empecé a temblar de tal manera que tuve que agarrarme a ella para sostenerme en pie, pero al ver el local lleno de franceses sinceros y valientes aplaudiendo mi arranque de coraje no me quedó otra que sonreír.

¡Quizá estuvieran empezando a contagiarme!

Aquella noche permanecí despierta y convertí en deporte olímpico el arte de darle vueltas y más vueltas a las cosas para analizarlas.

Mi ego había quedado duramente magullado, igual que mi corazón.

Pero seguía sin estar segura de si tenía derecho a sentirme tan traicionada.

Al fin y al cabo, solo estábamos empezando a conocernos, pero la conexión había sido mágica, y sabía que Hugo había sentido lo mismo.

Las postales, el libro, el hecho de comprarme una bicicleta…

¿Por qué habría hecho todo eso si yo no significara nada para él?

Extendí una mano para encender la lámpara dela mesita de noche y sin querer tiré el libro de Proust al suelo.

Me incliné para recogerlo, y entonces se cayó el marcapáginas.

Suspiré. Tendría que haber ido doblando la esquinita de las páginas para marcar mi lectura.

Se lo merecía. Aunque no estaba tan segura de que alguien se mereciera eso.

Lo cogí y lo abrí por una página al azar.

Era el tipo de libro que te permitía hacer eso, retomar simplemente los recuerdos y las reflexiones del autor, casi como un diario.

Me resultaba reconfortante leer los pensamientos de alguien que había vivido muchos años atrás, en circunstancias muy distintas, y a pesar de ello sentir como si se hubieran escrito justo para mí.

Me gustaba el modo en que Proust les daba contenido a las cosas, cómo les daba sentido en retrospectiva y les encontraba algún tipo de significado.

Tal vez eso podría funcionarme también a mí.

Si fuera capaz de cartografiar el pasado, quizá podría entenderme a mí misma un poco mejor.

La sed de algo distinto de lo existente… que le traiga algo nuevo, aunque sea peor, una emoción, un dolor; cuando la sensibilidad, que la dicha hizo callar como arpa ociosa, quiere una mano que la haga resonar, aunque sea brutal, aunque la rompa.

¿Sería mi relación con Hugo simplemente eso, algo nuevo con lo que distraerme?

No estaba segura del todo. ¿Por qué era tan difícil entender lo que sucedía en mi cabeza?

No soportaba la idea de que él formara parte de la desaparición de la boulangerie .

Quizá si supiera la verdad Hugo vería las cosas de otra manera y podría convencer a la junta directiva de Chadwick Holdings de que esa no era una buena inversión.

Pero sabía que no se lo podía contar. Para empezar, probablemente me tomaría por loca.

Los espíritus no son precisamente circunstancias atenuantes para renegociar una hipoteca.

Aunque tampoco daba la impresión de que la verdad ocupara un puesto elevado en su lista de prioridades, y eso era lo que más me dolía.

No me gustaba que me mintieran, fuera cual fuese el motivo.

Sin embargo, una pequeña parte de mí quería creer que Hugo tenía sus motivos.

Lo cual no cambiaba el hecho de que su empresa se iba a quedar con la boulangerie para convertirla en un hotel boutique .

Y si eso acababa sucediendo, ¿cómo podría haber un futuro para nosotros?

Aquella espiral de pensamientos no me estaba llevando a ninguna parte.

—Esto no sirve de nada —dije, hablando sola, y de mala gana devolví el libro a la mesita de noche.

Entonces vi la cubierta roja del recetario justo debajo, y pensé que a lo mejor encontraba algo más reconfortante y menos problemático entre sus páginas.

El papel desgastado por el tiempo era suave al tacto.

Había empezado a atesorar aquel objeto como si fuera una herencia familiar.

Pasé de una receta a la siguiente, en busca de alguna que quisiera hablarme.

Suflé de chocolate, milhojas, éclairs… Y entonces la encontré.

« Crêpes pour un coeur brisé ».

— Crêpes para un corazón roto —murmuré—. Perfecto.

Salté de la cama y bajé a la cocina, dispuesta a reunir todos los ingredientes.

«El secreto para una crêpe perfecta está en la masa —decía la receta—. Hay que dejar que repose toda la noche…».

Oh, vaya, para eso no tenía tiempo, y además, me dije, utilizaría la masa que me sobrara para el desayuno.

Saqué un paquete pequeño de harina, pesé ciento veinticinco gramos y lo mezclé con azúcar de repostería y una pizca de sal.

Puse un cazo al fuego y empecé a fundir la mantequilla antes de cascar dos huevos y batirlos ligeramente.

Sin darme cuenta, empecé a tararear una vieja canción de Eileen Barton, «If I Knew You Were Comin’ I’d Have Baked a Cake».

Era asombrosa la rapidez con la que mejoraba mi estado de ánimo cuando me ponía a mezclar ingredientes tan normales y corrientes como aquellos.

El simple hecho de pensar en los sabrosos y cálidos bocados en que se convertirían liberaba todas mis hormonas de la felicidad.

Encontré en el armario una sartén de hierro y la puse al fuego, y a continuación mezclé todos los ingredientes, húmedos y secos, con un batidor de varillas.

Bajé el fuego antes de que empezara a humear e incorporé unas nueces de mantequilla.

Y entonces llegó la mejor parte: con la ayuda de un cucharón, vertí una cantidad pequeña de masa en la sartén, la sujeté por el mango y la fui girando hasta que se extendió de forma uniforme sobre la superficie.

Es una verdad universalmente reconocida que la primera crêpe nunca queda perfecta, y que en consecuencia solo puede consumirla el chef.

De modo que, después de darle la vuelta, le eché una cucharada de Nutella y la pasé a un plato, donde el chocolate se empezó a fundir.

Lo extendí con facilidad con un leve toque de cuchillo, y rápidamente doblé la crêpe en cuatro partes y me la metí en la boca.

¡Literalmente grité de placer! Los bordes, crujientes por la mantequilla, y luego la crêpe , suave, dulce y cubierta de chocolate caliente.

El resultado era, en una palabra, divino.

Miré de nuevo el recetario y me pregunté si Pierre Moreau no habría sido una especie de genio.

Era la receta perfecta, por muy sencilla que fuera, para un corazón roto.

Sentí una pizca de esperanza, e incluso un poco de optimismo, al pensar en el futuro.

Quizá todo acabara solucionándose de un modo u otro.

Aunque lo más probable era que eso tuviera que ver con el hecho de que ya había echado a la sartén un nuevo cucharón de masa para prepararme otra crêpe .